Por Consuelo Sáenz

(Ilustración de portada: Cecilia Briones Zúñiga)

Advertencia: La selección de mis entrevistados obedece a su importante aportación tanto en la narrativa como en los estudios de investigación culturales y literarios en el norte de la república.

El método fue crear un grupo focal con tres autores que pudieran enriquecer desde varios ángulos dicha cuestión. Los tres son norteños, los tres son escritores y sólo dos se desempeñan en el área de la investigación. 

 

¿Qué debemos comprender por literatura del norte?

Beatriz Aldaco: “Del norte” es un complemento de lugar acuñado para distinguir a la literatura producida en esa región de México. El término surge en el contexto de la reivindicación de las regiones o “periferias” con respecto al “centro” en el devenir de la historia nacional. Tiene que ver con la necesidad del afianzamiento de las identidades regionales en el plano cultural, tras siglos de aislamiento y desconexión de esas regiones con respecto al centro dominante.

A la vez, y en contraste con la perspectiva anterior, el término comienza a utilizarse por la necesidad de reconocer a un conjunto de obras y autores, pero en tanto distintos y no pertenecientes a la literatura hegemónica, es decir, a aquella producida en los centros de poder político y cultural, de modo que, por un lado, es un término reivindicativo, pero por el otro otorga a la literatura a la que nombre una condición de subalternidad. El mismo complemento de lugar “del norte” implica que existe un centro dominante: ese “norte” lo es con respecto a tal lugar de referencia.

La literatura del norte de México tiene siglos de antigüedad, desde la producida por los grupos originarios de la región, pasando por la publicada en los periódicos del siglo XIX (que obviamente sólo circularon en la zona), por la que se publicó en forma de libro a fines de ese siglo y todo el XX (que sólo se conoció en las regiones), hasta la actual. La literatura del norte es tan antigua como sus habitantes y sus formas estéticas de expresión. Otro asunto es el fenómeno del “descubrimiento” o reconocimiento de esa literatura por parte de la crítica literaria hegemónica, por los medios de comunicación de alcance nacional y por las editoriales consolidadas.

Victor Barrera Enderle: Ese primer deslinde es fundamental: ¿de qué hablamos cuando hablamos de literatura del norte? Empecemos por los puntos cardinales: ¿norte con respecto a qué? A un supuesto centro que, formando parte del mismo mapa, pareciera que se hace desaparecer: ¿por qué no llamar a la literatura que se produce en la ciudad de México como “literatura del centro”? Luego el concepto de literatura: ¿nos referimos a todo un corpus de géneros, autores, obras, lectores, críticos? Evidentemente no, sólo a la narrativa, y en particular a la narrativa que abordad temas previamente determinados como el narcotráfico, el desierto o la frontera. Nos falta ahora un último deslinde: el temporal. La “literatura del norte” se aplica solamente a una producción “reciente”, de los últimos 15 o 20 años.

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Jesús Gardea
Armando Alanís Canales: La expresión “literatura del norte” se presta a confusiones y errores, porque primero que todo hay que decir que “el norte” es un territorio vasto y hondo que va desde Tijuana hasta Tampico. Hay, pues, varios nortes. Mi ciudad natal, Saltillo, se ubica al sur de Coahuila –el tercer estado más extenso de la república–, de modo que los saltillenses están geográficamente más cerca de la Ciudad de México que de Tijuana. Pero yo he visitado Tijuana, Hermosillo, Ciudad Obregón, Parral, Ciudad Juárez, Chihuahua, Monterrey, Tampico y otras ciudades del norte del país como Durango y Zacatecas, y no obstante nuestras diferencias, hay algo que nos emparenta a todos. Todos hablamos golpeado, caminamos con las piernas arqueadas y con la mano a punto de sacar la pistola. Y nos sabemos de memoria las canciones y corridos de Ramón Ayala y sus Bravos del Norte. En cuanto a la literatura, bromas aparte, es verdad que algunos narradores sobresalientes han ubicado sus historias en pueblos y ciudades circundados por el desierto. Baste citar a Daniel Sada, Jesús Gardea y Eduardo Antonio Parra. Pero quizá son más notables las diferencias que las semejanzas entre estos tres autores. Yo no creo que los cuentos y novelas de Sada tengan nada que ver con los de Gardea, ni con los de Parra: son mundos y personajes distintos, lenguajes distintos. Para no hablar de Julio Torri. Algún lector que no sepa que Torri nació en Saltillo y escribe en español, podría pensar que es un escritor francés o inglés, y que está muy bien traducido. Hay, pues, muchos nortes, y hay también muchos y muy diferentes escritores norteños. Por suerte.

