La estirpe del silencio, de Sandra Lorenzano


Por Laura Olmos 

La estirpe del silencio es una obra que retrata la violencia en contra de las mujeres. Las vivencias de las protagonistas traspasan el papel y endosan al lector su angustia, impotencia y horror ante la injusticia. En este trance algunas mueren, otras se reinventan a través de la memoria. El recuerdo en esta obra tiene un valor omnipresente. Es el ancla de la evocación la que les ayuda a estrechar los lazos de solidaridad y a preservar su historia, al mismo tiempo que hace que algo muy profundo agonice en su interior.

“¡Baila, Magie, baila! ¿no quieres que mamá esté contenta?” Le decía su padre a Margarita Cansino mientras ofertaba su cuerpo a otros hombres en el casino Agua Caliente de Tijuana en los años 30. A los 15, era explotada y abusada por su padre con quien hacía mancuerna de baile. “Todos los padres lo hacen, ¿qué no quieres que tu mamá sea feliz, Maggie? Vete con ese señor, él te va a ayudar a triunfar”.

Margarita se convirtió en la afamada actriz de Hollywood Rita Hayworth, símbolo sexual de los 40 y famosa por Gilda, que causó conmoción por quitarse el guante negro mientras interpretaba “Put the blame on Mame”. “Soy la diosa del amor. La mujer de fuego. Deseo puro. Gilda se contonea. Gilda provoca. Echa la mirada hacia atrás y salen chispas de la mirada”. Hayworth se casó a los 18 años con Edward Judson y luego con Orson Welles y otras tres veces más. “Ellos se acuestan con Gilda, pero se despiertan conmigo”.

Murió a los 68 años de un coma, tras padecer largos años Alzheimer. “Old lady. ¿Esa soy yo? Re-cordis. <<¡La Lady!>>, gritan los niños cuando me acerco. <<La lady>>. ¡Corran! ¡Es una bruja!.. La lady respira no por mucho tiempo más. En algún momento olvidaré cómo hacerlo. Como he olvidado nombres, fechas, las voces de mis hijas. Mi propio rostro. ¿Eso soy yo? ¿Esa vieja de ojos hundidos y labios pálidos soy yo? ¿Margarita, la hija del bailarín español y la irlandesa que se perdió?”.

La historia de Hayworth se entrelaza con la de dos niñas parisinas, Anette y Claire, quienes al morir sus padres caen en la orfandad y la pobreza. Ambas piden ayuda al sacerdote de una iglesia cercana, quien le dice a Claire que le puede conseguir marido. Ante la desesperación aceptan y son enviadas a Veracruz con Norberto Cruz. Durante el trayecto a bordo del Sinaia, las niñas de 15 y 8 años conocen a una pareja de recién casados, que se dirigen a Tijuana, y entablan una buena relación. Al llegar a Veracruz, Norberto obliga a Claire a prostituirse y envía a Anette a un internado. Claire muere por una amenaza de aborto y Anette pide ayuda a la pareja que conoció en el barco para salir del internado. En esa familia encuentra el remanso para su reinvención.

En Tijuana, la vida de Anette se entrecruza con la de Rita Hayworth y su hermano Verny –un personaje e hilo conductor muy importante en ambas historias–. Anette abre un restaurante y se enamora de un doctor ante el cual se ve sometida por designios de la infidelidad y el abandono. “Somos las guardianas de la memoria”, se repiten siempre las mujeres de esta historia, mientras buscan en los escombros de su pasado. “¿Cómo se guarda una memoria hecha de pedazos, de huecos de ausencias?”.

La estirpe del silencio es en suma una obra polifónica con una compleja estructura narrativa y un fino lenguaje literario. Una obra cruda y contestataria en donde la autora se coloca en la piel de las mujeres para hacer una radiografía del maltrato psicológico y físico al que son sometidas. En un café de la colonia Roma, Sandra Lorenzano, autora del libro, reflexiona cómo fue que concibió esta historia y dilucida sobre su propio proceso creativo en donde confiesa tiene una obsesión: la memoria.

