Esta entrevista se publicó en el número 11 de la revista Variopinto. Mayo del 2013. Todas las fotos son del sitio catwlac.org

“Lo malo de este delito es que es multicausal y multifactorial, y no sólo afecta a un tipo de perfil o de nivel socioeconómico de las víctimas; aunque se podría decir que las poblaciones de mayor grado de marginación y de pobreza, que carecen de oportunidades, son más vulnerables que las otras, esto no quiere decir que las demás estén exentas. Igual hemos tenido chicas universitarias”.

Teresa Ulloa tiene la voz cascada que dejan cientos, miles de cigarrillos fumados a lo largo de la vida. Pero no sólo por este rasgo es una mujer que impone: si su padre le dijo que para qué estudiaba una carrera si de todos modos se iba a casar, ella lo desafió con dos licenciaturas, una maestría, un doctorado y varios diplomados. Si el gobierno federal cada vez le recorta más los fondos y le hace más difícil las condiciones de trabajo, ella sigue, sin dar tregua, buscando niñas y mujeres desaparecidas. Si localiza a una chica, al contrario de todos los consejos y advertencias, ella misma va a buscarla, sin importarle lo que le pueda pasar:
“Me han golpeado, me han correteado, me han echado orines, me han amenazado. El único temor que yo tengo es que por vengarse de mí, porque se trastocan intereses muy grandes, le pudieran hacer algo a mi hija que ahora tiene 22 años”.

Teresa Ulloa es la Directora Regional para América Latina y el Caribe de la Coalición Internacional Contra el Tráfico de Mujeres y Niñas, una organización no gubernamental que surgió a partir de una reunión internacional de mujeres en Bangladesh, en 1988, y cuya tarea, como su nombre bien lo indica, es denunciar, localizar y recuperar a niñas y mujeres sustraídas de sus hogares con fines de trata.

La entrevista con Variopinto sucede en las oficinas de la CATWLAC (por sus siglas en inglés), en la Ciudad de México. Oficinas que, de principio, parecen todo menos eso: además de los escritorios y las computadoras, hay una cocina, un gran comedor y varias camas individuales en espera de que mujeres rescatadas del infierno, o sus familias, las ocupen. La luz de las 5 de la tarde se cuela por las ventanas, mientras un grupo de tres mujeres jóvenes ve una telenovela mientras cuchichean y, de pronto, dejan escapar una risa tímida.

El trabajo de Ulloa al frente de la CATWLAC comenzó en 1998, pero fue hasta 2002, cuando murió la economista venezolana Zoraida Rodríguez, entonces directora regional de la Coalición, que ocupó este cargo.

Desde entonces no parado de trabajar para rescatar a cientos de niñas y mujeres de un delito que crece y que igual que un monstruo mítico, evoluciona para volverse más fuerte, más poderoso, más temible.

De la fiesta del pueblo al chat de Facebook: el acecho crece

La pedagoga y abogada explica la evolución en las maneras de enganchar a las jovencitas y mujeres:

“Antes acostumbraban a irse a las fiestas de los pueblos, y ahí escogían a la más bonita. Entonces bailaban con ella, la empezaban a enamorar, le daban chocolates y después le decían que se querían casar con ella. Hablaban con la familia, y se casaban. Se las llevaban y luego las encontrábamos en Tijuana, ejerciendo la prostitución. La familia se había quedado tranquila porque era “un buen hombre: se casó con ella”, pero no. Era sólo un mecanismo. Y va mutando”.

Ulloa se detiene para darle una calada a su cigarro, quizá el tercero en lo que ha durado esta conversación. Encuentra una imagen, un recuerdo reciente, y continúa:
“Acabamos de toparnos sin querer, buscando una chiquilla de 16 años, con una banda que tiene ya 25 años operando, y nosotros nos acabamos de dar cuenta que opera a través de enamorarlas y embarazarlas. Les quitan al niño, y les dicen: “si quieres volver a tu hijo, ésta es la cuota”. Operan en varias partes del país pero también aquí en el DF. Tenemos una víctima rescatada, que lamentablemente ahora nos dice que la obligaban a atender 70 hombres diarios. Setenta”.