 ¿Se trata de un género o un subgénero?

 Beatriz: No es ni género ni subgénero. La acuñación responde al concepto, surgido por razones metodológicas, de “literatura o literaturas regionales”, en tanto el conjunto de éstas conformaría la “literatura nacional”.

Su uso o aplicación es literariamente ilustrativo si existen características que otorguen cohesión al conjunto de producciones estéticas de la región. Si bien se trata de un conjunto diverso y heterogéneo, en algunas etapas de su devenir pueden distinguirse características comunes. Uno de ellos sería el abordaje del tema del desierto y en general de la geografía de la zona, que algunos autores sintieron la necesidad de recrear en virtud del desconocimiento que existía en otros ámbitos de esas realidades, y del contraste que presenta con respecto a la geografía de otras latitudes, con mayor presencia en la literatura mexicana. Otros elementos comunes son la recreación del habla propia de cada región, de las maneras como se vivieron acontecimientos políticos nacionales (Independencia, Revolución y otros) y de las peculiaridades de los grupos indígenas de las distintas zonas, entre otros.

Los riesgos que implica la utilización del término son, entre otros: la subyacencia de un criterio de subordinación de esas producciones a la “literatura nacional” o “literatura mexicana”; y la asociación del membrete con determinados temas, como si la producción de literatura de esa zona se circunscribiera al desarrollo de ciertos contenidos específicos. Que existan en algún momento elementos comunes, no vuelve homogénea esa producción.

Es importante mencionar que el género literario que el membrete privilegia es la narrativa, y dentro de ésta, la novela. Generalmente quedan fuera de los alcances del término la poesía, el teatro y el ensayo.

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Daniel Sada
Víctor: Es, más bien, una categoría de clasificación muy superficial, diría incluso que es una categoría de venta, de marketing. Que ni siquiera cuestiona un problema mayor: la situación de la “literatura nacional”: ¿se puede todavía hablar de esta categoría? El tema de la representatividad se vuelve fundamental, desgraciadamente suele ser el menos abordado a la hora de hablar de literatura mexicana. ¿Quién decide, en el ámbito de las letras, qué es lo nacional o lo mexicano? Esto lo vemos en las antologías que se editan cada tanto: suelen ser malísimas, confeccionados por intereses comerciales o burocráticos, cuando las publica el estado.

Armando: Ni género ni subgénero. Algunos escritores tuvimos la fortuna de nacer en el norte; otro no. En mi caso, si emigré a la Ciudad de México fue por razones de trabajo, exclusivamente. Y no descarto la posibilidad de regresar.

¿Sería factible considerar, a estas alturas, a la literatura del norte entre las más destacadas?

 Beatriz: La pregunta no especifica lo que se entiende por “destacada” ni con respecto a qué. Si se refiere a calidad literaria, la respuesta es “no”: para la calidad literaria no es determinante la procedencia geográfica. Si se refiere a marcadotecnia, a ventas, puede decirse que ciertas producciones surgidas en el norte del país han destacado en publicidad y ventas, como es el caso de las novelas de Élmer Mendoza.

 

Élmer por Consuelo

Elmer Mendoza. Foto: Consuelo Sáenz

Víctor:  Dentro de las transformaciones recientes de las industrias editoriales, me refiero a los desplazamientos que ocurrieron al interior del campo literario mexicano a partir de los años 90 (cuando se consolidaron el neoliberalismo y la globalización, transformando con ello las instituciones culturales y el mercado editorial local), sin duda la “literatura del norte” significó un auge y eso se manifestó en la visibilidad de una zona del país y de un grupo de autores que se definían por su diferencia con respecto a ese “centro”.

Armando: Sin duda, algunos de los narradores –de poesía prefiero no hablar– más destacados de este país nacieron y viven o vivieron parte de su vida en el norte. Ocioso citar nombres: son legión.

