El gabinete de Bibiana: Mal de mar


Por Bibiana Camacho



Luego de pagar el paseo para ver ballenas, el biólogo, al menos eso dijo que era, nos informó que teníamos que llegar temprano al día siguiente y que el paseo podía cancelarse pues las condiciones del tiempo eran caprichosas, además, agregó, es año bisiesto y el mar se pone particularmente voluble.
No me gusta molestar a los animales, detesto que la gente tenga aves enjauladas, no visito zoológicos, ni me interesa un safari. Tampoco me entusiasmaba el hecho de andar persiguiendo ballenas, pero Joaquín me convenció. Sólo las veremos de lejos, me dijo, seguramente será un gran espectáculo, además te encantan.

El día siguiente amaneció nublado, mientras desayunábamos el cielo se despejó con cierta pereza. Las nubes se dispersaban poco a poco, pero el cielo no era azul claro como el día anterior, parecía gris azulado. El sol, que en días anteriores ya estaba esplendoroso a las siete y media de la mañana; ahora lucía anaranjado, brumoso; como si no quisiera hacer su trabajo, indolente.
Pensé que cancelarían el viaje, otras dos parejas esperaban noticias afuera de la agencia de viajes. El biólogo nos hizo pasar a su despacho y nos dijo que esperaríamos una hora más, para que el Servicio Meteorológico nos confirmara definitivamente si podíamos hacer el viaje o no. Yo me sentí aliviada, en el fondo no me apetecía. ¿Qué necesidad de invadir los espacios de los animales? Ya bastante espacio del planeta habíamos ocupado.

Cuando nos confirmaron que partiríamos, Joaquín y yo fuimos por un par de botellas de vino al Oxxo de al lado. El biólogo nos dijo que en la embarcación habría una hielera y alimentos. Sólo que si bebíamos no podríamos meternos al mar. Joaquín no sabe nadar y yo aún no decidía.
Una camioneta nos llevó hacia un embarcadero. Nos subieron a una amplia embarcación que poco a poco se llenó de adolescentes de una escuela, acompañados de tres maestros.

Nuestra idea de un paseo tranquilo se esfumó, las otras dos parejas pensaban lo mismo pues intercambiamos miradas de resignación.

Desde que zarpamos, los chavos se acomodaron en la proa del barco. Pusieron música a todo volumen, se quitaron la ropa y quedaron en traje de baño. Durante varios minutos el viaje transcurrió en paz. El mar tranquilo, el cielo medio nublado, pero con rayos de sol en el horizonte que le daban al escenario un aspecto paradisiaco. Entre más nos adentrábamos, observamos rocas enormes, de color acre, con orificios peculiares que parecían emerger de las profundidades del mar, como monstruos hechos piedra por una Medusa marina.

Pronto olvidamos a la chaviza, a su música, al zangoloteo de la embarcación. Además durante varios minutos el sol se posó sobre esas rocas y nos dio un espectáculo maravilloso de color.

Mis dudas se habían disipado por completo, iba a ver a la ballena gris, quizá con alguna cría, estaba ansiosa por llegar a nuestro destino y no dejaba de observar absolutamente todo a mi alrededor. Por si fuera poco el aire se había tornado más ligero, como si el oxígeno que respirábamos lograra purificar los pulmones, el cerebro.

Abrimos una botella de vino, convencidos de que no nos meteríamos al agua. De pronto todo oscureció. Las nubes cubrieron el sol por completo, no era la primera vez que ocurría durante el viaje, y yo esperé con paciencia a que las nubes se dispersaran de nuevo. Pero no ocurrió. La embarcación empezó a brincotear porque el mar se puso bravo. Nos detuvimos como pudimos de los barandales y los chavos se carcajeaban de sus compañeros que intentaban trasladarse de un sitio a otro sitio e invariablemente caían.

El cielo se nublaba cada vez más y el mar se meneaba tanto que las olas nos empapaban. Los chavos se replegaron y sus maestros los invitaron a ajustarse correctamente los salvavidas que varios ya se habían quitado. Una de las parejas que viajaba con nosotros se abrazaba, asustados, la chica lloraba.

El supervisor que hasta ese momento había permanecido en la cabina de la embarcación, nos dijo que estábamos pasando por una zona de rompiente, pero no se preocupen, será breve, aseguró.

El ambiente en la embarcación se tornó más tenso. Poco a poco se hizo el silencio. Escuchábamos el sollozo de alguien, un grito aislado cuando una ola nos empapaba. Ya no nos podíamos levantar. Estábamos aferrados a los barandales y con las nalgas brincoteaado en los asientos de tanto golpe. La maestra de mayor edad recomendaba a sus alumnos no levantarse solos, auxiliar a sus compañeros y de preferencia mantenerse todos sujetos, abrazados, en grupo compacto. En cambio la maestra más joven lloraba abrazada del maestro que vestía, hasta ese momento me di cuenta, inadecuadamente para un paseo de esa naturaleza: pantalón de casimir, camisa a rayas y zapatos de vestir que seguramente por la mañana estaban bien lustrados.

Joaquín y yo nos habíamos acabado la botella, y aunque no estábamos ebrios, pensamos que la situación se calmaría pronto e insistíamos en observar el horizonte, en busca de alguna ballena que se asomara entre las olas. Entonces nos dimos cuenta que el horizonte y todo a nuestro alrededor era completamente gris y brumoso, tanto, que ya no lográbamos ver las rocas que tanto nos habían fascinado antes.

