La literatura es rebeldía y disidencia pero también inteligencia y fabulación: Juan Francisco Ferré


El 14 de mayo de 2011, cuando se disponía a salir de los Estados Unidos, Dominique Strauss-Kahn, el entonces director del Fondo Monetario Internacional, fue detenido en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. Una recamarera originaria de Guinea, Nafissatou Diallo, empleada del Sofitel New York Hotel de Manhattan, lo había denunciado por agresión sexual e intento de violación.

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Francisco Ferré. Foto: Anagrama

En Karnaval, obra con la que ganó el Premio Herralde de Novela 2012, el español Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962) toma como punto de partida este escándalo para crear a DK o el dios K, también director del FMI, que se encuentra en la cumbre del éxito y vive una existencia de lujos y dispendios. Sin embargo, cuando está a punto de acudir a una reunión de altos funcionarios financieros en la que planea manifestar su postura en contra de aplicar medidas económicas restrictivas tan duras contra Grecia es detenido en el aeropuerto John F. Kennedy por una denuncia que interpuso contra él una recamarera por abuso sexual.

Más que limitarse a tejer el drama humano en torno al escándalo, el escritor utiliza esta anécdota para hacer una crítica feroz al neoliberalismo y a las políticas de los organismos financieros internacionales que sacrifican el bienestar de la gente para mantener en un nivel “aceptable” los índices macroeconómicos.

La crítica a un sistema, más que un panfleto

En entrevista vía correo electrónico desde España, el escritor dice que Karnaval sí es la expresión de la postura de su autor:

“Es una novela que quiere trascender su mera condición de novela y hacer pensar al lector en todo lo que está pasando desde una perspectiva que supere los simplismos ideológicos y las ideas consoladoras. Obligarlo a asumir ciertas ideas críticas sobre la situación del presente y lo que ya se anuncia en el futuro. Sin duda es un libro que pretende expresar un gran rechazo a lo que ha pasado en las últimas dos décadas”.

Pero, advierte, no le interesaba crear un panfleto:

“La ambigüedad y la ironía con que describo el estado de cosas impiden a la novela incurrir en dos actitudes que detesto a fondo en un creador: la homilía militante y el compromiso partidista. Creo que la política tiene una dimensión intelectual y filosófica que está por encima de las pequeñas causas de los partidos institucionales. Y mi novela, en su ambición por asumir la realidad contemporánea en su totalidad, asume por momentos el discurso de la disidencia y la verdad sin tapujos”.

Porque, dice: “La literatura es rebeldía y disidencia, desde luego, pero también invención, inteligencia, fabulación, audacia e irrisión infinitas. Sin estos factores estéticos y creativos, aquellas actitudes éticas no valdrían para nada”.

A lo largo de la novela, este rasgo de rebeldía se pone de manifiesto por medio de la aguda ironía con la que Ferré retrata los excesos del capitalismo, comparándolo con un ser monstruoso:

“Aplicando los recursos de la ficción sobre un personaje como éste en una situación de crisis como la actual, tenía la intención de transformar en hilarantes y excesivos los vicios de un modelo de organización social y económica al que aún, por rutina, llamamos capitalismo. Un sistema que se está metamorfoseando en el presente, ante nuestros ojos estupefactos y en todas nuestras pantallas, en un monstruo omnímodo y omnívoro, más parecido a La Cosa de Carpenter o al Cthulhu de Lovecraft que a cualquier otro ente mitológico reconocible.

La crisis económica de España, en el centro de todo

El momento por el que está atravesando España, con una crisis que tiene sus raíces en lo económico pero que ya ha infectado casi todas las esferas de la vida cotidiana, es una coyuntura que Juan Francisco Ferré decidió no ignorar.

“El neoliberalismo es el alma desalmada de la máquina capitalista que, con la excusa de la crisis económica, se está apropiando de todo sin piedad: de las vidas, las posesiones y los sentimientos de la gente. España es un observatorio privilegiado de este proceso mundial, sin duda, como país europeo paradigmático de esta clamorosa claudicación de la política ante el peso de la economía, del desmantelamiento de la sociedad del bienestar y la implantación de un régimen depredador de lucha darwiniana por la supervivencia”.