¿Cuál fue la propuesta o la aportación que juzgaron las editoriales para sacar de la zona periférica a la narrativa norteña? ¿Se han cumplido esas promesas? ¿Existe igualdad para todos?

Beatriz: Para sacar de la zona periférica a la narrativa norteña, propiciar el conocimiento de esa literatura, su difusión y publicación, no fue determinante la eventual propuesta de algunas casas editoriales.

Sí lo fue la implementación nacional de nuevas políticas culturales a mediados de los ochenta del siglo pasado, como la creación del Programa Cultural de las Fronteras, que en los noventa cambió al significativo nombre de “Coordinación Nacional de Descentralización”. Esta instancia, en cuyas funciones recayó, entre otras, la organización de coloquios y encuentros literarios que acogían a autores del norte y del sur del país (por separado casi siempre), aunado a la creación de los institutos de cultura en los estados, que instituyeron programas editoriales y organizaron también encuentros y coloquios, fue decisivo para intentar sacar de la zona periférica a la narrativa norteña.

A partir de esos nuevos canales de conocimiento y difusión en una zona que carecía (y, salvo excepciones, aún carece) de editoriales de impacto nacional e internacional, muchos autores se dieron a conocer en el emblemático centro, comenzaron a publicar en revistas y suplementos culturales de difusión nacional y accedieron a sellos editoriales importantes, tanto oficiales como privados.

Víctor: Las industrias culturales y las editoriales jugaron un rol central: al instalarse o consolidarse empresas editoriales transnacionales se cambió, sobre todo en algunos momentos, la tradicional dinámica centralista que aglutinaba en la capital del país a editores, autores y críticos. Esto, sin embargo, no quiere decir que el centralismo haya desaparecido, simplemente se adecuó a las nuevas dinámicas neoliberales: si algo vende, hay que potenciarlo.

 Armando: Desde hace años, las editoriales se interesan por los escritores que provienen de los estados norteños. Algunas etiquetas, como la de “escritores del desierto”, les convenían desde el punto de vista comercial y propagandístico. Pero las cosas van cambiando. No todos los escritores del norte escriben sobre el norte ni tienen por qué.

En alguna ocasión, Salvador Elizondo mencionó que la literatura que se hace para vender no sirve. ¿Sería la literatura del norte un arte que se hace exclusivamente con fines comerciales? De ser así ¿a quiénes beneficia?

 Beatriz: No. La literatura del norte, como la producida en cualquier región geográfica, no es un todo homogéneo; está conformada por una diversidad de modalidades, no se le puede encasillar en un propósito común.

Víctor: En rigor, beneficiaría a muy pocos, porque como producto, la “literatura del norte” estaría condenada a ser desechable, y pronto pasaría de moda. Creo que uno de los elementos positivos de este fenómeno fue la visibilidad de un grupo de autores. Ahora procedería mostrar la heterogeneidad de la región.

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Julián Herbert. Foto: Irma Gallo
Armando: De ninguna manera pienso eso. Hay escritores norteños de gran calidad literaria, y que están muy alejados de la órbita comercial. Un solo ejemplo: David Toscana. Es de Monterrey, pero vive en Europa, y escribe actualmente cosas que no tienen nada que ver con Nuevo León y que no son para cualquier lector. Ahora bien, no hay escritor que no quiera que se vendan sus libros, sería un imbécil. Un escritor como Julián Herbert, al que considero mi paisano aunque haya nacido en Acapulco, escribe literatura de calidad y sus libros se venden bien. Me parece perfecto.

 

Disculpen si hago una digresión; sin embargo, considero necesario abordar un aspecto que parece relacionarse –por antonomasia- con la literatura del norte: la narcoliteratura. En su artículo A favor sobre la literatura del narco, Luis Felipe Lomelí escribió: “El pueblo mexicano es un pueblo corrompido, a quién le queda duda después de tantos muertos. Entonces, ¿necesitamos más narconovelas o necesitamos hacer un silencio al respecto?”

 

Mientras tanto, en el ensayo Consideraciones de la literatura del norte en México, Víctor Barrera Enderle escribe: “El narcotráfico ha existido en la región al menos desde hace más de cincuenta años; novelas y cuentos con ese tema se han escrito desde la lejana década del sesenta. ¿Por qué, de pronto, era tan urgente abordar dicho asunto? ¿Y por qué presentar dicho abordaje como nuevo, como si nadie lo hubiera hecho antes?”

