(Texto y fotos: Irma Gallo)

Tenía 11 años pero no era nada ingenua. Su mamá constantemente la llenaba de consejos y advertencias. Quizá sentía una necesidad muy fuerte de hacerlo (como la de su papá por encender un cigarro en cuanto salían de una casa o un centro comercial) porque desde hace cuatro años estaban solas.

La lista empezaba (y terminaba) con “No hables con extraños”. A ella a veces hasta le daba pena porque se había obligada incluso a ser cortante con gente que le parecía amable, sólo porque, dado que no sabía sus nombres ni sus edades ni a qué se dedicaban, entraban en la categoría de “extraños” de su mamá.

Sí, le daba un poco de pena pero irremediablemente terminaba pensando que era lo mejor. Las historias de terror que salían de los labios de su mamá y formaban imágenes inequívocas en su cabeza iban desde una niña que estuvo encerrada en un cuarto sin puertas ni ventanas, con su violador como única compañía cotidiana durante ocho años, hasta la de una adolescente de 13 años (“¡sólo dos más grande que tú!” resonaba en su mente la frase que su mamá pronunciaba una octava más aguda cada vez que le contaba esa historia) que había sido obligada por sus captores a tener relaciones sexuales con muchos hombres en un sólo día, cada día, para darles dinero. Muchas historias igual o peor de terroríficas que esas, sólo porque a las víctimas las habían agarrado en un momento de descuido.

Así que a ella nadie la iba a sorprender: desde el (o la, porque mamá le advirtió que también podían ser mujeres) que le ofrecía un helado, hasta quien pidiera ayuda para meter su mandado al auto porque traía un brazo vendado, pasando por el que le dijera que si le ayudaba a buscar a su perrito porque se le había escapado y urgía llevarlo al veterinario. Ella se sabía todas las tretas de los malos para robarse a las chicas y obligarlas a hacer cosas que no querían.

Lo que no le había dicho su mamá es que también los chicos muy jóvenes (apenas unos años más grandes que ella) y muy guapos, también podían trabajar con los malos y convencer a las chicas, enamorándolas, para que se fueran con ellos. O quizá su mamá sí se lo había dicho pero ella no la quiso escuchar. O tal vez sí la escuchó pero se le olvidó porque no quería recordarlo.

***

Lo conoció en Facebook, por supuesto. Una tarde cuando ya había terminado la tarea y no tenía mucho qué hacer se puso a revisar las solicitudes de amistad. Tenía pocos contactos, pues usaba como imagen de perfil la foto de Suzu, su gatita persa, y de nombre ponía Ella, así nomás. Quienes sabían que Ella era ella eran los únicos a los que aceptaba: sus primas, sus tías, cuatro o cinco amigas de la escuela y dos o tres niños de su salón que también le caían bien. Y ya. Nadie más.

Por eso cuando vio la solicitud de Terry le llamó tanto la atención. El chico era hermosísimo, como un sueño. Como los príncipes de las películas ridículas de princesas que le gustaban cuando era niña. Como los de Teen Beach Movie.

Antes de aceptar la solicitud vio si tenían amigos en común y descubrió que sí: dos chicas de su salón. También vio que tenía 13 años, según la información de su biografía. La verdad es que eso la tranquilizó y pensó que nadie con dos años más que ella y con esa cara de ángel podía ser peligroso. Así que le dio Enter en Aceptar solicitud y pensó que al día siguiente averiguaría más detalles con las chicas de su salón que lo tenían como Amigo en común.

Estaba a punto de apagar la compu cuando se abrió la ventanita de Messenger, y le sorprendió un “Gracias por aceptarme” en el chat que había abierto Terry. Ella se puso roja (sintió que su cara hervía como después de asolearse en la playa) y tardó un poco en contestar.

“¿Estás ahí?”, escribió él.

“Sí”, por fin se animó a teclear ella. “¿De dónde te conozco?”, escribió en seguida.

“Soy amigo de Silvana y de Carmen, de tu salón”, se apresuró a escribir él.

“¿Y cómo sabes quién soy si no pongo ni mi foto ni mi nombre aquí?”, le reviró ella.

