¿Qué significa ser feminista hoy?


En el crepúsculo de su existencia una mujer reflexiona sobre su trabajo y el de sus compañeras. Admite que les ha faltado voltear a ver a las otras: las más pobres, las indígenas, las presas, las guerrilleras, las sexoservidoras, las trabajadoras domésticas, las niñas, las analfabetas.

Una rubia nacida en París, pero que desde niña se aferró al suelo de México, comienza una carrera en el periodismo en la década de los cincuenta, y como a todas sus colegas del mismo sexo, sólo la dejan publicar en la sección de Sociales.

Una mujer a la que la dictadura expulsó de su país estudia un doctorado con su hija un lado; sabe que su decisión de ser madre y profesionista le costará mucho más que a sus pares que se decidieron por lo uno o lo otro.

En un campo algodonero de Ciudad Juárez aparecen los cuerpos inertes de tres mujeres jóvenes. La extrema violencia con la que fueron ultimadas y la impunidad con que libraron una condena sus asesinos, provocan que una abogada recién egresada de la carrera empiece a pensar que algo, en la manera en la que se imparte la justicia en su país, tiene que cambiar.

En España la subdirectora de un importante diario decide tener a su segundo hijo. Está cerca de cumplir 40 años de edad, y con ocho meses de embarazo, es despedida.
¿El feminismo es sólo cosa de unas cuantas?

Jean Franco: ¿y las otras?

Jean Franco
Jean Franco. Foto: YouTube

Jean Franco nació en el Reino Unido pero vivió durante décadas en América Latina, en donde trabajó con Alaide Foppa, poetisa feminista española asesinada en Guatemala en 1980. En entrevista en las por su libro Ensayos impertinentes, en las oficinas de editorial Océano México, reflexiona sobre la indiferencia del feminismo intelectual y académico con respecto a las mujeres menos favorecidas.
“El feminismo ha sido demasiado de clase media, y se le identifica a través del éxito de ciertas mujeres, que es una forma muy personal de verlo. No es una forma colectiva, de ningún modo.” Franco agrega que esto se debe, en parte, a que esta corriente de pensamiento y acción “es más fuerte en las instituciones académicas, y para estas instituciones la cuestión de la mujer es una cuestión para la antropología o la sociología”, por lo que concluye con que “habrá que realmente pensar en cambiar las tendencias académicas”.
Otro tema del que se ha olvidado el feminismo, según Jean Franco, es la vejez. Cuando propuso un número especial de Debate Feminista sobre este asunto espinoso, nadie quiso escucharla.
“Para los jóvenes la vejez es una cosa de horror. No quieren pensar en eso. Entonces tienen que ser los viejos los que escriban al respecto. Porque la idea de la jubilación es muy fea, es muy fuerte: es cuando realmente se termina nuestro papel en la sociedad, y no debe de ser”.
Con sus más nueve décadas de existencia agrega que en las sociedades patriarcales la vejez es sinónimo de sabiduría para el hombre, mientras que para la mujer es el momento de la senilidad.
Al terminar la entrevista, sólida como una roca, posa para la lente de la fotógrafa Annick Donkers. No hay en su semblante un asomo de debilidad.

Elena Poniatowska: “sin las mujeres, este país se caería a pedazos”

