La palabra de Gabriela: Guitarra roja tipo Fender en perfecto estado, cambio por …


Por Gabriela Pérez

La ropa con la que me visto, no ha estado nunca de moda. El dinero en cambio no pasa de moda nunca. ¿Acaso las grandes personalidades de la música fueron vanidosos? No. No lo fueron. Mi madre me decía eso mientras arreglaba mi maleta. Se justificaba así por las playeras amarillo huevo, el suéter de cashmire rosa pálido, los pantalones de mezclilla entubados con los que tuve que vestirme por largo tiempo. Además de los zapatos de vestir y otras cosas inservibles, guardó en mi maleta una selección de las fotografías de la familia y unas cuantas latas de mejillones y berberechos. En el aeropuerto pensaba que de no haber sido por esas fotografías hubiera cambiado mi maleta por cualquier otra. Siempre he querido apropiarme del equipaje de un desconocido.

Como sea, fue placentero llegar al minúsculo cuarto de hotel y cubrir una de las manchas de humedad sobre mi cama con el rostro de mi abuelo. A mi abuela la puse en el buró, nunca los pongos juntos porque me parece cursi, sobre todo si pararon su últimos años juntos muy peleados. La foto de mi madre, que es la que más quería, la dejaba guardada en la maleta.

Conocí a Jack en la preparatoria, cuándo ya los dos teníamos claro, que pasara lo que pasara, dedicaríamos nuestros mejores momentos a la música. Y desde el primer día supimos que haríamos juntos una carrera, hay que apostarlo todo, soltar amarras –decía él. Nueva York era nuestra tierra prometida: Charlie Parker; John Coltrane; Miles Davis; Duke Ellington; Thelonious Monk… Era claro que nosotros seríamos como cualquiera de ellos. Comenzaríamos desde abajo, literalmente, la estación de metro frente al hotel era bastante concurrida. La primera noche dormí con un pie amarrado a mi guitarra. Ya la ve usted, una tipo Fender en perfecto estado, y por esos barrios…

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Si no crea, corrí con suerte. Esa noche tuve sueños extraños: árboles de los que crecían enormes monedas de oro en lugar de frutos, gallinas del tamaño de una vaca, zanahorias tan grandes que se necesitaban dos hombres para cargarlas y ríos de leche en los que se podía nadar. Sí, ya sé que es escena de película, pero por fortuna uno puede soñar lo que se le de la gana.
Jack despertó primero, eran casi las 11 cuando comenzamos a tocar, debo mencionar que él único que sabía hablar inglés era él, pero nunca ha sido entonado; así que yo, convencida de que todo es cuestión de actitud, cantaba apasionadamente sin preocuparme por la pronunciación. La respuesta era mágica, rostros incrédulos y sorprendidos, el movimiento casi mecánico a sus bolsillos y luego al estuche vacío en el suelo. Hacía cuentas imaginarias, que según yo bastaban para una buena cena. El último rostro incrédulo fue el mío, al comprobar que en lugar de dinero teníamos pastillas de diferentes colores, muchas, y monedas pequeñas, pocas. Las pastillas de diferentes colores se convirtieron en nuestra cena cuando las intercambiamos con los extraños habitantes del hotel, uno en particular, Emanuel, fue nuestro “facilitador”; nos dijo que al del 215 le gustaban las rosas, que las pastillas verdes volvían loca a la cuarentona del 103, que las naranjas ni las probáramos y que las azules, seguro dejaban satisfecho a cualquiera. Con el tiempo yo me hice aficionada a las de color naranja, siempre tengo gustos extraños que no coinciden con los de la mayoría… pero no quiero aburrirlo con cosas que no tienen que ver con nuestro asunto, ya me ha dicho que lleva usted prisa. Sólo voy a comentarle, así, rápidamente, que las pastillas de color naranja cambiaban los sonidos. Podía oír los pasos de los transeúntes a varias cuadras, y aunque no lo crea, en medio de todo el escándalo citadino, yo podía escuchar grillos, pájaros y abejas volando, aunque lo que más me gustaba, era que se distinguían los sonidos del viento cuando chocaba con un árbol frondoso, con una rama delgada o con las ropas de las personas en el parque.

 

Sobra decir que el asunto del trueque con las pastillas y el poco dinero que ganábamos en el metro no era lo bastante como para vivir. Eso nos orilló a conseguir empleos comunes, Jack como mesero en un bar, y yo en un autolavado, para aprovechar mi experiencia infantil. Resultó para mí un negocio doble, porque en los ceniceros y compartimentos pequeños siempre había pastillas naranjas, eran muy comunes en aquella época. Aprendí un truco muy útil: cuando el dueño preguntaba por los faltantes, uno negaba haberlos visto y tomado. Ya sabe, en tono ofendido y todo, luego, si insistía, bastaba decir: “Call the police”.
Busqué muchas veces una canción que dijera esa frase, estaba orgullosa de mi pronunciación. ¿Usted conoce alguna? En cuanto a la belleza roja, ¿qué me ofrece?, no tiene por qué saberlo, pero la sinestesia es muy cara.

Elda Gabriela Pérez Aguirre nació en la Ciudad de México, el 6 de marzo de 1976. Estudió Química en la UNAM; por pasión, es profesora de ciencias, en el Instituto Escuela y autora de distintos libros de texto, de química y física para secundaria y bachillerado. Conformó parte del equipo de ciencias del Instituto Latinoamericano Comunicación Educativa, como autora de libros de texto y de guiones para Telesecundaria, fue editora de la revista Ciencias, de la UNAM. Participó en la Escuela Dinámica de Escritores de Mario Bellatin y ha conducido el programa Tripulación nocturna de Radio Efímera. Luego de colaborar con la editorial Taller Ditoria en el área de difusión y promoción, fue fundadora y editora de Auieo ediciones y de Los Libros del Sargento

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