Palabras que nos cobijan del dolor. Entrevista a Cristina Rivera Garza


Hace 10 años que cubro ininterrumpidamente la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como reportera de Canal 22.

En la FIL uno puede pasar los 10 días que dura el encuentro literario (y librero) durmiendo sólo dos, tres o cuatro horas diarias, y no necesariamente por estar en la fiesta (aunque muchas veces sí sea por eso).

Éste, no se si afortunada o desafortunadamente, no es mi caso.

Soy más aburrida que el pez beta que nada en una pecera que tengo encima del mueble de la televisión.

Lo que sí me pasa a mí es que soy demasiado aprensiva y me da una mezcla de nervios, coraje, pena y pudor hacer una entrevista sobre un libro sin haberlo leído.

Por ello he tenido muchos problemas, con demasiadas personas.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar aquí.

Lo menciono porque me llegó el día (que además era el último de mi estancia en uno de estos alucinantes fines de año en Guadalajara) de entrevistar a una escritora que no me da prurito confesar que admiro profundamente: Cristina Rivera Garza… y yo prácticamente sólo había comenzado a hojear el libro.

Así que la noche anterior me di a la tarea de leer Dolerse: Textos desde un país herido.

portadaDolerse

Y las horas pasaron sin que me diera cuenta porque los poemas, crónicas, ensayos y artículos que conforman este libro (cuidadosamente editado por Sur Plus), me dejaron, muchas veces, casi sin poder respirar.

Ahí estaba la historia de Luz María Dávila, madre de Marcos y José Luis Piña, asesinados en una fiesta en Villas de Salvárcar, en Ciudad Juárez, diciéndole a Felipe Calderón:

Discúlpeme, Señor Presidente, pero no le doy la mano
Usted no es mi amigo. Yo
no le puedo dar la bienvenida…

No me diga ¡Por supuesto!
Haga algo
Si a usted le hubieran matado un hijo,
usted debajo de las piedras buscaba al asesino

Páginas más adelante me encontraba con Elvira Arellano, luchadora social por los derechos de los migrantes que a pesar de tener un hijo nacido en los Estados Unidos fue deportada de la manera más inhumana y humillante.

Y la historia de Sandra Ávila Beltrán, la Reina del Pacífico, y la conversación con el periodista Julio Scherer que derivó en un libro.

Y la de Miss Sinaloa 2008, Laura Elena Zuñiga Guisar, que inspiró la película Miss Bala, de Gerardo Naranjo.

Y las de Martín y Bryan Almanza Salázar, de nueve y cinco años de edad, asesinados por militares en un retén en Tamaulipas.

Terminé mi lectura a las 3 de la mañana. La entrevista era a las 10. Todavía tenía tiempo de dormir un poco (si es que lograba alejar de mi por un momento todas esas imágenes de muerte y dolor).

Así que llegué a la entrevista con muchas preguntas. Lástima que el tiempo sea tan, pero tan corto.

Aunque la mayoría de sus lectores están más acostumbrados a sus facetas como novelista y cuentista, menos a la de historiadora y aún menos a la de académica, en Dolerse hay muchas otras Cristinas; Cristinas insospechadas.

“Es una serie de ensayos personales, es una serie de crónicas. Algunos poemas documentales. Son textos alrededor de la situación que vivimos en el país. He ido escribiendo algunos y publicado algunos en el espacio que tengo en Milenio cada semana. Ha habido textos nuevos inéditos que han encontrado su lugar aquí. Yo no se hacer otra cosa más que escribir, y ante la situación tan grave, tan urgente que vive el país, creo que sólo puedo reaccionar haciendo lo que se hacer. Lo que he estado haciendo en los últimos años, y ésta, creo que es mi respuesta como ciudadana, como persona preocupada por lo que ve”.

Susan Sontag es una referencia constante en el libro. La autora de Nadie me verá llorar explica porqué:

“De las ideas de Susan Sontag lo que más me interesa en el libro es reincorporar la idea y la experiencia del dolor en nuestra lectura de la vida cotidiana y de la historia nacional. Esto es fundamental. Pero también me parece que hay que ser muy cuidadosos con la idea del dolor, porque puede fetichizarse muy fácilmente, puede sensacionalizarse, y es eso sobre todo, lo que entre otras cosas, Susan Sontag ha pensado, y ha pensado muy bien, como era su costumbre. Hay un librito fundamental al respecto que se llama así, El dolor de los otros, donde precisamente plantea una relación crítica, una relación dinámica, una relación humana con el dolor que nos rodea.

En la introducción, la autora nacida en Matamoros introduce la idea de las palabras como  herramientas para cobijarnos, para cubrir nuestros propios cuerpos doloridos, pero ¿realmente las palabras pueden lograrlo? ¿o es sólo una pretensión de quien ha consagrado su vida a ellas y por eso les otorga un poder desproporcionado?

“Dentro de las muchas cosas que a mí resultan muy críticas de la situación en que vivimos es que el único discurso público que hemos escuchado al respecto del dolor que están viviendo tantas familias y que nosotros estamos viviendo por reverberación, es el regalo que viene desde la autoridad. Y un discurso que involucra la culpa, sobre todo. Y a mí me parece que las palabras tienen otras funciones, y una de ellas es la de cobijarnos, y la de conectarnos en una relación mucho más humana, mucho más concreta, mucho más desde nuestras entrañas”.

 

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