Con Elena
Con la escritora y periodista después de la entrevista

A principios de marzo de 2013, casi dos meses antes de recibir el Premio Cervantes de Literatura, Elena Poniatowska está en Mérida, Yucatán. La Feria Internacional de la Lectura de ese estado, FILEY, y el programa académico de la Universidad de California, UC-Mexicanistas, le entregarán la Presea Excelencia a las Letras “José Emilio Pacheco”.
Mérida es la ciudad que su hija Paula eligió para vivir. Elena llega a la casa de la cultura que lleva su nombre, la cual dirige su hija, retrato fiel de la periodista a sus cuarenta y tantos años.
A pesar de que la primera pregunta de Variopinto se centra en el Premio Cervantes, concretamente en el discurso que dará al recibirlo, Elena no puede evitar hablar de la mujer:
“Este país, sin las mujeres, se caería en pedazos porque son un elemento aglutinador”.
Con sus palabras viene a la mente Jesusa Palancares, el personaje central de su novela Hasta no verte Jesús mío, basado en Josefina Bojórquez, pobre, analfabeta, soldadera en tiempo de la Revolución, a la que una Poniatowska joven, intrépida reportera, entrevistó durante largo tiempo.
Es verdad que para Elena, hoy tan laureada, no fue fácil empezar una carrera en el mundo del periodismo. “Toma en cuenta que yo comencé en 1953, cuando tú todavía no nacías”.
“El machismo consistía en que tú entrabas a la sección de Sociales; cubrías bodas, cubrías cócteles, cubrías cenas. Tenías que quedarte años, y años y años, y demostrar que no estabas ahí MMC, “mientras me caso”. Y si lo demostrabas, ya te pasaban a lo que llaman la primera sección”.
Con nostalgia y agradecimiento, Elena Poniatowska recuerda a su colega Ana Cecilia Treviño, conocida en el medio como “la Bambi”:
“Ella fue la que dijo: ya no se va a llamar Sociales, y le puso gran énfasis a entrevistas con escritores, con pintores. Fue, en ese sentido, una pionera… Y murió tan triste, toda solita. Fíjate: yo di la noticia en La Jornada; ni siquiera se preocuparon en el Excélsior por decir que había muerto, como si las periodistas fuéramos basura”.
La autora de La noche de Tlatelolco reconoce que el camino no ha sido fácil, y que muy probablemente se deba a su doble condición, feminista y de izquierda:
“En México, si eres de izquierda desatas un odio feroz”.
La frase, sin embargo, parece divertirla, porque ríe antes de continuar:
“No pienso mucho en ello, porque si no me amargaría. Pero sí pienso que si hay que escoger entre un hombre y una mujer, para cualquier cosa, primero es el hombre. Mira: las mujeres que llegan a ser senadoras o diputadas es porque saben que van a seguir los cánones impuestos por los hombres, porque van a obedecer, no van a rebelarse”.
Elena se retira acompañada de sus hijos Paula y Felipe, y sus nietos. Se le ve cansada, pero sonríe.

Sandra Lorenzano: el feminismo, en la memoria del cuerpo

Annick y Sandra
Sandra Lorenzano fotografiada por Annick Donkers en la Universidad del Claustro de Sor Juana

Escritora, doctora en Letras por la UNAM, colaboradora habitual en diversos medios de comunicación, conductora de un programa de radio (En busca del cuento perdido) y uno de televisión por internet (Pasiones y obsesiones), y vicerrectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana, Sandra Lorenzano es también y por encima de todo, la mamá de Mariana.
Nacida en Argentina en 1960, la dictadura la expulsó al exilio en México. Pero Lorenzano decidió hacer de éste su país. Aquí estudió la licenciatura, la maestría y el doctorado, aquí nació su hija, aquí encontró el amor.
Feminista y femenina, cuenta cómo le ha hecho para que la vida le alcance para trabajar inagotablemente en lo que ama y al mismo tiempo criar una hija.
“Uno se tiene que plantear cómo hacerlo de la mejor manera. Y creo que nos pasa a todas las mamás del mundo, que siempre nos sentimos en falta”.
Poder manejar la culpa, dice Sandra Lorenzano, es esencial cuando se trata cumplir con las exigencias de la vida profesional y la maternidad al mismo tiempo.
“Siempre decía que cuando presenté mi tesis de doctorado la podría haber contestado Mariana porque había escrito la tesis con ella ahí pegada en las tardes, cuando regresaba de dar clases”. Y agrega: “quizá no suene ni muy profesional ni muy feminista, pero lo más importante que me ha pasado en la vida es ser la mamá de Mariana”.
Y en esto, afirma, repite a su madre, a su abuela y a su bisabuela. Porque más allá de la reflexión sobre la situación social, política y económica de la mujer hoy en día, que ocupa gran parte de su tiempo y su trabajo, “hay algo que tiene que ver con la memoria femenina que me interesa mucho”.
Además de esta memoria de sangre, está la otra, la de las mujeres que la han antecedido en términos teóricos y profesionales:
“Son esas mujeres que han abierto brecha, que nos han enseñado del mundo de otra manera; a veces han sido nuestras maestras, a veces las hemos leído”.
El calor está empezando a ceder. Un viento ligero refresca el patio de los cipreses de la Universidad del Claustro de Sor Juana. La autora de Fuga en mi menor (Tusquets, 2012) y La estirpe del silencio (Seix Barral, 2015), concluye:
“¿Qué nos toca a las feministas de hoy? Ser conscientes de esta desigualdad, y hacer algo porque las brechas sean cada vez menores. En ese sentido hay una coincidencia, o debería haberla, con lo mejor de los movimientos sociales”.

