Por Bibiana Camacho

 

No necesito ceremonias de ningún tipo, mucho menos una fiesta, nos vamos a vivir juntos y ya. El olor a naftalina inundó la oscura habitación y se sintió ridícula. Sus propias palabras la perseguían desde que se dejó convencer por su madre, sus tías, su abuela y sus primas. A él no le importaba, lo que ella decidiera estaba bien. Primero acordaron que sólo harían la ceremonia civil, después pensaron que una comida familiar sería lo adecuado. Y sin saber muy bien cómo, en pocos días, había padrinos para el salón, la música, la bebida, la misa y hasta la luna de miel. Su familia se había involucrado de tal manera que ya ni siquiera tomaban en cuenta al novio, quien se había replegado.

La mujer desdobló el vestido color marfil con cuidado y lo depositó sobre la cama. Parecía muy antiguo, de raso grueso, mangas y cuello de encaje delicado. El anuncio en una página de compras por Internet decía que si el vestido le quedaba bien a la novia sin necesidad de modificarlo, sería gratis. Pero Roxana lo vio demasiado pequeño del talle y muy largo para su estatura. Anda mídetelo, le dijo la mujer de manos temblorosas y dientes amarillos. Roxana no quería ni intentarlo, el vestido era hermoso, pero no entraría ahí ni sumiendo la panza. A ver, te ayudo, dijo la mujer mientras desabotonaba el vestido y le señalaba un biombo. Roxana se desnudó con desgana, tomó el vestido que le pasó la mujer y se lo puso. Le quedó perfecto, ni siquiera tuvo que hacer esfuerzos para que le cerraran los botones. Se miró en el espejo satisfecha, le quedaba como si se lo hubiera mandado a hacer justo de su talla. Luego miró a la mujer, sospechando que quizá no se lo reglaría. Ella fumaba y la observaba con calma: creo que todavía tengo las medias, el liguero y un adorno para la cabeza. Espera. En cuanto Roxana vio lo que traía en las manos, supo que querría todo. Tímida, preguntó ¿y cuánto me va a costar? Según yo, no necesitas hacerle nada, así que no te puedo cobrar. ¿Te vas a llevar lo demás? Pues, si se puede; contestó tratando de disimular la alegría. Faltaba más, yo para qué quiero conservar esto.

Roxana salió feliz, no podía creer tanta suerte. Los días previos a la boda fueron un infierno: preparativos, compras de pánico, peleas por tonterías. Del novio nadie parecía acordarse, con que se presentara puntual a la iglesia y con la ropa adecuada sería suficiente.

El día de la boda, Roxana pasó varias horas en el salón de belleza, le hicieron un elaborado peinado y la maquillaron hasta casi transformarle el rostro. No comió en todo el día, temerosa de que el vestido no le cerrara de forma adecuada.

Minutos antes de salir de casa, se puso la lencería nueva, las medias; pero cuando intentó meterse en el vestido no hubo modo. Éste parecía incluso más pequeño del talle y mucho más largo; perfecto para una modelo anoréxica que midiera 1.80 cm, pero no para ella.

La mamá, las tías y las primas revoloteaban en torno a ella, presas de pánico, llorosas y angustiadas.

Roxana no se atrevió a llegar a su propia boda y el novio, el novio tampoco.

Bibiana
Bibiana Camacho
Bibiana Camacho. Editora de Producciones El Salario del Miedo. Co guionista de La otra aventura dirigido por el escritor Rafael Pérez Gay y transmitido por canal 40. Algunos de sus cuentos están incluidos antologías como Anuncios clasificados (Cal y arena, 2013) y Ciudad Fantasma I (Almadía, 2013), entre otros. Sus libros son: Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), Tras las huellas de mi olvido (Almadía, 2010) y La sonámbula (Almadía, 2014). Prefiere tomarse fotos con locos y marginados porque la gente decente suele ser una mierda.

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