Lupita Tovar: Pionera del cine


Por Pedro Paunero

 Para Lupita Tovar en su cumpleaños 106

El 30 de marzo de 1932 el cine mexicano por fin habló. Los espectadores de la Ciudad de México acudieron en masa a ver y escuchar la historia de la buena pecadora Santa, en la película de Antonio Moreno, que antes habían leído en uno de los libros que se había mantenido como Bestseller desde las tres décadas anteriores y cuyo autor, Federico Gamboa, presidía la escuela naturalista mexicana cuyo representante más célebre en Europa, Émile Zolá, había escandalizado Francia con sus novelas donde la caracterización de tipos humanos vulgares y sus costumbres licenciosas, en la línea científica detentada por un Darwin (por aquello que tiene de fría descripción) sustentaba toda la historia. La actriz que protagonizaba aquel exitoso melodrama sonoro era una hermosa joven de origen mexicano ya asentada en Hollywood, Lupita Tovar, que llegaba con la experiencia de sus breves actuaciones en películas silentes, en protagónicos papeles en westerns baratos, en esporádicas apariciones en filmes de aventuras exóticas y en iniciáticas e importantísimas cintas de terror, aún con la carga expresionista heredada del cine europeo.

Tres habían sido los experimentos mexicanos anteriores a Santa que indagaban en la sincronización del sonido con la imagen, El águila y el nopal de Miguel Contreras, El inocente, cortometraje que dirigía y en el que también actuaba Carlos Amador (pobre imitador de Charles Chaplin), ambas cintas del año 1929 y el largometraje Más fuerte que el deber de Rafael Sevilla de 1930, pero estas películas se valían de discos Vithaphone que exigían ser reproducidos con altísima precisión en relación con lo sucedido en pantalla y sus resultados eran decepcionantes. Santa irrumpía como la primera película[1] que incluía sonido óptico y representaba el inicio de la independencia del cine mexicano con respecto a los productos de Hollywood y sus extrañas dobles versiones en inglés y español, estas últimas destinadas a la exhibición en España y Latinoamérica como el amplio mercado que realmente constituye para los Estados Unidos. Para remarcar el triunfo del sonido[2] el filme incluía la música y la canción escrita por Agustín Lara que el pianista ciego interpretaba y cantaba dolorosamente a la protagonista que, irónicamente, hablaba con acento chicano haciendo notar que el elenco había sido importado directamente de Hollywood.

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Y es en ese momento de la historia del cine mexicano que la joven actriz entra en escena. Lupita Tovar, nacida en Oaxaca en 1910 fue llevada a Hollywood a los 19 años de edad por Robert Flaherty, el padre del cine de género documental, y participaría en la versión hispana de la novela victoriana Drácula del irlandés Bram Stocker. La historia es conocida entre los historiadores del cine. Durante el día Tod Browning (el legendario director de la monstruosa Freaks cuyos actores constituían verdaderos fenómenos de circo y gran continuador en el cine de la estética del teatro del Gran Guiñol) rodaba la versión en inglés con Bela Lugosi en el papel del Conde y Helen Chandler como su novia Mina, pero durante la noche George Melford, con menor presupuesto, menos tiempo y sin saber una sola palabra del idioma español, rodaba en el mismo set, con técnica más depurada, la versión hablada en español. Lupita Tovar (como Eva, es decir, en la interpretación de la Mina hispana), había aparecido en La voluntad del muerto[3] de Enrique Tovar Ávalos y el citado George Melford, la versión, para el público de habla hispana, de The Cat Creeps (Rupert Julian y John Willard, 1930), película hoy perdida y remake de la silente The Cat and the Canary (Elliot Nugent, 1927). Pero serían ambas cintas de vampiros los títulos que constituirían el principio del auténtico cine de terror a nivel mundial. Lupita, pues, había vuelto a su país de origen para interpretar el papel que, a la vez, la inscribiría en la historia nacional como el arquetipo de la prostituta sufrida y abnegada, repetida posteriormente hasta la saciedad, dejando al otro lado de la frontera una imagen especular distinta, actuando como una chica mexicana ligera y alocada, pero ingenua, cortejada por Gene Autry en el Western de bajo presupuesto Border Law de Louis King (1931) o la misma Eva, dueña de un sexy y transparente guardarropa, de Drácula.

Como sucede con Santa, ambas versiones de Drácula adolecen de actuaciones melodramáticas, excesivas y provocadoras de risa involuntaria. En su naturaleza pionera se inscriben tanto sus defectos como sus virtudes. En el caso de Santa, el guionista Carlos Noriega Hope se encargaría de despojar de todos los elementos naturalistas la obra literaria para acentuar su carácter trágico y sentimental como elemento de fácil digestión para el espectador. La novela de Federico Gamboa repite los ecos de la Manon Lescaut del Abate Prévost y de la Naná de Émile Zola: Una mujer decepcionada del amor se refugia en el burdel, encontrando y desencontrando amantes, protectores adinerados y sufridos admiradores. No fue la única incursión latinoamericana en el naturalismo que indagaba en el tema, Juana Lucero (1902), novela del autor chileno Augusto D´Halmar se había publicado un año antes que la obra de Gamboa y Nacha Regules del argentino Manuel Gálvez había aparecido tardíamente en 1916[4]. La conclusión trágica en estas obras (Manon y Santa) es de un tono insoportablemente moralizante: la muerte, que se antoja castigo, de la protagonista buena –con una notable excepción en Naná, personaje pervertido y corruptor-, pero pecadora al fin y al cabo que la película se encargó de remarcar como en una llorosa herida visual.

