El pasillo azul


Por Irma Gallo

Hubo una hora en que me llamó con más insistencia que nunca. El doctor acababa de irse después de haber pasado horas junto a mi cama con un frasquito que me daba a oler a cada rato. Quería mantenerme como dormida para que no sintiera ese dolor que me hacía salir del estado de semi inconsciencia en que me encontraba desde hacía días.

Vino a decirme que tendríamos que marcharnos ahora, que Ricardo me esperaba desde hace mucho, porque yo ya había tenido bastante aquí.

Se paró delante de mí. No era, de ningún modo, cómo lo había imaginado. Tantas veces platiqué con ella cuando era niña que creía conocerla muy bien, sin embargo, no era la mujer seductora de mirada filosa, ni el esqueleto con túnica larga y capuchón negros; era simplemente una vieja. Una mujer sucia y desarreglada, con un vestido de domingo con flores amarillas y debajo una enagua de tafetán. Llevaba calcetines café claro y unos zapatos viejos que parecían haber sido alguna vez de ante. En la cabeza tenía sólo unas hebras blancuzcas y amarillas, del mismo color que los pocos dientes.

Hablaba en un idioma que no pude reconocer, pero que sin saber cómo estaba usando yo misma en unos minutos.

Decía que me apurara, pues no tenía todo el día. Allá tendría tiempo de preguntarle lo que quisiera, así que sólo le pedí que me dejara despedirme de papá y Rocío.

Asintió con una mueca de fastidio y salió, murmurando algo entre dientes.

Llamé a Rocío primero. Le dije que iba a morir pero que no se asustara; que de vez en cuando trataría de echarle un ojo para ver cómo se estaba portando. Se puso muy seria y replicó que le había hecho trampa, que habíamos prometido ir juntas a buscar a su papá, y ahora yo me estaba adelantando. Además estaba muy preocupada por quién le haría el desayuno y la peinaría: “Abue no sabe hacer trenzas, jala re feo el pelo, mami”. Le contesté que ahora mismo llamaría a su abue para explicarle cómo se hacen las trenzas sin jalar el pelo y los huevos estrellados sin romper la yema para el desayuno. “Eso sí”, advertí, “tienes que ser buena con él y darle sus medicinas”.

Por último, me preguntó si me volvería a ver. Le contesté que sí, que esperara algunos años, y que cuando me llamara regresaría volando por ella. “¿Y si te llamo mañana mismo?”, me preguntó, y ojos ya se le empezaban a nublar. “No, eso no se vale”, me apresuré a contestar. “Todavía tienes muchas cosas que hacer”. “¿Cómo qué, mami?”. Me quedé callada un momento, tratando de llevar aire a mis pulmones, que pesaban como si estuvieran llenos de vidrio molido: “Como comer muchos helados, tener muchas amigas, ir al cine, viajar, besar, nadar…” No me dejó terminar. Se paró de puntitas para alcanzarme en la cama de hospital y darme un abrazo largo y húmedo. Le di un beso y una moneda que tenía en el cajón de la mesita donde estaban todos los frascos con medicinas, mi Rocío salió corriendo, llamando a gritos a su abuelo.

Papá trataba de no llorar. Nunca quiso que nadie pensara, ni por un instante, que era débil. Mucho menos su hija. Pero ahora todo era distinto: se le iba la última de sus hijas y se quedaría solo con su nieta.

Me dio tristeza ver al viejo. Le pedí que se acercara y me hice como que no había visto sus lágrimas. Le dije que no saliera a la calle sin camisa, que tomara sus pastillas y que no anduviera haciendo corajes por nada. No quería escuelas católicas para Rocío, ni misa ni fiesta de quince años. Que estudiara lo que quisiera y nada de que “a tu mamá le hubiera gustado que fueras…”

Quisiera haberme quedado más tiempo, pero ella entró por la ventana y con su ruido de enaguas almidonadas se sentó junto a mí.

El azul me devoró. Oí los gritos de papá, lo vi sacudiendo mi cuerpo de trapo y a Rocío entrar corriendo a la habitación.

La vieja me tomó de la mano y me llevó por un pasillo largo, sin ventanas ni puertas.

En ese momento vi a mi niña que me sonreía y me decía adiós con la mano. Volteé para mirar de nuevo el rostro de la vieja pero se había esfumado, y sobre sus hombros había sólo un remolino gris.

Cerré los ojos y me dejé guiar por su mano. Supe que nunca volvería a ver a Ricardo, que todo había sido una mentira.

Sólo me quedaba esperar. Esperar mientras me desintegraba y las paredes se fundían frente a mí.

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