Sí corro, sí grito y si te pones enfrente te empujo: ¿Por qué nos duele Rita?


Por Irma Gallo

11 de marzo de 2011: Rita Guerrero, cantante, actriz, directora musical, de 46 años de edad, muere de cáncer de mama en la Ciudad de México.

Lluvia sobre la ciudad, moja tristes corazones...

1995, o quizá 1996. Un concierto en el Hard Rock Café. Primera fila (algún beneficio habría de tener el ser la novia del ingeniero de sonido de Santa Sabina, ¿no?).
Humo, mucho humo… rojo, azul… casi morado… Y una pequeña aparición: vestido rojo, cabello recogido, el micrófono cubierto de flores blancas (¿cómo demonios se llaman esas flores?…), Rita… siempre Rita… Sólo Rita.

Tienen prisa por llegar al centro de su soledad,
yo sonrío, los miro correr…

En ese entonces eran Poncho, Alex, Juan Sebastián, Rita y Patricio (otra vez, si la memoria no me falla porque no estoy segura de que Alex ya estuviera o de que Patricio todavía estuviera). La música la creaban entre todos, pero el escenario sólo era de ella: la mujer chiquita, chiquita, con los ojos enormes, a la que le gustaba jugar a ser vampira.

¿Cuál es la orilla de la vida humana?, ¿por qué se quiebra por la sed de sangre?,

¿quién me ha ordenado gobernar la noche con esta eternidad a cuestas?…
La soledad es su mansión nocturna, viaja veloz al filo de la luna.

A un par de años del levantamiento zapatista, todo era el sub Marcos. Hasta United Colors of Benetton había intentado comprar la imagen del guerrillero poeta y mediático. Santa Sabina tampoco se había resistido al encanto del ex profesor de la UAM Xochimilco, a quien, por esa sola razón, ya le habíamos otorgado nuestro corazón envuelto en comunicados desde un lugar de la Selva Lacandona.

Buscar, buscando la luz, del lado de la noche, del lado del olvido.

Cuántos siglos han pasado, cuánto dolor olvidado. Qué importa la muerte
si la vida no es vida, qué importa la vida si la muerte es la vida…
Qué importa estar lejos si ya nos han olvidado.
¿Importan mis pasos en este mundo olvidado?

Si soy honesta, diré que recuerdo poco de ese concierto. O más bien, que ahora se mezclan en mi memoria ése, el del Metropolitan y el de El Hábito (ahora El Vicio). En esos años, como muchos después todavía, mi autoestima estaba por los suelos. He dicho que andaba con el ingeniero de sonido de Santa Sabina, sí, se llamaba Luis Alejandro. Y en honor a la verdad anduve con él sólo por ir (gratis) a todos los conciertos posibles.

(Tengo que escribir esto ahora que se que Luis Alejandro ha muerto. Dejé de verlo mucho tiempo antes. No sé qué enfermedad se lo llevó. Me enteré por el Facebook. Me sentí mal).

A mí el que me gustaba, el que me hacía soñar, el que me tenía temblando, era Fabián… el hermoso Fabián. Con su aire de yaqui, y su total desinterés por todo lo que tuviera que ver conmigo. Fabián: moreno, delgado, alto, de pelo lacio, larguísimo, tartamudo, gerente de El Hábito, el único que podía tratar de tú a tú a Las Patronas, Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez (O Lili y Jechu, como les llamaban sus íntimos, o más bien, sus íntimas)… Pero Fabián no me hizo caso. Ni me volteaba a ver… Y Luis Alejandro estaba ahí, con su eterna sonrisa boba y su cantaleta: “Soy ingeniero de sonido de Santa Sabina”.

Tú me hiciste creer; pasaste una mano por mis ojos para empañar la luz primera.
Y que ya nunca pudiera ver más nada que nunca fueran tus ojos.

