Los libros y la vida: Los estados de las cosas


Por Alberto Chimal

Ideas raras que se encuentran en los libros:

El cuerpo del delirio (2015), del narrador mexicano Gerardo Horacio Porcayo (1966), es una novela negra donde lo policial se encuentra con lo macabro y hasta lo sobrenatural, en la línea de la famosa primera temporada de la serie True Detective. El protagonista –detective, precisamente; nunca se dice su nombre– va en auto por carreteras remotas y en busca de Laura, una mujer desaparecida en circunstancias inciertas. Los dos tuvieron algo que ver en el pasado, y el hecho es fuente de conflictos ahora, pues el detective ha emprendido la búsqueda acompañado de otra mujer, Felicia. Ambos encuentran a Laura en un paraje desértico, encerrada en el interior de una cisterna. Está con varias mujeres más, víctimas todas del mismo criminal; como ellas, Laura tiene tatuajes y escarificaciones rituales, ha sufrido mutilación genital y tal vez daño neurológico… En varios momentos se sugiere que las mujeres habrían sido convertidas en zombis –al estilo haitiano: cuerpos humanos hechizados, desprovistos de voluntad propia– por un bokor o hechicero vudú; en otros no está claro si la ruta del detective está marcada por sucesos inexplicables (y prefigurada por lecturas del tarot) o por accesos de locura.

 

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Sin embargo, los elementos más importantes que Porcayo utiliza para construir su historia son otros: primero, el libro está hecho de fragmentos, caóticos y desordenados, que deben ensamblarse poco a poco para que revelen su historia; segundo, todos los fragmentos tienen el estilo y la perspectiva del texto confesional –intimista, subjetivo, denso– que en otro tiempo se asociaba con el diario o (a veces) con la comunicación epistolar. El libro está narrado como una experiencia interior: las emociones de su narrador ante lo que vive, más que el relato de los hechos mismos.

Esto hace, por supuesto, que la lectura se vuelva más exigente que la de una novela convencional. El lector debe ser su propio detective: poner atención para desentrañar las pistas que le dan fragmentos intrigantes y a veces oscuros. Sin embargo, más de una persona encontrará que los textos, leídos uno tras otro, le suenan familiares. Sorprendentemente, el tono y la densidad de El cuerpo del delirio son los de incontables publicaciones digitales –los estados de Facebook, digamos–, abstraídas y opacas y publicadas por millones cada día. Sin una sola referencia a las redes sociales, El cuerpo del delirio podría entenderse como una imagen fiel de nuestra vida en línea, o mejor aún, del ensimismamiento general de nuestra época, en el que cualquier cosa –el arrebato amoroso y la locura homicida, la violencia y la impunidad– se puede ganar una respuesta que en el fondo es un pedido de atención. ¿A qué hora escribe un detective 150 páginas de notas sobre el caso alarmante que intenta resolver? Todo lo invita a decir algo, igual a nosotros; como a nosotros, la impotencia ante el mundo y el deseo de justificar nuestra presencia en él llevan al personaje a la ilusión de que la vida puede tener sentido sin recurrir a nada más que nuestras opiniones: tratando de entenderlo todo a partir de nuestras ideas, por pobres que sean, acerca de lo posible.

De hecho, en la vida real estamos un poco peor que el detective: su registro es privado mientras que los nuestros son públicos, narcisistas, menos interesados en reflexionar que en atraer, en resultar un “buen contenido”. El cuerpo del delirio es una novela que señala la línea divisoria entre nuestra interioridad, si es que aún existe tal cosa, y lo otro: el campo de juegos en el que todos queremos ser parte de al menos una historia clara, satisfactoria, sensacional.

El libro fue publicado por la Universidad Autónoma del Estado de México, que como otras muchas instituciones del país no se distingue por la buena distribución de sus publicaciones en librerías, pero también fue puesta en internet y puede descargarse, gratuita y legalmente, desde esta dirección.

1151011_565410866838413_1137067890_nAlberto Chimal (1970) fue finalista en 2013 del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y ganador del Premio de Narrativa Colima 2014, el Premio Nacional de Cuento 2002, entre muchos otros. Algunas de sus obras son el volumen de relatos Los atacantes (Páginas de Espuma, 2015), la novela gráfica Kustos (Resistencia, 2013), la novela La torre y el jardín (Océano, 2012) y el cuento ilustrado La partida/La madre y la muerte (FCE, 2015).
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