Una versión de este reportaje se publicó en SinEmbargo.mx en septiembre de 2011 y en el libro Transformar mi comunidad, de Miguel Ángel Gallo Tirado e Irma Gallo (Ediciones Quinto Sol, 2011).

I.

Camino y tengo miedo.
No me reconozco en estas calles.
Aunque me acompaña David Jaramillo, amigo y fotógrafo, alto y delgado pero evidentemente fuerte, con tatuajes que le recorren todos los brazos, como serpientes tornasoladas, sigo teniendo miedo.
Estamos en la delegación Iztapalapa. Me siento fuera de mi territorio. Fuera de mi área de comodidad clase mediera venida a menos, coyoacanense de las orillas, ni siquiera del centro.
Se ponen a funcionar a mil por hora mis neuronas, la sangre parece una marea que se estrella contra las sienes pero yo trato de aparentar una tranquilidad que no siento.
“Calma. Calma,” me repito mientras camino por este barrio en el que soy una extraña, mientras un chavo evidentemente intoxicado le pregunta la hora a David, mientras él responde con tranquilidad: “cuarto para las once, carnalito.”

II.

Al fondo de la calle lo encontramos. Nadie necesitó decirnos cómo era; el grafitti que cubre la mayor parte de sus espacios lo delata: es el Deportivo Chavos Banda.
Llamo a mi contacto (tiemblo al sacar el iPhone de mi bolsa, pero qué remedio). Me indica que caminemos derecho, rodeando la pista de atletismo, hasta atravesar la cancha de futbol, que él nos estará esperando “del otro lado”.
Lo miro y se que es él, aunque nunca lo he visto antes. Esboza una media sonrisa; él también desconfía: “Hola. ¿No tuvieron problema para llegar?” Le digo que no, que muchas gracias.
Nos sentamos para conversar mientras David empieza a recorrer el espacio, mirándolo todo con calma antes de disparar una sola foto.
Prendo la grabadora. Siento que nos medimos.

Una olla que ya no aguanta la presión

“Dentro de nuestra banda, la neta ahorita habríamos más banda, pero la drogadicción, las riñas, por todo ese rollo, ya no hay muchos chavos que pudieran estar ahorita con nosotros. Murieron en riñas, balazos; muchos drogados, se daban el pasón.”
Enrique Reyes Lugo. Así se llama mi contacto y mi primer interlocutor. Lleva playera negra y gafas oscuras montadas en la cachucha. Tendrá unos 35 años de edad.
Con desconfianza, todavía sin soltarse del todo, relata esos años, cuando la sangre hervía en las venas y no había el mínimo espacio para la razón. Cuando cualquier incidente, por pequeño que fuera, era sufciente para atacar al otro, al de la banda contraria, llegarle con piedras, chakos, navajas, y hasta a balazos.
“Nosotros somos integrantes de la primera generación de pandillas de aquí de Iztapalapa. Esto quiere decir que somos la primera pandilla que hubo aquí en nuestra colonia.” Dice, con convicción, el segundo de mis entrevistados: el veterano Javier González, mejor conocido como El Cala, que también lleva las gafas empotradas en la gorra. El Cala también es desconfiado; me da más miedo. Continúa: “En el transcurso de los años surgen demasiadas pandillas alrededor de nuestra colonia, entonces ya unas no quieren estar compartiendo, trabajando con nosotros. Es entonces ahí cuando empieza a haber conflictos con ciertas pandillas. Pero ya conflictos de agresiones, golpes, muertos, y todo, ¿no?.”
Con playera verde a rayas, Carlos Ortiz, El Chikis, desentona de los otros dos, ambos vestidos de negro. Con su pequeño bigote hitleriano, El Chikis es otros de los fundadores de la banda de la colonia Consejo Agrarista, mejor conocida como el barrio del Agra. Coincide en que, en algún punto, la cosa se empezó a descomponer. El nivel de violencia fue escalando, poco a poco: “Aquí cuando fallece un familiar, ¿qué haces tú?, pues quererte desquitar, pagarles con la misma moneda… Cuando alguien te mata a un familiar tú quieres también irle a matar a otro familiar, o matarlo a él… Antes era con piedras. Yo me acuerdo que eran piedras. No pasábamos de una descalabrada, que le agarraban a uno unos palazos, con los chakos, con un boxer, pero conforme fue pasando el tiempo la banda quiso impresionar más, sacar más ventaja. Empezaron con las pistolas, entonces ya era de que heridos, o hasta un difunto… conforme fue pasando el tiempo, la agresión fue más fuerte, a la pandilla ya no le importaba matarte, ya era su vida o la tuya…”
Los miro y paradójicamente me siento más tranquila mientras me relatan esos años, hace 18 0 20, cuando el caldo de cultivo para la violencia ya estaba a punto de ebullición.