¿Qué dirían al respecto?

Beatriz: Por supuesto que no es recomendable guardar silencio con respecto a la corrupción que impera en nuestro país, pero de ahí a pensar que la literatura tendría forzosamente que dar cuenta de ella, o que es la literatura el vehículo idóneo para abordarla, hay una distancia grande.

No creo que sean “necesarias” más narconovelas, lo que necesitamos es la producción y circulación de literatura de calidad, que aporte y enriquezca, que no se limite a reproducir, sin mayor propuesta estética, lo que encontramos todos los días en los medios de comunicación.

La incorporación de temas de actualidad a la literatura es una práctica literaria anecestral, incuestionable y tan válida como la existencia de la literatura misma; asunto aparte es la calidad lograda.

La disyuntiva “más narconovelas o silencio al respecto” me parece absurda. ¿Qué “narconovelas”? ¿Novelas sobre el narcotráfico como recurso para no guardar silencio? Es decir, ¿la utilización de la literatura como burda herramienta política, sin más?

Ahora, sobre la frase “¿Por qué, de pronto, era tan urgente abordar dicho asunto?”, mi comentario es: si por “urgencia” se entiende la proliferación de esa tenencia literaria, la respuesta es porque la literatura que incorpora el tema del narcotráfico, por la actualidad del asunto, es susceptible de ser más leída y vender más que la que aborda temas históricos, filosóficos, de ciencia ficción o de la intimidad, por citar algunos. Ahora bien, que una novela con el tema del narcotráfico venda, no la demerita; no es el tema lo que hace buena o mala una novela. En el boom de la literatura del narcotráfico encontramos propuestas decorosas y también adefesios.

“¿Y por qué presentar dicho abordaje como nuevo, como si nadie lo hubiera hecho antes?” Quizás esa presentación, si se ha dado, corresponda más a los terrenos de la crítica literaria o de las editoriales.

Víctor: Yo no estoy en contra de que se trabajen los temas sociales en la literatura. La vinculación con el entorno es siempre un factor importante. Lo que rechazo es la determinación. No porque seamos “un pueblo corrupto” (qué mucho habría que decir sobre esto) estamos determinados a un solo tipo de representación estética o literaria.

Armando: Disto de ser un expeto en literatura del narco. Pero el tema está ahí, es asunto de todos los días en México, y me parece natural que haya muchos escritores, no sólo en el norte sino también en otras regiones del país, que se interesen por abordarlo en sus novelas y cuentos. El tema del narco y del crimen organizado no es sólo un tema más: es uno de los más candentes y actuales en nuestro país, y eso desde hace años. Por mi parte, prefiero abordar otros temas. ¿Por qué? En primer lugar, porque el tema del narco no lo conozco en profundidad. Conozco lo que sale en la tele y en los periódicos, pero nada más. Y desde chico aprendí una lección que no he olvidado: no hay que escribir más que sobre lo que uno conoce a fondo. Por otra parte, tal vez la gran novela del narco esté por escribirse. El tema está tan presente en la vida nacional, lo tenemos tan enfrente de nuestra cara, que los árboles no nos dejan ver el bosque. Se requiere perspectiva, distancia.

¿De qué manera influyen los premios y los reconocimientos en este tipo de literatura?

Beatriz: Si se premia o empodera casi sistemáticamente a autores que escriben sobre determinados temas (por parte de las editoriales o los medios de comunicación), como ha ocurrido con el del narcotráfico, es natural que surjan tendencias de imitación de otros escritores para conseguir lo mismo.

Es muy riesgoso generalizar, pero pueden tomarse ejemplos al azar para ver cómo hay estímulos que influyen en ese in crescendo de literatura con el tema del narcotráfico. Por ejemplo Bernardo Fernández (Bef) ganó el Premio Grijalbo de Novela en 2011 con Hilo negro, una novela con ese tema. Dos años después publicó Cuello blanco, una continuación que, aunque ya no aborda estrictamente el narcotráfico, retoma las aventuras de una agente que se proponía “acabar con la reina de las drogas sintéticas Lizzy Zubiaga”, quien ahora se dedica al lavado de dinero. ¿No suena esta “saga” a la del Zurdo Mendieta?

