El Gabinete de Bibiana: La manicura


Por Bibiana Camacho

 

En cuanto entré a la galería me puse el suéter. En la calle el sol era abrasador, pero dentro, los techos altos y la humedad creaban un clima fresco, una burbuja helada. Mariana me condujo a la parte trasera de la casona, subimos por una escalera estrecha y llegamos a una amplia sala llena de cuadros y cajoneras donde había grabados de distintos artistas.

–Aquí puedes trabajar sin que nadie te moleste. –Luego me condujo un piso más arriba donde se encontraba el archivo. –Las placas fotográficas están aquí, –dijo mientras abría un cajón, pero en su interior había revistas, papeles, periódicos, –bueno, el material está revuelto. Pero todo lo que tenemos se encuentra en esta cajonera y te será de utilidad. Puedes venir con confianza, tomar lo que necesites y luego devolverlo. Además tengo entendido que vas a ordenar, ¿cierto?

–Si claro. –Contesté sin darle importancia al hecho de que el desorden era supremo. Cuando acordamos que me dejarían revisar el archivo a cambio de ordenar, jamás me dijeron que hubiera tal caos. Ya no me podía echar atrás.

Regresé al otro día. En medio de la sala que me asignaron colocaron una mesa y una silla. Uno de los empleados de la galería me preguntó si se me ofrecía algo más, parecía nervioso. Supuse que lo habrían regañado pues la dueña tenía fama de mal carácter, y aunque conmigo se había portado amable, ya me habían advertido que no me confiara, pues tenía bruscos cambios de humor sin explicación.

–Prefiero la mesa pegada a la pared, aquí en medio no me agrada.

–Híjole, pues no se va a poder, porque a la directora no le gusta y si la ve, me va a regañar y a usted también.

–Ni modo, gracias. –Dije resignada.

Dejé mis cosas y subí por material. Empecé con el último cajón del lado izquierdo, en total eran ocho, cuatro de un lado y cuatro del otro. Tomé publicaciones y sobres al azar, estaba tan desordenado que no tenía caso tratar de escogerlo.

En cuanto bajé noté algo raro, estaba segura de haber depositado la mochila con la computadora en el piso, pues antes de subir saqué una libreta y un lápiz que dejé sobre la mesa despejada; los cuales tampoco estaban en su lugar, sino sobre la silla.

No le di importancia y me dispuse a trabajar. Estaba concentrada en la revisión del material: fotos, diapositivas, publicaciones y documentos viejos. Me había quitado los guantes, a pesar de que eran obligatorios porque me estorbaban. Entonces escuché un terrible ruido a mis espaldas. Un enorme cuadro que antes estaba colgado en la pared se había derrumbado. De pura suerte cayó parado y recargado sobre el muro. Me acerqué para ver si estaba dañado. Pero todo parecía normal, el vidrio estaba en su lugar, el marco parecía intacto. Los clavos estaban perfectamente metidos en la pared.

Miré hacia las escaleras, pensé que alguien acudiría de inmediato luego de escuchar el estruendo. Pero nadie subió. Observé el cuadro por unos instantes, era una acuarela que representaba un bosque, pero estaba elaborado de tal manera que parecía que los árboles, los animales, el pasto y hasta el cielo y el sol se derretían. Ni siquiera miré la firma, si se había dañado y me daba cuenta de que el autor era cotizado no quería ni imaginar lo que costaba. Decidí seguir trabajando y hacer como si nada. El cuadro estaba así cuando llegué, me repetía.

La segunda vez que acudí, estuve largo rato escuchando ruidos extraños que provenían de las paredes, como si algo o alguien dentro de ellas las arañara. A pesar de que traté de ignorarlo, cada vez que los escuchaba sentía un escalofrío recorriéndome la espalda. El cuadro seguí en el piso. Cuando terminé le comenté a Mariana lo de los ruidos, tenía los nervios alterados y no había logrado concentrarme.

–Pasa con frecuencia, sobre todo en esa parte de la galería, por eso nadie quiere trabajar ahí.

–¿Y por qué me asignaron ese lugar?

–Fue la directora. Si quieres habla con ella, pero dudo mucho que te cambie, te recomiendo que traigas música y te pongas audífonos, así hacemos nosotros cuando nos toca estar ahí.

No hablé con ella, de hecho no la volví a ver durante los casi cuatro meses que permanecí en esa sala llena de sonidos en las paredes y de murmullos y corrientes de aire que inexplicablemente se colaban en una habitación encapsulada para proteger las obras que ahí se encontraban.

Durante ese tiempo me volví sumamente desconfiada y paranoica, si alguien caminaba cerca de mí me cambiaba de acera o me detenía a ver un aparador o a leer un anuncio, o fingía buscaba mi teléfono; sentía que me perseguían. Perdí el apetito. Padecí insomnio y me salió salpullido por el estrés y por manipular papeles viejos y en pésimo estado. Tenía pesadillas aterradoras que no lograba recordar una vez despierta, pero que me hacían desconfiar del mínimo ruido y temer ir al baño en la oscuridad. Las últimas semanas aceleré el proceso. Tomé varias fotografías de los documentos que me servirían y decidí procesarlas en casa para no perder tiempo.

El día que entregué el archivo ordenado, sentí que se me quitaba un peso de encima. Ya sé que esta frase es trillada y alude casi siempre a preocupaciones, pero cuando trabajaba en esa sala, sentía dolor de la espalda, como si estuviera cargando una pesada mochila todo el tiempo.

Me tomé una semana entera de descanso, poco a poco mi paranoia y problemas para dormir y comer se esfumaron, pero las pesadillas y el temor inexplicable y constante permanecieron. Retomé el trabajo de clasificación de documentos. Mientras revisaba las fotos, me topé con una y luego con otra, en las que la mano que sostenía el documento no era la mía. Esa mano era más alargada, pero lo realmente perturbador es que tenía las uñas largas, puntiagudas y pintadas de rojo. Yo jamás uso las uñas largas y aunque a veces me las pinto, no lo hice durante la investigación por temor a manchar el material. Esa noche volvieron todos mis malestares: falta de apetito, insomnio, dolor de espalda.

Desperté gritando poco antes del amanecer y me precipité a la mesa de trabajo. Encendí la computadora y estuve un rato buscando entre los papeles hasta que la encontré. Una fotografía de Inés, quien fundó la galería en 1935: aparece hermosa y sonriente con el cabello corto y la mirada esquiva, hacia un costado. Sus manos de largos dedos y manicura perfecta están entrelazadas en su barbilla.

Bibiana
Bibiana Camacho
BIBIANA CAMACHO. EDITORA DE PRODUCCIONES EL SALARIO DEL MIEDO. CO GUIONISTA DE LA OTRA AVENTURA DIRIGIDO POR EL ESCRITOR RAFAEL PÉREZ GAY Y TRANSMITIDO POR CANAL 40. ALGUNOS DE SUS CUENTOS ESTÁN INCLUIDOS ANTOLOGÍAS COMO ANUNCIOS CLASIFICADOS (CAL Y ARENA, 2013) Y CIUDAD FANTASMA I (ALMADÍA, 2013), ENTRE OTROS. SUS LIBROS SON: TU ROPA EN MI ARMARIO (JUS, 2010), TRAS LAS HUELLAS DE MI OLVIDO (ALMADÍA, 2010) Y LA SONÁMBULA (ALMADÍA, 2014). PREFIERE TOMARSE FOTOS CON LOCOS Y MARGINADOS PORQUE LA GENTE DECENTE SUELE SER UNA MIERDA.

 

 

 

 

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