Con el título de ¿Y si Mozart viviera hoy, sería millonario?, este reportaje se publicó en http://www.sinembargo.mx el 27 de enero de 2012.

Mozart
Wolfgang Amadeus Mozart

Se escuchan las estrofas tristes de la Lacrimosa. Llueve. Todo es gris. Los pocos deudos que acompañan a Mozart en esta sombría despedida se quedan a la entrada del camposanto. La humilde carreta avanza sola; una caja de madera negra es el último lecho de quien fuera el más grande compositor de todos los tiempos.
Al final de un camino fangoso, el vehículo se detiene. Tres sepultureros inclinan el ataúd hasta que un bulto envuelto en una tela que una vez quiso ser blanca cae en un enorme hoyo en la tierra, hasta ocupar su lugar entre otros tantos que corrieron la misma suerte: la fosa común. Un sacerdote hace la señal de la cruz, arroja agua bendita. Se persigna. Da media vuelta y se va.

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Tom Hulce como Mozart en la película Amadeus, de Milos Forman

Dos sepultureros cargan de nuevo la caja que sólo sirvió para transportar el cuerpo hasta su sepulcro. Hasta eso era prestado. Uno más toma una pala y lanza cal sobre los cuerpos. Una nube de polvo blanco los cubre por completo mientras se escucha la última palabra de la Lacrimosa: Amén.

Según la película Amadeus, de Milos Forman (1984), así terminó la existencia de quien críticos, melómanos, compositores e intérpretes consideran el más grande músico de la historia. Y esta interpretación no está para nada alejada de la realidad. Wolfgang Amadeus Mozart murió en la miseria. Su viuda, Constanze Weber, consiguió un entierro económico que no incluía más que un traslado de su casa, a la iglesia de San Esteban y de ahí al camposanto, pero no un ataúd ni una fosa.

¿Y si Mozart hubiera vivido en el siglo XXI?, ¿hubiera sido distinta su suerte?
Hay indicios que nos pueden hacer pensar que sí.

En la lucha constante por la supervivencia

Niño genio, creó su primera obra a los cinco años de edad y la última en su lecho de muerte. Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theopilus Mozart vivió sólo hasta los 35 años de edad, pero compuso 626 obras que todavía hoy se tocan con éxito en casi todo el mundo. Ya sea en el piano de Mitsuko Oshida o bajo la batuta de Karl Böhm, las composiciones de Mozart siguen provocando las mismas intensas emociones al paso de los siglos.

Hay que tener mucho cuidado con las comparaciones, mucho más cuando se habla de un músico enorme. Pero lo que quizá no resulte tan aventurado es cerrar los ojos e imaginar al pequeño Wolfgang, a su hermana, a su madre y a su padre de gira por toda Europa. Dice Pablo Espinosa, periodista especializado en música y editor de cultura del periódico La Jornada:

“Cuando tenía cinco años empezó a viajar por el mundo, y eran unas giras como las que hacen hoy los Rolling Stones o los grandes artistas que llegan a México. Las giras de los Mozart, que eran Leopold, Ana María la madre, Nannerl y Wolfie, eran de 20 ciudades en Europa. Eran meses… Eran mamá, papá, Nannerl, de 11 años y Wolfie, de cinco. Y los que tocaban eran los niños. Hay muchas críticas a Leopold porque los trataba como cirqueros o como changuitos de circo… Como los Jackson Five, pero es que eran notables, eran verdaderamente notables”.
“Hoy los artistas que realizan estas giras extenuantes tienen muchas probabilidades de volverse ricos, y los Mozart tenían todos los ingredientes necesarios para convertirse en un éxito: eran niños y tenían un talento extraordinario. Sin embargo, en aquel tiempo las presentaciones no se hacían en grandes auditorios como el Foro Sol, sino en pequeños espacios cerrados como las cortes de un príncipe o los palacios de un arzobispo. No había manera de obtener muchos dividendos de ello. Además, los músicos eran solamente empleados al servicio de quien pudiera pagarles un salario. No podían aspirar a más”.