“Lo deduje”, apareció en el chat, junto a la foto del chico sonriente y hermoso como los de las series y las películas de Netflix.

Ella no contestó nada. Ya no supo qué decir. O más bien qué escribir.

***

Pero eso sólo sucedió esa vez porque a partir de ahí, todas las tardes, sólo esperaba a terminar la tarea para encender la compu, abrir el Face y esperar a que junto al nombre de Terry, en la lista del chat, apareciera un foquito verde que indicara que él estaba conectado. Hasta se le olvidó preguntarles a Silvana y a Carmen por él. Platicaban de todo: él también vivía sólo con su mamá pero a diferencia de ella, todavía veía a su papá de vez en cuando (en Navidad, en las vacaciones largas, en algunos de sus cumpleaños); el iba en segundo de secundaria y ella en sexto de primaria; su mamá también le advertía de los peligros de hablar con extraños.

Pronto ella empezó a contarle lo mucho que peleaba con su mamá. Lo cansada que estaba de que le dijera que “esto no, esto tampoco; recoge tu cuarto; lava los trastes; haz la tarea; no me grites, ¿quién te crees que eres?; no comas tantos dulces”… Una lista interminable de prohibiciones y órdenes que la tenían harta. Por eso a veces soñaba con que ya era grande y vivía en una ciudad distinta, tenía un buen trabajo, su propio carro y su departamento, además de Suzu a un perro pug y nadie le decía que podía hacer y qué no.

Terry también le contaba que a veces le desesperaba su mamá. Que por más que le ayudara con las tareas de la casa, sacara buenas calificaciones y fuera cariñoso con ella, nunca estaba satisfecha. Siempre quería más. Cuando él quería salir con amigos a su mamá siempre se le ocurría que había que ir a visitar a la abuela, o a la tía o ir al super a hacer el mandado. Terry la quería mucho y lamentaba que su papá se hubiera ido para casarse con otra mujer, pero ya no podía más.

***

Había pasado mucho tiempo desde que platicaban por Messenger todas las tardes. Ella iba a graduarse de sexto y se iría dos semanas de viaje con sus compañeros. Estaba muy emocionada y le contaba a Terry los lugares a los que iría; él parecía cada vez más triste, o quizá indiferente… ¿o estaría celoso? Ella no sabía qué hacer y se lo preguntó directamente:

“Estás raro. ¿Qué tienes?”, apareció en la pantalla del chat junto a la foto de Suzu, que seguía teniendo como foto de perfil.

(Terry está escribiendo…) Apareció en la pantalla, pero pasaban los ¿segundos?, ¿minutos?, y nada.

“¿Te fuiste?”, otra vez la gatita Suzu hacía la pregunta en el chat.

“No”. ¡Por fin aparecía un texto junto a la foto de Terry! Aunque fuera una palabra parca y seca.

“Ok”, tecleó ella, y después puso una carita guiñando un ojo. “Si quieres nos escribimos mañana porque pareces ocupado”.

“No”, volvió a escribir él. Parecía que se había convertido en la única palabra que se le ocurría.

“Ok”, puso ella otra vez, en parte como respuesta automática y en parte porque no sabía qué más decir.

“Quiero conocerte en persona”.

Ella se había quedado sin aire. Se hizo para atrás con todo y silla. Las palabras que había escrito Terry parpadeaban en el chat, como esperando una respuesta.

“Ok”, fue lo único que se le ocurrió contestar. Ahora parecía que era la única palabra que ella se sabía.

“Mañana a las 6 en el parque de los coyotes, en la fuente, ¿lo conoces?”, tecleó muy rápido Terry, como impulsado por un cohete.

“Sí”, escribió ella. “Ahí nos vemos”.

***

Había sido una mañana linda en la escuela. Faltaban dos días para el viaje y nadie hablaba de otra cosa. A pesar del calor que les impedía correr por el patio como otros días, ella y sus amigas estaban de buen humor, reían por todo, se tomaban de las manos y gritaban por cualquier cosa.

Ella no se atrevió a contarles que ese día conocería por fin a Terry en persona. Estuvo a punto de decírselos un par de veces pero quién sabe porque a último momento se arrepentía. Como que le daba pena. Creía que se iban a burlar de lo cursi que era.