El eterno calvario

Las historias de estos ex chavos banda (chavos ya no; banda, por siempre, dicen ellos), no me sorprenden, ya que, según las estadísticas, Iztapalapa es la delegación más violenta de la Ciudad de México. También se que el miedo que sentía cuando llegamos no es sólo producto de los prejuicios, de la extrañeza ante el otro, ante el diferente:
Este es el lugar en donde hace unos días aparecieron los cuerpos desnudos, amordazados y golpeados, de las periodistas María Marcela Yarce Viveros y Rocío González Trápala. (Recordar que este reportaje se publicó originalmente en 2011).
La delegación en la que comenzó la pesadilla de Toño Zúñiga, el ya famoso protagonista de Presunto Culpable, y a la que dedicó su primera rola comercial: Iztaparap.
El municipio más poblado de todo el país, que ya en el año 2000 tenía más de un millón 700 mil habitantes, y por ello, el suculento botín político que provocó el episodio de burlesque del delegado chocolate, Rafael Acosta, “Juanito.”
La demarcación en la que durante el último año, y según datos de la Procuraduría General de Justicia del DF, se presentó el mayor número de casos de violencia intrafamiliar familiar, con 2 mil 653 denuncias.
El lugar en donde más autos fueron robados durante el 2010: 484, del total de 3038 en todo el Distrito Federal.
En 2009, Iztapalapa también ocupó el primer lugar en maltrato infantil: para noviembre de ese año, en el hospital pediátrico ya se habían registrado 120 casos de niños víctimas de maltrato y abuso sexual.
También es la delegación con el mayor número de denuncias por violencia contra la mujer. El año pasado, la polémica delegada Clara Brugada tuvo que reconocer que siete de cada 10 mujeres vivían situaciones de violencia en sus hogares.
Así, la demarcación famosa por su representación de la Pasión de Cristo, que se lleva a cabo cada año durante la semana santa en el Cerro de la Estrella, vive desde hace décadas su propio calvario: el de ser la más violenta entre las violentas.

Ni un pedazo de tierra en donde jugar

Mientras David le toma fotos a El Cala, Enrique y yo seguimos platicando, grabadora de por medio. Mira con orgullo todo el terreno que ahora ocupa el deportivo, y recuerda: “Nosotros cuando éramos chavitos no tuvimos un espacio como éste, como ahorita ves a los niños aquí. Nosotros vivimos entre las calles, entre la violencia, entre todos los problemas que pasaban en ese entonces. Si nosotros queríamos jugar en una calle, rompíamos un vidrio, nos corrían de la calle, nuestras propias familias, nuestros propios papás. Nos íbamos a la esquina, y en la esquina pasaban las patrullas… la montada pasaba en ese entonces todavía, y pues nos agredía por el solo hecho de estar juntos, y donde quiera que estábamos, o que nos pudiéramos juntar, pues como que le molestábamos a la gente.”
El hacinamiento, la falta de espacios para la convivencia, la ausencia de áreas verdes, son la constante en la mayoría de las colonias que conforman la delegación Iztapalapa, que paradójicamente tiene una extensión de más 116 kilómetros cuadrados, o sea, 7.5 % de la superficie total del Distrito Federal.
“Te lo juro que no tuvimos niñez. No teníamos nada. Teníamos que ir hasta el Deportivo de Santa Cruz, el Deportivo de San Lorenzo. Y chavitos, ¿tú crees que nos iban a dejar?,” pregunta Enrique, mientras observa a un grupo de seis o siete niñas disputándose un partido de basquet.
Hoy a este lugar lo dominan los colores encendidos del grafitti, las formas tubulares de los juegos infantiles, el cemento de las canchas, las zonas cubiertas de pasto, los troncos del pequeño puente elevado en donde juegan los más pequeños, el blanco de las gradas, las piedras rojas de tezontle.
En donde antes hubo animales muertos, esqueletos de autos robados y desvalijados, basura, abandono y mal olor, hoy hay niños jugando, jóvenes entrenando, chavos haciendo grafitti, amas de casa y madres solteras aprendiendo a hacer collares con semillas y otros materiales naturales.
Mientras se coloca las gafas oscuras (que parecen ser el signo de identidad de la pandilla) en la cabeza, El Chikis cuenta que: “Nosotros llegamos aquí cuando no había nada. Ahora sí que empezamos de cero. Mi madrecita y mi padre, dos cuartitos. Éramos nueve hermanos… cuando llovía pues las goteras, el agua se metía… así empezamos. Yo iba a la secundaria, y cuando nos pasamos pa’cá pues me tenía que parar a las cinco de la mañana, y luego iba en los famosos guajoloteros. Entonces tuve que dejar la escuela. Nomás terminé primero de secundaria, porque, como le digo, estaba hasta Churubusco. Mis padres también no tomaban mucha atención por tantos hijos que éramos. Mejor decidimos empezar a trabajar, o sea, a buscarnos trabajo de albañil.”
Construir un centro cultural y deportivo autosustentable en esta zona era un asunto de primera necesidad. En esta delegación, con un alto índice de población desocupada, y en donde, en promedio, una persona gana menos de la tercera parte de lo que gana otra que desempeña el mismo trabajo en la delegación Miguel Hidalgo.
El orgullo rebasa al Chiquis cuando me platica que ellos fueron los fundadores de este deportivo: “Cuando todo esto era un basurero fuimos de los primeros que empezamos a hacer la organización.”
Pero tuvieron que pasar muchos años, muchos golpes, y una que otra catarsis, para que los chavos banda del barrio del Agra se decidieran a crear este remedio contra la violencia.