“La música no se escribía para ser grabada en discos, no existían. La música se escribía para ser tocada en el instrumento que tenía el músico que la encargaba”, continúa Pablo Espinosa. “Los mecenas eran muy cultos y tocaban muchos instrumentos. Entonces encargaban obras para que ellos se divirtieran con su piano, con su clavecín o su flauta…
Y bueno, una estrella hoy que tiene ese éxito no tiene el talento que tenían esos niños. Como Justin Bieber”.

Parecía que el destino del joven Wolfgang iba a ser siempre ése: a pesar de su extraordinario talento, vivir como el resto de los músicos de su tiempo, en la mediocridad económica. Pero él era diferente. Sabía que su música no era como la que componían los otros. Se fue de Salzburgo y decidió probar fortuna en Viena, la ciudad de los músicos y la capital de la música. Y se atrevió a hacer algo que nadie antes había hecho: ser un free-lance.

El compositor, crítico musical, productor y guionista de cine y de televisión Juan Arturo Brennan lo cuenta así:

“Durante una primera etapa estuvo asociado con instituciones que lo mantenían y que lo sostenían a cambio de que compusiera, fundamentalmente el principado arzobispado de Salzburgo, pero después de que Mozart renunció, o más bien fue renunciado a esta vida institucional, y se dedicó a ser, insisto, el primer compositor notable que intentó una vida de free lance, cosa que no era muy fácil. Su música tenía un cierto éxito, pero era difícil empezar como él empezó, tratar de definir este concepto de compositor independiente que pudiera vivir exclusivamente de sus composiciones, de editarlas y venderlas, de sus conciertos por suscripción, de las taquillas de las presentaciones de sus óperas, etcétera. Fue el primer músico que se lanzó a esta aventura de ser un creador musical independiente”.

Hay muchas leyendas en torno a las razones por las cuales Mozart decidió salir del yugo protector del príncipe arzobispo Hieronymus von Colloredo. Según una de ellas, en una ocasión el prelado le pidió al joven Mozart que le hiciera un mandado, a lo que él respondió que no era su sirviente. Esto provocó la ira del jerarca religioso, que lo echó de su servicio. Otra es que simplemente Mozart se cansó de componer por encargo. Según Pablo Espinosa:

“Desesperado ante la falta de oportunidades, y no tanto por dinero, sino por los encargos: le encargaban misas, motetes, le encargaban formatos ya muy establecidos. Su imaginación estaba más allá, su creatividad estaba más allá. Entonces deja Salzburgo. Colloredo fue el último obispo italiano para el que trabajó, y Mozart toma una decisión muy valiente, que le costó la vida, si lo ponemos así, que es irse de Salzburgo a Viena para trabajar como compositor. Entonces empieza a conseguir encargos, ya había hecho encargos, empieza a componer febrilmente, pero la sociedad vienesa era de las más conservadoras. La sociedad vienesa prefería a los compositores italianos que eran más fáciles”.

Pero la nueva aventura no iba a ser fácil. Si Mozart no quería componer por encargo, lo único que le quedaba era vender sus partituras, dar clases privadas y convencer a los empresarios musicales que sus óperas valían la pena, que gustarían al público. Y mientras todo esto ocurría, y a pesar de la oposición de su padre, Wolfgang se casó con Constanze Weber, la hermana de la mujer a la que verdaderamente amaba: Aloysa. Las presiones económicas aumentaron para el joven compositor.

“No podía dormir. El estrés era brutal. Porque era el estrés de tener que entregar para cobrar porque necesitaba el dinero, porque estaba endeudado”, dice Pablo Espinosa.

Dice Juan Arturo Brennan: “en lo personal es bien sabido que Mozart no era muy buen administrador de sus recursos”.

Ficción o simple exageración de la realidad, una escena de la película Amadeus entre el compositor y su padre Leopold, ejemplifica muy bien la situación económica de Mozart en esta etapa, y sus verdaderas intenciones al independizarse:

“-¿Tienes alumnos?”, le pregunta su padre Leopold, de visita en Viena.
-“No tengo alumnos. Necesito tiempo para la composición”. Le responde, un tanto impaciente, el recién casado Mozart.
-“La composición no paga y lo sabes.” Termina definitivamente la conversación, Leopold.