–Aquí ya no hay más rocas, ¿verdad? –le pregunté al conductor, todavía confiada.

–Claro que hay, pero… –el supervisor le dio un codazo y se acercó a nosotros.

–No, a estas alturas ya no hay nada.

–Quizá lo mejor será regresar, ¿no crees? –dijo Joaquín. Nadie nos contestó, luego nos enteraríamos que el conductor llevaba ya algunos minutos tratando de regresar sin lograr dar con la dirección adecuada y mucho menos controlar la embarcación.

–Oye, ¿y si el biólogo tenía razón con eso del año bisiesto? –Joaquín me miró durante unos segundos y nos carcajeamos al mismo tiempo. Justo en ese momento, una ola particularmente grande nos cubrió por completo. Todos gritamos. La maestra de más edad ordenó:

–¡A numerarse todos, ahora! –Las voces de los muchachos empezaron a escucharse, algunas fuertes, la mayoría temblorosas y llorosas. A cada rato se equivocaban, repetían la numeración, siempre faltaba uno, pero nunca era el mismo. Y tenían que empezar de nuevo.

–Falta Regina, –gritó una joven. –¡Reginaaaaaaa! –gritaron varios. Pero Regina no contestó. –¡Se cayó!, ¡Regina se cayó!

El supervisor, desesperado, se masajeó los cabellos. La maestra se las arregló para acercarse al conductor, le gritó que regresara, que alguien hiciera algo, que se lanzara al mar. El conductor, todo tranquilidad, le dijo:

–Señora, hace rato que no nos movemos, el motor está en marcha, pero las olas llegan por todas partes, no nos dejan movernos.

El maestro se quitó los zapatos, parecía dispuesto a lanzarse para buscar a Regina, la maestra le pidió que no lo hiciera y ordenó una vez más que todos se mantuvieran juntos, bien agarrados, con los chalecos ajustados. Pero él no la escuchó, se quitó los pantalones, el chaleco salvavidas y la camisa. Como pudo llegó a la popa. Giró su cabeza hacia nosotros, pero yo creo que ni siquiera nos vio, tenía los ojos extraviados y una especie de felicidad se reflejaba en su rostro. Entonces saltó.

Gritos por todas partes, llantos. La maestra era la única que parecía mantener cierta calma. Ordenó que se contaran de nuevo, pero nadie la escuchó.

Luego de unos minutos la pareja que antes había permanecida abrazada, siguió al maestro. Repitieron las mismas acciones: se quitaron el salvavidas, las bermudas, las playeras. Y, tomados de las manos, se lanzaron al mar, no sin antes lanzarnos esa mirada vacía, con una expresión alegre, casi en éxtasis.

–Necesito el otro vino Joaquín, –pero él ya tenía esa mirada extraña, ausente y despreocupada, –¡Joaquín! –lo sacudí con las uñas enterradas en su piel hasta que reaccionó.

–¡Me lastimas!– gritó, pero volvió a la normalidad, exhalaba miedo una vez más.

No sé cuánto tiempo estuvimos ahí. El conductor trataba de maniobrar la embarcación, el supervisor no lograba comunicarse por radio. Joaquín y yo nos abrazamos y permanecimos con la cabeza gacha, a la espera de la ola que nos arrojaría al vacío. De vez en cuando escuchábamos que alguien se lanzaba al mar, pero ya nadie gritaba, acaso se escuchaba un débil lamento.
Alguien nos rescató pasada la media noche. Recuerdo gritos, las luces potentes de linternas que me lastimaban los ojos, el ruido de un motor, sollozos. Alguien me quitó a Joaquín de los brazos. Luego nada.
Desperté en el hospital, aturdida, mareada. Sentía que todavía estaba en alta mar, todo se movía, tardé meses en recuperar el equilibrio por completo. Joaquín lo recuperó antes.

Nos enteramos por el biólogo que la mitad de los estudiantes, la maestra joven y el supervisor se lanzaron al mar. Nos dijo que lo que nos ocurrió se llama mal de mar, una irresistible atracción hacia el fondo del mar, una atracción suicida que se presenta en las tormentas.

–Es como si las sirenas te llamaran, –dijo el biólogo con una mal disimulada sonrisa en los labios,– hacía décadas que no ocurría y a mí nunca me había tocado. – Parecía divertido. Joaquín le dio un puñetazo, que lo tumbó al suelo. No era gracioso.

BIBIANA CAMACHO. EDITORA DE PRODUCCIONES EL SALARIO DEL MIEDO. CO GUIONISTA DE LA OTRA AVENTURA DIRIGIDO POR EL ESCRITOR RAFAEL PÉREZ GAY Y TRANSMITIDO POR CANAL 40. ALGUNOS DE SUS CUENTOS ESTÁN INCLUIDOS ANTOLOGÍAS COMO ANUNCIOS CLASIFICADOS (CAL Y ARENA, 2013) Y CIUDAD FANTASMA I (ALMADÍA, 2013), ENTRE OTROS. SUS LIBROS SON: TU ROPA EN MI ARMARIO (JUS, 2010), TRAS LAS HUELLAS DE MI OLVIDO (ALMADÍA, 2010) Y LA SONÁMBULA (ALMADÍA, 2014). PREFIERE TOMARSE FOTOS CON LOCOS Y MARGINADOS PORQUE LA GENTE DECENTE SUELE SER UNA MIERDA.

 

 

 

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