Crónica de una entrevista que no fue


La cita para la entrevista ya es tal; tiene día y fecha: martes 12 de marzo a las 17:00 horas. Lo único que no tiene, todavía, es lugar. Tal vez ésta debió haber sido la primera señal de que no todo estaba confirmado, “bien planchado”. El motivo es la entrega de la presea Excelencia en las letras a él, José Emilio Pacheco, como parte de las actividades de la Segunda Feria Internacional de la Lectura de Yucatán, FILEY por sus siglas, una reunión literaria en medio del paraíso maya.

“De aquí a un año, ¿dónde estaré? ¿Qué habrá pasado? ¿Y dentro de diez?”
El principio del placer, 1972.

Dicen que el autor de Morirás lejos, Los elementos de la noche y Las batallas en el desierto viene en silla de ruedas. La memoria (paradoja cuando se quiere aplicar este ejercicio a él, maestro de ésta) lo dibuja fuerte, entero, y hay que decirlo, gruñón:
Es un mediodía de 2009 en la rectoría de la Universidad Autónoma Metropolitana. Se le rinde uno de los muchos homenajes que ha recibido y seguirá recibiendo hasta que le alcance la vida, y también después. Junto a él está, como siempre, su compañera: Cristina Pacheco. Alguien, quizá él (quizá no), decidió que no daría entrevistas.
De pie frente a un atril, José Emilio Pacheco empieza a leer. Se le ve de buen humor, ¿y cómo no iba a estarlo si esta universidad, de apellido metropolitana, le rinde homenaje por el retrato nostálgico que ha sabido hacer de esta ciudad?

“Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años”.
Las batallas en el desierto, 1981.

Los fotógrafos se acercan al pie del atril desde donde habla José Emilio. Indolentes, curiosos, apresurados, empiezan a disparar (esa palabra, exacta, en inglés: shot) para capturar el instante preciso en el que la luz y los gestos del escritor se conjunten milagrosamente en la foto.
De pronto el rostro del escritor se contrae en una mueca de enojo. La memoria falla aquí, cuando la reportera intenta recordar las palabras precisas; sólo viene al mente el motivo del disgusto: las luces de los flashes.
El berrinche adquiere proporciones insospechadas: el escritor amenaza con parar de hablar si no se detienen las luces que lastiman sus pupilas; la gente de prensa de la UAM se lleva a los fotógrafos, que se quejan de que no les dejan hacer su trabajo.
Después del homenaje el coraje parece haberse esfumado. Siempre muy atento con sus lectores, José Emilio acepta firmar libros. La reportera sabe que no puede pretender más que eso, aunque las preguntas queman por dentro de la boca.
De ese día, sólo obtiene una sencilla firma en su ejemplar de El principio del placer:

A Irma
José Emilio.
2009

Por alto esté el cielo en el mundo
Por hondo que sea el mar profundo
No habrá una barrera en el mundo
Que mi amor profundo no rompa por ti.
Obsesión, bolero de Pedro Flores Córdoba.

El clima en Mérida no es tan cálido como se suponía debería ser este martes de mediados de marzo. Empieza a soplar un aire punzante, aunque todavía no helado.

El día pactado para la entrevista, en punto de las 5 de la tarde, José Emilio Pacheco no aparece. El lugar se definió apenas unos minutos antes: un amplio salón del Centro de Convenciones Yucatán Siglo XXI en el que se le entregará la presea.

A las 5 quien llega es Cristina Pacheco, su esposa. De inmediato la rodean los jóvenes, pidiéndole un autógrafo, y los reporteros, una entrevista. La reportera le hace un par de preguntas sobre su trayectoria. Al fondo, una voz distorsionada por la tecnología, anuncia que está a punto de empezar la primera parte del homenaje a José Emilio: una conversación entre su esposa Cristina y Marisol Schulz, directora de la Feria del Libro en Español de Los Ángeles. Son casi las seis de la tarde y el que recibe la presea no ha hecho su aparición.

La siguiente parte de este homenaje estaba planeada para ser una mesa de análisis sobre la obra de Pacheco, con Sara Poot Herrera, directora de UC Mexicanistas de la Universidad de California Javier Aranda Luna, periodista, y Elena Poniatowska. Sin embargo, Elena no pudo viajar a Mérida por indicaciones médicas. Poco antes de que Poot Herrera y Aranda Luna comiencen a hablar, por una puerta trasera del auditorio hace su aparición José Emilio. Voluntarios de la FILEY, jóvenes frondosos vestidos con playera negra, empujan su silla de ruedas. Lo sitúan en la parte del público, para que pueda escuchar y ver bien.

Aplaude y agradece el discurso de Aranda Luna, con su guayabera blanca de manga larga, desde su asiento.