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Sandra Lorenzano. Foto: Laura Olmos

 ¿Cómo surge la idea de hacer este libro?

Quería hablar de la violencia en contra de las mujeres. Me parece que todos los días recibimos noticias sobre este tema y como sociedad ya no reaccionamos. En un ejercicio de reflexión pensé que yo tampoco estaba haciendo demasiado. Y como lo único que sé hacer es escribir quise hacerlo desde la literatura. Las palabras tocan emociones y generan empatía. Deseaba transmitirle al lector ese mismo dolor, tristeza y coraje que yo sentía ante la brutal violencia que percibía hacia las mujeres; el libro lo comencé a escribir en 2013.

Tijuana es un punto geográfico importante en toda tu historia.

Es una zona con una energía creativa impresionante. Quise empezar en los años 30 porque fue a raíz de la ley seca en Estados Unidos que la ciudad toma un mayor auge. En esa época nacen las redes de trata de blancas en América Latina. Me gustaba la idea de que ese momento histórico del país pudiera dialogar con el presente para evidenciar que la violencia sigue entre nosotros. En el origen está también el título del libro: hay una especie de silencio social en torno a la violencia de género. No sólo la violencia en contra de las mujeres sino la violencia intrafamiliar, que quizá es un tema más silenciado.

En los 30, la mujeres que llegaban a México para ser prostituidas eran traídas por redes de trata europeas. A Tijuana y Mexicali llegaban mujeres francesas. Me importaba también el tema de la migración, –que he tocado en otros de mis libros desde otra perspectiva– Ésta es una migración forzada que implica llegar a un país desconocido y aprender reglas. Es posible que siendo tan joven y vulnerable no puedas hacerlo.

¿Cómo creaste a los personajes femeninos de esta novela?

Hice mucha investigación histórica, documental y testimonial para conocer cómo se armaban las redes del tráfico de mujeres en los años 30. Fue impresionante observar que no han cambiado mucho las cosas. Siempre es el mismo tipo de engaño y falsa promesa. Anette y Claire son la suma de testimonios y de historias que leí. Por otra parte, Rita Hayworth debutó en Tijuana. Cuando empecé a leer su historia conocí más sobre el abuso al era sometida por su padre. Creí que ambos temas eran un buen pretexto para poner en escena. Por un lado la prostitución, el maltrato, la venta, la apropiación del cuerpo femenino en estas redes, pero también el abuso intrafamiliar. Rita era un personaje clave para ser el centro de la historia.

Decidí no abordar a Rita en el momento de su consagración sino cuando era niña y después en su vejez, cuando padeció Alzheimer. A Rita la mandan a una playa en la Patagonia y desde ahí se escuchan sus monólogos internos. A pesar de ser muy enloquecidos advierten el horror de lo que fue su vida. Pensé que si esto había pasado con una mujer tan glamourosa y envidiada, qué nos quedaba a las demás.

En tu historia también está la figura del sacerdote que abusa.

Hay muchas historias que vinculan al clero. El clero más conservador ha tenido un papel importante en las historias de explotación, abuso y violencia en el sentido de ocultamiento. En la novela hay un cura francés que manda a Anette y a Claire a México y que en cierta medida participa de la explotación sexual de Claire. En La estirpe del silencio introduje un elemento a título personal: ese cura francés se llama Aguiar y simboliza al padre Aguiar y Seijas que fue enemigo de Sor Juana Inés de la Cruz. Él pretendió acallarla, a través de la inquisición. Fue mi pequeña venganza histórica.

¿Siempre dejas algo de ti en una obra?

A veces disfrazada, a veces ficticia, pero dejas una parte de ti, de tu piel, de tu cuerpo, de tus emociones, de tus sentimientos. Si eres un escritor honesto lo haces desde las entrañas y es lógico que quede una parte de ti en tu obra. La honestidad tiene que ver con un compromiso ético.

