Los libros y la vida: ¿Para qué…?


Por Alberto Chimal

Ideas raras que se encuentran en los libros:

Hace años, se le preguntó al escritor francés Antoine Volodine (1950), creador de narraciones muy imaginativas y extrañas, a qué “género” pertenecía su trabajo. Por bromear, dijo que eran obras de “anarcofantasía postexótica”. Tiempo después –así lo contó el propio Volodine en una entrevista para la Paris Review– regresó a pensar en esas palabras que había dicho y se preguntó si podía utilizarlas realmente para comunicar el sentido de lo que escribe.

Esto significa que Volodine no estaba pensando en nada particular a la hora de inventarse el término de lo “postexótico”. Más bien (imagino) quería alejarse de la idea de “género” literario, que en su versión más simple es solamente una etiqueta: una descripción en una o dos palabras de lo que “trata el libro”, de modo que las editoriales sepan a qué libro exitoso del pasado se podría parecer, para venderlo mejor, y los vendedores sepan en qué estante de la librería ponerlo. No sólo es una norma que tiene más que ver con el comercio que con cualquier otra cosa, y que en ocasiones se convierte en una restricción creativa enorme: además, también puede llegar a ser un signo de exclusión social. Aquí en México, por ejemplo, todavía hay personas que creen sinceramente que las mujeres sólo deberían escribir algo que llaman “literatura femenina” –y no tratar temas ni usar técnicas “de hombres”–…, o que las personas cuyo idioma materno es alguna de las lenguas originarias de México sólo pueden escribir tres o cuatro tipos de historias que, desde el punto de vista de mestizos y de criollos, abarcarían todo lo que puede interesar a la “literatura indígena”.

Hay más etiquetas por el estilo y todas son igualmente discriminatorias. Algunas no tienen nombre y son más difíciles de ver.

Antoine Volodine encontró un modo de librarse de ellas. “Anarcofantasía postexótica” podía librarlo de utilizar nombres ya fijados como “literatura comprometida”, “literatura fantástica” o “literatura experimental”, que si bien se aproximan a describir partes de su obra, no la abarcan por entero. Desde entonces, Volodine se ha dedicado a seguir escribiendo lo que quiere, realizando duras críticas de las sociedades capitalistas sin dejar de lado el juego de una imaginación portentosa y más invenciones como la de su propio “género”, incluyendo sus propias formas de escritura: shaggas, narraturas, romånces…, textos que no son exactamente cuentos ni novelas y que se definen con precisión en uno de sus libros más importantes: El postexotismo en diez lecciones. Lección once.

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Este libro puede leerse como una novela: la historia de los escritores de una escuela de vanguardia (precisamente el postexotismo), uno de los cuales sería el propio Volodine: el autor juega a convertirse en personaje. Pero la invención más interesante de Volodine es otra: los autores están presos, porque antes fueron activistas y ahora están condenados a cadena perpetua por un gobierno totalitario. Mientras pasan los años y se van muriendo uno por uno, no dejan de escribir y de inventar con pasión y con rigor. La diferencia es que su público es solamente ellos mismos. A veces un prisionero puede decirle se texto a otro; a veces, ni eso.

Esta idea puede parecer extraña: ¿para qué escribir cuando no se tiene realmente un público? ¿Para qué esforzarse cuando no hay manera de poner en circulación el propio trabajo? Yo debo admitir que me costó trabajo comprenderlo. Pero creo que Volodine tiene razón. Escribir no es solamente el proceso de manufactura de un producto que después será vendido: es un modo de hacer contacto con nuestro propio pensamiento por medio del lenguaje, de reflexionar sobre nuestro sitio en el mundo, de darle sentido a esa reflexión aunque sea a nosotros mismos.

De la obra de Volodine, El postexotismo en diez lecciones. Lección once y dos libros que giran de algún modo a su alrededor: Ángeles menores y Dondog, han sido publicados en México, en traducciones de Iván Salinas.

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Alberto Chimal (1970) fue finalista en 2013 del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y ganador del Premio de Narrativa Colima 2014, el Premio Nacional de Cuento 2002, entre muchos otros. Algunas de sus obras son el volumen de relatos Los atacantes (Páginas de Espuma, 2015), la novela gráfica Kustos (Resistencia, 2013), La torre y el jardín (Océano, 2012) y el cuento ilustrado La partida/La madre y la muerte (FCE, 2015).
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