El inquietante Día de la madre de Reneé Knight


Por Irma Gallo

(Foto de portada: Reneé Knight fotografiada por Collin Hutton para The Huffington Post)

Es curioso cómo en la infancia hasta las cosas que parecen más insignificantes se graban en nuestra memoria como una yerra en la piel de una res inocente. Y la elección de las palabras insignificantes e inocente no son accidentales en este párrafo: es un lugar común creer que en el momento en que somos niños todo pasa “como si no pasara”, porque en realidad es todo lo contrario: parece que observáramos la vida con una lente de aumento, a veces implacable.

Laura, el personaje central de El día de la madre, guión cinematográfico de Reneé Knight que Salamandra publica en forma de cuento, es una niña inteligentísima e hipersensible, que (si aquello es posible) ve aún más allá que cualquier otro chico de su edad. Cuando sus padres le dicen que irán a pasar unos días en el hotel Beauwater Manor, al que recuerda como un lugar luminoso, con grandes jardines, junto al mar, en el que los tres pasaron unas vacaciones inolvidables cuando ella tenía cinco años de edad, Laura no puede menos que emocionarse y sentirse impaciente porque llegue el día tan anhelado de emprender el viaje.

Pero estas vacaciones no serán iguales, y poco a poco Laura irá averiguando porqué: los silencios son cada vez más pesados, las puertas permanecen más tiempo cerradas… Y al final del camino sólo la hija podrá darle el mayor regalo del día de la madre a esa figura que ya no reconoce como la que la hacía sentir feliz y segura.

A Reneé Knight, autora del betseller Observada (traducido a más de 30 idiomas) se le considera una de las escritoras más importantes de domestic noir, un género literario que postula que la esfera doméstica (en donde ocurren sus historias) es un lugar desafiante e incluso peligroso para los personajes que conviven ahí.

Agradecemos a Editorial Océano México la autorización para compartir con los lectores de La Libreta de Irma un adelanto de El día de la madre:

Laura estaba sentada en lo alto de la escalera. Hacía media hora que estaba lista para salir, con la maleta hecha y esperando a su espalda, en el rellano. Su padre hablaba por teléfono en la planta baja. Ella lo seguía con la mirada por entre los balaustres, a través de la puerta abierta del salón, hasta el otro lado del sofá, donde estaba de pie junto a la ventana. Le llegaban algunos picos de voz y el tono nervioso, pero a eso ya estaba acostumbrada: «Está cansado. Tiene mucha presión en el trabajo», le decía su madre para tranquilizarla cuando él le daba una contestación cortante o se mostraba impaciente. Había sido su padre quien le había anunciado que se marchaban. No le había revelado adónde, sólo que era un lugar tranquilo, lejos de la ciudad, en el campo. Su madre le había recordado que ya habían estado allí antes, cuando ella tenía cinco años.

«Beauwater Manor, un hotel de lujo en el corazón de la campiña inglesa.» Laura leyó esas palabras en el calendario que tenía abierto en el regazo. Se lo habían enviado como regalo de Navidad después de su última estancia, y ella lo guardaba con sus tesoros. Resiguió el resto del párrafo con el dedo: «En Beauwater Manor forjará recuerdos que lo acompañarán toda la vida.»

Pasó la página de enero y luego la de febrero. Estudió las fotografías: cada mes era un collage de momentos inolvidables, de familias que hacían sus sueños realidad. Estaba tan absorta mirando las imágenes que la voz de su padre quedo reducida al zumbido de una mosca cuando choca contra un cristal. Se concentró en las fotografías que tenía delante. Las suntuosas cortinas de terciopelo de los salones, la madera oscura y brillante del comedor, las chimeneas, la cama con dosel de la habitación en la que se habían alojado sus padres. No encontraba la suya y tuvo que recomponerla de memoria: un dormitorio pequeño y bonito con papel pintado de rosas azules. Pasó la página, de febrero a marzo, de marzo a abril, y se entretuvo mirando los rostros del personal del hotel atrapados en aquella cápsula del tiempo. Reconocía a algunos de los trabajadores porque los recordaba de las últimas vacaciones. Un horticultor pelirrojo que solía llevar verduras ecológicas de su huerto; una monitora del Club Infantil, de mejillas sonrosadas y ojos castaños, que la había ayudado a hacer un collar de macarrones. Beauwater Manor se enorgullecía de ser un hotel familiar: «Incluso los huéspedes más jóvenes se sienten como en casa.»

Era la típica mansión antigua de los cuentos infantiles, un lugar donde vivir aventuras y fantasías, el sitio perfecto para alguien como Laura, con una imaginación tan ágil que era capaz de viajar en el tiempo y a otros mundos siempre que quería. Cualquier adulto le envidiaría esa libertad. No obstante, los mayores también disfrutaban a lo grande. Por unos días podían fingir que vivían en la magnificencia de otra época, vestirse de gala para cenar y estar rodeados de sirvientes. Era un hotel que se esforzaba mucho por no parecerlo: un santuario que brindaba lujo y tranquilidad, donde los padres podían gozar sin preocuparse del cuidado de sus hijos, que estarían la mar de felices vagando por los jardines, bajo la mirada atenta de monitoras cualificadas, o participando en las actividades del Club Infantil. Frases tan desalentadoras como «me aburro» jamás se oían durante unas vacaciones en Beauwater Manor.

