Mecenas. (Los días de Sir Edward James en Xilitla)


Por Pedro Paunero

Con ojos trastornados el pintor lo miró y le dijo:

-Buñuel se encarga de reunir todas las películas de propaganda republicana que se han rodado en España… –luego se inclinó sobre la mesa y en tono confidente le susurró-. Pero también hace otras tareas para la República, aquí, en París…

El inglés enarcó las cejas, sin dejar de mirarle.

-Dígale a Buñuel que le tengo una propuesta… Cítele en la Rôtisserie Périgourdine… donde ustedes almuerzan…

Buñuel llegó hasta la mesa, Dalí se dirigió a él.

-Te presentó a Sir Edward James… descendiente de reyes… a él también le agrada Gaudí. Y me ha comprado la producción total para este año…

-Don Salvador me ha hablado de sus servicios a la República y quiero ayudarle. Tengo, en un aeropuerto checoslovaco, un bombardero ultramoderno. Sé de la necesidad de los republicanos de estas naves. Lo único que pido a cambio es que ustedes, a través del Tribunal Internacional de la Haya, me faciliten el préstamo de algunas obras maestras del Museo del Prado, con las cuales organizaré una exposición en París y en otras ciudades.

Buñuel escuchó, interesado.

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-La cuestión es simple y siempre garantizada: si los republicanos ganan la guerra las obras vuelven al Prado, si no, quedarán como propiedad de la República en el exilio.

Sir Edward James no obtuvo el préstamo, a pesar de los reiterados esfuerzos de Buñuel. Se hablaba y se temía de lo qué podría decir la prensa acerca de los republicanos. De que se les señalaría como mercaderes del arte a cambio de armas. De que lo habrían malbaratado.

Cuando, decepcionado, escapando de la guerra, dejó Europa para instalarse en Estados Unidos, le acompañaba la presencia de varias amistades, a muchas de las cuales había servido de mecenas. Siempre se consideró un artista surrealista. El sueño concretado en obra de arte le subyugaba. A Dalí le encargó diseñar un Teléfono-langosta funcional, para su casa. Compró varios Picassos. Respetaba a Man Ray, el dadaísta que fotografiaba deseos; montó una obra de Bertolt Bretch y Kurt Weill que hablaba de pecado y había facilitado a Magritte su casa de Londres quién retrató su espalda en La Reproduction Interdite[1]. Edith Sitwell le presentó a Dylan Thomas a quien financió por un tiempo. Dalí le contactó con Freud a quien le dijo que mientras los otros surrealistas fingían, James, el más loco, en realidad hacía. En Taos, Nuevo México, conoció a D. H. Lawrence y Aldous Huxley. Y fue Huxley, que alrededor de 1940 realizaba guiones para Hollywood, quien le introdujo en el movimiento hindú de Krishnamurti. También entabló amistad con Thomas Mann y Erich Fromm; este último le invitó a pasar algún tiempo en la colonia estadounidense de Cuernavaca, Morelos, en México.

xilitla

Otros sueños, hechos lienzos, descubrió. La obra de Remedios Varo le hablaba visualmente de un universo extraño, ajeno, donde el movimiento crea seres que flotan, que se mantienen en vilo, en haces de luz, sobre cabellos, sobre ruedas.

Tanto sueño, tal fuerza de creación, le escocía en las manos. Tras uno de esos sueños, en 1944, recorrió México. Iba tras las esculturas florales oníricas, siguiendo la pista de la belleza epífita encubierta en la selva, en las altas ramas de los árboles, las orquídeas, que le sedujeron como a tantos varones con sus formas femeninas, con ardientes y sugestivas morfologías, con colores imposibles y aromas embriagantes.

Andando así conoció al fotógrafo y operador de telégrafos mexicano en su propia oficina. El operador le tomó por un turista pobre y le indicó dónde debía abordar un autobús de segunda línea.

-¡Oh, no, gracias!– Expresó el educado inglés-. Tengo auto.

Un chofer apareció conduciendo el Lincoln Continental de Sir Edward. El telegrafista y él ya no se separaron.

Cuando una insólita helada destruyó su orquideario un pensamiento alterno comenzó a tomar forma. Decidió tener un zoológico.

