Beber para escribir I. Marguerite Duras


Marguerite Duras, Patricia Highsmith, Jean Rhys, Carson McCullers, Elizabeth Bishop  y Dorothy Parker son sólo algunas de las escritoras que bebían con tanta intensidad como escribían: vino, bourbon, whisky, coñac, vodka (y hasta agua de colonia en el caso de Bishop, según Olivia Laing, autora de The Trip to Echo Spring. On Writers and Drinking), y de esa manera lograban que sus demonios se volvieran a su favor a la hora crear.

En La libreta contaremos sus historias, una por una.

Marguerite Duras, cuyo verdadero nombre era Marguerite Donnadieu, nació en Indochina el  4 de abril de 1914 y murió en París el 3 de marzo de 1996.

Duras
Marguerite Duras

A la adolescente cuya relación sexual con un hombre mucho mayor fue la inspiración para su novela El amante (Premio Goncourt 1984), el alcohol la acompañó casi toda la vida.

Yann Andrea, su última pareja (40 años menor que ella y homosexual), narró a la biógrafa Laure Adler que había épocas en las que ambos bebían de seis a ocho litros diarios de alcohol y apenas comían.

La escritora se regodeaba en la caída: “Me gustaba darme asco a mí misma. Me veía destrozándome. Era placentero aquel desplome”.

Escribir es quizá su obra más personal y por lo tanto desgarradora. Marguerite no tenía compasión para hablar de sí misma:

“Si no hubiera escrito me habría convertido en una incurable del alcohol. Es un estado práctico: estar perdido sin poder escribir más… Es ahí donde se bebe. Ya que uno está perdido y ya no se tiene nada que escribir, que perder, uno escribe. Mientras el libro está ahí y grita que exige ser terminado, uno escribe. (…) Cuando me acostaba, me tapaba la cara. Tenía miedo de mí. No sé cómo, no sé por qué. Y por eso bebía alcohol antes de dormir. Para olvidarme, a mí. En seguida pasa a la sangre, y luego uno duerme. La soledad alcohólica es angustiosa”.

(…)

“Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada. Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitas desesperaciones. Durante aquel período tuve amantes. Se acostumbraban a la soledad de Neauphle. Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez, escribieran libros. Raramente daba a leer mis libros a esos amantes. Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben”.

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