¿Qué tan difícil es para un escritor dejar atrás a sus personajes?

Siempre es difícil concluir una novela porque convives con los personajes durante algunos años y los conoces muy bien. Te los encuentras cada mañana y después ya nunca. En este momento estoy releyendo Fuga en mí menor para una edición conmemorativa y hacerlo me ha llevado a revivir todo el proceso, todo lo que sentí y la nostalgia de lo que dejé ir. Es un proceso padrísimo, casi mágico. Hay algo que trasciende lo que uno quiere hacer. Algo que tiene que ver con la propia energía de las palabras y de la escritura; que guía mucho de lo haces y dejas. La escritura de pronto se pone a hablar y hay que saber escucharla también.

Siempre recurres a la memoria.

Sí, a la memoria como base de la identidad ¿qué queda de ti sin memoria?, ¿quién eres cuando la pierdes?, ¿sigues siendo tú? Si nuestra identidad está dada por la memoria, ¿quiénes somos al perderla? Son cuestionamientos que me obsesionan y angustian. También me interesa la relación entre la memoria histórica y la memoria personal. ¿Cómo la historia de un país o de una comunidad marca tu propia historia? Esos cuestionamientos los hago todo el tiempo.

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Sandra Lorenzano. Foto: Laura Olmos

¿Y en la memoria de Sandra Lorenzano qué hay?

Me gusta mucho una frase que usé en Saudades porque me parece que es clave: somos contrabandistas de la memoria. Nuestra memoria está hecha de lo vivido, pero también de lo que han vivido otros y nos han contado o hemos leído. Tenemos una memoria que no es una sino muchas al mismo tiempo que se acumulan. No diría simultáneas porque no lo son. Yo soy contrabandista de memorias y éstas son siempre pedazos, fragmentos, esquirlas.

Tengo un libro que se llama Vestigios en donde abordo esta misma idea. Los vestigios son todo aquello que queda en la memoria. En la mía están mi infancia en la Argentina, mi familia, pero también las historias de gente que no conocí; épocas que no viví; la memoria de los 40 años que he pasado en México; de todo lo que he leído; de lo que he visto.

Hay siempre espacios placenteros en la memoria. Uno siempre puede guardar esos pequeños resquicios para refugiarse y protegerse cuando la vida se torna inclemente. Cuando sientes que estás a la intemperie; siempre hay un pedacito o distintos pedacitos de tu memoria en los que te puedes proteger y refugiar. Pero también hay espacios de memoria atroces que uno no quisiera que estuvieran ahí. El tema con la memoria es que no es voluntaria. Quizás si lo fuera sería otra cosa.

Hace poco vi una película que no era muy buena, pero tenía una escena que me gustó mucho. Era un hombre que había decidido dejar todo y vivir en la calle. Cada vez que vivía una experiencia que lo marcaba recogía una piedrita. Tenía una bolsita llena de piedras y cada una correspondía a un recuerdo importante en su vida. A veces uno lo hace: vas a la playa y guardas una conchita que te gustó o el tapón de la champaña con la que un día brindaste con tu pareja, no sé. Son esos espacios de la memoria a los que perteneces realmente.

Ahora estoy escribiendo una nueva novela; llevo unos meses y ahí está otra vez la memoria, siempre. Pienso que, en el fondo, cada escritor tiene una obsesión. No sólo es como decía Borges que los temas son muy pocos sino que uno tiene, además, pocos temas que le interesan de verdad. El punto es cómo los abordas desde diferentes perspectivas, pero vuelves siempre a lo mismo. Son tus obsesiones, es parte de lo que eres.

 ¿Tienes algún libro de tu autoría favorito?

Cada uno responde a un momento, a una etapa, a una búsqueda. He sido muy feliz en cada uno de los procesos de escritura. Fueron todos momentos de mucho aprendizaje. Leo mucho para escribir sobre los temas que trabajo.