Edith López Hernández: en México el Derecho no tiene perspectiva de género

Edith
Foto: Facebook

Los ojos negros le brillan con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Edith López Hernández es abogada, pero igual protagonizó las manifestaciones de apoyo a Yakiri Rubí Rubio, encarcelada por matar al hombre que después de violarla, quería terminar con su vida.
Empezó a pensar en el lenguaje del feminismo y en temas de género cuando supo que en Ciudad Juárez a las madres de las mujeres asesinadas las mandaban callar, las amenazaban o hasta les entregaban cuerpos que no eran los de sus hijas, quitándoles hasta el derecho de saber a quién estaban metiendo en una tumba. La impunidad mataba doblemente. Y nadie parecía querer ayudarlas.
“Somos muy pocas abogadas feministas. Sobre todo porque en las escuelas de derecho no te forman con perspectiva de género. Te enseñan que el derecho es objetivo, que no discrimina, y entonces salen abogadas y abogados creyendo que es justo”.
La sentencia contra el Estado mexicano en la Corte Interamericana de Derechos Humanos por el caso Campo Algodonero sentó un precedente que, según la joven abogada, no hay que desdeñar:
“El feminismo te ayuda a reflexionar que estas leyes las hacen personas que responden a ciertos intereses políticos. Y entonces, si estamos en una sociedad en donde se discrimina a las mujeres, pues entonces vas a tener leyes que discriminan a las mujeres, y no sólo leyes, sino personas que aplican esas leyes, que van a discriminarlas”.

Cristina Fallarás: en una crisis la primera que pierde es la mujer

Con Cristina y Marina
Con Marina Taibo, de la Brigada para Leer en Libertad, y Cristina Fallarás (en el centro)

A Cristina Fallarás (Zaragoza, España, 1968) la vida le cambió de manera radical.
“Al principio de la crisis, en 2008, me despidieron. Era subdirectora de un diario y estaba embarazada de ocho meses. Pasaron cuatro años y acabé perdiéndolo todo. Me quitaron la casa y me quedé en la calle con mis dos hijos”.
Cristina vino a México a presentar su libro A la puta calle en la Feria Internacional del Libro de Azcapotzalco.
A la puta calle es un relato sin ningún tipo de pudor sobre lo que quiere decir estar ganando tres, cuatro mil euros al mes y pasar a tener que ir a la Beneficencia a pedir un cartón de leche o robar en el supermercado para que los niños puedan lavarse los dientes”.
Además de este relato autobiográfico, Fallarás presentó en la FIL Azcapotzalco Las niñas perdidas, novela en la que cuenta la historia de dos pequeñas asesinadas brutalmente.
“En lo que va de este año ya llevamos tantas muertas como casi todo el año pasado. A mi me preocupa mucho la muerte de las mujeres. Y cómo los medios de comunicación construyen un lenguaje basado en lo pasivo; es decir, “Muere una mujer”. Oiga, no muere una mujer. La matan. No ha muerto porque le da un mal de riñón; la ha matado su marido”.
Además de esta violencia brutal, para Cristina el gobierno español está ejerciendo otra: la de volver a penalizar el aborto aún cuando el feto presente malformaciones. “Es un gobierno de derecha radical que ha aprovechado el empobrecimiento para quitar derechos: el derecho al aborto, el derecho a manifestarse. Los recortes en las libertades individuales están llegando a un punto que raya en el fascismo”.
Como la gente está tan empobrecida por las medidas económicas que ha puesto en marcha el gobierno, la reflexión sobre la violencia de género, dice Cristina Fallarás, pasa a segundo plano.
“Cuando me comunicaron que iba a tener una niña me rompieron. Dije: “no, por favor”. Y empecé a llorar. Pensé “no quiero agresiones sexuales; no quiero injusticia, no quiero que un hijo de mi vientre sienta todo eso que yo he vivido”.
Cristina tiene dos hijos. A la pequeña, que tiene cinco años de edad, desde que nació sólo la puede vestir con lo que le regala la Beneficencia.

“En el momento en que aparece una crisis, la primera que pierde es la mujer”.

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