El gabinete de Bibiana: El sacrificio de Anita


Por Bibiana Camacho

Anita limpió cuidadosamente los objetos de las vitrinas. Era su pasatiempo favorito. Le gustaba recordar las fechas, circunstancias, invitados, detalles; mientras pasaba un trapo húmedo o un plumero. Su colección de recuerdos de bodas, XV años, bautizos, graduaciones era enorme, ni ella misma sabía bien cuántos tenía. Algunos se los habían regalado amigos o familiares, sin que ella hubiera acudido a la fiesta. Pero igual los guardaba con cariño porque pensaba que representaban momentos felices, de amistad y cariño.

Se dirigió a la cocina para probar el guiso sobre la estufa y la tarta del horno. Luego arrastró la silla del abuelo hacia la sala. Con un peine le acomodó los pocos pelos que tenía en la cabeza, le roció loción en el cuello. Miró su reloj. Volvió a la cocina y en un vaso con agua disolvió el contenido de dos cápsulas y se la dio al abuelo, quien se resistió un poco, pero al final se tragó el brebaje.

Tarareaba la melodía de una vieja canción, mientras ponía la mesa: cubiertos, platos, flores, veladoras aromáticas, servilletas y vasos. El abuelo de pronto dejó caer la cabeza y empezó a roncar. Anita le acomodó un cojín de esos que se ajustan al cuello. Lo cubrió con una manta y le aflojó los cordones de los zapatos.

Martín, Deyanira y Fabián llegaron poco después. Les dio gusto encontrar la casa limpia, el abuelo postrado en su silla de ruedas olía a recién bañado, las cobijas a suavizante de ropa. Todo parecía en orden.

De cualquier modo Martín volvió a insistir:

–Mamá no tienes que hacer este sacrificio, podemos pagar a una enfermera que te ayude durante el día o llevarlo a un asilo a la ciudad. Es mucho trabajo para ti sola. Te podrías mudar con nosotros y visitarlo.

–No, no y no. Ya hablamos de eso. No insistas.

El esposo de Anita había sufrido un derrame cerebral hacía ya más de un año. Los pronósticos fueron desalentadores desde el principio: si lograba sobrevivir, quedaría con secuelas graves. Cuando al fin salió del hospital tenía medio cuerpo paralizado, se daba a entender con señas y palabras apenas inteligibles. Sin embargo, poco a poco empeoró. Anita le informaba a su hijo y a nuera del retroceso del abuelo. Sabían que poco o nada se podía hacer por él y le insistían a Anita para internarlo en un asilo, pero ella permanecía impasible, reacia a cualquier cambio.

La comida transcurrió con cordialidad. Hablaron de los chismes del pueblo, del trabajo, de los planes para tener otro hijo, un hermanito para Fabián.

–Pero con mi papá así, quizá no sea buena idea, no podríamos venir a verte tan seguido, al menos por un tiempo.

–Ay hijo, no te preocupes, ya veremos qué pasa. Ustedes hagan su vida. Yo aquí me entiendo con tu padre. Si llegara a necesitar ayuda, los vecinos no me dejarán sola. Hagan su vida, no se preocupen.

Todos miraron al abuelo durante unos momentos, seguía dormido y le escurría la baba por las comisuras. Anita se apresuró a limpiarlo.

–Ni lata da, la verdad. Así está todo el tiempo. –Dijo mientras regresaba a la mesa.

El pueblo entero consideraba a Anita una santa. Sólo se ausentaba de casa para comprar víveres y para ir a misa. Pero pasaba la mayor parte del tiempo pendiente del marido. Un viejo abusivo y golpeador que le había hecho la vida de cuadritos. Cualquiera en su lugar lo hubiera encerrado en un asilo y hubiera aceptado el ofrecimiento de su hijo y de su nuera. Pero no. Anita era una santa.

Su hijo y su nuera no pensaban así. Ellos hubieran querido convencerla de que abandonara al viejo en un asilo y que se fuera a vivir con ellos o que se quedara sola y tranquila en el pueblo, al fin que amigas no le faltaban y pasatiempos tampoco. Pero era su decisión y no quedaba más remedio que respetarla.

Le ayudaron a recoger la mesa y lavar los trastes. Fabián se adormiló con las caricaturas. De nuevo trataron de convencerla, pero Anita estaba dispuesta a quedarse al lado de su marido hasta el final. Deyanira pensaba que eran costumbres arcaicas que no le hacían nada bien ni a los individuos, ni a la sociedad, pero no dijo nada.

Se despidieron de Anita y despertaron a Fabián. El abuelo empezó a espabilarse, recibió besos de los tres, pero sólo Fabián alcanzó a percibir la mirada suplicante y desesperada del abuelo. Fue un segundo nada más y quizá un adulto se hubiera percatado de que el abuelo no se encontraba bien, pero el niño se sintió atemorizado y corrió al lado de sus padres. El viejo hubiera querido hablar con ellos, decirles que Anita lo drogaba para que permaneciera dormido durante sus visitas, decirles que la abuela lo dejaba cagado y miado durante días. Que lo obligaba a comer alimentos echados a perder. Que cuando lo bañaba le daba manazos y cachetadas. Que en lugar de darle sus medicinas a sus horas, se las daba todas de golpe cada tres o cuatro días. Que lo despertaba a media noche y lo obligaba a permanecer con los ojos abiertos hasta ya entrada la mañana. Que no dejaba que nadie lo visitara.

Escuchó el carro que se alejaba y vio entrar a Anita con su sonrisa de beata falsa. Ese era el sacrificio de Anita.

Bibiana
Bibiana Camacho
Bibiana Camacho. Editora de Producciones El Salario del Miedo. Co guionista de La otra aventura dirigido por el escritor Rafael Pérez Gay y transmitido por canal 40. Algunos de sus cuentos están incluidos antologías como Anuncios clasificados (Cal y arena, 2013) y Ciudad Fantasma I (Almadía, 2013), entre otros. Sus libros son: Tu ropa en mi armario (Jus, 2010), Tras las huellas de mi olvido (Almadía, 2010) y La sonámbula (Almadía, 2014). Prefiere tomarse fotos con locos y marginados porque la gente decente suele ser una mierda.
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