Contra la censura, tres compatriotas de la República de las Letras: J.M. Coetzee


Sobre la censura, y cómo no todo es siempre lo que parece, John Maxwell Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003 dictó su conferencia magistral en la Universidad Iberoamericana, con lo que concluyeron las actividades del coloquio sobre su obra que comenzó con su investidura como Doctor Honoris Causa.

“Hasta 1990 cuando la legislación creada por el gobierno del apartheid empezó a ser desmantelada, la censura del estado afectaba la vida de los escritores en Sudáfrica. La censura era el antecedente en contra del cual todos los artistas operaban: novelistas, guionistas, poetas, cineastas, por no decir de los periodistas, editores y quienes publicaban”.

En 1996, Coetzee ya había escrito un libro sobre los efectos de la censura del estado en los escritores en varios lugares de África (Contra la censura, publicado por Debate en español en 2007), así como en la Unión Soviética anterior a 1989 y Europa del Este. Pero no fue sino hasta hace unos años, cuando se publicó The Literature Police, de Peter MacDonald, que  el interés del Nobel sobre este tema volvió a despertar.

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Coetzee durante su conferencia magistral en la IBERO. Foto: Irma Gallo

“En la década de los setenta, en la época en que empecé a publicar obras de ficción, el estado sudafricano se estaba mudando de lo que llamaría “el rostro utópico del apartheid” a lo que llamaría su rostro de realpolitik. En el rostro utópico, los gobernantes, el partido nacional apoyado por las iglesias calvinistas, el sistema educativo y las fuerzas armadas trataban de construir un muro alrededor del país para aislarlo y separarlo del mundo, para que, detrás de ese muro protector, poder organizar y mandar a una sociedad conforme a los dictados de Dios. Un Dios protestante, un dios calvinista”.

“Uno de los instrumentos seguros de control en ambos rostros era la censura. Pero hay que tener en mente que estamos hablando de una era preelectrónica en la que el único método práctico para transmitir textos era la imprenta, un método que fácilmente podía ser interrumpido o clausurado”.

Coetzee escribió In the heart of the country, Waiting for the barbarians y Life and Times of Michael K en Sudáfrica, en inglés, y envió los manuscritos a Londres, en donde fueron publicados y luego exportados a su país de origen. Al llegar, según la regla de esas épocas (los setenta y ochenta) fueron llevados al Director de Publicaciones del estado, y de ahí a los comités de lectores expertos. Todos fueron aprobados para venderse en Sudáfrica. Pero muchos años después, el reporte de los tres lectores censores llegó a manos del Premio Nobel, que así se dio cuenta de que, gracias a ellos, sus libros no se prohibieron. Había sucedido algo inédito: los censores lo habían defendido. Así lo explicó el autor de Diario de un mal año.

“Se veían a sí mismos no sólo como guardianes de la moral y la seguridad del país, sino también como guardianes de la República de las letras. Si leo sus reportes correctamente, en efecto me declararon inocente de intentar menoscabar la moral en perjuicio de la seguridad del estado sobre la base de que yo era un ciudadano de la República de las letras, y por ello, mis lealtades deberían estar con esa república, no con alguna ideología extranjera”.

Finalmente, estos censores actuaron de acuerdo a lo que eran: también ciudadanos de la República de las Letras, dispuestos a protegerlas de los políticos.

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