El 26 de diciembre de 1996 el cuerpo de JonBenet Ramsey, reina de belleza de 6 años de edad, apareció estrangulado y golpeado en el sótano de su casa de Boulder, Colorado. Sus padres, John y Patsy Ramsey, pasaron de víctimas a sospechosos a lo largo de los años, en una investigación que nunca arrojó datos concretos hasta octubre de 2013, cuando un juez de instrucción que revisó el caso determinó que los padres “ayudaron a alguien que cometió el homicidio”, (sin aclarar a quién). Para entonces Patsy ya había muerto.

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En 2008 Joyce Carol Oates, crítica aguda de la sociedad norteamericana, escribió My sister, my love, que fue traducido al español como Hermana mía, mi amor y publicado en 2012 por Alfaguara. Aunque la autora de Blonde (2000) ha insistido en que su personaje Bliss Rampike no es JonBenet Ramsey, las semejanzas no son pocas. Bliss es patinadora y no reina de belleza, pero también está sublimando las frustraciones de su madre: si Patsy Ramsey había sido reina de belleza y quiso que su hija JonBenet continuara con su sueño, Betsey Rampicke se siente realizada cuando la pequeña Bliss se convierte en una estrella del patinaje infantil, porque ella misma quiso serlo y nunca lo logró.

Joyce Carol Oates (New York, 1938) elige a Skyler, el hermano mayor de Bliss, como voz narrativa de Hermana mía, mi amor. Poco se sabe qué sucedió con Burke, el hermano de la pequeña JonBenet, aunque hubo quienes lo acusaron de ser el asesino de su famosa hermana. Y a sus padres, de encubrir el crimen.

Pero la novela de Oates no es la A sangre fría de Truman Capote. No es un trabajo periodístico-literario, sino puramente literario. A la escritora no le interesa narrar los hechos como todo el mundo apostó que sucedieron (como pasa siempre en estos casos de nota roja, con los que la prensa amarilla se lame los colmillos) y proponer una teoría de quién fue el asesino, sino que pone el acento en los defectos de una sociedad preocupada por alcanzar la “celebridad” a toda costa.

Utilizando la voz de un Skyler ya adulto, al que grandes carencias afectivas hacen que “suene” todavía como un niño, la autora de La hija del sepulturero cuenta una historia delirante en la que los chicos de ocho años de clase alta (con los que Betsey obliga a jugar a sus hijos para ser ella misma aceptada entre la “alta sociedad”) consumen medicamentos para la depresión, la ansiedad, relajantes musculares, anfetaminas y Ritalin.

Los Rampicke de Joyce Carol Oates se parecen a los Ramsey, quizá porque los Ramsey se parecen a muchos norteamericanos de clase media con aspiraciones muy por encima de su realidad, a los que no les importa sacrificar a una hija (o a los dos) con tal de lograr la fama, aunque sea sólo por cinco minutos.

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