Desde El rapto del serrallo hasta el sublime Réquiem, sin olvidar Cosí fan tutte, Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y La flauta mágica, Mozart compuso, en el lapso de unos pocos años, algunas de las más grandes obras maestras del repertorio musical de todos los tiempos. Y esto a pesar de las carencias con las que vivió gran parte de su vida.

Juan Arturo Brennan no tiene ninguna duda acerca de cuál es la característica que más define la música de Mozart:

“Yo creo que la principal, aunque los musicólogos difieran, es la belleza. Finalmente la música no tiene ninguna utilidad más que el disfrute del alma del que la escucha. Eso es lo que hace genial sobre todas las cosas a Mozart, y lo que hace indispensable su música. Además, por debajo de eso hay una perfección técnica, hay una enorme gama de formas y géneros abordados por Mozart que lo enriquecen mucho, pero sobre todo la música es bella, sobre todo para su disfrute, y creo que la cualidad básica de la música de Mozart es sobre todo, su belleza”.

La respuesta de Pablo Espinosa no es muy distinta:

“Mozart, para mí es el más grande compositor de toda la historia; reúne todas las emociones humanas, reúne sufrimiento y placer. Insisto, siempre con una sonrisa. Uno escucha la música de Mozart y se pone de buenas, siempre”.

Amadeus, una invención genial

Dos son los hechos que colocan a Mozart como figura de masas en la época moderna: la película de 1984 de Milos Forman, Amadeus, basada en el guión de Peter Shaffer sobre su propia obra teatral, y la celebración, en 1991, del bicentenario de su nacimiento en la ciudad de Salzburgo, que tuvo ecos en todo el mundo.
Aunque ya en 1830 el dramaturgo ruso Alexander Pushkin había abordado el tema de la envidia que el músico italiano Antonio Salieri le tenía a Wolfgang y que según la leyenda habría llevado a envenenarlo, en su pieza Mozart y Salieri, fue Peter Shaffer quien elevó esta circunstancia a la categoría de mito cuando en 1979 estrenó su obra Amadeus. Al convertirla en película de Hollywood, ganadora de ocho premios de la Academia, Milos Forman se encargó de convertir esta historia, y sobre todo a su protagonista, en una figura de masas, una especie de estrella de rock.

En esto coincide José Montalvo, vicepresidente de servicios creativos de Ogilvy México, creador de exitosas campañas publicitarias para Librerías Gandhi, Mattel, Unilever y Pzifet, y ganador de más de 120 premios, entre ellos, varios Leones de Oro en Cannes:

“La película es buenísima y es vigentísima. No se qué tan apegada esté a la realidad o no, pero ahí digamos, también los personajes son muy vendibles, y la historia es muy vendible porque la gente esas cosas son las que compra: la historia y el chisme, la onda con su papá”.

Gracias a la actuación de Tom Hulce, en ese entonces de 31 años de edad, Milos Forman dibujó en el imaginario colectivo un Mozart alegre, dicharachero, escatológico y vanidoso con el que el gran público fácilmente se pudo identificar, y que según José Montalvo harían del compositor austriaco una figura sumamente atractiva hoy en día:

“El simple hecho de tener un talento tan prodigioso, incluso podría hacer un buen uso o presumirlo. O sea, le sobraba tanto que incluso podía componer algo enfrente de la gente, borracho, por decirte algo. Ese tipo de cosas, hoy en día, un talento así tan tremendo, un genio tan absoluto, creo que sería un hit. La gente que lo tiene hoy, no se si hay un talento comparable pero es así, admirada. Además tenía una personalidad especial, era extrovertidísimo y un desmadre, mujeriego hasta donde se. Eso sin duda le garantizaría espacio en los medios y que la gente estuviera al pendiente de su vida”.

