3 de octubre

Se siente como si el Diablo mismo soplara desde la puerta del Infierno, porque sólo el aliento de un demonio enfurecido puede levantar tanto fuego en tan poco tiempo. Es un aire seco, rasposo, como un abrazo de arena; un aire cargado de presagios y malos augurios. Llegan en otoño, a veces en primavera, y dejan la región sembrada de incendios y premoniciones. Los antiguos les llamaban vientos de brujas; en la región se les conoce como vientos de Santa Ana.

(Pie de página del diario de Amber Aravena. En Vientos de Santa Ana, de Daniel Salinas Basave).

Por Irma Gallo

Un político excéntrico, que colecciona animales salvajes y es dueño de casinos en Tijuana manda matar a un periodista que le empieza a ser incómodo. La historia suena demasiado parecida a la de Jorge Hank Rhon y Héctor “El Gato” Félix Miranda para ser sólo una casualidad. ¿Por qué Daniel Salinas Basave (Nuevo León, 1974) elige utilizar nombres inventados (Alfio Wolf e Hilario “El Gato” Barba, respectivamente) para estos dos personajes en su novela Vientos de Santa Ana (Literatura Random House, 2016)?

El ganador del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen por Días de Whisky malo responde vía correo electrónico: Lo hice precisamente por trazar la frontera entre periodismo y literatura. Por ello le tomé la palabra a las enseñanzas de Federico Campbell. El epígrafe de Federico que incluyo en la primera página lo explica todo: la verdad sólo pude refugiarse en un periodismo novelado. A veces es preciso recurrir a los recursos de la narrativa literaria para llegar a una verdad más profunda. Yo estoy en deuda con Campbell. Si me fuera dado pedirle un deseo al genio de la lámpara, sería que Federico hubiera podido leer esta novela. No temo a represalias o al menos no estoy pensando en eso, pero al usar otros nombres quise dejar claro que Vientos de Santa Ana es, pese a todo, una novela y que en esas páginas hay licencia para fabular.

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Federico Campbell

No es la primera vez que Salinas Basave se ocupa de Jorge Hank Rhon; colaborador en la revista Gatopardo, ya había publicado ahí un perfil del folklórico personaje, hijo del profesor Carlos Hank González, cuya frase: “Un político pobre es un pobre político” resume el espíritu del ¿viejo? PRI.

La tarea periodística, considero, ya está hecha y en algún momento topó con pared, llegó a una vía muerta. En efecto, publiqué ese perfil en Gatopardo de diciembre de 2011 que se llamó En el nombre del padre. Dicho perfil fue el cimiento para un libro llamado La liturgia del tigre blanco que publicó Océano en 2012. En ambos casos agradeceré por siempre el apoyo y la confianza que me tuvo Guillermo Osorno. La liturgia fue un libro de reportero en donde cada párrafo es resultado de una entrevista, un testimonio, un documento o una experiencia vivencial. Fue un libro tal vez demasiado neutral en donde acaso abusé de la imparcialidad a ultranza. Cuando publiqué Tigre blanco ya existía el cimiento de Vientos de Santa Ana; con ese nombre y esos personajes. La liturgia es la historia de lo que fue, dentro de los límites del periodismo. Vientos en cambio es la historia de lo que pudo haber sido, pero la imaginación y la capacidad de fabular, a diferencia del periodismo, no tienen riendas que las limiten. El esqueleto de la novela vivió un largo invierno en su cueva, pero el duende canijo no me dejaba tranquilo. Aún inmerso en otros proyectos demandantes, la novela era un espectro que no dejaba dormir y exigía ser terminada, así que a finales de 2014 volví a meterle mano. Me costó horrores recuperar el tono y ser fiel a su rabia original. De todo lo que hasta ahora he escrito, ningún trabajo me ha generado tantas dudas y sentimientos encontrados como Vientos de Santa Ana.