***

Después de comer su mamá se fue a trabajar, como todas las tardes. Le recordó que si se le ofrecía algo le podía llamar a la oficina o al celular. Que hiciera su tarea y que no comiera dulces. Le dijo que la quería y le dio un beso. Cerró la puerta y ella oyó cómo bajaba corriendo las escaleras del edificio, con sus tacones bajos y cuadrados, los únicos que aguantaba.

Ella se metió corriendo a su cuarto, abrió la puerta del clóset y sacó dos vestidos, dos playeras y unos jeans. Se probó todo y eligió una playera azul aguamarina y los jeans. Pensó que si se ponía uno de los vestidos para una primera cita con Terry iba a parecer “desesperada” (eso había oído una vez en una serie de televisión), así que descartó pronto la idea. Se recogió el cabello en una coleta alta y se puso la cadenita con una piedra redonda de Swarovski del mismo tono que la playera y salió de su recámara.

Cogió las llaves que estaban en un clavo junto a la puerta del departamento y salió corriendo porque ya eran 10 para las seis, y el parque estaba a unas tres cuadras de su casa. Se sabía el camino de memoria porque iba seguido con su mamá a comprar helado y caminar un poco por ahí.

***

Salió del edificio y cruzó la primera calle. Caminaba con seguridad, aunque un poco rápido porque no quería llegar tarde. De pronto, sintió cómo su cuerpo delgado y con curvas incipientes se precipitaba hacia abajo. Alcanzó a poner las manos y sólo éstas y sus rodillas se golpearon contra el pavimento, que aún a esa hora, estaba muy caliente. Volteó para atrás y vio la lata de refresco vacía que le había hecho tropezar. Soltó un “puta madre” en voz alta y se levantó, pero algo, definitivamente, había cambiado en la atmósfera de esa tarde calurosa.

Se quedó parada un rato, ahí, en la esquina de una calle muy cerca de su casa, ya cerca (pero no tanto) del parque de los coyotes. Le ardían las rodillas a través de la tela de los jeans, y tenía las palmas raspadas y calientes.

No supo cómo pero de repente todas las imágenes de las historias de secuestros que le había contado su mamá le pasaron por la cabeza, como dicen que pasan las escenas de tu vida cuando te vas a morir, rápidamente y girando, como en un remolino.

Se sintió mareada. Se sentó en la banqueta porque le dio miedo desmayarse. Pensó que era una tontería recordar escenas desagradables cuando por fin iba a conocer a Terry, bueno, a verlo en persona porque sentía que lo conocía mejor que a nadie, mejor que a su mamá, incluso. Se dijo que era mejor levantarse y seguir su camino, pues seguramente ya serían las seis y no quería llegar tarde.

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Foto: Irma Gallo
***

Pero en cuanto se levantó las imágenes de las narraciones de terror de su mamá volvieron con más fuerza. Vertiginosos, moviéndose sin descanso, vio los rostros que su imaginación había puesto a esas niñas, mujeres, adolescentes secuestradas, y sobre todo a los hombres malos: viejos, gordos, no tan viejos, no tan gordos, morenos, blancos, con lentes, sin lentes… y ¡sí! también hermosos y encantadores como Terry. El recuerdo de lo que le había dicho su mamá le explotó en la cara: “hasta los chicos que parece que no matan una mosca pueden ser peligrosos, porque quizá trabajan para alguien más. Por lo general se encargan de enganchar a las chicas, enamorándolas o haciéndose sus amigos. Que no se te olvide”.

Así entendió porqué la caída, porqué el mareo. “Eres una chica inteligente”, le había dicho también su mamá. “Estoy segura de que siempre sabrás reconocer el peligro a tiempo”.

Respiró profundo. Parecía sentirse mejor. Se levantó despacio, para asegurarse que no se iba a volver a marear, pero se dio cuenta de que ya no quedaba ni un rastro de esa sensación de vacío en el estómago y pesadez en la cabeza. Caminó de regreso a su casa, decidida pero sin prisa. Todavía le ardían las rodillas y las palmas, pero iba derecha y, sin duda, feliz.

 

 

 

 

 

 

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