Es momento de que José Emilio haga lo que parece disfrutar más, después de escribir: charlar con sus jóvenes lectores. Con paciencia, entusiasmo y sencillez, responde una a una a todas las preguntas. Dice que añora poder caminar, porque así se le ocurrían muy buenas historias; también habla de la situación de descomposición social que impera en el país: “Yo no soy pesimista; hablo de lo que veo. Ante todo lo que nos pasado, sería un optimista infantil. En 1997, dije: “hay que frenar la violencia para que no nos vaya a pasar lo que pasa en Argelia”, me dijeron pesimista. Hoy nos estamos habituando a todo esto”.

¿Es feliz?, le preguntan también. Sin dudarlo, responde: “Estoy a favor de la alegría, pero en contra de la idea comercial de la felicidad. Es una gran idea de Borges decir que la felicidad está en las pequeñas cosas. A mi me da gran placer tomar un trago de agua fresca, comer un pan”.

Oye Carlos, ¿por qué tenías que haberte salido de la escuela esa mañana?
Las batallas en el desierto, 1981.

Tampoco es un secreto que la obra de José Emilio Pacheco que más conocen los lectores es Las batallas en el desierto. La mayoría de las preguntas esta noche se refieren a esta novela. A la pregunta de si Carlos, el protagonista de su obra, es él mismo, José Emilio responde: “Todo el mundo cree que Las batallas en el desierto es mi autobiografía; yo sería feliz si así fuera. Todo es auténtico: los lugares, el ambiente, lo único que es inventado es la historia. Los verdaderos amores desdichados son los de los niños y los ancianos; a partir de ahí se me ocurrió la historia y además la escribí de corrido, y yo nunca escribo de corrido”.

Una hora después de que inició esta sesión de preguntas y respuestas, los organizadores invitan a José Emilio a que “ocupe su lugar entre el público” para que vea el performance que, sobre su paradigmática novela, creó un grupo de teatro cercano a la Universidad.
Los minutos se alargan; el público se empieza a inquietar. Lo que se supone debió durar 20 minutos se prolonga durante casi 60. José Emilio atiende, paciente, desde el público, con Cristina a un lado. Cuando termina el espectáculo, y la voz del micrófono invita al maestro a “pasar el presidium”, empieza una vez más el peregrinar de la silla de ruedas hacia el podio, los jóvenes fornidos que lo levantan y lo sientan en la mesa, el escritor que se acomoda, y ya visiblemente cansado, pero todavía de buen humor, agradece el reconocimiento.

Sin embargo, este no es el final de la larga jornada que la Universidad de Yucatán, la FILEY y UC Mexicanistas han preparado para él. Después de la entrega de la presea, y aunque ya son las 9 de la noche, una voz en el micrófono anuncia que “ahora, el maestro José Emilio Pacheco firmará autógrafos para sus lectores”, y les pide que formen una fila. Algunos traen libros; otros, cuadernos; algunos más un simple pedazo de papel. Son varias decenas, quizá una centena. La fila avanza, pero nunca se hace pequeña: parece un reptil al que le cortan la cola y crece, crece, crece. Tal vez pasan 60 minutos, quizá más. Pacheco está, ahora sí, agotado. La voz se escucha de nuevo, explica que ya no será posible que el maestro continúe firmando; que sólo tendrán su “autógrafo” quienes ya están en la fila; nadie más.

Flanqueado por una representante de editorial ERA, que le ha publicado todos sus títulos, José Emilio es conducido otra vez fuera del auditorio por la misteriosa puerta trasera. Le dicen a la reportera que la entrevista no podrá ser hoy; pero que intente mañana, en punto de las 7 am, en el lobby del hotel en el que se hospedan el escritor y su esposa.

Si, en opinión de mi mamá, esta que vivo es “la etapa más feliz de vida”, cómo estarán las otras, carajo.
El principio del placer, 1972.

Mérida a las 6:30 de la mañana, y con la amenaza de un frente frío que ya invade gran parte del país, no es el paraíso tropical que uno pensaría. Pero nada importa si a final la recompensa será una entrevista con José Emilio Pacheco, para preguntarle todo lo que uno siempre quiso, y más.

Pero parece que otra vez el creador de Mariana, la mujer sensual a pesar de sí misma, se volverá a esfumar: el hotel en donde se supone que debería estar hospedado no es tal. Ahí no tienen registrado a un señor José Emilio Pacheco ni a una señora Cristina Pacheco.

Lo único positivo de esta equivocación es que el empleado del hotel ofrece a la reportera llamar a otros dos, los más exclusivos de la ciudad, para averiguar si ahí está hospedado “el señor que usted está buscando”.

No tiene que hacer dos llamadas; a la primera le atina. “Le comunico con la señora Cristina Pacheco”, le dice a la reportera. Ésta toma el teléfono, y con la voz más dulce que encuentra en la memoria de sus registros vocales, se presenta y le explica sus intenciones a la periodista. Ella responde, también con la voz más amable, que “lo lamenta”, pero en este momento están saliendo para el aeropuerto: ella tiene que estar muy temprano en la Ciudad de México.

Ni hablar: una vez más, la posibilidad de entrevistar a José Emilio Pacheco se diluyó en el aire.

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