Crecimos en un espacio de violencia: Enrique Reyes Lugo


En la esquina de Miramontes y Calzada del Hueso, al sur de la ciudad, está el tianguis de Pericoapa. Es todo lo contrario a su vecino, Galerías Coapa, un centro comercial pequeño pero con aspiraciones de mall gringo. El tianguis, en cambio, es un espacio de múltiples pasillos en los que se camina entre cortinas verdes de metal de quienes aún no abren sus puestos, sonidos de alarmas de carro, olor a comida y a jugo de frutas y hip hop a todo volumen.

Al final del pasillo K los colores brillantes de las playeras pintadas con aerógrafo son lo primero que sorprende: parecen sacadas de un universo paralelo. Es el puesto de Aeroart Iztapalapa, y el lugar de la cita con Enrique Reyes Lugo, Orlando García y Jorge García.

“Yo nací y crecí en Iztapalapa, en la colonia Consejo Agrarista. Ahí empezamos a crecer; inicié en la primaria, luego en la secundaria, pero como vamos creciendo nos damos cuentas de los problemas que existen en nuestra comunidad, que son problemas multifactoriales”.

Enrique habla rápido. Saca las palabras con esa seguridad que le han dado años de ser el líder de la banda que confió en él.

“Nos dábamos cuenta de que en nuestro barrio carecíamos de muchas cosas, carecíamos de un centro deportivo para poder desarrollar nuestras actividades físicas, carecíamos de algún espacio para poder tomar algún curso, algún taller. En base a todas esas carencias nos organizamos y empezamos a crear una organización”.

Crecer en un ambiente de violencia

Enrique 2
Enrique Reyes Lugo. Foto del video de YouTube

“Nuestras autoridades no hacían nada; ellos mejor estaban preocupados por construir reclusorios a nuestros alrededores que construir espacios recreativos, espacios culturales o algo para poder tener una oportunidad de vida y poder desarrollarnos”.

Quizá todavía hay un pedacito de rencor en su voz. Un eco borroso de tiempos en que no había otro lado hacia donde voltear.

“Nosotros crecimos en un espacio lleno de violencia. Veíamos cómo la pandilla se organizaba para robar camiones repartidores, para pelearse con otras pandillas. En el desarrollo de nuestra colonia vimos caer muchos chavos que ahorita pudieran estar con nosotros en riñas de pandillas contra pandillas, en alcoholismo, en la droga. Unos caían en el reclusorio, otros quedaban ya locos o muchos quedaban en el panteón. Nos juntábamos nosotros en una esquina y pasaba la redada, pasaban los policías y sin hacer nosotros nada, nos basculeaban, nos robaban. Era un ambiente muy desagradable que vivíamos en ese entonces.”

Una pausa. Quizá sólo para tomar aire. Quizá porque los recuerdos de pronto se vuelven más peaados de lo que aguanta el pecho.

“Muchos chavos nos salvamos, muchos chavos no, muchos siguieron sus pasos y muchos no. Muchos optamos por construir alternativas o cosas para nuestra comunidad que no teníamos”.

Una nueva estrategia para la vida

Mientras Enrique habla, se encienden los ojos negros de su hijo adolescente, que no quiere perderse una palabra.

“Decidimos darle un giro a nuestra vida. Decidimos cambiar nuestra vida organizándonos. Si la banda se organizaba para robar, para pelearse, ¿por qué no nos organizamos para hacer algo positivo para nuestra comunidad, para nosotros mismos?”

El hombre de las manos grandes y la voz gruesa continúa hablando de lo que le da orgullo: el momento en que decidió cambiar su vida y la de los demás.

“Porque dentro de la misma banda hay muchos chavos talentosos y decidimos abrir un espacio para detectar los talentos o las aptitudes que tenía nuestra banda en ese entonces”.

Pintar al óleo: el “Wicked”

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El Wicked. Foto del video de YouTube

Apenas se distinguen las palabras cuando Enrique García habla. En contraste con su apariencia física de gigante, su voz es pequeña, tímida.

“Evolucioné un poquito desde el graffiti, la aerografía y ahora hago cuadros, en mi técnica que es en acrílico y óleo”.

Junto a él, un cuadro a blanco y negro del pachuco con el que soñaban mi mamá y mis tías: Tin tán. Hace unos segudos, antes de empezar a hablar, Enrique pintaba los detalles más pequeños con la destreza que tiene su mano de niño grande con el pincel.

“Yo vengo dedicándome a esta técnica desde hace como cuatro o cinco años. Yo inicié igual, en el Chavos banda; por medio de Quique conocí los talleres”.

Pero no hay que dejarse engañar por el tamaño del Wicked. Al igual que su voz, su sonrisa aparece con timidez; delata una vez más al niño que se quiere esconder detrás del grandulón de cabello recogido y playera oscura.

“Mi vida ha cambiado en mucho, pues no se actualmente en qué estuviera trabajando. Aquí puedo hacer lo que me gusta y genero ingresos, los cuales me dejan una vida estable y un poco cómoda”.

El arte todos lo traemos dentro: el “Killer”

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El Killer. Foto de YouTube

A primera vista, Orlando García parece más rudo. A éste sí que la sonrisa no se le da. Si el apodo del Killer no es de a gratis.

“Empecé en Chavos banda, allá con Enrique, ya hace aproximadamente unos 20 años, sino es que hasta más. Yo también vengo de ser chavo banda y nos dieron el apoyo para expresar nuestro arte porque somos personas que nunca tuvimos apoyo ni de la familia ni de nadie, y andábamos en malos pasos pero gracias al arte hemos salido adelante”.

Pero cuando habla de las circunstancias que lo llevaron a cambiar de vida, el orgullo le tensa los labios en algo que se parece a una sonrisa.

“Y fui saliendo de los vicios, de todo lo malo para dedicarme al arte, porque el arte yo creo que ya lo traemos dentro y eso pues ahorita nos da de comer, y tratamos de apoyar a los chavos que también están como estuvimos nosotros”.

Es la una de la tarde y el tianguis se está empezando a llenar. Pronto va a ser difícil caminar por aquí. Hay quienes se acercan al puesto de los Enriques y Orlando; muchos preguntan; pocos, casi nadie, compra. Es mitad de quincena. Pero los ex chavos banda no se sienten mal; hay días malos y días buenos,pero no pretextos para dejar de trabajar.

Cruzando la calle, el mall aspiracional de Galerías Coapa también se va llenando de gente, que por cierto, tampoco compra.

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