La literatura se sufre: Fadanelli


 

Fadanelli
Guillermo Fadanelli. Foto: Irma Gallo

A Guillermo Fadanelli no le gusta la gente. Dice que para soportar el mundo debe haber bebido antes unos tragos.

Sin embargo acepta dar esta entrevista en Capote Taberna, un bar de tapas sobre la avenida Álvaro Obregón, en la colonia Roma.

Son las seis de la tarde. El autor de La otra cara de Rock Hudson, Lodo y Terlenka (doce relatos para después del Apocalipsis), llega puntual. Las sombras están empezando a treparse a las mesas de madera tosca, así que los meseros encienden las lámparas retro “traídas directamente de la ex Unión Soviética” (eso nos han dicho).

Fadanelli pide un trago antes de empezar la entrevista.

Describe al protagonista de su novela El hombre nacido en Danzig (Almadía, 2014) como “un hombre estrafalario, algo cercano a la locura; celoso, auto observador, héroe y víctima del universo femenino, con ciertos sesgos de misoginia aparente”, y dice que al escribir esta historia se le aclaró “esta idea que se tiene de mí, una idea totalmente equivocada: que soy una especie de misógino provocador”.

Ante semejante declaración, la pregunta se antoja irresistible:

¿En qué piensas cuando te digo la palabra caballero?

“El concepto de la caballerosidad me hace pensar en la cortesía. Creo profundamente en ser cortés y en la cortesía como una manera de aislarte de los demás. La cortesía como una lejanía, como un magnífico ejercicio de la hipocresía.

Creo que la sociedad y la humanidad en su conjunto han menospreciado el concepto de cortesía y de caballerosidad porque es también un ejercicio civil, es un medio de comportamiento en apariencia contrario a la honestidad, a las pasiones, a la sinceridad, al exabrupto, pero yo creo que con el extraño debes de ser siempre cortés y un caballero”.

Fadanelli hace una pausa para tomar su whisky. Con la voz un poco más clara, continúa:

“Emmanuel Lévinas, el filósofo francés, decía que resumía su filosofía en una sola frase: “usted primero, señor”. Y las lecturas de filosofía y de ensayo me han llevado a la idea de que el otro tiene que ser siempre el principio, la base de toda relación social civil. Y la mujer es el otro en dos acepciones: como ser civil y como otra naturaleza.

Me gusta cultivar la diferencia. El ser femenino es lo otro, el ser diverso, la extrañeza. Y por ello me causa tanta seducción”.

A quien escribe y edita como modo de vida, cabe preguntarle qué tipo de literatura (o literaturas) prefiere hoy en día:

“Tengo una gran afición por la lectura, más que por la escritura. Sin embargo, el escribir pone un poco de orden en mi cabeza. El mundo complejo, abigarrado, extravagante, extraño, comienza a ordenarse a partir de las palabras”.

El autor de En busca de un lugar habitable dice que no tiene un gusto específico por una sola tradición de la literatura, y se declara “no seguidor” de la ciencia ficción ni del género negro.

“De ahí en fuera, soy lector de teatro, aficionado al relato. La novela rusa ha, de alguna manera, influido en esta carga sufriente que a veces tienen mis personajes. La tradición la vas construyendo tú mismo. Cada libro ocupa un lugar en tu vida, y a los libros se llega por equivocación, o casualidad, porque estás dispuesto a enfrentarte al hallazgo y a encontrarte también con los malos libros”.

Nada es simple con Guillermo Fadanelli. Parece que el ganador del Premio Grijalbo de novela 2012 con Mis mujeres muertas se regodea en su vocación de ermitaño.

“Ahora no salgo de mi casa. Disfrutaba hace muchos años pasear por las librerías e ir encontrado escritores, títulos, dibujando mi propia geografía literaria. Sin embargo ahora disfruto más releer. Me doy cuenta de que algo así como el yo, el nombre propio Guillermo Fadanelli no existe del todo. Es una especie de metáfora, de invención, porque el hombre que leyó a Carson McCullers, a Bukowski, a Raymond Carver o a Dostoievsky hace 25 años no es el mismo que al reelerlos se relaciona con el joven lector. La relectura me está diciendo que la literatura no se aprende, sino que se sufre.”

El tiempo de la entrevista está llegando a su fin. Imposible dejar pasar esta oportunidad para preguntarle sobre cómo influyó en su obra el haber vivido la “Movida” madrileña.

“Un escritor, o al menos el escritor que yo intento ser es, antes que nada un observador y un vividor. Y el escritor-vividor se siente atraído por la noche y por la transgresión de fronteras, y siempre está a la espera de que los límites se quebranten. ¿Y qué mejor para un escritor de esta naturaleza que la noche madrileña que viví a finales de los años ochenta y buena parte de la década de los noventa?”

Un trago más. Debajo del ala ancha de su elegante (a su modo) sombrero, se nota que Fadanelli está recordando con algo parecido a la nostalgia esos tiempos.

“Encarné un poco el ideal del trotamundos. Pero en este caso, en lugar de ir a una región inhóspita en Australia, recorría todos los bares del barrio de Malasangre o del Chueca; recorría la Gran Vía. Un entusiasmo atroz se apoderó de mí.

Era un destruirse lúdico y excitante, y recuperar tus pedazos nuevamente al día siguiente; reconstruir la noche pasada y fabricar una ficción o una historieta de tus aventuras”.

Termina la entrevista; Guillermo Fadanelli se levanta de la mesa como impulsado por un resorte: ha llegado Yolanda, su compañera de vida y socia en la editorial Moho.

El misógino desaparece; al caballero se le enciende la mirada.

(Una versión de esta entrevista se publicó en Gentleman México en 2014).
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