Salirse de la pandilla o morir

Ya con más confianza, le pregunto a Enrique cuándo pensó que era el momento de cambiar: “A los 18 años tuve a mi hijo. Estaba chavo. Tuve un chavito y la vida la empiezas a ver de otra manera. Empiezas a ver que si a ti te pasa algo a tu hijo quién lo va a ver.” Fue definitivo. Como pocos, Enrique entendió que si no se bajaba de ese tren, podría morir en cualquier instante.
“Yo tenía mi chavo, y tuve una riña, y tengo los navajazos y todo. Y mi esposa y mi mamá me decían: “oye, ¿y si te pasa algo quién va a ver a tu hijo?, ¿qué onda?,” y como que te empieza a sensibilizar la misma familia… pero el punto clave fue el tener a mi familia. El tener a alguien que ya dependiera de mi.”
A Javier, El Cala, le cuesta más trabajo hablar de su propia catarsis. Aunque ya me invitó una botella de agua en la tiendita el deportivo, todavía mantiene la distancia: “En mi vida hubo un cierto cambio que se podría decir radical, ¿no?, en el año 2000 yo sufro un accidente motociclista. O sea que yo andaba en moto, manejaba moto. Andaba manejando y venía medio intoxicado, ya sabrás, y choqué de frente con un carro. Entonces fui a terminar en el hospital. Estuve tres días en coma y perdí el 85% del movimiento del brazo izquierdo.”
Un año después de ese accidente, El Cala se fue de mojado a Los Angeles. Su sueño era convertirse en un tatuador cotizado, en esa ciudad que le rinde culto a la imagen corporal. Pero lo asaltaron al cruzar la frontera y le robaron todo su equipo. Así no le quedó más remedio que, inspirado en el oficio de sus padres, el de hacer piñatas, aprender a hacer sus propias artesanías en papel maché. El Cala se hizo famoso por las calaveritas que vendía en Venice Beach.
A Carlos, El Chikis, el punto de quiebre le llegó en la cárcel, en donde aprendió el trabajo que hoy le da de comer: “Cuando estuve en el reclusorio tuve que aprender ahí a trabajar, a subsistir, y aprendí el arte de calado en madera. Cortas la cegueta, le das forma a tus cuadros, puedes hacer desde fruteros, portarretratos; tiene muchas cosas ese arte en madera.”
Pero con el resto no fue tan fácil. Enrique recuerda que: “el sensibilizar a la banda sí nos costó un chingo de años. Estamos hablando como de unos 12 a 15 años.”