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Bernardo Fernández BEF. Foto: Facebook del autor 
Víctor: Los premios forman parte de las nuevas dinámicas de promoción, así como las ferias del libro, los encuentros de escritores, y el sistema de becas. La “literatura del norte” se consolidó a través de estrategias comerciales que se presentaron como juicios críticos e historiográficos.

Armando: Como es natural, las editoriales se interesan en publicar novelas sobre el narco. Son novelas que se venden, y una editorial, antes que nada, es un negocio. Claro que aparte de las grandes editoriales hay otras, más pequeñas, que se preocupan por publicar literatura que no se vende o que se vende poco. En los certámenes, se presentan muchas novelas y libros de cuentos que tocan el tema. Es lógico.

¿Se puede hablar de lectores de la narrativa norteña o son sus autores leídos y analizados sólo a nivel académico? ¿Cuál es su perfil?

Beatriz: No creo que exista un perfil determinado de lector de literatura norteña, como no existe un solo “tipo” de literatura norteña.

Víctor: Esta pregunta es fundamental; hasta ahora sólo se suele hablar de la “literatura del norte”, como un puñado de obras y autores. La literatura es un concepto mucho más amplio que incluye: una diversidad de géneros, variados grupos de lectores, discursos críticos, propuestas historiográficas y un largo etcétera. ¿Dónde están los lectores de “literatura del norte”? ¿Y sus críticos? ¿De qué manera esta narrativo ha “afectado” el mismo entorno norteño? Son preguntas que, de momento, se quedan en el aire.

Armando: La literatura norteña cada vez tiene más lectores. Y cada vez interesa más dentro del ámbito académico. No sé si se pueda hablar del perfil del lector de literatura norteña, pero hay gente que es especialista en el tema.

Julian Herbert profetiza lo siguiente: “Existe un branding que va de salida, que sería la literatura norteña y el branding que viene ingresando: la punta de lanza del nuevo branding “los nuevos cronistas de indias”.   Esto me parece una buena idea. Me parece más sensato por el rescate al género de la crónica. ¿Qué opinan?

Beatriz: Ver a la literatura producida en el norte como “branding” es reducirla a lo que algunos medios y editoriales quisieron vender como tal en algún momento del siglo XX, con fines extraliterarios; es cerrar los ojos a la existencia de una producción literaria ancestral que surgió, se desarrolló y sigue dando frutos independientemente de la mercadotecnia, los éxitos de librería y el reconocimiento por parte de quienes ven a la literatura nacional de forma fragmentada.

Víctor: En la literatura latinoamericana la crónica ha cumplido un rol doble: por un lado, contar lo que la historia oficial suele callar, y por el otro, como campo de experimentación para narrar (o resignificar) la realidad. Sin embargo, el auge actual de la crónica me parece más cercano a la difusión comercial (con el Bicentenario se despertó un interés masivo por las figuras y los acontecimientos históricos: abundaron biografías, historias y crónicas de cada suceso de la historia patria), que a la experimentación narrativa.

 Armando: Supongo que Herbert tiene razón. Por otra parte, estamos en la época en que los géneros literarios, y otros que antes no se condieraban literarios, como la crónica, se mezclan unos con otros. Un escritor puede echar mano al mismo tiempo, para su libro, de herramientas tomadas de la narrativa y del periodismo. Ya lo hizo Truman Capote hace años, y lo han hecho otros muchos, como la ucraniana Svetlana Aleksiévich, la premio Nobel de Literatura 2015, que en Voces de Chernóbil mezcla el relato con la entrevista, la crónica y el reportaje.

 En su libro de ensayos Tierras de nadie. El norte en la narrativa mexicana contemporánea (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012), Oswaldo Zavala expone lo siguiente: “Hay una narrativa construida por el Estado mexicano y que nos dice que el narcotráfico supera a las autoridades, que está conformado por organizaciones criminales que no sólo compiten con el gobierno sino que también lo superan. Esta lógica busca eximir a los responsables de cuidar el orden y brindar justicia de su responsabilidad. Si el crimen está por fuera, el Estado, entonces, se pone del lado correcto, provocando un asunto de buenos y malos”.