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Jorge Hank Rhon

En la novela, que resultó finalista del Premio Mauricio Achar 2015, hay una crítica feroz contra el mundo del periodismo: los egos elevados a pesar de los sueldos de miseria, el anhelo de inmortalidad por encima del interés genuino por las personas entrevistadas; incluso Daniel Salinas Basave hace una caracterización de los tipos de reporteros comparándolos con los tipos de prostitutas, ¿hay algún resentimiento contra el gremio?, ¿es necesario revisar la manera en cómo está constituido el medio periodístico en México?, le preguntamos.

En efecto, hay una crítica feroz, una rabia descarnada que en este momento no siento, pero que sí siente mi personaje, Guillermo Demian, quien es un pobre Sísifo empujando la ingrata piedra del reporterismo y está furioso. Está francamente hasta la madre. Quise ser fiel a esa rabia, no bajar los decibles del hard core narrativo. Empecé a escribir Vientos de Santa Ana en un momento particularmente oscuro y extremo. Eran los años más violentos en la historia de Tijuana, Jorge Hank Rhon competía por la gubernatura y yo pateaba la calle con el puño cerrado. Cuando hablo de las muchas dudas que me generó esta novela, quizá la principal es que de pronto me di cuenta que el gran villano de la historia es el periodismo como tal. En las historias donde el reportero es el héroe, a menudo tenemos un personaje que es una suerte de abnegado Quijote justiciero cuya humilde espada de la verdad puede derrumbar a un poder amafiado. Vientos de Santa Ana es la antinovela de periodistas. Aquí hay un retrato muy crudo, realista y descarnado del oficio reporteril. Nada de romanticismos ni héroes idílicos. En el mejor de los casos el motor que mueve el oficio es el ego, la canija sed de trascendencia y reconocimiento, como le sucede a Guillermo Demian. En el peor de los casos, es corrupción vil y lucha por una pordiosera supervivencia. No tengo ningún resentimiento con el gremio ni con el oficio aunque muchas veces lo he odiado (confieso que ahora no lo odio porque ya no lo ejerzo de tiempo completo, pero si vuelvo sin duda me volverá brotar la rabia). Empecé a trabajar en El Norte de Monterrey hace 20 años. Mucha de la gente que conozco y con la que convivo son reporteros. Veo sus vidas, sus orígenes y las bifurcaciones que han tomado sus caminos en esta época tan turbulenta para el oficio, no sólo por la impunidad y las agresiones, sino por la intempestiva transformación de las reglas del juego. El Réquiem por Gutenberg ha arrastrado muchas vidas. De pronto veo el cuadro completo y pienso en una versión moderna de Las ilusiones perdidas de Balzac. En el periodismo he conocido gente extraordinaria, y la considero extraordinaria precisamente por contradictoria, por bipolar, por estar llena de claroscuros. Hay gente que pese a todo, es admirable. Claro, he conocido también gente muy vil, el non plus ultra de lo abyecto. El oficio da para todo.

YO EN LA SALA DE LECTURA
Foto: Cortesía del autor

El periodismo y yo estamos en paz

Después de reconocer que le debe mucho al periodismo, y que ninguna escuela de escritura creativa le hubiera dado lo que le dio “patear las calles de Tijuana como reportero”, el autor de El lobo en su hora confiesa:

Ser reportero me dio mucho pero también me quitó mucho. Tal vez mi rencor con el periodismo fue que probarlo fue el equivalente a iniciarme en una droga dura que me apartó del camino literario. Nunca dejé de leer, eso sí, pero siendo reportero no pude emprender ningún trabajo literario con un mínimo de constancia. Yo en 1996 estaba en el punto en que estaban los escritores de mi setentera generación. Acudiendo al taller de Rafael Ramírez Heredia, publicando mis primeros textos, escribiendo una novela que marchaba por muy buen camino pero se me atravesó el periodismo y la literatura se fue a la mierda. Fue como hacerme adicto a una suerte de cocaína. De 1997 a 2009 no publiqué y ni siquiera terminé nada que no fueran notas, reportajes, crónicas o columnas en papel periódico. No viví la etapa de Tierra Adentro ni de los premios para jóvenes escritores y ni tuve el tiempo ni me pasó por la cabeza pedir una beca, pero al mismo tiempo viví muchas cosas. En septiembre de 2001 estaba reporteando desde los escombros de las Torres Gemelas y ya para entonces había hecho algunas coberturas importantes. En ese entonces mi máxima ilusión era poder ir una guerra, hablarme de tú con el infierno. Lo admito, Vientos de Santa Ana es mi ajuste de cuentas con el periodismo. Le pagué una deuda pero le cobré una factura. Estamos en paz. Lo más probable es que nunca volveré a escribir un libro así.  