Las páginas de junio, julio y agosto estaban llenas de niños contentos y relajados. Laura miró una foto de tres pequeños sentados en un sofá, todos con una taza de chocolate caliente en las manos. Después se fijó en otra, en la que se veía a una niña menuda, envuelta en un albornoz blanco, que saltaba en una cama con dosel: las mejillas sonrosadas, la boca abierta en una carcajada silenciosa, el pelo mojado después del baño. Lista para que sus padres la llevaran en brazos a la cama. Una criatura feliz que sabía que mamá le leería un cuento y la acostaría entre suaves sábanas blancas y almohadas mullidas.

Laura levantó la vista. Su padre había dejado de hablar. La observaba con el teléfono aún pegado a la oreja y mantenía la conversación en suspenso. Lo vio caminar hacia la puerta y cerrarla, luego volvió al calendario. Diciembre: «Le espera una cálida bienvenida. » Un árbol de Navidad cubierto de nieve, cristalería reluciente sobre un mantel blanco, una niña leyendo junto a la chimenea. El final perfecto para un año perfecto. Laura abrió la maleta, metió el calendario en el bolsillo lateral y fue en busca de su madre.

La encontró frente al tocador y se sentó en la cama con sus delgadas piernas estiradas. A Laura le fascinaba ver a su madre maquillarse. Le resultaba reconfortante y perturbador al mismo tiempo. La transformación de una cosa en otra: dos mujeres distintas, dos madres diferentes. Un toque de polvo coral esperaba en la punta de una brocha en una suerte de limbo mientras su madre ponía una mueca estirando los labios, como si forzara una sonrisa, para que los pómulos se alzaran y redondearan. Aquella sonrisa mofletuda siempre la había inquietado: desaparecía al instante. Era un espejismo vacuo. Miró a su madre recogerse la espesa cabellera rubia y prendérsela con un pasador de plata que guardaba en una caja que había pertenecido a la abuela de Laura.

Le gustaba la tranquilidad de esos momentos. El silencio de la complacencia. Y de un tiempo a esta parte, cada vez los valoraba más porque casi no se daban. Las puertas de su casa estaban siempre cerradas, y detrás de ellas ocurrían cosas que la excluían. Oía voces que no eran más que susurros y, cuando trataba de descifrar algo, sólo alcanzaba a escuchar un siseo que se tragaba las palabras. Entonces se imaginaba que al otro lado alguien había soltado serpientes. Sin embargo, más adelante fue como si la casa misma hubiera respirado hondo y luego expulsado el aire, como si con esa exhalación se hubiera liberado algo. Había llegado a visualizar las serpientes deslizándose hacia el exterior y escondiéndose en la penumbra. Después de eso, la atmósfera en casa cambió, y Laura trataba en vano de comprender el porqué. Siempre que su mente se acercaba a una respuesta, ésta se alejaba cada vez más.

Cuando se marcharon llovía, y Laura apoyó la cabeza en la ventanilla para mirar afuera. Las calles le parecían feas, un borrón de colores apagados, como las películas que tanto gustaban a sus padres y ella odiaba. Las vistas eran tan aburridas que enseguida se durmió. Debió de dormir durante el trayecto entero porque cuando abrió los ojos todo estaba a oscuras, y ella, sola. Los dos brazos larguiruchos del limpiaparabrisas, detenidos a medio barrido, señalaban hacia arriba mientras una cortina de agua caía en el cristal. No distinguía el hotel con claridad, sólo vislumbraba una masa gris en la penumbra y un foco despiadado sobre una puerta como único punto de luz. La vez anterior había sido diferente. Habían llegado en pleno día y hacía tanto calor que se les pegaban las piernas a la tapicería del coche. Habían pasado entre campos de amapolas y habían visto el mar, que apareció tras una curva de la carretera. Tenía el recuerdo grabado en la memoria. Con el tiempo que hacía esa noche, lo imaginó negro, salpicando con furia. Laura recordaba incluso cómo retumbaban las ruedas del coche sobre las barras metálicas del paso canadiense antes de hacer crujir la grava frente al hotel. Sintió que le habían robado el placer del final de ese trayecto y trató de volver atrás, fingir que era de día y la luz del sol brillaba en la piedra arenisca del edificio, pero estaba demasiado cansada. Aun así, se dijo que todo lo que recordaba estaba ahí afuera. Entonces se abrió la puerta del coche, vio a su padre y juntos corrieron bajo la lluvia hasta el hotel.

 

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