Tú me hiciste creer porque a tu amor le conveía verme tan frágil, amante,
melancólica y sombría…

De esos años recuerdo las desveladas, el olor a cigarro (a razón de 15 diarios, y que dejé cuando me embaracé de Cami), las cervezas, las primeras copas de vino tinto (que ahora, años después no pienso dejar nunca), mi inseguridad, mi miedo, mi soledad, mi propensión a la depresión, ese odiarme a mi misma por andar con alguien que ni siquiera me gustaba. Recuerdo mi pelo largo, mis labios rojo encendido, mis ojos delineados de negro intenso… como los de Rita.

Rita
Foto: publimetro.com.mx

Busco en tu mirada que envuelve el silencio, el camino que me deje entrar a lo que estás sintiendo

Rita: lejana, segura, chaparrita pero gigantesca, divina, la de la voz prodigiosa, la líder de una banda en un ambiente machista (el rock), en un país misógino (México). Rita, a quien veía pasar de lejos, arriba de un escenario, y que era todo lo que yo no podía ser.

Como ahora ya no quieres nada, ni arrebatarme el cuerpo, ni ver mis ojos
ni guardar mi corazón, voy a morir…

Como ahora ya no quieres nada, ni arrebatarme el cuerpo, ni ver mis ojos ni guardar mi corazón, voy a morir, voy a morir, voy a morir… para que guardes mi muerte con tus manos.

Dejé de andar con Luis Alejandro en 1998 o 99, cuando me enamoré de Teseo, mi profesor de taller de radio en la UAM Xochimilco. La piel se me fue detrás de Teseo, y Teseo sí me hizo caso, lo que aumentó significativamente el nivel de mi autoestima.

Después dejé a Teseo por Ismael, el ángel de pelo largo que me volvió loca. Y sigo loca.

Santa Sabina se separó.

Sólo el necio, viejo anhelo me retiene aquí. Mar de sueños en que siento naufragar, entre olas despertar e imaginar que conozco al fantasma que habita en tu piel...

Algunos años después, quizá en 2006, ya como reportera de Canal 22, me mandaron a cubrir una conferencia de prensa de Rita Guerrero en La Capilla del Centro Cultural Helénico.
Los fotógrafos y camarógrafos, siempre arrebatándose el mejor encuadre, la mejor toma, se abrían paso entre codazos y empujones. Yo casi fui a dar hasta una columna de piedra de este espacio que, hay que decirlo, el Helénico ha conservado en perfectas condiciones.
Perdí, pues el equilibrio, y estuve a punto de golpear la columna. En ese momento sentí la mirada acusadora de Rita, que gritaba: ¡cuidado! y cuyo rostro estaba totalmente deformado por una expresión de enojo.
Pero no era un enojo momentáneo: vi, en ese breve paréntesis, una Rita transfigurada; amargada, frustrada… Desde que Santa Sabina se separó, ella se había dedicado a la música del medioevo (con algunas variaciones). Aunque era una soprano de primerísimo nivel, aunque hacía la música que supuestamente siempre había querido hacer, tal vez extrañaba las multitudes, las giras, la venta de discos, el éxito… Su reacción me hizo pensar que Rita estaba muy enojada. El ángel había caído. Al menos para mi.

Una voz dentro de mí es aliada de la lluvia. Cuando yo no escuche más gotas golpear en el cristal esa risa caerá en mi…

En los años que siguieron, Rita se desdibujó casi totalmente para mí.

Ya no temo ver su rostro en el borde de la nada…

Enero de 2011. En otra comisión de trabajo (que yo misma pedí, porque quería “reconciliarme” con Rita), fui a la Universidad del Claustro de Sor Juana a entrevistarla por su trabajo como directora del coro. Alguien (no recuerdo quien) me había dicho que le habían diagnosticado cáncer de mama, pero que seguía trabajando, con verdadera pasión y con constancia, con sus alumnos.