Subraya la cifra repitiéndola. Parece que, a pesar de ver todos los días casos como éste, no dejan de impresionarla y conmoverla.

Dice que las redes sociales se han convertido en un medio accesible y rápido para enganchar a las mujeres, sobre todo a las más jóvenes, de entornos urbanos:
“Ya no van a los bailes, ya las reclutan por redes sociales. Hemos rescatado varias que ellas mismas les roban el dinero a sus papás, ellas mismas se suben al autobús, ellas mismas llegan a entregarse en las manos de quienes las explotan”.
La guerra contra el narco y la mutación de la trata

Al igual que trastocó todos los ámbitos de la vida nacional, la guerra contra el narcotráfico que emprendió Felipe Calderón durante el sexenio pasado y que continúa, sin rumbo ni definición, durante éste, también abrió un amplio abanico de actividades ilícitas para los carteles, además de que transformó las maneras de operar de las bandas dedicadas al secuestro de mujeres y niñas con fines de explotación sexual. La oficina regional del CATWLAC para América Latina y el Caribe lo ha observado así:

“Cuando empezó esta persecución al narcotráfico, los grupos delincuenciales empezaron a diversificar sus fuentes de ingreso, y se dieron cuenta de que en la trata y en el tráfico de migrantes habían encontrado un nicho inmenso de ganancias y de muy poquita inversión”.

Ulloa explica que estos grupos observaron que en los men’s club, los burdeles, los masajes sexuales y los servicios de acompañantes había mucho margen de ganancia y además eran los negocios idóneos para lavar dinero.

“Entonces se empezaron a meter también ahí. Al principio, yo creo que a las bandas tradicionales de tratantes, que son como 24, 25, en todo el país, les empezaron a ofrecer seguridad, después se hicieron sus socios y después ellos mismos empezaron a operar sus propios negocios. Es por eso que hemos visto un incremento en las desapariciones”.

Según la directora regional del CATWLAC, también los fines para los que son reclutadas las mujeres secuestradas, sobre todo las niñas y las adolescentes, han cambiado en los últimos años:
“El otro fenómeno que nos hemos encontrado, que se está dando mucho más en la frontera, en Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, es que ya las reclutan para halconas, que son las que informan al cártel por dónde se está moviendo la autoridad, sicarias, mulas o esclavas sexuales de los jefes de plaza. Hemos rescatado algunas y les hemos ofrecido traerlas para acá, pero la familia tiene tanto miedo, y como generalmente no los puede uno mover a todos, se quedan como paralizados y las chiquillas se regresan”.

En la industria de la trata, para la que las niñas y mujeres son mercancía fácilmente desechable, las imágenes del infierno de Dante se quedan cortas en comparación con el horror que, tras encender otro cigarrillo, quizá para darse valor, describe a continuación Teresa Ulloa:
“Estamos detectando que en las plazas que están bajo el control de los narcotraficantes desaparecen muchas jovencitas. Y luego aparecen muertas”.

Teresa, pelo largo y plateado por las canas, ojos grandes que resaltan por el maquillaje, hace otra pausa. Fuma y gira la cabeza para sacar el humo al lado contrario de donde habla, y continúa, la voz monocorde:
“Y muertas en situaciones horribles: los cuerpos todavía tienen fauna cadavérica y los cráneos están separados del cuerpo. No tienen pegada la mandíbula inferior, no tienen los dientes de enfrente, lo que es muestra de que le dieron un gran golpe”.

El escenario del terror continúa. El telón todavía no cae. Teresa fuma de nuevo, habla otra vez:
“Las caderas y las piernas están desarticuladas, como de todas las veces que las abrieron para violarlas. Muchas tienen golpes en el esternón, fracturado aquí” -se señala en medio del pecho- “el hueso de acá dentro. Y se nota que estaban sufriendo mucho porque sus manos, aunque veces sean sólo huesos, están crispadas. Quiere decir que estaban sufriendo”.

Repite la última frase como si fuera necesario, como si no hubiera quedado suficientemente clara. Como si las imágenes que acaba de describir no hubieran quedado suspendidas en el aire caliente, interrumpido por el trabajo arduo del ventilador, de su oficina-recámara-despacho.