No es posible saber con exactitud qué tan apegado a la realidad está el personaje que creó Peter Shaffer. Sin embargo, el músico y crítico musical Pere-Albert Balcells ofrece una versión muy parecida del compositor a través de su propia correspondencia, en el libro Autorretrato de Mozart (Acantilado, 2000):

“Mozart tenía una enorme necesidad de cariño y eso queda claro en sus cartas”. Dijo Balcells al periodista de La Vanguardia Pablo Meléndez-H en una entrevista del año 2000. “Él fue, a la vez, el ejemplo más punzante de la bufonería, pero también un genio de la música, un chiquillo de hablar escatológico y un irresponsable si esto se mide desde la lógica del día a día que representa su padre”.
¿Y si Mozart viviera hoy, sería millonario?

Difícil y arriesgado aventurar una hipótesis. Juan Arturo Brennan prefiere no hacerlo, porque para él:

“Mozart se sale completamente de cualquier parámetro, de cualquier posibilidad de comparación”.

En cambio, Pablo Espinosa no lo duda mucho:

“El catálogo de Mozart, que se llama Koechel, son unas 626 obras más o menos, pero digamos que La flauta mágica tuvo un éxito extraordinario. Ya nada más con esa, si se hubiera grabado, sí sería millonario Mozart. Y ahí sí ya no estoy forzando a la fantasía la extrapolación. Nada más con La flauta mágica. Ni siquiera la que hoy es famosa, la Sinfonía 40, ni Eine Kleine Natchmusik le darían tantos dividendos, tantas regalías como La flauta mágica. Ese fue el gran éxito en vida de Mozart, y además era un éxito popular porque se estrenó en un suburbio en Viena, y la sociedad vienesa lo rechazaba. El fue un outsider, y fue un clandestino, siempre fue a contra corriente”.

En lo que sí coincide Brennan, es que el secreto del éxito de La flauta mágica está en su fuerte raíz popular:

“Ciertamente La flauta mágica fue exitosa básicamente porque tenía una vertiente popular muy interesante, muy importante. Muchas de las otras óperas de Mozart, tan buenas como eran musicalmente, dramáticamente eran muy solemnes. Estas óperas basadas en grandes héroes, y personajes acartonados, de gran nobleza y de ideales profundos, y Mozart progresó porque empezó a meterse con argumentos y personajes mucho más cercanos al pueblo. Es el caso justamente de Las bodas de Fígaro, es el caso de La flauta mágica”.

Para José Montalvo sería muy fácil que Mozart hoy tuviera una gran exposición en los medios:

“Yo creo que lamentablemente, sobre todo hoy en día, lo que menos se valora es el talento, Mozart sin duda lo mejor que tiene es su talento pero su personalidad creativa sí es un producto muy vendible, y su historia es una historia muy vendible. Incluso la sola noticia de que está viviendo en la pobreza hubiera sido una noticia excelente para muchas revistas de la alta sociedad. De ir y tomarse fotos en su casa y no se qué, y a la mejor hubiera tenido más dinero”.

Probablemente Mozart sí hubiera sido millonario hoy en día.
De lo que no queda duda es que el poder de la música que compuso este hombre delgado, de baja estatura y tez pálida, nacido un 27 de enero de hace 256 años, nos sigue conmoviendo y transformando hoy en día.
La muerte lo encontró a los 35 años porque en esa época la gente no vivía mucho. O quizá porque ya había cumplido con su tarea divina en esta tierra: componer música de dioses.
O quizá también porque no tuvo acceso a un tratamiento médico eficaz y a tiempo.
Aun hoy en día los científicos no se ponen de acuerdo de qué murió Mozart: una embolia, un estreptococo, una insuficiencia renal, envenenamiento, o todo ello combinado. El hecho de que sus restos hayan terminado en la fosa común dificulta todavía más un diagnóstico certero.
Lo que sí sabemos es que Mozart fue un rebelde, que se atrevió a independizarse, que compuso lo que quiso aun a costa de su propio bienestar.
Y seguramente, como su personaje de Don Giovanni, llegada la hora de la muerte no habrá tenido nada de qué arrepentirse.

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