Un ángel dentro de mi, que no duerme nunca, no soy yo…
Su locura lo puede salvar…

Rita no llegó a la entrevista. Después de esperarla cerca de 20 minutos me dijeron que estaba “atorada” en el tráfico. José Manuel, el camarógrafo que iba conmigo en esa ocasión, montó en cólera. “Son chingaderas”, dijo textualmente. Yo estuve a punto de decir lo mismo.
Si algo me detuvo fueron los ojos de sus alumnos, que ya estaban ahí, puntuales, para darme la entrevista, porque Rita se los había pedido.
Una de ellas, una chica de cabello largo, claro y rizado, que me recordaba a Amy Irving en Carrie (la versión de los setenta, donde Sissy Spacek era la acomplejada chica telekinésica), estaba particularmente interesada en que se hiciera la entrevista.
Yo estuve a punto de irme. Como reportera, eso no resultaba nada atractivo. No era nota, como decimos.
Pero la hice.
Y en ese momento no pensé que el trabajo que Rita había hecho, aún estando tan enferma, con estos muchachos, merecía respeto.

Rita manos
Foto: ojalafueratuvoz.blogspot.com

No. La hice por la chica, su alumna, que me miraba con unos ojotes expectantes. La hice por Lulú Barrera, la generosísima y cálida jefa de prensa y relaciones públicas del Claustro de Sor Juana en ese entonces, que se caía de pena. La hice, coño, porque siempre me gana la jodida responsabilidad, y no soporto llegar al canal con las manos vacías.
La hice y hoy me doy cuenta de que fue un pequeño, sencillo, inconsciente y no planeado, homenaje a Rita.
Rita, la de los ojos negros. Rita, la de la voz del cielo. Rita, la que sin quererlo me hizo consciente de mi valor, de mi inteligencia, de mi hermosura, de la fuerza de mi pasión.

Tú me hiciste creer, abriste tus manos como un nido para guardar en ellas
mi corazón…

11 de marzo de 2016. Estoy en Monterrey, cubriendo la Feria Universitaria del Libro UANLeer. Reviso, como todos los días, a cada rato, el Facebook. Me doy cuenta de que hay muchos posts sobre Rita y al principio no entiendo (mas bien no recuerdo) porqué. Así son las redes: uno pone una cosa y al rato se repite al infinito, con ligeros cambios (una palabra o dos, una breve introducción si el que postea se siente poeta o periodista, o las dos cosas). Sólo a alguien se le ocurrió escribir algo así como “Cinco años sin Rita”.

Entonces me acuerdo. Decido que el próximo Sí corro… se lo dedicaré a ella: ojos negros, piel muy pálida, cabello negro, arabescos con las manos, sombras grises -casi negras- en los párpados, voz demasiado dulce para el rock pero poco educada para la música antigua.

Rita.

IRMA GALLO. NACÍ EN LA CIUDAD DE MÉXICO EN EL LEJANO 1971, CUANDO A NUESTROS PADRES NO LOS OBLIGABAN A USAR CINTURÓN DE SEGURIDAD NI A PONERNOS BLOQUEADOR SOLAR, Y SIN EMBARGO SOBREVIVIMOS. DESDE 2001 SOY REPORTERA CULTURAL PARA CANAL 22; ESCRIBÍ PROFESIÓN: MAMÁ (VERGARA, 2014) Y #YONOMÁSDIGO (B DE BLOK, 2015), Y HE COLABORADO EN MEDIOS COMO SINEMBARGO.MX, LA REVISTA VARIOPINTO, CUADERNOS DOBLE RAYA, EL TOQUE Y LA REVISTA INTEMPERIE. ACTUALMENTE PUBLICO LA COLUMNA “PADRES AL BORDE DE UN ATAQUE” TODOS LOS DOMINGOS EN EL GRÁFICO Y COLABORO EN GENTLEMAN MÉXICO Y EN GATOPARDO. FUNDÉ LA LIBRETA DE IRMA EN ENERO DE 2016 PORQUE ESTOY CANSADA DE ESCRIBIR Y LEER SOBRE LO QUE OTROS DECIDEN.
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