Sin embargo, en esta novela también hay una crítica (o al menos un guiño irónico) con respecto a la Sociedad Interamericana de Prensa, Reporteros sin Fronteras y la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, así que la pregunta pertinente sería: ¿habría que revisar a quien “encumbran” estas asociaciones, es decir, a quien dan la palabra en sus congresos, mesas redondas, etc., sobre libertad de expresión?

Bueno, en este caso debo puntualizar que organizaciones como Reporteros sin Fronteras, Sociedad Interamericana de Prensa, Fundación Nuevo Periodismo son a menudo los mayores luchadores contra la impunidad cuando de atentados a la libertad de expresión se trata, y también los mayores promotores de la dignidad en el oficio. Yo fui becario de la Sociedad Interamericana de Prensa en Argentina y para ellos sólo tengo gratitud. Cada cierto tiempo releo Los cínicos no sirven para este oficio de Ryszard Kapuściński y ahora releo una y otra vez Zona de obras de Leila Guerriero y vuelvo a emocionarme, y concluyo por enésima vez que este oficio, pese a todo, es una dignísima trinchera de quijotes.

Pero luego me pongo a pensar en cómo trabajan ciertos medios que se envuelven en banderas de dignidad, y concluyo que el primer enemigo de un reportero en México suele ser la empresa para la que trabaja. Sé muy bien cómo funciona el negocio en Tijuana y no por oídas o rumores. Como reportero puedes tener las mejores intenciones y jugártela a muerte por la verdad, pero trabajas para una empresa que ante todo tiene intereses y cuyo dueño, por regla general, no es un periodista.

El gran problema en México es que la supervivencia de la inmensa mayoría de los medios tradicionales de todos los tamaños no puede explicarse sin el dinero público. Si los destetas de la ubre presupuestal se mueren de inanición. En los últimos años han brotado no pocos medios alternativos, casi todos en internet, lo cual me parece muy sano. Algo está cambiando. Estamos inmersos en una zona de turbulencias, una encrucijada o un río revuelto donde hasta ahora pocos pescadores han ganado, pero muchas bestias prehistóricas están perdiendo y eso es bueno. Los reporteros tenemos que innovar. El freelanceo está en pañales en este país, pero algo puede hacerse. Insisto, algo está cambiando y veo un poco de luz.

 

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¿Guillermo Demian o Amber Aravena?

Mientras Guillermo Demian, el reportero-bloguero de Tijuana viaja a Jalisco con unos viáticos magros (por usar un eufemismo) que le ha dado el periódico para el que trabaja, El Bordo, con tal de perseguir la que piensa será la historia de su vida (que el asesino material de “El Gato”Barba confiese que fue Alfio Wolf quien le dio la orden), la periodista chilena Amber Aravena puede gozar de una botella de Casillero del Diablo en la habitación del hotel donde se hospeda a cuenta de la revista para la que colabora como free-lance. ¿Con cuál de los periodistas se identifica más su creador?

