Las guerras de Almudena


Esta entrevista se publicó en la revista Variopinto, en diciembre de 2014.

almudena-grandes-foto-irma-gallo_24144097305_o.jpg
Almudena Grandes. Foto: Irma Gallo

En 1989 una joven de 29 años se dio a conocer en el mundo literario con Las edades de Lulú. No sólo fue un éxito de ventas, sino que además ganó el IX Premio La Sonrisa Vertical. Almudena Grandes no se mordió los labios para describir con detalle los encuentros sexuales de la protagonista de su novela, una adolescente de 15 años que despierta a la sexualidad en el alocado ambiente underground de Madrid. La escritora retrató con fiereza esa época, conocida como la Movida, que ella misma vivió, cuando los españoles se desquitaban con droga, sexo y alcohol del capítulo negro de su historia que fue la dictadura franquista.
Algunos años y varias novelas después (Te llamaré Viernes, Malena es un nombre de tango, Los aires difíciles, entre otras), Almudena Grandes emprendió la aventura de contar las historia de dos décadas y media de su país en una serie de novelas a las que llamó Episodios de una guerra interminable, inspirada en los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. La serie comenzó con Inés y la alegría (TusQuets, 2010) y continuó con El lector de Julio Verne (TusQuets, 2012).
España hoy y ayer

En entrevista, la autora de El corazón helado enumeró algunas coincidencias entre el franquismo, época en que sitúa Las tres bodas de Manolita (la tercera entrega de sus Episodios) y la actualidad en España:
“Cuando yo escribí esta novela en el 2008 sabía que a Manolita la iban a desahuciar, que se iba a empobrecer de la noche a la mañana, que no iba a encontrar trabajo”, -lo que no se imaginó, reflexiona, es que en 2014, cuando la novela salió a la venta, la gente le diría que en realidad esa España no era tan distinta de la actual-.
La política de libre mercado del gobierno español encabezado por Mariano Rajoy, aunada a la burbuja hipotecaria de 2008, culminó con casi 39 mil familias desahuciadas sólo durante 2013. Las imágenes de España que llegaban al resto del mundo eran de madres solteras con sus muebles y sus hijos en la calle; hombres y mujeres de edad avanzada que se suicidaban cuando iban a tocarles la puerta para sacarlos de lo que hasta entonces había sido su casa, y airadas protestas callejeras. Las propiedades se vaciaban en todo el país mientras la gente se quedaba en la calle.
Pero al comparar todo esto con la era de Franco, Grandes afirma que: “es un periodo parecido y no. Porque es verdad que esta crisis económica ha tenido el efecto de empobrecer súbitamente a los españoles, exactamente igual que la guerra civil, es verdad que hay desahucios, y que hay mucho paro. Pero si yo cogiera a mis abuelos y los trajera a la España de hoy y les dijera: ¡Fijaos qué crisis!, mis abuelos se partirían de risa. Y me dirían Esto no es una crisis, esto es un problemilla”. Con la voz cascada que le han dejado cientos de cigarrillos fumados durante las noches de marcha en los bares de Madrid, Almudena Grandes explica que esta situación no se compara con la que vivieron sus antepasados durante la guerra civil, sobre todo, por un problema de actitud:
“Los españoles siempre hemos sido pobres, pero siempre hemos sabido ser pobres con dignidad.”
Fue la bonanza económica de mediados de los 90, cuando España se convirtió en un país receptor de inmigrantes y no expulsor como lo había sido durante la guerra civil, lo que hizo sentir a los ciudadanos que la situación había cambiado para siempre:
“En los últimos 20 años los españoles nos hemos creído que éramos ricos”. -Continúa la escritora.- “Y entonces, cuando ha llegado esta crisis hemos perdido los vínculos con el pasado. No tenemos referentes para reaccionar. Esa es la diferencia”. -Y, con voz fuerte, remata:- “Esa es la riqueza que hemos perdido”.
Con respecto al tiempo que le tocó vivir a Benito Pérez Galdós, de quien se dice ávida lectora y por ello usó la estructura de los Episodios nacionales para crear sus propios Episodios de una guerra interminable, Almudena Grandes también encuentra coincidencias con la época actual: “1898 lo que trajo consigo fue una crisis de país. Una crisis filosófica, una crisis moral sobre el modelo de país que había que crear por la convicción de que España no podía seguir siendo igual, y eso también se está dando ahora”.
Con la convicción de que su país está pasando por una época lo mismo negra que apasionante, la mujer de la voz gruesa y los ojos negros, conocida porque no tiene reparo en expresar sus convicciones políticas, continúa:
“¿Cómo se puede arreglar que los ciudadanos no tengan fe en las instituciones?, ¿cómo se puede arreglar la desilusión radical que inspira la democracia a los españoles, la convicción de que los partidos políticos no son más que un nido de ladrones corruptos y que la política no sirve para nada? Eso es mucho más difícil de arreglar porque eso va a requerir refundar el país. En ese sentido, España se parece ahora al 98”.