“Entonces empezamos a ver que también había un vínculo entre la trata y el feminicidio, y que donde más estaba proliferando este tipo de fenómeno era donde había grupos armados, oficiales o no, donde entonces, ¿cuál es el valor que le están dando a los cuerpos de las mujeres? Y ¿cómo el poder de un arma puede hacer sentir a un hombre que puede disponer completamente de ese cuerpo, y hacer con ese cuerpo lo que le de la gana? Usarlo y después decirles a los demás: ahora ustedes”.
En cuanto a los estados en donde más se registran casos de desapariciones de niñas y mujeres en México, la Oficina del CATWLAC para América Latina y el Caribe ha detectado los siguientes, según su directora:
“Estado de México, Hidalgo, Veracruz, Zacatecas, Durango, Aguascalientes…” Aquí hace una pausa para comentar, con cierta melancolía: “que antes era un lugar tan tranquilo”, y luego prosigue con su recuento: “Tamaulipas, Nuevo León…” Otra pausa, ahora para decir que sólo en dos municipios de ese estado, Cadereyta y Guadalupe, la organización a su cargo ha documentado 116 desaparecidas, “y no hemos podido ir a ayudar, porque corremos mucho riesgo y ellos también”…

La lista de entidades continúa, parece que no va a terminar hasta cubrir todo el territorio: “Y se corre hasta Coahuila, Chihuahua, ahora las Baja Californias, que más o menos se había controlado en la Norte y ya está otra vez igual o peor, y hacia el sur en Quintana Roo, Oaxaca, Chiapas, Yucatán. Y bueno, hay algunos lugares que nos están asustando como Morelos y Guanajuato. El nivel de desapariciones en Guanajuato ya está muy muy alto. Y no se diga Tlaxcala y Puebla”.

El trabajo de la Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe: una esperanza

En 2006 la oficina de la Coalición que encabeza Teresa Ulloa instituyó el sistema Alerta roja, un mecanismo que incluso el Alto Comisionado de los Derechos Humanos de Naciones Unidas ha apoyado públicamente.

“Empezamos cuando tenemos el reporte, buscando y difundiendo; luego, hay que agregarle más componentes: hoy la tecnología nos lo exigió, y empezamos a meter redes sociales, Causes, para la difusión, y luego vimos la necesidad de hacer boletines de prensa, conferencias. Ese es uno de los componentes que tiene el programa, le llamamos el sistema Alerta Roja. El otro es el de apoyo jurídico, y en el momento en que ya tenemos localizada a la niña o mujer, la familia llena un formato y un documento de consentimiento para el uso de la imagen para la campaña, y nosotros firmamos un compromiso de que en el momento en que aparezca la víctima cerramos la información porque no podemos estar mostrando los rostros. A partir de ese momento, se vuelven el número que les tocó, del expediente correspondiente. Giramos la Alerta Roja al área de pasaportes, al área de migración, a la policía federal, a la ministerial federal, a FEVIMTRA, y a las autoridades locales del lugar donde desaparece la víctima. El documento lleva la foto y los datos de cuándo y cómo desapareció. Solicitamos ayuda para localizarla, para que la boletinen con la Interpol. Y ahí empieza la búsqueda”.
Una vez que las mujeres son localizadas, la oficina de la Coalición les proporciona refugio y alimento en caso de que no sean admitidas en el albergue de la FEVIMTRA, asesoría juridica, terapia psicológica y en ocasiones, clases, talleres y terapia vocacional:
“Estamos muy comprometidas con darles mínimamente un seguimiento de tres años después de que terminamos. Es muy caro y muy largo poder decir: ya es una sobreviviente”.

 

Después de más de una hora y cuarto de conversación, Teresa Ulloa se retira. Cojea y se apoya en un bastón. Una frase retumba en el espacio que ha quedado vacío con su partida: “No soy eterna. Ya tengo que ir entrenando a estas niñas para que continúen con el trabajo. Si no, ¿qué va a pasar con las víctimas?”

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