Como Flaubert con Emma Bovary (toda proporción guardada) puedo decir “Amber Aravena ce moi”.   Amber es un personaje recurrente que aparece en otras tantas narraciones. En un cuento llamado Lo que yace en el vientre de Amber Aravena publicado en mi libro de cuentos Cartografías absurdas de Daxdalia (Cecut-Conaculta 2013) narro algo de su infancia en Temuco, su vida en Valparaíso y su exilio a una playa en Los Cabos. Es un personaje totalmente imaginario cuya historia se me ocurrió por vez primera en una playa de Cabo San Lucas y fue hasta años después que visité Valparaíso y mi familiaricé con su tierra natal. En la novela Amber es la mirada externa, necesitaba alguien que fuera capaz de sorprenderse y alucinar con lo que a los reporteros tijuanenses nos parece ordinario.

En la vida real no pocas veces fungí como guía de periodistas extranjeros que venían a hacer reportajes sobre Tijuana, una suerte de Virgilio que los paseaba por círculos del infierno y me daba cuenta que ellos quedaban pasmados por cosas frente a las cuales los bajacalifornianos estamos como anestesiados.

Además, con Amber quise mostrar al periodista narrador de largo aliento, corredores de fondo que tienen el tiempo y el espacio para hacer crónicas profundas. Guillermo Demian es el soldado que debe entregar cinco notitas diarias siempre con la pistola del cierre en su cabeza y su vida representa la de la inmensa mayoría de los reporteros en México, mientras Amber es una cronista que publica en revistas tipo Gatopardo, Malpensante o Etiqueta Negra que se pueden dar el lujo de apostar por pulcras piezas de periodismo narrativo.

A continuación, un guiño de ex reportero a reportera; de Daniel a quien esto escribe; de Tijuana hasta la Ciudad de México:

Yo creo que Amber estaría feliz con La Libreta de Irma, totalmente identificada contigo y con tu forma de trabajar. Tal vez serían buenas amigas. No dudo que quisiera emprender una Libreta de Amber.

Por lo que respecta a Guillermo Demian, quien también aparece en otros relatos, es, – usando la expresión de Abad Faciolince- mi exfuturo.

En muchas cosas Guillermo Demian es ante mí (empezando por el nombre) lo que Emilio Renzi es a Ricardo Piglia, aunque él fuma mucho y yo no. Él es bastante crápula y yo me he vuelto un hombre de familia que se acuesta temprano (ya no cierro los bares ni hago tantos excesos, diría Sabina). Él está rabioso y encabronado con la vida y yo en cambio estoy bastante en paz.

Amber va a seguir apareciendo en otras historias, de eso estoy seguro, pero con Guillermo voy a tener ahora que inventar una historia zombi o vampírica para poder resucitarlo (perdón por el spoiler).

Cuando entrevisté a Daniel Salinas Basave en Tijuana, durante la pasada Feria del Libro, me dijo, medio en broma medio en serio, que en este país para que te publiquen tienes que vivir en la Roma o en la Condesa. Por eso, para cerrar esta entrevista quise saber si el haber quedado finalista en el Premio Mauricio Achar con Vientos de Santa Ana, cambió en algo su percepción.

Los premios son importantísimos, tan es así que en este momento me están dando de comer y me permiten seguir dedicándome de lleno a la escritura. Dicen que cada quien habla como le va en la feria y a mí me ha ido extraordinariamente bien, así que lo coherente es que hable maravillas de los premios. Los premios literarios son como las series de penales en el futbol, una suerte de ruleta rusa. Pese a las críticas que nunca faltan, creo que los premios siguen siendo la plataforma más democrática e igualitaria para un escritor en México. Digan lo que digan ahí sólo compiten tus párrafos, tu prosa, tus personajes, tus ideas y no tus relaciones públicas ni tus cartas de recomendación. Compites en una cancha casi siempre pareja y lo que gana es el libro, no la persona.

 Yo he tenido fortuna y se me han alineado los astros pues de octubre de 2014 para acá he ganado cinco premios, más el segundo lugar del Mauricio Achar-Random House que ganó mi jovencísima colega Aura Xilonen. En este caso la gran recompensa fue poder publicar Vientos de Santa Ana en esa editorial. En otros premios la publicación tarda mucho o la debes negociar por tu parte, pero el apoyo económico es significativo. Vaya, hay premios que bien administrados te rinden para vivir un año o seis meses y al fin he podido ahorrar un poco de dinero.