 Víctor: Ese es un juicio que da, o debería dar, para un largo debate, y que nos conecta con una polémica ancestral: ¿cuál es la relación entre la literatura y la realidad? Tanto el Estado, como los medios de comunicación y la literatura construyen un sentido de realidad, lo que cambia son los procedimientos y alcances: muchas veces la ficción literaria se acerca más a ella que la ficción estatal o mediática. El problema del narcotráfico cruza todas las instancias de lo público, entre ellas las artísticas, por supuesto, pero sin duda, la relación que debería ser central y a la que se debe cuestionar permanentemente es la del estado con el narcotráfico.

Armando: He ahí un excelente tema para una novela: cómo los criminales se ponen por encima del Estado, lo superan, lo dejan sin armas.

Por último, planteo un extracto del ensayo de Víctor Barrera Enderle: “La Literatura del Norte, como parte de este fenómeno, se está convirtiendo en una categoría fija, en un pesado obstáculo que puede limitar y distorsionar nuestro derecho a la representación estética”. 

 Beatriz: Puede ser una “categoría fija” para quienes no conocen su historia y su presente, sus productos y mucho menos se han abocado a analizarla.

Víctor: Uno de mis principales reparos con respecto al constructo de la “literatura del norte” es ese precisamente: su tendencia a la inmovilidad. Al convertirse en una “marca” se antepone a cualquier lectura. Ya sabemos lo que vamos a encontrar y sabemos lo que debemos esperar de un narrador del norte: esto es terrible. La literatura es un proceso mucho más complejo, como lo es el norte de México, que posee, por cierto, a grandes cultivadores de otros géneros (como la poesía, el ensayo o la dramaturgia) y otros temas (no tengo que recordar aquí a autores como Julio Torri o Alfonso Reyes).

Armando: Vuelvo sobre lo dicho antes: hablar de “la literatura del norte” como si todos los escritores norteños escribiéramos igual, o abordáramos los mismos temas, es un error. Hay tantos nortes como escritores norteños. Y sigue la mata dando.

Beatriz Aldaco
Foto: Cortesía de la autora
Beatriz Aldaco (Ensenada, Baja California, 1962) Escritora, editora, articulista y promotora cultural. Investigadora y catedrática en las áreas de literatura y humanidades. Compiladora del libro Literatura Fronteriza. De acá y de allá (Instituto Sonorense de Cultura-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Hermosillo, 1994). Autora del libro Las formas de la arena. Ensayos sobre la novela en Sonora, 1975-1993 (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Sonorense de Cultura, Hermosillo, 1997), entre otros.

 

 

 

Armando Alanís
Foto: Cortesía del autor
Armando Alanís Canales (Saltillo, Coahuila, 1956) Narrador.  Realizó estudios de posgrado en filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, España. Profesor-investigador de tiempo completo en la Academia de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México Autor de la novela Las lágrimas del Centauro, sobre Pancho Villa. Su libro más reciente es el volumen de minificciones Narciso, el masoquista. Publica una minificción a la semana en su sección “Alfileres”, en el Suplemento Cultural Laberinto.

 

 

Víctor Barrera Enderle
Foto: Cortesía del autor
Víctor Barrera Enderle (Monterrey, México, 1972) Escritor, ensayista y crítico literario. Doctor en Literatura Hispanoamericana y Magíster en Teoría Literaria por la Universidad de Chile; Licenciado en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Entre su vasta producción se encuentra Siete ensayos sobre literatura y región (Monterrey: Facultad de Filosofía y letras /UANL, 2014) Nadie Me dijo que habría días como éstos, Monterrey: Editorial Analfabeta, 2015.

Consuelo Sáenz
Consuelo Sáenz
Consuelo Sáenz (Ciudad Juárez, 1973) es licenciada en sociología. Obtuvo la maestría en Educación, Investigación y Docencia, por la Normal Superior de Ciudad Madero, Tamaulipas. Becaria del taller de creación literaria ICHICULT, 2010. Ha incursionado en distintos géneros: entrevista, crónica, cuento, ensayo, poesía y relato. Colaborado en prensa escrita, revistas electrónicas y radio. Participó en dos libros colectivos: Manufactura de Sueños (Rocinante Editores, 2012) y 43 Poetas por Ayotzinapa (Los Cuadernos del Canguro Bolsón Editorial, 2015). Colaboradora para la revista electrónica de arte y cultura Rancho las voces, en Chihuahua.

 

 

 

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