“Querido: estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca”… Virginia Woolf


Enterré las cenizas de Virginia al pie del gran olmo al borde del cuadrado de césped en el jardín, llamado el Croft, que mira hacia los campos y las marismas. Había dos grandes olmos con ramas entrelazadas a los que siempre denominábamos Leonard y Virginia. Durante la primera semana de enero de 1943, un gran temporal de viento echó por tierra uno de los olmos.

Leonard Woolf, La muerte de Virginia. (Edición de Marta Pessarrodona). Lumen. Colección Palabra Menor, 1975.

 

Virginia y Leonard

Leonard Woolf y Virginia Stephen se casaron el 10 de agosto de 1912. La mujer que poseía una desbordante imaginación y un talento fuera de cualquier duda, y que se convertiría en símbolo de la mujer independiente, autosuficiente y liberal a partir del siglo XX, tomó su célebre apellido del de su marido, como se estilaba en esa época (y aún hoy, en muchos países).

Antes de casarse, Virginia y Leonard fueron miembros del mismo círculo intelectual y artístico, el Grupo de Bloomsbury, del que también formaban parte Vanessa y Thoby, hermanos de Virginia, así como Clive Bell (con quien se casaría Vanessa), Lytton Strachey y John Maynard Keynes.

En 1917, los Woolf crearon el sello editorial Hogarth Press, en el que no sólo publicaron sus propias obras, sino también las de T.S. Eliot, Katherine Mansfield y Freud, por mencionar sólo a algunos escritores y científicos de la época.

Cuando una lee las memorias de Leonard Woolf le queda clara la devoción que profesaba a su esposa, a la que admiraba como narradora y ensayista, además de lo mucho que la amaba.

Pero conforme la enfermedad mental de Virginia se agudizaba, Leonard se preocupaba cada vez más:

La actitud de Virginia respecto a la muerte era muy distinta. La tenía siempre presente. El hecho de que había intentado en dos ocasiones suicidarse -y que casi lo había conseguido- y el conocimiento de que aquella terrible desesperación y depresión podían abatir su mente en cualquier momento, explican que la muerte no se encontrara nunca ausente de sus pensamientos.

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Woolf se refiere a 1904, cuando Virginia se lanzó por una ventana poco después de la muerte de su padre. Y luego, en 1913, cuando su novela Fin de viaje ya estaba en proceso de edición, tomó 60 gramos de veronal.

Durante el final de 1940, escribe Leonard, Virginia parecía estar tranquila: “los últimos meses de 1940 pasaron para Virginia en una real y también falsa tranquilidad”. Para entonces, la autora de Mrs. Dalloway había sido miembro activo de la Biblioteca de Londres desde hacía varios años, y cuando Morgan Forster le preguntó si la podía proponer para el Comité de la Biblioteca, aunque estaba más que dotaba para el puesto, ella se negó rotundamente: “No voy a ser una dádiva… una cara salvadora”.

Su esposo se enorgulleció del feminismo de Virginia, y escribió: “Uno de los mayores males sociales ha sido la sujeción y la dominación de clase. La lucha por acabar con la sujeción de las mujeres ha sido más amarga y prolongada, y no estaba acabada, bajo ningún concepto, en 1940”.

En Una habitación propia, su ensayo sobre la mujer y la escritura (o lo que necesita una mujer para poder escribir), Virginia recordaba cómo cambió su vida cuando se enteró de la herencia que le había dejado su tía Mary Beton, que murió cuando cayó de un caballo en Bombay (500 libras al año por el resto de su vida):

Realmente, pensé, guardando las monedas en mi bolso, es notable el cambio de humor que unos ingresos fijos traen consigo. Ninguna fuerza en el mundo puede quitarme mis quinientas libras. Tengo asegurados para siempre la comida, el cobijo y el vestir. Por tanto, no sólo cesan el esforzarse y luchar, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme.

Virginia Woolf. Una habitación propia. Seix Barral, Biblioteca Breve, 1986.

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Después del triunfo en contra del directivo de la Biblioteca, poco duró el buen ánimo de Virginia. Escribe Leonard que en los primeros días de 1941 “la profunda alteración de su mente empezó a dar síntomas muy claros”, y continúa citando fragmentos del diario de la autora de Las olas:

Un vacío. Todo helado. Todo escarcha. Blanco ardiente. Azul ardiente. Los olmos rojos. No intentaba describir, una vez más, las dunas con nieve, pero se me impuso (…)
Ayer Mrs. Dedman fue enterrada de cara a la tierra. Un accidente. Una mujer tan corpulenta, como dijo Louie, lanzándose de tan buena gana en la tumba.

Para el viernes 28 de marzo, Leonard se dio cuenta de que algo andaba realmente mal. Descansaba en el jardín hasta la hora del almuerzo, creyendo que Virginia estaba adentro de la casa, pero a la 1 de la tarde cuando entró, sólo encontró una carta sobre el mantel.

Querido,

estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a recuperarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Se que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo se. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte… que todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. No hay nada más en mí que la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. 

No creo que dos personas juntas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.

V.

 

 

 

 

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