Yo ahora me siento afortunado de poder ser un papá de tiempo completo y ver a mi hijo crecer (si siguiera siendo reportero me limitaría a verlo dormido en las madrugadas) y poder tirarme a matar por la escritura.

Más buenas noticias han llegado con estos premios: la próxima publicación de otros libros que Daniel ya tenía escritos pero que no creía que verían la luz pronto.

El lobo en su hora. La frontera narrativa de Federico Campbell, ensayo que ganó el José Revueltas del INBA, está por entrar a imprenta con el Cecut. Dispárenme como a Blancornelas, libro de cuentos que ganó el premio de La Paz, ya está en el catálogo de Nitro Press y cualquier día de estos Mauricio Bares me enviará sin duda el ejemplar impreso. Días de whisky malo, el libro de cuentos que ganó el Gilberto Owen, saldrá editado con la Universidad Autónoma de Nuevo León, seguramente en otoño, lo mismo que Bajo la luz de una estrella muerta, ensayo que ganó el Sor Juana Inés de la Cruz y que publicará el Foem.

Aunque siempre hay un “granito en el arroz”:

El único que está en el limbo es Cartógrafos de Nostromo, que ganó Malcolm Lowry del INBA en 2014 y no veo para cuándo se publique.

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Foto: Cortesía del autor

Sobre el centralismo del que no escapa la industrial editorial mexicana, Daniel se permite una broma:

Vivir en la Roma o en la Condesa no es estrictamente necesario (también se vale vivir en Coyoacán o la Nápoles para ser tomado en cuenta, siempre y cuando seas hipster, ja, ja).

Aunque inmediatamente cambia el tono de su respuesta para dejar en claro que vivir fuera de la Ciudad de México sí representa un obstáculo para algunos narradores:

Ya en serio. Creo que los 3 mil kilómetros que separan a Tijuana de la CDMX siguen pesando, pese al internet y las redes sociales. Desde luego es más complicado escribir desde aquí, pero tampoco es como trazar letras en la arena del desierto. La verdad es que poniendo las cosas en la balanza ha sido mucha más la gente que ha sido generosa conmigo y me ha apoyado desinteresadamente, como tú. En mí solo hay gratitud. Por ejemplo, Sergio González Rodríguez, de quien soy un devoto lector desde hace más de una década, me dio la sorpresa de mi vida cuando reseñó Vientos de Santa Ana en su columna, o Élmer Mendoza, a quien sigo novela a novela desde Un asesino solitario, y que generosamente aceptó escribir el prólogo de mi ensayo El lobo en su hora.

 

El chico que llegó de Monterrey a Tijuana para probar suerte como reportero y ahí formó una familia y una carrera literaria está viviendo un buen momento y lo está disfrutando:

Disfruto leyendo (he leído extraordinarios libros escritos por colegas de mi generación como Huesos de San Lorenzo de Vicente Alfonso, Los últimos hijos de Toño Ramos o Méjico de Ortuño). Disfruto estando con mi familia e inventando nuevas cosas. Ignoro lo que vaya a pasar en el futuro pues a lo mejor me muero esta noche, pero pase lo que pase no voy a olvidar nunca estos últimos años. Me quedo con lo bueno, que es muchísimo.

La rabia y los demonios se han quedado atrapados en Vientos de Santa Ana. La escritura cumplió con su función de exorcista.

 Al final yo soy sólo un lector que en algún momento se ha ganado la vida como reportero y todo los demás ha llegado solito, por añadidura, como una consecuencia inevitable de leer y reportear. Los caminos de la vida no son como imaginaba, pero el que he elegido es el más fascinante y lo mejor de todo, es que lo sigo caminando.

Vientos de Santa Ana

Daniel Salinas Basave

Literatura Random House

206 páginas.

 

 

 

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