Por Irma Gallo

Cuando escribió la presentación a las fotografías recogidas en el libro The Americans, del suizo Robert Frank, Jack Kerouac afirmó que el fotógrafo había convertido la imagen en el poema más triste para América, lo que con una prosa desgarrada, que no sentía “temor ni vergüenza en la dignidad de la experiencia, el lenguaje y el conocimiento”, también hizo él mismo. Si, según sus palabras, Frank merecía “un lugar entre los grandes poetas trágicos de la historia”, Kerouac también lo tiene, aunque al final de su vida parecía que se precipitaba sin freno hacia la decadencia, o precisamente por eso.

No sólo en ese texto fundacional de la generación Beat, En el camino (1957), sino también en las reseñas y artículos que escribió para publicaciones como Esquire, Playboy, Escapade y Evergreen review, entre otras (y que recoge el libro La filosofía de la generación Beat y otros escritos, publicado por la editorial argentina Caja Negra, 2015), Kerouac representó la poesía de un Estados Unidos que nada tenía que ver con el milagro americano de las lavadoras y la aspiradoras que se vendían de puerta en puerta; de las crinolinas en los vestidos de las chicas, que sólo dejaban ver sus tobillos cubiertos con calcetines blancos; de los carros y los electrodomésticos comprados a crédito y de los innumerables “boy next door” cuyas psiques (y cuerpos) pronto serían destruidos en la guerra de Vietnam, como lo habían sido en la de Corea.

No, el Estados Unidos de Jack Kerouac tenía más que ver con los pinos nevados de Idaho o con los buscadores de oro, las putas, los viejos mascando tabaco, los indios y los mineros de Montana, como lo describió en El gran viaje en autobús al Oeste, publicado en Esquire en 1970, unos meses después de su muerte a causa de una hemorragia por cirrosis.

Según Diego Esteras, director de Caja Negra, la selección de los textos que integran La filosofía de la generación Beat y otros escritos está basada en el volumen original, que no se había traducido al español. “Su título original en inglés responde al texto que abre el libro, Good Blonde & Others, y nosotros lo cambiamos. La mayoría piensa que ya se tradujo toda la producción más representativa de Kerouac, pero lo cierto es que queda una buena parte inédita en nuestra lengua. Nos decidimos por traducir este libro y no otro, justamente porque nos permite aproximarnos a distintos perfiles de Kerouac: el más comprometido con la literatura, el más crítico y reflexivo con su propia generación, el Kerouac viajero incansable, el que se hace pasar por periodista y colabora en cuanto medio le encargue un artículo después de la publicación de En el camino, el fanático cronista del box o del béisbol, el comentarista de jazz y bop. Todos estos aspectos son abordados con igual fascinación y apasionamiento en su prosa inconfundible”.

Cuando Allen Ginsberg, barbudo y de lentes, con voz honda, recitó en voz alta: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriendo histéricas y desnudas, arrastrándose por las calles, al amanecer…”, Kerouac, que ya había publicado En el camino, se identificó con esa visión: más que poesía, era la anti poesía en la que encontraban eco estos jóvenes de la posguerra que despreciaban el “american way of life” y al mismo tiempo eran tan norteamericanos como una botella vacía de Coca-Cola abandonada en una calle de su natal Massachusetts.

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Jack Kerouac. Foto: wikipedia.es

Jack Kerouac describió a la generación Beat como “una visión que tuvimos John Clellon Holmes y yo, y Allen Ginsberg más salvajemente todavía, hacia fines de los años cuarenta, de una generación de hipsters locos e iluminados, que aparecieron de pronto y empezaron a errar por los caminos de América, graves, indiscretos, haciendo dedo, harapientos, de una fea belleza beat”.

El profesor de Literatura norteamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Juan Carlos Calvillo, sitúa a cada uno de estos “locos e iluminados” como partes de un todo vital. Como en un organismo, cada uno tiene una función específica: “Siempre he pensado que los Beat fueron, más que sólo una generación o un movimiento literario, una comunidad en la que cada uno de sus integrantes desempeñaba un determinado papel. Si William Burroughs fue el gran gurú, el viejo sabio (aunque su literatura no tenga mucho que ver con la Beat, a decir verdad), y si Allen Ginsberg fue el profeta, el legislador, con Aullido como las Tablas de la Ley, entonces Jack Kerouac ciertamente fue el gran novelista de la generación”.

Al tratar de señalar la característica más notable de la obra de Kerouac, mucho se ha hablado de la “escritura espontánea”. Incluso él mismo inspiró esta definición cuando escribió su Credo y técnica de la prosa moderna, publicado originalmente en Evergreen Review en la primavera de 1959 y que también forma parte de La filosofía de la generación Beat y otros escritos. El número 28 dice:

“Composiciones indómitas, indisciplinadas, puras, que provienen de abajo, cuanto más insensatas mejor.”

Calvillo agrega que la obra de Kerouac se caracteriza por “esta voluntad de rechazar las imposiciones convencionales, los artilugios literarios por medio de los que la tradición nos ha acostumbrado a darle significado a la vida, en busca siempre de la experiencia auténtica, el significado verdadero, la belleza genuina, la sensación de vida tal como se vive (en toda su diversidad y desaliño), no como nos han enseñado a procesarla”.

Como un galón de gasolina en cuya orilla danza peligrosamente un cerillo encendido, Kerouac vivió siempre al borde. Proclive a las frases lapidarias, escribió:

“Me dan pena los que escupen a la Generación Beat, el viento los disipará y los borrará de la historia”.

(Si quieres leer la versión de este reportaje que se publicó en Gatopardo, en febrero de 2016, haz click aquí.)

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