El gabinete de Bibiana: Sin sentido del humor


Por Bibiana Camacho

 

Logré sentarme al lado de la ventana y me adormecí con el zangoloteo y el calor. Me despertó el murmullo de la gente desesperada, el Metrobús no había avanzado más que algunas calles.

Se escuchaban las consignas cada vez más cerca, como un murmullo de abejas que se acerca lenta pero inexorablemente. No había modo de atravesar Reforma.

La gente gritaba indignada y le exigía al chofer que nos dejara bajar. La cosa se estaba poniendo fea. Entonces me acordé de la vez que todos los pasajeros de un tren y yo nos quedamos atrapados en un túnel del Metro entre estación y estación, durante casi una hora. La gente se desesperó tanto que aventaron cosas a las vías, y me sorprende que no hubieran lanzado a alguna persona. No sé por qué, pero me dio risa. Algunas desgracias tienen la cualidad de convertirse en situaciones cómicas una vez que ha pasado el tiempo y no tuvieron consecuencias graves.

La insistencia logró el objetivo: huir del caos, o eso creímos. Policías auxiliares improvisaron rampas y escalones a las puertas del Metrobus. Bajamos como pudimos. Yo había salido con bastante tiempo de anticipación para llegar a la junta, pero ahora tenía apenas el tiempo justo, si lograba abordar algún transporte. Corrí sobre Insurgentes, dirección Sur, sólo para descubrir que no había taxis disponibles y que el tráfico se espesaba cada vez más.

Meses atrás recogí papeles importantes y urgentes en una oficina en Polanco, luego tenía que ir a Copilco para analizar la información y hacer un informe. Pero estaba tan entretenida con un libro que cuando abordé la estación Hidalgo en lugar de tomar dirección Universidad, tomé hacia Indios Verdes. Minutos después, al levantar la vista de mi libro ya estaba en Potrero. Justo cuando me di cuenta del error y me disponía a regresar, recibí una llamada de mi jefe.

–¿Dónde andas?

Fingí que no escuchaba nada y colgué de inmediato. No podía explicarle que me había equivocado y que llegaría muy tarde y que quizá ni tiempo me daría de analizar la información. Por poco me corren.

Ese recuerdo me hizo sonreír, a pesar de que ya llevaba varios minutos caminando y que estaba perdiendo la esperanza de conseguir un taxi. Hacía mucho calor y sudaba sin remedio. El peso de la computadora y los documentos que cargaba no ayudaban.

La junta comenzaría en media hora, pero yo todavía estaba muy lejos. No es que mi presencia fuera fundamental, pero yo traía el disco duro con la presentación corregida y hermoseada; también cargaba las carpetas para que cada asistente pudiera seguir las explicaciones pertinentes.

Un día que regresaba de la Universidad, me quedé profundamente dormida en el pesero que me acercaba a casa de mis padres. El chofer me despertó en la base, el metro Pantitlán. La cosa no hubiera sido muy grave, pero eran pasadas las once de la noche y sólo traía lo justo para regresar, si es que todavía alcanzaba transporte.

Ese recuerdo me provocó una sonora carcajada. Al final si uno lo piensa resulta cómico, logré llegar a casa sana y salva, eso sí muy espantada y sin una pizca de sueño.

La gente me miró con enfado. Yo seguí caminando. Sobre Insurgentes pero dirección norte, una masa compacta y enfurecida gritaba consignas. Con una marcha más, un tráfico del demonio, sin Metrobus, sin taxis; no estaba dispuesta a enfurecerme, ¿para qué, qué caso tendría?

Llamé a mi jefe para pedirle que alguien viniera en moto por mí, al menos para que se llevaran el disco duro y las carpetas. Le expliqué la situación de la forma más relajada posible para no alarmarlo, pero creo que me notó tan de buen ánimo que enfureció.

–¿Y por qué estás tan contenta? No me engañas, seguro te paraste tarde. Ni creas que…

Colgué. Estaba nerviosa y me carcajeé sin reparos. Me acordé cuando mi hermano y yo llamábamos a mi abuela sorda para decirle que teníamos un recado de dios y que si no se portaba bien con sus nietos se iría al infierno. Claro que jamás nos trató bien ni mucho menos, pero cuando la visitábamos después de las llamadas que decía no escuchar, se portaba un poco mejor.

La oficina todavía estaba lejos, no iba a llegar ni corriendo, ni en taxi, en caso de que encontrara alguno. Además hacía rato que me había quitado los zapatos, es que nadie puede caminar tanto en tacones.

La gente ya llevaba rato viéndome raro, me esquivaban. Yo ya traía los ojos lagrimosos de tanta risa. El celular sonaba con insistencia pero no me tomé la molestia de ver quién llamaba.

Y ahora estoy aquí, encerrada en una patrulla, muerta de calor y cansancio. Por mi propio bien, dicen. Han llamado a mi jefe y a mi hermano. Por más que les explico que tenía que llegar a una junta y que no había modo y que me ganó la risa porque me acordé de… Nadie me escucha, aquí la gente definitivamente no tiene sentido del humor.

Bibiana
Bibiana Camacho
Bibiana Camacho. Editora de Producciones El Salario del Miedo. Co guionista de La otra aventura dirigido por el escritor Rafael Pérez Gay y transmitido por canal 40. Algunos de sus cuentos están incluidos antologías como Anuncios clasificados (Cal y arena, 2013) y Ciudad Fantasma I (Almadía, 2013), entre otros. Sus libros son: Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), Tras las huellas de mi olvido (Almadía, 2010) y La sonámbula (Almadía, 2014). Prefiere tomarse fotos con locos y marginados porque la gente decente suele ser una mierda.

 

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