Bitácora de una lectora obsesiva: El arte de traducir y otras maravillas…


Por Magdalena Carreño

“Si la traducción respeta el original, esta puede y debe incluso dialogar con él, mirarlo de frente y hacerle frente. La dimensión del respeto no incluye la destrucción de aquello que respeta en su propio respeto”.
Jean-Yves Masson

 

Hay dos cosas que siempre he odiado, la primera es que se piense que para ser corrector de estilo lo único que se necesita es tener buena ortografía y la segunda, que por creer que puedes hablar una segunda (tercera, cuarta o quinta) lengua puedes ser traductor.

-¿Hablas inglés? Entonces, tradúceme esto “por fa”.

Claro, confieso, he tratado de dar sentido a textos cortos para fines prácticos en mi trabajo durante años, pero algo en lo que he insistido es que el arte de traducir (al igual que el de corregir) implica mucho más que el dominio de una lengua. Aquellas personas que profesionalmente se dedican a hacerlo poseen, desde mi punto de vista, no sólo una vasta cultura sino una sensibilidad y empatía con el autor del texto, la cual en muchas ocasiones resulta casi sobrenatural (en particular aquellos que se aventuran con la poesía, que añade al reto la rítmica).

Al menos en México son pocas las escuelas que profesionalizan a los traductores y ni se diga de los correctores de estilo ¿existe un lugar donde se enseñe a hacer esto? Muchos de quienes se dedican a esto han llegado a hacerlo casi por azar. Uno de los mejores correctores que conozco ni siquiera estudió Letras o algo parecido; su carrera la hizo en Arquitectura y al no ser lo que en realidad le apasionaba (que era la geografía), se dedicó a la corrección de estilo, no sin antes prepararse en algunos talleres y volverse un estudioso de los diccionarios. Además, su curiosidad innata por la geografía le ayudó a hacer correcciones especializadas para revistas como National Geographic.

La corrección de estilo ha sido tan menospreciada en estos tiempos que los medios de comunicación, estúpidamente, han prescindido de los pocos especialistas con los que contaban. Se ha vuelto común leer cabezas de noticias redactadas de esta forma: “Mueren dos leones en un zoológico tras ser disparados para salvar a un presunto suicida“. Sí, la forma en que está escrita proviene de un ejemplo real, es más los reto a comentarme por Twitter (@nuitaile) todos los errores que encuentren en el texto completo.

¡Lejos quedaron los tiempos en que los abuelos decían: Si tienes duda de cómo está escrito consulta el periódico!

Por otra parte, la profesión de traductor es una de las más complejas. La razón de esta columna hoy es que la semana pasada encontré con esta entrada en Facebook:  Sobre las traducciones de Anagrama.

La discusión vino de forma natural al ver los comentarios que suscitó la misma publicación, si bien estoy de acuerdo que muchas de las traducciones realizadas por esta casa editorial me parecen muy bien hechas, (ya les platicaba sobre La chica danesa en la entrada anterior), cuando se trata de libros como Trainspotting, cuyos originales manejan la jerga juvenil, para el lector latinoamericano resultan en exceso aborrecibles “los polvos”, “las titis” y “los tíos y tías” que se desperdigan cual gotas de agua en la fuente.

Aún no sé cuándo voy a terminar con Skagboys, a ratos tengo que mentalizarme como española para seguir con la lectura. Y si bien, también esto es una forma de enriquecer el lenguaje, también marca distancia con la realidad en la que el lector se encuentra.

Es comprensible que durante muchos años la única posibilidad para leer a autores como Charles Bukowski se redujera a este sello editorial, al cual se le agradece uno de los mejores catálogos en nuestra lengua, sin embargo con el paso del tiempo resulta ridículo pensar que su mercado sólo se concentra en la Península ibérica, la mayoría de los hablantes de español hoy en día están (¡Oh, sorpresa!) en Hispanoamérica.

Por otra parte, las barreras que existían para distribuir su catálogo están disminuyendo gracias a los libros electrónicos. La riqueza del español también incluye a este territorio al que ha llegado Anagrama desde décadas atrás, ¿por qué no tratar de hacer algunas de esas grandes obras con otras jergas como la colombiana, chilena o mexicana?

Traducir es volver universal una obra. Traducir es hacer o deshacer un mundo. No tengo más que ofrecer respeto a quienes se dedican a estos oficios y dar reconocimiento a quienes se han vuelto creadores (artistas) anónimos.

Elia
Magdalena Carreño
MAGDALENA CARREÑO. PERIODISTA, LECTORA COMPULSIVA, APASIONADA DE LA MÚSICA Y LAS ARTES PLÁSTICAS. CREO QUE LA LITERATURA ES EL MEJOR ESCAPE DE LA REALIDAD Y A LA VEZ, LA MEJOR FORMA DE ACERCARSE A ELLA. @NUITAILE

 

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