Me lo contó Paola: Me acuerdo de la película Así del precipicio 


Por Paola Tinoco

Esto no es cine. Ni video home ni video clip, por lo tanto, no necesita un crítico de cine, así entonces me lanzo al ruedo con los siguientes comentarios, luego de ver esta penosa cinta por casualidad.
El slogan de la película cuando salió, hace ya varios años, fue: “Una película adictiva de Teresa Suárez” y aseguro a los lectores de esta nota que el culebrón que ofrece la no-directora de cine Teresa Suárez tiene cero de adictiva, acaso se referirá y con mala redacción, a incluir en su filme todas las escenas de consumo de drogas posibles, sin más.

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La no historia deja ver tres personajes principales: Lucía, una niña rica, adicta a la cocaína y al alcohol, hija de un cazador que le regala armas, una de las cuales utiliza para quitarse a un limpiavidrios lépero que se trepa a su camioneta a enjabonar el parabrisas, con un balazo que hace un miserable agujerito en el vidrio, incongruente con la pistola escuadra que ella disparó. El segundo personaje es Hanna, una chica judía que está a las puertas del divorcio y se va a vivir con Lucía y Carmen, una artista conceptual que vive su vida hasta la madre de coca y alcohol, y que todo el museo que conoce es el de la fundación Jumex, patrocinadora de la película que por cierto trata en todo momento de que se note quién puso el dinero porque se verán a cuadro desde jugos hasta comerciales descarados en la no trama de este… lo que sea, menos filme.

Ana de la Reguera, quién interpreta a Lucía, parece gritar con cada desnudo que volteen a verla porque está lista para ser chica Almodóvar o entrarle a una verdadera producción ¿Su actuación? Todo hay qué decirlo, es una histérica creíble. No así una adicta porque no sabe picar cocaína y la desperdicia todo el tiempo. Cualquiera que haya convivido con cocainómanos sabe que aunque tengan todo el dinero del mundo para comprarla son incapaces de tirar siquiera unas cuantas partículas de su preciado polvillo.

Ingrid Martz es la Hanna, dulce judía engañada por su esposo. La gran hazaña que cometió fue mostrar que se operó el busto y había qué lucirlo, esas operaciones no son baratas y merecen un reconocimiento. Se la creímos a sus senos, pero ella puede continuar tranquilamente haciendo telenovelas porque de ahí no va a pasar. Ni de lesbiana, ni de judía ni de actriz, es más ¿quién es Ingrid Martz?

Gaby Platas. ¡Aplauso! No enseñó nada de piel. Interpretó a una artista conceptual que sueña en los vapores del alcohol con exponer en un museo importante, pero vive para drogarse y perseguir a un homosexual con la idea de volverlo al camino straight sin éxito. Su máximo logro es convertirse en dealer y a ella sí es convincente en su papel de adicta, sus ademanes desesperados y la paranoia que muestra rebelan a una actriz entregada que no esperaba.

Ahora bien, el guión de Teresa Suárez no tiene pies ni cabeza. El inicio es no vulgar, no perverso, más bien desagradable: una pequeñita jugando ante una cámara y chupando una paleta enchilada. Sus expresiones se mezclan con las de Lucía, que está en plena faena sexual con un torero a quién no vale la pena mencionar porque ni es actor, ni parece torero ni parece nada. El nudo no es nudo, todo parece indicar que el momento en que Lucía sale a toda velocidad hacia su trabajo como directora de arte en la producción de comerciales de Jumex principalmente, va a marcar los sucesos que nos harán ver que hay una historia, pero no. Bajo el influjo de la coca y el tequila que se toma como desayuno, ella le dispara a un limpiaparabrisas que le hace una seña obscena y con el dinero y el abogado de su padre sale en dos patadas de la delegación. No pasa nada. Lo demás tampoco es emocionante. Ni los reventones en que Carmen se retaca la nariz de coca, ni el momento en que Hanna se da cuenta que le gustan las mujeres, ni cuando la policía golpea y detiene a la proveedora de drogas.

Por si todas estas barbaridades fueran poca cosa, el soundtrack no merece escucharse. Puras canciones de una Alejandra Guzmán redimida que aúlla hablando de renacer y levantarse de las cenizas. Pero veamos qué fue lo que decidió a Tere Suárez y compañía a realizar este bodrio que logró colarse a las salas cinematográficas a pesar de parecer una película de fin de sexenio: sólo para justificar gastos aunque el resultado sea un disparate.

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“Hay amigos y gente cercana reflejada en la historia, está basada en cosas de la vida real y de alguna manera refleja a la clase alta, un sector del que me interesa mucho hablar” dijo para la revista Caras. Esto me recuerda un libro de Daniel Krauze que se justificaba de la misma forma: hablar de la clase alta. O sea que ¿esto es todo lo que hace la clase alta?

Del currículo de Suárez destaca por encima de sus logros como cineasta el ser la sobrina de los que fueron dueños del Hotel de México y después de varios años de juerga, su decisión de llevar a la pantalla el anecdotario reunido en aquellos reventones. Para lograr su proyecto se reunió con su amigazo del alma Eugenio López, director de la colección Jumex, que la conectó con inversionistas importantes, como Televisa y Cinépolis.

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Lo más chistoso del trabajo final es que ellos creyeron realmente que estaban descubriendo el hilo negro, que Darren Aronofsky es un tontuelo con su Réquiem por un sueño y que son ellos los atrevidos que están mostrando estos excesos por primera vez.

Paola
Paola Tinoco
Paola Tinoco es escritora y promotora cultural. Sus cuentos y crónicas han sido publicados en Playboy, Marvin, Esquire, Soho, Laberinto Milenio y diversas antologías en México, España y América Latina. Actualmente es directora de comunicación de Colofón SA de CV y vocera de Anagrama, Siruela, Acantilado, Galaxia Gutenberg y Páginas de espuma. Recientemente se publicaron sus libros Más de lo que te imaginas (compilado para Cal y arena), Mexicanos en una nuez (compilado para Posdata) y Oficios ejemplares (Páginas de espuma). Su programa de radio GULA se transmite por Radio Ibero 90.9.

 

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