Paradójicamente, el personaje principal de Karnaval experimenta una gradual pero radical transformación una vez que es obligado a renunciar a su cargo y con la amenaza de una larga condena de prisión bajo sus hombros:

“Mi DK, tras abandonar el FMI, se transforma a conciencia en un líder rebelde y cada vez más revolucionario y conecta a través de la imaginación con ese movimiento social de denuncia y protesta que se desató en España (y también en Estados Unidos y otros países europeos) al mismo tiempo que él caía en desgracia, y que fueron los indignados. DK logra canalizar todo ese potencial de insurgencia y sublevación sin moverse de su lujoso apartamento de Nueva York, lo que supone una nota de ironía sobre una época en la que resulta muy difícil declararse en contra del estado de cosas sin señalar la complicidad inevitable de todos y cada uno en el mismo”.

Pero, se le pregunta al también autor de Providence (Anagrama, 2009), ¿fue su intención justificar de alguna manera las acciones de Dominique Strauss-Kahn por medio de su personaje DK, el dios K? El escritor no duda en salir en defensa de su personaje:

“A pesar de lo que piensan algunos lectores de la novela, con una visión bastante simple de la realidad, mi personaje no es un villano infame ni un canalla irredento. Al contrario, su “error”, por llamarlo de algún modo, y la deriva existencial que emprende tras reparar en la magnitud y proyecciones de ese mismo “error”, lo conduce a una transformación moral profunda y a una toma de conciencia radical respecto de las iniquidades del mundo de lujo y privilegio en que, hasta ese momento, vivía instalado sin preocuparse demasiado”.

Poco antes del escándalo que lo expondría a la vergüenza pública, DK ya se hacía preguntas con respecto al papel que le tocaba jugar en la definición de los destinos de millones de personas.

“De todos modos, en la novela, mucho antes del incidente con la camarera, DK comienza a manifestar cierta inquietud respecto del futuro del euro y de los países más débiles de la zona euro. Es sólo después de su caída en desgracia cuando todo esto se vuelve fundamental en su vida y en su pensamiento, hasta alcanzar un devenir revolucionario que lo lleva a conectar con las corrientes de indignación coetáneas y a comunicarse con los grandes líderes del mundo, haciéndolos partícipes de su nueva visión de la realidad del siglo”.

Portada_Karnaval_pHSu personaje, dice el escritor malagueño, “no pretende ser fiel a la realidad sino superarla.
Es una máscara literaria y como tal la he tratado, confiriéndole carisma y grandeza dramáticas a la manera de los personajes de Shakespeare (pienso en Macbeth y El rey Lear, pero también en Hamlet o Julio César) y no a la manera pedestre de un cronista político o un novelista de costumbres”.

Fueron tres las características de Dominique Strauss-Kahn, el original, el hombre de carne y hueso, y de su historia, que atrajeron a Ferré:

“La lujuria, la inteligencia y el poder. La lujuria desenfrenada, la inteligencia activa sobre la realidad y el poder como privilegio económico y posición social. He escrito una novela que sería, en cierto modo, el equivalente de Ciudadano Kane en el siglo XXI. Una novela sobre un mandatario global, una figura carismática de esta fase de la historia, caída en desgracia como consecuencia de un incidente vulgar en una habitación de hotel. La anécdota en sí misma no podría ser más novelesca”.

Entonces, se le pregunta al escritor, ¿es posible un mundo más justo, con una distribución de la riqueza más equitativa, o los indignados sólo están luchando por una utopía?

“La utopía es tanto una construcción del deseo y la imaginación como una fuerte crítica a la realidad existente. Por lo tanto, mientras exista el deseo de algo mejor en nosotros seremos capaces de sostener la crítica de lo que nos oprime y amenaza con aplastarnos. Zizek dice que el error de las revoluciones del siglo XX se debió a que se fundaban en malas interpretaciones del mundo. Quizá deberíamos preocuparnos por entender de verdad la realidad en que vivimos antes de pensar en transformarla”.

Una versión de entrevista se publicó en www.sinembargo.mx el 25 de enero de 2013
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