Sobre la esquizofrenia y el fin del mundo. Entrevista a John Wray


Según estimaciones del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH, por sus siglas en inglés), en ese país hay cerca de 2.5 millones de personas con esquizofrenia. Y aunque estas cifras sólo representan un 1.1 % de la población, suelen ser engañosas, pues muchos de quienes han caído en el infierno de escuchar voces, hoy viven como homeless en esas ciudades de rascacielos de acero, y ni siquiera llegan a formar parte de las cifras oficiales.

Para el escritor John Wray (Washington, 1971) estos datos son más que solamente eso: cuando en los primeros años de la adolescencia vio como uno de sus mejores amigos manifestaba los síntomas de la enfermedad, quedó marcado para siempre. Decidió que un día escribiría sobre eso. Y ese día llegó.

En un vagón del metro

“Lowboy (Anagrama, 2010) está basado, de alguna manera, en un amigo muy cercano, de cuando yo era un niño, con el que solía andar en patineta por toda la ciudad”. -Dice John. -“Y fue de una gran influencia en mí, pero después se enfermó”.

Su amigo, un poco mayor que él, era como “un héroe”, recuerda Wray:

“No era como nos imaginamos a las personas con esquizofrenia. Era muy… no se, seguro de sí mismo. Tenía un talento social y mucho éxito con las chicas y todo, y no se parecía al estereotipo del esquizofrénico que tenemos. Y después, cuando empezó a manifestarse la enfermedad cambió un poquito”.

Portada Lowboy

Wray hace una pausa. Quizá le cuesta trabajo encontrar las palabras adecuadas en español. O tal vez el recuerdo de lo que pasó esos años se confunde con la trama de su novela.

“Pero cuando yo veía en la televisión o también en el cine, o a veces en libros o en novelas la descripción de la enfermedad, no me parecía correcta. Y siempre pensaba: yo podría hacerlo, no mejor, pero más como en la vida real, con la experiencia que tengo de esa situación”.

William Heller, Lowboy, es un chico neoyorkino de 16 años de edad. Su esquizofrenia paranoide le ha hecho creer que la Tierra está a punto de ser destruida por un incendio dantesco, a consecuencia del calentamiento global. Para poder recrear con más fidelidad las alucinaciones auditivas y visuales, así como la paranoia de este adolescente, John Wray se documentó a fondo.

“Estudié durante un largo tiempo porque es una enfermedad que no está muy bien entendida. La ves mucho en las películas, en libros, en revistas, pero con frecuencia no está representada correctamente. Tratan a los esquizofrénicos como hombres locos, violentos, desquiciados, sólo porque eso hace que las películas se vuelvan más populares. Pero es un tema muy importante y necesita estar bien representado. Así que fui muy cuidadoso. Lo estudié durante algunos años antes de intentarlo”.

“Traté de empezar a escribir la novela desde varios puntos de vista, desde varias rutas, porque tenía miedo de equivocarme o de no hacerlo bien. Hablé con muchos esquizofrénicos en hospitales, pero también por las calles de la ciudad, y leí mucho sobre la enfermedad: cosas científicas, autobiografías de personas con el padecimiento, y artículos en periódicos. Pero la mayoría de esos artículos no servían”.

“Y también vi películas buenas y películas malas, pero era importante entender cómo la mayoría de éstas, por ejemplo, usan la enfermedad para provocar un ambiente de miedo… La industria del entretenimiento, Hollywood, la utiliza muy cínicamente para llenarse de plata. Y eso no me gusta. Entonces fue un periodo de algo así como dos años para encontrar el método ideal para escribir la novela”.

Del Raskólnikov de Dostoiewsky, al Patrick Bateman de Bret Easton Ellis, la literatura nos ha enseñado distintos tipos y grados de lo que, muchas veces por desidia, hemos metido a un mismo saco: al del término locura. ¿Cómo hacer distinto, inolvidable, a este esquizofrénico adolescente? Para John Wray la única manera de lograrlo era volviéndolo más humano.

“Empecé a crear a Lowboy sólo como un ser humano; pensando en él como una persona normal, no como alguien enfermo. La enfermedad llegó después, cuando me sentí más cómodo con el personaje. Pero para mí tenía que ser, primero, una persona”.

En este trazo del personaje, el escritor le construye dos columnas vertebrales; dos seres que lo determinan y lo explican, que son su motor y al mismo tiempo su destrucción: su madre, Violet, y la chica de la que está enamorado, Emily.

“El libro, para mí, es tanto acerca del amor de una madre y su hijo como de la esquizofrenia, o de la ciudad de Nueva York, o de cualquiera de los otros temas. Y era muy importante escribir sobre ello, y le dediqué el libro a mi mamá también porque creo que ésa es la relación primaria en la vida. Y si quería hacerle justicia a ello, tenía que ser preciso en ello también”.