En Saudades me di permiso de escribir ficción –después de 20 años de dedicarme a la crítica literaria–; fue muy padre… sacudidor. Portugal y Fernando Pessoa son parte de mis amores. Una historia de amor que fue fundamental en mi vida. Abordé la dictadura y el exilio. Con Fuga en mí menor aprendí mucha música y hablé del proceso creativo. Entre una y otra murió mi madre, se convirtió en una novela más melancólica que Saudades. En La estirpe del silencio mi compromiso fue ético y con este país. Ahora vamos a ver qué pasa. Es un momento distinto en mi vida, estoy más madura en términos de escritura, mucho más segura de lo que hago, tengo más tiempo. A lo largo de estos años he ido construyendo un mundo que me permite dedicarle más energía a la escritura y eso me hace muy feliz.

Quizá siempre hay un pedacito de ti que coincide con lo autobiográfico, aunque no sea en términos anecdóticos sino de sensaciones y sentimientos, de emociones, de pensamientos. A pesar de todo, creo que la más personal de mis novelas es la que estoy escribiendo ahora, que tiene mucho más de autoficción. Espero que esté lista en un año. A la mitad de cada libro escribo poesía, ensayos, artículos. Siento que estoy empezando con la escritura porque siempre es comenzar de cero. Cada libro, cada página es fundacional.

¿Cómo es tu proceso creativo?

Me gustan las novelas que no se cierran en una sola perspectiva sino que te permiten conocer a través de distintas voces casi un caleidoscopio de la historia.

El otro día presenté el libro de una mujer española y ella decía algo que aunque no es exactamente así, lo voy aplicar en este momento. Ella piensa que hay escritores que trabajan como arquitectos, desde antes de empezar ya tienen el plano de la casa completo, y hay otros que trabajan como escultores, como cuando Miguel Ángel veía un bloque de mármol y sabía que ahí se escondía una figura. Ella decía que escribía de esa manera y yo también. Sé de qué quiero escribir, cuál es la historia, cuáles son los hilos, pero dejo que la novela encuentre su ritmo y camino, después la voy formando como si fuera el bloque de mármol de Miguel Ángel, como si fuera cerámica, como si el torno estuviera dando vueltas y uno le diera forma; dejas que encuentre su cauce.

Es un misterio, el proceso creativo es una de las cosas que más me interesan. Siempre que entrevisto a alguien le pregunto eso, tengo un libro sobre eso, un programa de televisión sobre eso y no lo sé. No podría decir realmente cómo surge un libro. Son todos estos elementos juntos que mucho tiempo atrás se van cocinando dentro de ti.

Muchas veces tengo esa sensación y me pregunto: ¿y esto de dónde salió? Hay algo que se va cocinando. Una vez que empiezas a pensar en la novela, en el tema, todo lo que vives, todo lo que hay en tu interior se mete en un cazo, de esos para hacer dulce, se va cocinando e hirviendo y un buen día te sientas a escribir y aunque cada línea, cada página cuesta, hay un fluir interesante, eso para mí sigue siendo un misterio.

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Sandra Lorenzano. Foto: Laura Olmos

Sandra Lorenzano nació en Buenos Aires en 1960 y vive en México desde 1976. Es doctora en letras por la UNAM; especialista en arte y literatura latinoamericanos y vicerrectora académica de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Es conductora del programa En busca del cuento perdido, en el IMER.

Sandra Lorenzano

La estirpe del silencio

Seix Barral

2015

 

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Laura Olmos
Laura Olmos estudió Comunicación Social en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Es editora de la revista Ser Mayor y colaboradora de Crónicas de Asfalto. Ha publicado entrevistas, reportajes y crónicas. Ha sido coeditora gráfica en Reforma y México Hoy, y directora de arte en Gula y Catadores.

 

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