Por Gabriela Pérez

Do

Muchas formas de obligar un corazón. Un latido es una.

Tensa y pálida, cubierta de una manta, ella yace poseída, estática, pasiva. Un objeto mueve gel sobre su vientre. Rápido, izquierda derecha. Lento, en círculos pequeños. Cada vez más pequeños… detente.

El sonido brota incógnito, grave. La imagen, una sombra de siete semanas. Ella, que aprieta mi mano, no doma la furia de sus labios. Los estira y los arquea como una cuerda del arma que se apresta: ¿escuchas? Es tu hijo…

Re

El ritmo es rígido, anida en cada eslabón arrastrándose en el suelo, en cada hoja afilada amarrada a un mango.

No es posible fingir sorpresa ante el terror. Los metales anuncian la batalla. Él, sordo, es el único que no teme. Sus tambores son internos, latidos pausados a tiempo con cada gota de lluvia que empapa la cabellera derramada.

Avanza paso a paso, con la mirada fija. No escucha el grito, los ve correr, siente en las plantas de los pies el eco acelerado de los que marchan. Se ofrece al combate, corre también, su espalda desnuda también grita. Ella, punto en la tormenta, desentona caminando pausada y callada.

La conoce. Se llama Jessica. Recuerda cuando de niños se sentaban juntos sobre el sembradío estéril. Se casará con un necio, o entrará a un convento, presagiaba.

Jessica acerca sus labios al oído del sordo y sopla al tiempo que entierra su cuchillo en el pecho que se torna púrpura. Él vibra, cierra los ojos y se concentra en el calor que escupen los labios de su herida.

Mi

Los perros deberían ver en color y los locos soñar en blanco y negro.

Está oscuro y voy de caza —comienza a relatarme—, los esclavos preparan las antorchas y los perros ladran empujando a los jabalíes hacia nosotros. Uno de ellos, el más bello, es el único rebelde que escapa.

Lo sigo hasta el ojo de agua mientras comienzo a imaginarme frente a la chimenea su piel gruesa, encima iluminada por el fuego, la cabeza con colmillos de la bestia. Alisto el arma con la mano derecha, y acerco con la izquierda a mis labios la flauta. Sucede entonces. Él gira, me deja ver sobre su cuello dos manojos de plumas embebidos en sangre. ¡Ese rojo espeso bañando la piel parda me pasma!

Algo está mal. Escucho el canto de los murciélagos, el grito de los silbatos otrora mudo me avasalla. Me encorvo dolorido. Me ensancho. Me oscurezco. Descubro mi nueva voz cuando él se yergue, cuando él toma el arma, cuando él dispara.

Los perros deberían ver en color y los locos soñar en blanco y negro.

Fa

Si me preguntan cuál es el animal que más me gusta, diría sin lugar a dudas: ¡el cerdo!

De mi abuelo aprendí el gozo de amar a los animales; un arte que él mismo perfeccionó a lo largo de su vida. Al principio, ese amor todavía torpe lo llevó a cometer algunas atrocidades, como cuando quiso disecar al gato todavía moribundo para atrapar de sus ojos ese último chispazo de vida y tras un par de semanas terminamos con un amadísimo cadáver putrefacto en la sala.

Sobre el comedor, en una pequeña prisión, estaba una lechuza blanca. Todos la creíamos omnisciente, esto provocaba un comportamiento ejemplar en la mesa aun sin que la abuela hiciera uso de la vara. En el salón principal había, en un extraño acomodo en espiral, seis aves. Cada una cómodamente instalada en el lujo de su jaula. Entonaban melodías por la mañana. Día a día tras apagar el fogón de la cocina, la abuela y las dos tías se sentaban justo en el centro bajo el círculo de cano­ ras. Mientras la abuela hacía las cuentas de todo lo que se debía y la tía Martha tejía sin parar el mantel que habría de colocarse en navidad, la tía Julia observaba el acomodo preciso que en ese instante las aves guardaban.

Como a mí las aves que cantan me han dado siempre miedo, pasaba el mayor tiempo posible fuera de casa. Su canto me recordaba la muerte del primer cerdo que mataron para mi fiesta. Yo debía tener ocho años entonces, el cerdo chillaba y yo temblaba. Mi abuelo diseñó ese mismo día un método para que en adelante la muerte de los cerdos fuera callada. Les había construido un establo, los paseaba por el patio y jugaba con ellos para dirigirlos a la sombra de la jacaranda. Ahí, los acariciaba y les hablaba de todo lo que le preocupaba: del tiempo, la memoria, del infinito y el color. ¡Más práctico que con cualquier párroco! decía el abuelo. Una vez entonces, absueltos los pecados, les cortaba la yugular, y ellos, en silencio los secretos, poco a poco se apagaban.

