Por Irma Gallo

Con el pretexto de la presentación de su más reciente libro, La imaginación pública (CONACULTA, 2015), conversamos con Cristina Rivera Garza sobre la enfermedad, el cuerpo, la violencia y la poesía.

“Éste es un libro de poesía en el que he utilizado el lenguaje de la tecnología, el lenguaje del internet. La serie de lenguajes con los que convivimos a diario para tocar temas muy íntimos pero con el lenguaje social. Temas como el cuerpo, temas como la enfermedad, temas como la violencia personal y pública, temas como la desaparición. Y cosas que creo que nos afectan a todos actualmente”.

La narradora, poeta y ensayista (Matamoros, 1964) luce la sonrisa acostumbrada detrás de los aros redondos, verde con negro, de sus lentes.

Cosas de las que ya te habías ocupado tú, por ejemplo en Dolerse.

“Exactamente. Escribí acerca de todas esas cosas de una manera un poco más teórica abstracta en Los muertos indóciles (Tusquets, 2014), escribí también las crónicas de Dolerse (SurPlus Ediciones, 2011), y este viene a ser como una especie de performance, si lo quieres ver así. Un desdoblarse, una mutación más de esas ideas. Creo que vienen al caso, especialmente después de lo que acaba de pasar, de la represión en Nochixtlán. Creo que es un buen momento de recordarnos a todos que tenemos que seguir apoyando la Educación Pública. Sin la Educación Pública yo no estará aquí; no estaría ni siquiera pensando en escribir poesía o publicar libros o en tratar de tener una conversación con todos ustedes a partir de los temas de los libros”.

En La imaginación pública, Cristina Rivera Garza se puso a realizar búsquedas en internet relacionadas con algunas enfermedades que padeció durante el año pasado.

“Una de las partes del libro tiene que ver por ejemplo con la serie de enfermedades pequeñas y poco glamorosas que sufrí por un año, el año que duró el proceso de la escritura. Tiene que ver con algo que hacemos mucho, que es apenas y nos duele algo y vamos a la red a tratar de ver de qué se trata, a ver en qué momento vamos a morir, cuáles han sido las explicaciones de estas cosas oscuras y a veces muy confusas. Pues con todo ese lenguaje fui haciendo una recopilación de todos esos sufrimientos pequeños y por fortuna poco glamorosos. No son las grandes enfermedades de las que escribió Susan Sontag o enfermedades como la tuberculosis de la que se ha hablando tanto; son los pequeños quejumbres diarios, desde el dolor de cabeza, hasta el dolor de la uña, la caries. Cosas que creo que pensar sobre ellas y abundar sobre ellas realmente nos da un peso de qué significa estar en la tierra en el día a día”.

No es la primera vez que la autora de La muerte me da explora el tema de la enfermedad.  En La Castañeda (Tusquets, 2010), el centro era, por supuesto, la enfermedad mental.

“Es un tema universal, es un tema que trasciende épocas históricas, culturas. Es la parte más frágil, es una parte muy vulnerable, y tal vez por eso nos permite mucho entrar a entender qué somos, cuál es nuestra relación con el mundo, cómo este cuerpo en el que vivo se relaciona con los otros cuerpos y el tipo de desgracias y de felicidades y de gozo que lo puede provocar”.

¿Podríamos decir que el cuerpo es una obsesión en tu obra?
, preguntamos a Rivera Garza:

“Tal vez sí: una obsesión. Me interesa en todo. Creo que la idea de traer el cuerpo a colación en la página, de hacer este tránsito que va del cuerpo que existe allá afuera al cuerpo del lenguaje, al cuerpo de la palabra, al cuerpo mismo de la página, de los espacios en blanco, yo creo que ese tránsito es algo en lo que siempre estoy trabajando. La trama puede cambiar, los motivos pueden ser distintos pero son esos espacios de vulnerabilidad a los que he estado regresando una y otra vez, de distinta manera, con distintas herramientas, con distintas temperaturas. Hasta en La imaginación pública creo que hay mucho más humor del humor que otros libros han tenido, al menos en la parte inicial.
Hay ahí una serie de complicidades, que espero poder compartir con los lectores”.

9786077450764

Además aquí está tu veta poética en pleno. Que no puedo decir que en ninguna de tus obras narrativas lo esté, porque siempre es algo que te distingue, pero ahora escribes este libro que es totalmente poesía.

“Tengo varios libros de poesía de los que hablo poco. Circulan de otra manera, tienen otra manera de diseminarse en el medio, con sus lectores, son distintos. Pero yo siempre creo que hay una definición que me encanta: que la poesía es el lenguaje con el que investigamos el lenguaje, y creo que si estamos interesados en escribir sería muy difícil prescindir de lecturas de poesía, de pensar lo poético”.

Y es también una herramienta contra la barbarie, ¿no crees?

“Pues ojalá que así sea; me gusta pensar eso. Me gusta pensar que en el momento en que estamos utilizando un lenguaje que nos viene de fuera, un lenguaje que es un bien común, un lenguaje que pedimos prestado de alguna manera estamos adquiriendo una responsabilidad, un compromiso, una sensibilidad, una manera de relacionarnos que nos incluye sólo al autor que está frente a la página, sino a los lectores que vienen, como se dice, y puede ser un cliché pero es tan cierto, que vienen a completar el libro, a darle su verdadero sentir.
De eso se trata la poesía: de todo lo que toca el cuerpo, de toda la manera en cómo nos estamos reproduciendo y produciendo como sociedad”.

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