Por Laura Olmos

Fotos: Jorge Rodríguez

La palabra locura conlleva cierta fascinación en su significado implícito: desequilibrio mental; rechazo a las normas establecidas; percepción distorsionada de la realidad; caos dentro del caos; acción arriesgada, habitualmente anómala, que genera sorpresa. Cada uno, de vez en vez, es loco. La locura tiene el libre albedrío de manifestarse en cualquier tiempo, espacio y lugar. Serrat, inspirado en Miguel Gila y Horacio Salas, le llama “locos bajitos” a los niños, por la rebeldía e inadaptación involuntarias que muestran ante las ataduras que como sociedad se les imponen. Hay locos, entonces, por enfermedad, imposición o convicción. ¿Cómo sabemos que un loco está loco? ¿Una abuela que escribe poemas lo está?

La locura es una bella metáfora a la que recurre un autor con cabellera despeinada, que pasa horas escribiendo en el ordenador y que lo mismo crea un best seller que una telenovela para un canal chileno de televisión. En el fondo también él parece estarlo. Emana locura creativa heredada de su contexto de vida: siete décadas, de los 12 a los 19 años de edad, picando piedra en el taller de su reconocida tía escritora, Ana María Güiraldes; una abuela, Violeta, que lo acercó a la literatura y su abuelo, Carlos, historiador, con quien pasaba horas en su biblioteca, escuchando historias reales y de ficción, son algunos de los genes que anteceden a José Ignacio Valenzuela, autor de Mi abuela, la loca, un libro catalogado infantil, pero que bien puede  remover fibras sensibles en cualquier lector.

En una de esas tantas entrevistas que me ha tocado realizarle, a propósito de la publicación de sus escritos, le pregunté: ¿Cuál de todos tus libros es el favorito? Sin dudarlo respondió: “Mi abuela, la loca. Es un libro que escribí con la mayor de las inconsciencias; no me di cuenta de lo que estaba haciendo; es un libro que me genera un cariño enorme y una cosa así como tibia en el corazón”.

La historia trata sobre un personaje excéntrico que se peina con el cabello levantado –y se ve igual que la cabeza de Darth Vader– y que todas las mañanas se pinta un lunar, de un lado diferente de la comisura de la boca, según su estado de ánimo. Petunia es la abuela de Vicente, el niño con quien ella pasa algunas tardes y con quien va tejiendo una trama de complicidad hasta hacerlo entender quién es en realidad su abuela.

El genuino interés por la poesía y un interesante juego de palabras hacen que aflore en Vicente una habilidad para crear textos más allá de las palabras: con el corazón. “Los ojos engañan, Vicente. Mienten. Confunden. Pero el corazón nunca se equivoca”, le dice Petunia, quien en la vida real fue inspirada por la abuela del autor: Violeta.

“Siempre tuvo un lunar muy coqueto en una mejilla, y a medida que pasaba el tiempo comenzó a borrarse por culpa de la despigmentación, entonces ella misma se lo pintaba para que no perdiera su color. Cuando estaba escribiendo Mi abuela, la loca, la imagen de mi abuela pintando su lunar volvió a mí como una fotografía tatuada al interior de mi cabeza. De ese modo, le regalé esa rutina a Petunia, la protagonista de mi libro. Y, de paso, se me ocurrió dedicarle el libro a mi abuela y a su lunar, que resultó tan especial en la historia”.

Se trata pues de un libro emotivo y bien escrito que en tan sólo 144 páginas logra cautivar al lector. El escritor chileno ha publicado más de 15 libros para adultos, jóvenes y niños y en 2012, About.com lo seleccionó como uno de los 10 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años.

 Laura Olmos estudió Comunicación Social en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Es editora de la revista Ser Mayor y colaboradora de Crónicas de Asfalto. Ha publicado entrevistas, reportajes y crónicas. Ha sido coeditora gráfica en Reforma y México Hoy, y directora de arte en Gula y Catadores. Parafraseando a José Ignacio: “También hay que mirar con el corazón ”.
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