Pero en la relación madre e hijo de Will y Violet hasta lo más oscuro se ha heredado. En la trepidante narración de Lowboy no hay respiro, y aún así el lector siente que le han pegado en el rostro con una ráfaga de aire helado cuando descubre que también Violet es esquizofrénica.

Emily, en cambio, se esboza como el lado luminoso de Will. Es la mujer que, después de que él la ha arrojado a los vagones del metro, accede a acompañarlo en sus aventuras suburbanas una vez más, y a la que, en sus alucinaciones, es capaz de ver su rostro como el típico dibujo infantil: sólo un círculo mayor dentro del cual hay dos puntitos por ojos y una línea curva que la hace de boca.

“Esa parte fue la más divertida para mí escribirla porque yo no tuve mucha suerte con las chicas cuando era adolescente, pero pude, quizá, darle a Lowboy un poco más de suerte y encontrarle o crear su interés amoroso adolescente perfecto. Para mí Emily es verdaderamente alivianada e interesante. Es el tipo de chica que a mí me hubiera encantado conocer cuando era un adolescente porque no está tan influenciada por los demás chicos de su edad, sabe lo que le gusta y lo que le interesa; es segura de sí misma, es paciente y tiene un gran sentido del humor. Es algo así como mi chica ideal”.

Más allá de la novela: cómo viven los esquizofrénicos en Estados Unidos

Para John Wray el hecho de escribir una novela cuyo protagonista fuera un esquizofrénico no se trataba solamente de hacerle “justicia” a su amigo de la infancia. En su país, la esquizofrenia está “mal entendida y por lo tanto, mal atendida”, según sus propias palabras.

John Wray 2
John Wray. Foto: Irma Gallo

“El financiamiento para los programas de tratamiento de la esquizofrenia ha caído de manera alarmante en los últimos 20 años, y en parte por ello ha aumentado la población de homeless, y de gente que pide dinero en las calles. Muchas de esas personas alguna vez estuvieron en una institución o recibiendo tratamiento para su enfermedad, y luego simplemente se les abandonó, se les dejó a su suerte. Muchos tienen enfermedades mentales y deberían estar en el hospital, pero no hay financiamiento para ellos; no tienen ningún lugar a donde ir”.

Según estadísticas del Hospital Presbiteriano de Nueva York, en los varones la esquizofrenia aparece por primera vez en los últimos años de la adolescencia, o entre los 20 y los 25 años, mientras que en el caso de las mujeres el primer episodio se presenta entre los 20 y los 35 años.

Entonces, la duración del tratamiento es otro punto en contra para considerar incluir a esta enfermedad en los programas de cobertura universal de salud.

“El problema es más grave en el caso de esquizofrénicos, porque cuesta mucho dinero. No es como la leucemia o cualquier otra enfermedad, que tiene un periodo de tratamiento o de terapia y después te curas o no, pero hay un periodo particular de tratamiento. Y en el caso de personas con cualquier forma de enfermedad mental es una terapia o una forma de tratamiento que dura toda la vida. Y por eso cuesta mucha plata. Y es más difícil conseguir la plata por eso.

Además, dice Wray, quienes padecen esquizofrenia rara vez se organizan para defender sus derechos.

“La gran mayoría de esas personas está casi en una condición de exilio con respecto al resto de la sociedad. Entonces no pueden luchar por sus derechos porque todos les tenemos miedo y preferimos ignorarlos, no escucharlos. Es un problema muy complicado, y en mi opinión no tiene que ver con una ideología política determinada”.

“Y al mismo tiempo, hay un problema más grande, yo creo: el miedo, que es la emoción dominante en toda la sociedad cuando hablamos de la esquizofrenia u otras enfermedades mentales”.

Como todas las enfermedades, afirma el escritor, la esquizofrenia ha pegado más fuerte a los más pobres. Son ellos quienes sufren una discriminación aún mayor.

“Este tipo de discriminación existe. No se si existe más en el gobierno, en la administración del país, o en la sociedad, que entre nosotros o en cualquier otro grupo. En mi experiencia la gente tiene miedo de las personas con enfermedades psicológicas, especialmente la esquizofrenia. Es inevitable que la gente le tema a estos enfermos, pero además, hay otro tipo de miedo que es producto de la visión que Hollywood ha dado con tantas películas y tantos cuentos que explotan esta enfermedad con pereza, porque es una manera fácil de mostrarla; es la opción más fácil para crear un ambiente de miedo en una película”.

“Pero en realidad, la gran mayoría de los esquizofrénicos es gente con los mismos miedos y esperanzas que nosotros. Cuando investigas la esquizofrenia, encuentras personas que no son muy distintas de nosotros, simplemente no entienden la realidad de la misma manera. Por ejemplo; no son personas más violentas en la vida cotidiana, con ganas de atacar a otros o cualquier cosa”.

“El ser humano es un animal violento, y los esquizofrénicos son iguales, como el resto de la humanidad”.

 

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