El gabinete de Bibiana: Costumbres de viejita


Por Bibiana Camacho

(Foto de portada: twenergy.com)

Me levanté por primera vez a las 11.30 de la noche. Tenía dolor de cabeza y la sensación de haber dormido mal, aunque apenas una hora antes me había acostado. Una persona me daba un recorrido por una oficina sin gente. El equipo y el mobiliario parecían muy viejos, polvorientos e inútiles. Sobre los escritorios desiertos había libretas, hojas impresas, plumas abiertas: el trabajo abandonado. Esta es la sala de juntas, por aquí está la cocina, al fondo del pasillo los baños, la fotocopiadora está en la salida de emergencia que da a las escaleras. Me dio terror sólo de pensar que ese sería mi nuevo empleo. ¿Y dónde están los demás?, pregunté espantada. ¿Los demás? Me contestó. Y entonces desperté con el cabello pegado a la nuca sudorosa, con el pecho húmedo y mucha sed.

Me levanté sin prender la luz, una costumbre de viejita, me dice siempre Ulises que roncaba en la cama. Fui a la cocina y me serví agua del grifo. Salió tibia. En el refrigerador había media jarra de agua fría y la bebí toda.

Maldito calor de mierda, así no se puede dormir. Y por si fuera poco sentía las piernas y los brazos con ardor y comezón, de seguro ya me habían atacado los zancudos.

Regresé a la cama pero antes prendí el ventilador y lo puse en dirección nuestra. Di vueltas de un lado a otro, hasta que me quedé dormida de nuevo.

La segunda vez que me levanté, el reloj marcaba la 1.20 de la mañana. Estaba agotada, en mi cabeza todavía escuchaba una larga conversación que tuve con alguien acerca de un cuadro que ni existe y del cual ya se me había borrado la imagen. Yo no sé nada de arte, ¿discutir? ¿de una pintura? Lo peor es que de nuevo me dolía la cabeza. Fui al baño otra vez a oscuras y me eché agua en la cabeza, cuello, cara y hasta en la panza. Sentía el cuerpo hirviendo. Luego fui a la cocina por más agua, pero la vez anterior olvidé llenar la jarra para meterla al refri y ahora sólo había agua tibia del grifo. Las hieleras también estaban vacías. Puse la jarra en el fregadero para que se llenara, seguramente me levantaría una vez más, y al menos habría agua fría. Cerré los ojos mientras esperaba, sentí una especie de cosquilleo en el hombro. Abrí los ojos y me restregué la piel con un trapo. Luego encendí la luz. ¿Qué fue eso, un bicho?

Me asomé a la recámara por si Ulises me habría hecho una de sus bromas, pero dormía plácidamente. El ventilador le había hecho mejor a él que a mí.

Entonces me fijé que la colcha y las sábanas estaban tiradas en el suelo. Las levanté y las doblé cuidadosamente. Siempre he pensado que en un lugar desordenado se acumula el calor, no sé por qué tengo esa idea. Ulises dice que son ideas de viejita. ¡Quién sabe!

Antes de acostarme de nuevo abrí las ventanas de la sala y del pasillo. El calor era sofocante y hacía falta circulación de aire. El ambiente estaba esponjoso. Subí a la azotea para sentir el fresco y me encontré con que no había viento, la atmósfera era densa, las plantas no se movían. Todo el escenario era como una fotografía: quieto.

Regresé a la cama. Cerré los ojos e intenté dormir. Traté de permanecer inmóvil, con los músculos relajados. Ulises cambió de posición y me giré para observarlo. Si despertara, quizá podríamos platicar. No tenía ganas ni de leer ni de encender la computadora, entonces no dormiría y necesitaba levantarme temprano. Pero Ulises sólo se acomodó. Su respiración era pausada y tranquila, de vez en cuando le salía un leve silbido.

Me levanté de nuevo. Eran casi las 3.30 de la mañana. Saqué la jarra de agua del refri pero aún no estaba lo bastante fría. La dejé donde estaba. Había sudado tanto que sentía piquetes en el cuerpo. Abrí la regadera, estuve un rato bajo el agua tibia, carajo, tibia.

Me sequé y justo cuando me estaba poniendo la piyama vi luz a través de la ventana del baño. Alguien estaba despierto, quizá un vecino que tampoco podía dormir. Fui a la cocina y me asomé al tragaluz, que daba justo a la pequeña zotehuela del vecino de la planta baja. Un viejo desgarbado y cascarrabias, al que a últimas fechas casi no veíamos porque estaba en silla de ruedas. Sin embargo lo vi fumando y caminando de un lado a otro. Usaba una piyama de franela y tan solo de verlo empecé a sudar de nuevo.

El olor a cigarro llegaba hasta la cocina, ¿a quién se le ocurre fumar con tanto calor? Lo estuve observando un rato hasta que me aburrí. Estaba por regresar a la cama cuando vi cómo se metía una mano entre las piernas y sin bajarse la piyama empezó a masturbarse con fuerza, sus movimientos eran cada vez más bruscos. No parecía disfrutarlo y tuve la certeza de que se estaba haciendo daño.

Fui a la recámara para decirle a Ulises lo que ocurría. Me arrepentí de inmediato, le tendría que confesar que estaba espiando a mi vecino. ¿Me diría que eso es una costumbre de viejita? Me sentía incómoda: por el calor sofocante, por lo que había visto, por metiche.

Regresé a la cocina y me asomé de nuevo. La luz ya estaba apagada, un leve olor a cigarro aún flotaba en el ambiente, el viejo ya no estaba.

El poco tiempo que logré dormir estuvo habitado por seres extraños, palabras confusas y conversaciones a medias. Desperté agotada y sudorosa. Durante el desayuno, intenté contarle a Ulises varias veces lo que había visto en la madrugada, pero no encontré las palabras. Me sentía avergonzada.

Ya en la noche, después del trabajo, nos enteraríamos que don Arnulfo, así se llamaba el vecino de la planta baja, había muerto durante la noche. El pobre había intentado ir al baño, logró subirse por sí mismo a la silla de ruedas, pues no quiso molestar a su esposa que dormía en la otra habitación. Ni siquiera llegó al baño. Su esposa lo encontró en medio del pasillo, miado, con los brazos caídos y la cabeza ladeada, como si estuviera dormido.

Bibiana
Bibiana Camacho
Bibiana Camacho. Editora de Producciones El Salario del Miedo. Co guionista de La otra aventura dirigido por el escritor Rafael Pérez Gay y transmitido por canal 40. Algunos de sus cuentos están incluidos antologías como Anuncios clasificados (Cal y arena, 2013) y Ciudad Fantasma I (Almadía, 2013), entre otros. Sus libros son: Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), Tras las huellas de mi olvido (Almadía, 2010) y La sonámbula (Almadía, 2014). Prefiere tomarse fotos con locos y marginados porque la gente decente suele ser una mierda.

 

 

 

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