Por Paola Tinoco

(Foto de portada: Patrick Fore. unsplash.com)

Julieta era mi amiga desde que entramos a la preparatoria, de esas amistades añejas que se imaginan para toda la vida. Los compañeros del colegio se burlaban de nosotras porque íbamos juntas a todas partes y decían que éramos novias. A nosotras no nos molestaban esos comentarios, disfrutábamos de nuestra compañía y de tener novios, en masculino. Dice Amélie Nothomb que el gran tema de la vida es encontrar a alguien con quién se pueda beber, pues no todas las personas están preparadas para hacerlo. Tal vez me tarde más en encontrar al amor de mi vida pero a la bebedora, pensaba, ya la había encontrado.

Hablo en pasado no sólo porque dejamos la preparatoria atrás, o porque ya no bebemos tanto. Julieta y yo hemos dejado de ser amigas.

No estoy orgullosa de lo que voy a contar pero lo hice y no hay vuelta atrás. Me acerqué a su querido Jorge, ese muchacho del que llevaba poco más de un mes hablando y de quien resaltaba entusiasmada, tenía un departamento en Polanco y un coche maravilloso. Como si fuera menos importante pero necesario mencionar, en algún momento dijo que Jorge escribía poesía y una novela, también que le gustaba este o aquel escritor. Aún con mi cariño por Julieta, imaginaba lo aburrido que resultaría para el poeta conversar con ella de libros, ya que los abría solamente por obligación o porque había dejado dinero metido entre las páginas. Julieta era buena blofeando pero no se le engaña sobre literatura a un escritor. No por mucho tiempo, al menos. En ese momento pensé que Jorge, si tenía semejantes inclinaciones, estaría mucho más a gusto conversando conmigo que con Julieta. Y ella pensaba igual, por eso hablaba de él pero nunca me lo presentaba o lo invitaba a nuestras fiestas. Sus amantes no podían darse cuenta que su amiga sabía de algún tema del que después Julieta no podría comentar.

Emanuel Feruzi
Foto: Emanuel Feruzi. unsplash.com

Estábamos en el boom del vino tinto y todos nos sentíamos cultos e interesantes moviendo en círculo nuestra copa de vino aunque no supiéramos qué carajos estábamos tomando. Había una invasión de vinos españoles y chilenos de precio módico que todos bebían como si se tratara de champaña. Un día, según me contó mi ahora ex amiga, pelearon por uno de sus predecibles berrinches: Jorge no había querido llevarla a conocer una cava de vinos que estaba poniéndose de moda y aunque a ella le importaba un comino, reclamó no tener actividades en público a su lado. En realidad le preocupaba no tener quién le pagara los tragos en semejante bar, donde una botella de buen vino podía costar más que la cena de tres personas. Julieta estaba muy enojada y vino a quejarse conmigo. La convencí de que se acercara nuevamente a él, que no lo presionara y me ofrecí a acompañarla para que se sintiera apoyada. Por primera vez me hizo caso en eso de salir conmigo y con Jorge juntos. Así lo hicimos. Y corroboré lo que imaginaba: él y yo no parábamos de hablar de libros y hasta descubrimos amigos en común. A Julieta le agradaba que su amigo-novio (todavía no habían formalizado su relación) se llevara bien con su mejor amiga así que no dijo nada.

No le pareció divertido en cambio cuando, dos semanas después, ella salió de viaje y Jorge y yo salimos a tomar vino tinto a ese bar que fuera el causante de su discusión. Ambos le contamos, cada uno por su lado, que fuimos a beber y a charlar de literatura mientras ella vacacionaba con su familia. No había pasado nada fuera de una larga conversación así que nada había para ocultar. Incluso, debo decir, hablé en favor de mi amiga pero igualmente Julieta encontró significativa nuestra salida y su actitud cambió por completo. Estaba fría desde entonces, más conmigo que con él. Ellos siguieron saliendo unas semanas después del incidente, pero fue un infierno según me contó Jorge después, porque ella preguntaba sistemáticamente cuál había sido el motivo para llevarme a la cava que tanto quería conocer. El poeta no respondía más allá de “fuimos a charlar y el lugar estaba a mano”. La explicación no dejaba satisfecha a Julieta, de modo que repetía la pregunta hasta que llegó al límite de Jorge, fastidiado por su insistencia. Respondió finalmente otra cosa, que no la llevaba a ella porque no sabía nada de vinos. Que con ella se trataba de beber, no de conversar. Que estaba harto de pagarle las cuentas de restaurantes y bares. Julieta lo dejó. Y luego a mí. Me escribió una carta diciendo que había entrado en su relación para mal, yo era una traidora. Tenía razón, pensé. Me acerqué a Jorge para demostrar que yo era más afín a él que Julieta y una vez demostrado mi mezquino punto, perdí a Julieta y luego, al poeta. Porque después de todo salimos unas semanas, suficientes para darme cuenta de que además de la literatura, no teníamos nada en común.

Paola
Paola Tinoco
Paola Tinoco es escritora y promotora cultural. Sus cuentos y crónicas han sido publicados en Playboy, Marvin, Esquire, Soho, Laberinto Milenio y diversas antologías en México, España y América Latina. Actualmente es directora de comunicación de Colofón SA de CV y vocera de Anagrama, Siruela, Acantilado, Galaxia Gutenberg y Páginas de espuma. Recientemente se publicaron sus libros Más de lo que te imaginas (compilado para Cal y arena) Mexicanos en una nuez (compilado para Posdata) y Oficios ejemplares (Páginas de espuma). Su programa de radio GULA se transmite por Radio Ibero 90.9.
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