Sí corro, sí grito y si te pones enfrente te empujo: llorarán las palomas


Era el 1984 de mis trece años. Con el fleco engomado hacia arriba, estilo Madonna, las hombreras y los mallones de color chillante, no la estaba pasando muy bien: la adolescencia no es fácil, de por sí, pero además mi hermana Valeria y yo nos habíamos ido “de avanzada” a vivir a Querétaro mientras mis papás (de quienes siempre hemos sido muy cercanas, yo diría que hasta dependientes) se quedaban aquí en la Ciudad de México vendiendo la hermosa casita que teníamos y que nunca recuperamos.

Pero la música me salvaba. Escuchaba a Michael Jackson, a Madonna, a Culture Club y a Cyndi Lauper, y un día, de pronto, MTV me trajo una revelación: se trataba de un chico afroamericano, de ojos muy grandes resaltados con delineador negro, delgado y de estatura baja, que se hacía llamar Prince.

Prince-CTC
Foto: treblezine.com
Usaba ropa muy ajustada, y unos sacos estilo torero que acentuaban su figura breve. Pero se engaña quien piense que se trataba de una personalidad frágil, porque Prince se subía al escenario, tomaba una guitarra, se acercaba al micrófono… y se armaba la revolución.

Quizá por eso el grupo con el que tocaba en esa época se llamaba The Revolution. Eso eran. Eso lograron en la industria de la música pop.

Entre de la fresez de Bananarama, Wham, Daryl Hall y John Oates, lo empalagosos que podían llegar a ser Boy George y su Culture Club, y los excesos de Dead or Alive, la voz irreverente y la guitarra poderosa de Prince no se parecían a nada ni a nadie.

Por si no fuera suficiente con la exposición masiva que les proporcionó MTV, ese año Prince and The Revolution llegaron también a la pantalla grande. Era la época en la que las películas que se estrenaban en Estados Unidos tardaban meses en llegar a México, pero Vale y yo fuimos a Texas a visitar a nuestros primos y, emocionadas, esperábamos ver la película, que se llamó Purple Rain, antes que nuestros amigos de Querétaro.

La decepción fue mayúscula cuando mi querida tía Luz María nos dijo que no podíamos verla porque era clasificación R (Restricted), ni siquiera PG-13 (Parental Guidance 13).

Ni modo. Tuvimos que esperar, como todo el mundo, a que la estrenaran en México.

Para lo que no esperé fue para comprar el LP de la película. Mi emoción no hizo más que aumentar cuando lo saqué de su sobre de cartón y… ¡descubrí que el acetato era de color violeta! ¿Podría haber algo más cool que eso? Así que si bien no pude presumirles a mis amigas de la secu que había visto Purple Rain, sí lo hice con ese disco maravilloso. No cabía en mí de orgullo.

La película no tenía un argumento muy original, ni Prince era lo que se puede llamar un buen actor, pero no importaba: ahí estaba otra vez la música de ese joven extraordinario, que no se limitaba a cantar esas canciones sino que también las componía y que tenía un dominio fuera de lo común de la guitarra.

Algunas de sus composiciones en otra voces también se volvieron hits en esos alocados ochenta, como Maniac Monday, con The Bangles.

O Nothing Compares to U, con Sinead O’Connor.

Los ochenta se fueron demasiado pronto. O tal vez lo que desapareció como arrasada por un incendio fue mi adolescencia.

Dejé de oír a Candi Lauper. Sólo de vez en cuando a Michael Jackson, y un poco menos a Madonna. Desapareció The Revolution. Prince se cambió el nombre por algo impronunciable, y de todos modos ya nada sonaba como When Doves Cry:

Dig if you will the picture

Of you and I engaged in a kiss

The sweat of your body covers me

Can you my darling,

Can you picture this?

(…)

Why do we scream at each other?

This is what it sounds like

When doves cry.

Prince_at_Coachella

Crecí. Me fui de Querétaro, regresé a la Ciudad de México. Tuve una hija. Me olvidé de Prince, o The artist former known as Prince.

Un día quise buscar sus videos en YouTube y no encontré nada. Luego me enteré de que había bajado su música de todas las plataformas online, incluyendo Spotify y Apple, como protesta contra esta industria que pagaba tan poco a los artistas cuyos contenidos difundía.

Me quedé frustrada; mucho más porque en alguna mudanza perdí aquel acetato morado.

Tiempo después Prince decidió reconciliarse con Spotify y lanzó el sencillo Stare, del álbum Hit and Run en esa plataforma.

Pero la magia para mí ya se había roto.

Ayer me enteré de que Prince ha muerto. No le encontré sentido. Una nota fría, cabeceada más o menos igual en todos lados: “Muere Prince a los 57 años de edad”. No había mucha información; algunos sitios agregaban el lugar del fallecimiento: su estudio en Chanhassen, Minnesota; otros, que se trató probablemente de las secuelas de una gripa. Nada más.

Repito: nada tenía sentido. Nada lo tiene todavía. Entre ayer y hoy he oído quizá 50 veces When Doves Cry. La encontré en Spotify. Después fui a iTunes y compré Let’s go crazy, I would die 4 U, Raspberry Beret. 

Parece que al final Prince se reconcilió con Apple.

No entiendo porqué dejé de oír a Prince durante tanto tiempo.

Sólo se que en algún lado las palomas están llorando.

Y que esto es envejecer.

 

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