El Patronato de Redención de Penas y el mercado laboral de hoy

Durante los años en que Francisco Franco estuvo en el poder se creó el Patronato de Redención de Penas, un proyecto según el cual los presos “pagaban” sus condenas con días de trabajo. En Las tres bodas de Manolita esta abominación del franquismo también es uno de los escenarios en donde se desarrolla la historia:
“Lo vendieron como un modelo humanitario. Cuando en realidad de lo que se trató fue de un sistema de trabajo esclavo que permitió labrar enormes fortunas en España, porque claro, los presos penados eran una mano de obra ideal: no hacían huelga, no protestaban, no cobraban, porque su salario era la redención de penas”. La narradora añade que las grandes obras públicas que hicieron los presos, entre ellos el Valle de los Caídos, no las construyó el Estado sino que eran contratos que éste le otorgaba a empresas privadas que “se forraron, amasaron enormes fortunas, gracias al trabajo de los presos”.
Esta situación, preguntamos a la autora de Castillos de cartón, ¿tiene una similitud con el mercado laboral de hoy en día? Después de afirmar, Almudena argumenta su respuesta:
“Una de las consecuencias de la globalización ha sido que el poder económico ha suplantado al poder político. En este momento, en todo el mundo, los que tienen la sartén por el mango son los poderes económicos”.
Almudena Grandes carraspea para seguir exponiendo sus ideas. Explica que los modelos laborales de hoy en día son “modelos de trabajo esclavo”; específicamente, “modelos de explotación decimonónica”. Sin dudarlo, continúa con su argumentación: “El trabajo fijo es una entelequia en mi país. Casi nadie tiene un trabajo fijo, todos son trabajos precarios. Y luego el modelo es lo de Alemania, que ahí no hay paro pero porque todos los jóvenes tienen cuatro contratos: trabajan cuatro horas en un sitio, tres horas en otro sitio, también los sábados. Ese modelo en realidad lo que implica es un deterioro de las condiciones laborales y de la dignidad laboral enorme”.
¿En aras del neoliberalismo?, preguntamos.
“En aras de la rentabilidad” -se apresura a responder.- “La única palabra que existe en el mundo ahora mismo es rentabilidad.
El poder político y el narco

Si el modelo de gobierno en todo el mundo atiende primordialmente a los intereses económicos, y si las drogas, al moverse en el mercado ilegal son un gran negocio, argumenta la columnista de El País, no es de extrañarse que el narco sea el verdadero poder detrás de los gobiernos:
“Yo no se en nombre de qué humanismo, en nombre de qué moral, se mantiene una situación que le cuesta la vida a decenas de miles de personas en el mundo cada año”. Además de marcar la pauta a los mercados, el negocio del narco tiene una gran capacidad de corromper todo lo que toca, afirma, y “se crearán situaciones espantosas, que arrojan decenas de miles de muertos en países como éste”.

Ayotzinapa: a un paso del Estado fallido

La escritora madrileña aclara la garganta una vez más, y sin que se le pregunte, se arranca a dar su opinión sobre los 43 estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Guerrero, desparecidos desde el 26 de septiembre.
“A mí me ha impresionado muchísimo lo de Iguala”. -Dice, y parece que sus palabras retumban esa mañana soleada de otoño.- “En algunas ocasiones tenemos la sensación de que se cruza una raya roja. Y para mí, este es el caso, porque en un país donde hay mucho crimen organizado, ya se sabe que la forma de imponerse de los capos es a base de matar gente, pero el hecho de que un alcalde elegido democráticamente, de un partido de izquierdas además”, -aquí, la escritora hace una digresión- “cosa que a mí me duele porque yo, aunque no esté de moda, sigo siendo internacionalista de corazón”. Y cuando parece que la voz se le va a empezar a quebrar, retoma su discurso con énfasis. Dice que el hecho de que un alcalde tome el teléfono y ordene: “a estos me los eliminan porque me están molestando”, le parece que es la línea roja que nunca se debió haber cruzado.
“Y entiendo perfectamente la indignación y la desesperación de la gente aquí porque, claro, eso ya está a un paso del Estado fallido”. -Deja caer la frase como si nada, ella, que nunca teme meterse en líos por lo que sale de sus labios. Termina diciendo: “Creo que es una dictadura la del narco, y una dictadura sangrienta”.

Cataluña y el referendum

Con la efusividad que la caracteriza, Almudena Grandes afirma sentirse decepcionada de Artur Mas, y sobre todo, de cómo terminó la iniciativa del referéndum con la que el 9 de noviembre los ciudadanos catalanes iban a opinar si querían o no que la región se separara del gobierno español:
“Durante el último año yo lo veía, le oía hablar, leía sus declaraciones, y al mismo tiempo oía que un montón de gente me decía: No va a haber referendúm y él lo sabe. No me lo podía creer, porque él era un personaje tan fascinante que no me podía imaginar que al final él mismo se procurara un ridículo tan espantoso como el que está haciendo”.
Además, dice, “sobre Mas pesa ahora una sombra muy larga” -y a continuación explica que el político catalán era el segundo de Jordi Pujol, por lo que- “da la sensación de que a Mas le interesa estirar lo de la independencia porque cuanto más lo estire menos posibilidades tiene de que lo lleven a un juicio. Es el modelo de Sarkozy, es el modelo de Berlusconi”.
Pero, advierte: “más culpa tiene Rajoy. Porque lo que no puede ser es que al presidente de un país no le de la gana sentarse a escuchar al presidente de una comunidad autónoma y no le de la gana de hacer política. Los políticos están ahí para hacer política. Les pagamos para hacer política”.
Por si fuera poco, según la narradora madrileña, según las encuestas publicadas en su país, los catalanes partidarios de la independencia son sólo “como el 37%”.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s