Bandas Unidas Iztapalapa: un proyecto que cambia vidas

Bandas Unidas Iztapalapa tiene ya casi dos décadas de existencia: “ya 17 años constituidos como una AC, como asociación civil. Diecisiete años y somos la unión de 35 pandillas de aquí, de las colonias aledañas.” Dice Enrique, que además es el coordinador general de la organización: “En promedio somos ahorita 2500 personas, entre pandillas de todas las colonias: Puente Blanco, Francisco Villa, Presidentes de México, Consejo Agrarista, Lomas de San Lorenzo, La Curva, El Triángulo, Las Peñas.”
La música fue la primera actividad que los unió: “El proyecto ya la habíamos contemplado pero habíamos platicado con los líderes de las pandillas, o sea, no habíamos platicado con todas las bandas juntas. Los líderes nos habíamos juntado: “¿qué onda?, tú traes a tu banda. Tú calmas a tu banda… La primera tocada que hicimos aquí fue así como que muy tensa, estuvimos acá, pero ya con las horas nos fuimos relajando, no hubo problemas. Y fue la primera tocada de rock and roll de Bandas Unidas Iztapalapa.”
Una vez que los líderes de las 35 pandillas consiguieron ponerse de acuerdo para realizar actividades recreativas en conjunto, sin pleitos y sin violencia, se dieron cuenta de que necesitaban un espacio físico permanente. Aquel terreno baldío en la colonia Consejo Agrarista, tiradero de basura, de carros desvalijados y animales muertos, era el candidato ideal.
Continúa Enrique: “Posteriormente, la delegación Iztapalapa nos recibe; no me acuerdo quién era el delegado, y le comentamos cuál es el proyecto que tenemos en mente, le dijimos que éramos una organización, que queríamos desarrollar algunas actividades, que teníamos un predio ahí en el barrio, que era un tiradero, que lo limpiamos. Y que qué onda, que se mochara… Yo creo que su primera reacción o impresión fue: “chale, ¿estos güeyes qué van a hacer?, les voy a dar recursos, les voy a dar un poco de material, y se van a drogar y se van a poner hasta su madre, y no van a hacer nada.”
Pero ellos estaban decididos a no desperdiciar una oportunidad más:
“Lo primero que hicimos nosotros con los recursos que nos mandaron… bueno, pedimos obviamente máquinas para que se llevaran todo porque nosotros ya habíamos limpiado pero no nos habíamos llevado todas las cosas.”
Su segunda visita a la delegación fue mucho mejor: “Sale el delegado y nos dice: “Cámara, cabrones. Ahí hay unos millares de tabique, cemento, acá…” “Y lo primero que hicimos, sellamos el perímetro.”
Era sólo el principio del sueño: una cancha de basquetbol y luego un aula de usos múltiples. Pero todavía faltaba algo: ¿cómo aprovechar mejor ese espacio?, ¿cómo evitar que se convirtiera otra vez en un basurero, o peor aún, en centro de reunión para venta y consumo de drogas? Con total entusiasmo y ya sin un asomo de agresividad, Enrique me cuenta:
“Empiezan a salir las propuestas de la misma banda. Propuestas que ellos ya tenían. Por ejemplo, había un tatuador: “qué onda, yo tatúo y se dibujar, y acá”… Pues vamos a enseñar a la banda a dibujar, y la chingada…”
Quienes habían aprendido un oficio en la cárcel, como El Chiquis, comienzan a compartir sus conocimientos con otros miembros de su comunidad: “La gente nos conoce, sabe qué fuimos, sabe que somos chavos banda, pero ahora ya ven otra cosa. Vienen familias, vienen madres, vienen madres solteras. “¿Qué pasó Chiquis, podemos entrar al taller?”, “sí, véngase.”
El Cala, que ahora ya exporta las calaveras (cerca de mil al mes) que hace junto con su esposa Sandra, imparte uno de los talleres más solicitados en el deportivo, el de papel maché.
Alejandra de la Torre, Quirena, la más joven de todos, con 22 años de edad, enseña a madres solteras, amas de casa, niñas y jóvenes, a hacer collares y pulseras con semillas y otros materiales naturales, pintados a mano.
También hay talleres de dibujo, pintura, actividades deportivas y grafitti, el orgullo de la asociación:
“Nosotros fuimos la primera organización del Distrito Federal y de México que hicimos una expo graffitti, un concurso de graffitti hace 18 años y mandamos a unos chavos a Los Angeles,” comenta Enrique.
Actualmente asisten a los talleres cerca de 350 personas cada semana. La idea es que aprendan estos oficios para que después puedan vivir de ellos.
Según El Chikis: “no es necesario irse a chingar allá para aprender ese oficio. Ese oficio es muy bonito. Aquí muchos chamacos lo estudian y les agrada… señoras… yo tengo aproximadamente unas 60 personas que les damos clases y están muy interesados.”
Y aún cuando la delegación no les entrega los recursos económicos para adquirir más material, estos ex chavos banda lo compran de su bolsillo. Continúa El Chikis: “¿para qué?, para que no se perdiera esto. ¿Por qué? Porque para nosotros es muy importante ayudar a nuestra comunidad.”

La despedida

David les ha pedido a todos los talleristas que se suban al puente de los juegos infantiles para tomarles una foto. Primero posan con timidez, pero poco a poco se van relajando y al final hasta lo disfrutan.
El orgullo se les sale por los poros.
Apago la grabadora.
Nos despedimos.
Salgo de ahí mucho más ligera.
Mientras David y yo caminamos hacia la parada del camión que nos llevará al metro Constitución de 1917, pienso que mis prejuicios pequeño burgueses pesaban demasiado, y que se siente muy bien haberse desprendido de ellos… por lo menos en parte. Por lo menos hoy.

Bien reza su lema: “La banda es cultura, no basura”.

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