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En la trama perversa de Drácula la leyenda recubriría de una endeble gloria el rodaje de la versión hispana debido a la suma de sus propiedades: Una mejor resolución de la historia y la superioridad de la técnica mostrada, la sensualidad de Lupita como Eva o una abierta inclinación hacia un erotismo más libre a pesar del batiburrillo de acentos hispanos (el español cordobés de Carlos Villarías como el Conde, el raro dejo chicano de Lupita, el mexicano de Eduardo Arozamena como Van Helsing, el argentino de Barry Norton como Juan –Jonathan- Harker) que mueven a una comicidad actual no perseguida y que en la película de Browning, por obra y gracia del acento húngaro de Lugosi subrayaba la procedencia extranjera del Conde. Los espectadores de habla española notarían la diversidad del idioma en aquellos actores, acaso pasando este hecho por alto, para quedarse con la historia de miedo y terror e ignorando la fama inicial y el nacimiento de la figura mitológica de un Bela Lugosi como intérprete prototípico de papeles siniestros sino hasta décadas después.

En la historia literaria del vampiro modélico y sus tres amantes vampiras que habitan su mansión o castillo, la hipocresía victoriana –aquél espacio reducido de mansiones, castillos y manicomios-, es resquebrajada por la tensión sexual ejercida por el Conde y las relaciones que este establece con Mina y las demás mujeres vampirizadas, mientras que la historia de Santa reafirma la doble moral mexicana al entregarnos un espejo en el cual reflejar nuestros deseos más íntimos (puertas adentro del burdel) y nuestros rechazos más visibles (de conducta ejemplar externa de cara hacia la sociedad).

De esta manera Lupita Tovar, actriz centenaria, superviviente a través de las varias edades y avatares del cine, abuela de importantes productores en Hollywood[5], se volvió desde entonces y en su silencio posterior como actriz, la dama pionera en estas dos cintas que abrieron camino para una nueva forma de mirar y escuchar la industria y el arte que es el cine en sus dos países y continúa siendo motivo de homenajes, estudios y revisiones de las películas en que participó en el principio de su segundo siglo de vida.

[1] La película de Antonio Moreno es la segunda de cuatro versiones de la novela que se han llevado a la pantalla. La primera es una versión muda de Luis G. Peredo de 1918, la tercera, dirigida por Norman Foster y Alfredo Gómez de la Vega, data de 1943, y la cuarta es una adaptación para la televisión realizada por Emilio Gómez Muriel del año 1969.

[2] El honor corresponde a Joselito Rodríguez quien, para convencer a los productores de que la técnica que utilizaba era similar en calidad a la usada en Hollywood, graba la conversación que sostuviera con estos en secreto en el aeropuerto de Los Ángeles, ciudad a la que se habían trasladado para adquirir el equipo de sonido estadounidense y desistiendo por el alto costo. Rodríguez les haría escuchar la conversación poco tiempo después convenciéndolos de lo eficaz de su procedimiento.

[3] Esta cinta popularizó a Lupita con el apodo de “La novia de México”

[4] María Guadalupe García barragán, Prólogo a Santa de Federico Gamboa. Clásicos de la Literatura Mexicana, Promexa, México, 1979.

[5] Lupita se casó con Paul Kohner, productor asociado de Drácula junto al legendario Carl Laemmle Jr. Sus nietos son los productores Chris y Paul Weitz, responsables del éxito de American Pie (1999), por ejemplo.

Pedro PauneroPedro Paunero. Novelista, cuentista, ensayista y crítico de cine nacido en Tuxpan, Veracruz en 1973. Ha publicado la novela Labellum (Minimalia Erótica/Ediciones del Ermitaño, México, 2008). Cuentos suyos han aparecido en las revistas Axxón y Próxima (Argentina), Korad (Cuba), Tiempos Oscuros y Alfa Eridiani (España), Hontanar (Australia), OjOs, del Museo de Arte Erótico Americano (Colombia), y El Café Latino (Francia), así como en diversas antologías (Cuentos de Barrio, Lectórum, 2012). Escribe crítica de cine en el portal Correcamara.com y la revista Cine Toma y ha participado en Dos amantes furtivos, cine y teatro mexicanos, libro coordinado por Hugo Lara. Algunos de sus cuentos y ensayos han sido traducidos al catalán, al inglés y al francés. Ha ganado dos veces el primer lugar del premio Tirant lo Blanc del Orfeó Catalá de la Ciudad de México y el Premio Miguel Barnet que otorga la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana.

 

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