Hoy he pedido permiso para llevar a mi hermano bajo la jacaranda. Argumenté sobre lo saludable del viento, el olor a campo y a tierra mojada. En realidad le contaré que papá no está de viaje, sino muerto; que mamá no está muerta sino en la cárcel, por matarlo a él; y que es mentira que nos amaran. Haré un simulacro, sin cuchillo, esperan­do que ésta, en la que mi hermano no nos despierte con gritos que sólo él no escucha, sea la primera de muchas madrugadas.

Sol

Otra conversación para intentar la reconstrucción de los hechos. Siempre los mismos tópicos repetidos una y otra vez para llegar al mismo punto en una discusión cada vez más alta: –¿Dónde estabas? Reconoce que de haber contestado el teléfono no habría sucedido.

–Mientras tú te divertías yo tenía que trabajar. Falta que también sea culpable por eso. –Sólo te pedía un poco de atención. –La idea de atención que tenemos es muy distinta. Si fueras razonable… –¿Dónde estabas?

Los dos perdieron algo que amaban. Él una amante, ella un hijo de quince semanas. Han hablado por más de una hora, los dos tienen hambre y ella sigue repitiendo: ¿dónde estabas?

La

El sésamo debe su nombre al sonido. Al eco de las semillas maduras encerradas en pequeñas cápsulas. De entre las flores amarillas y rojizas tomo los minúsculos contenedores, los hago sonar, extraigo el ajonjolí, ovalado, de color paja. Me preparo para el himno: juljulan, sumsum, simsim.

Las muelo cuidadosamente en el mortero. Añado una hoja robusta de copa de oro, un barbeiro amarillo, belladona. Este canto será su delirio: juljulan, sumsum, simsim.

–¡Bruja, hija de la noche! —clamaba—, un favor tuyo, un valiente esfuerzo imploro para que impidas que mi honra se quebrante. Tú que a hermanos fuertemente unidos puedes lanzar a las armas, que transformas con odios a familias; lanza sobre él tu encanto, marchítalo, que sean sus noches de desasosiego y sus días no tengan cal­ma. Nunca es la furia silenciosa: juljulan, sumsum, simsim. Tres tomas en total, tres murmullos acosándolo en lo profundo. Esa mujer luego, erguida siempre a su diestra. Sorda, invisible, inmóvil; pero jamás muda.

Si

Fui yo quien le pidió que me atara.

He visto todo: los vidriosos ojos de las mujeres des­calzas, los pies ásperos y las ropas empolvadas de sus hijas creciendo como el silencio hecho ovillo.

Crece luz en mi entrepierna, me habita como al maíz el grano. Mañana tal vez calle, hoy tengo tiempo. Ven, viaja a mí entre la nieve, derrítela a tu paso, ataja el camino a mis rodillas, ábrelas luego en el delgado camino vertical.

¿Verdad que no es a lavanda a lo que huele este cementerio? Déjà vu. Has estado aquí antes, has caído en este abismo. También tú recuerdas esos ojos vidriosos, esas madres, esas ruinas.

Te mueves bajo el frío, te empapa la lluvia penetrante, vacías de arena el cuenco y lo llenas de agua. Piensas: déjà vu. Lo conoces, lo has vivido antes. Caminaste ya bajo los árboles rotos y sobre tus pasos sombríos. Ese pez, esa balsa, esa arena oscura, esa lluvia. Lo reconoces todo. Flotas entre las ramas, sueñas que eres un árbol, que te des­prendes, que te despedazas. ¿Quién detendrá la lluvia? ¿Y si no para? He visto todo. Soplan los fuelles, todos ellos en número de siete, se cris­pan los cristales y el martillo golpea. He visto todo. Ese pez, esa balsa… Supliqué por su canto, antes, le pedí que me atara.

Do

Me estiro. Ronroneo. Me gusta dejar mi rastro negro sobre las sábanas blancas y los sillones de la sala. Despierto de un sueño profundo en donde he visto todo.

He visto a dios tomar una parte, otra más del doble, una tercera sesquiáltera de la segunda y triple de la primera. La cuarta, doble de la segunda; una quinta, tres veces la tercera. La sexta, óctuple de la primera y veintisiete veces la inicial una séptima.

Así nació el mundo.

Ya lo he dicho antes: lo he visto todo.

Gaby
Gabriela Pérez
Elda Gabriela Pérez Aguirre nació en la Ciudad de México, el 6 de marzo de 1976. Estudió Química en la UNAM; por pasión, es profesora de ciencias, en el Instituto Escuela y autora de distintos libros de texto, de química y física para secundaria y bachillerato. Conformó parte del equipo de ciencias del Instituto Latinoamericano Comunicación Educativa, como autora de libros de texto y de guiones para Telesecundaria, fue editora de la revista Ciencias, de la UNAM. Participó en la Escuela Dinámica de Escritores de Mario Bellatin y ha conducido el programa Tripulación nocturna de Radio Efímera. Luego de colaborar con la editorial Taller Ditoria en el área de difusión y promoción, fue fundadora y editora de Auieo ediciones y de Los Libros del Sargento.
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