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Edward James en Xilitla

Ahí, en Xilitla, durante la marcha a través de la geografía de la posibilidad, en el estado mexicano de San Luis Potosí, se internó en la selva. Conducido por las visiones que el hongo alucinógeno, carne de dios, le indicaba, en Las Pozas, mientras nadaba, descendió un afluente de mariposas que cubrió la cañada con aleteos vagos. Irradiaron colores. Un manto que chorreó alas.

-El símbolo de Psiquis –debió pensar-, la conciencia pero también el sueño… Aquí… Aquí ha de ser.

El telegrafista también era arquitecto aficionado. Y, como el inglés, también un soñador. O un visionario. Un par de visionarios. Plutarco Gastelum, mestizo, descendiente de españoles e indígenas yaquis le secundó en todos sus proyectos. Fue él quien rediseñó una y otra vez una casa hasta lograr hacerla parecida a las fantasías de Sir Edward. Le llamaron El Castillo, residencia de James en el pueblo, donde puede apreciarse el fresco que Leonora Carrington le pintó.

Es probable que el inglés y el mexicano se imitaran mutuamente.

-¡El gringo loco! –susurraban los lugareños.

Sus albañiles, siempre contratados entre los vecinos del pueblo, vaciaban el concreto sobre moldes de madera. A veces las fantasías se sucedían en su mente, vertiginosas, y dejaba algún proyecto anterior a medio terminar. Otras veces, dudaban que ese puente sobre la cañada y los riachuelos lograra mantenerse en pie.

-Se caerá –opinaban los mirones, los pobladores, hasta los constructores-. Son sueños… y los sueños desaparecen…

Desde países lejanos donde solía viajar, a través del correo, llegaban nuevos diseños extraídos de las noches turbadas. Carpinteros armaban moldes de madera, albañiles vaciaban concreto, levantaban varillas, y cuando regresaba, su fiebre les envolvía y contagiaba con furia a todos. Una civilización onírica se levantó en la selva. Sin muros. El jardín se derramaba sobre cada estructura, las plantas la cubrían o las estructuras lo penetraban.

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Se levanta ahí, en un pueblo al que puso significativamente y por primera vez en el mapa, uno de los pocos vestigios de arquitectura a medio camino del arte surrealista y el kitsch que las guías turísticas han bautizado como la Shangri La mexicana.

Hoy muchos ven esa ciudad como un lujo o como un capricho de millonarios que contrasta con el municipio dónde se sitúa, cuya población más vulnerable (los indígenas huastecos o Tének), a principios del siglo XXI, sufre una migración del 80 por ciento en busca de trabajo fuera de sus comunidades. Es una pobreza cruel la que anida ahí, a la sombra de las esculturas que los orilla a olvidar la realidad bebiendo aguardiente de baja calidad.

Y en medio de esa embriaguez, algunos visitantes a Las Pozas mencionan y recuerdan o conjuran la obra de Lewis Carroll, el País de las Maravillas, cuando entran al jardín de Sir Edward. Ellos no lo saben. Pero es probable que intuyan algo.

Porque es posible que la amistad con Aldous Huxley tuviera influencia sobre Sir Edward y sus oníricas obras, ya que los hongos alucinógenos con los cuales Huxley experimentó en México se mencionan en el guion cinematográfico que, para Walt Disney, escribió, basado en Alicia en el País de las Maravillas.

Fue así como el poco conocido benefactor frustrado de la República Española, que no era pintor, que no era cineasta ni dramaturgo surrealista y que fracasó como escritor y poeta, decidió, pues, ser arquitecto. Y fue un falso arqueólogo que en lugar de descubrir una ciudad, la creó, arruinada desde el principio, con toda la intención de ser descubierta en medio de la lujuriosa vegetación y devorada por la selva.

El mecenas se había convertido en artista.

En la pared de su casa, bajo una de las esculturas de las pozas, escribió a lápiz un poema:

Mi casa tiene alas y, a veces, en la profundidad de la noche, canta…

Fallecido en 1984, designado leyenda entre las leyendas, a quien Dalí llamó el único verdaderamente loco, el hombre sobre cuya lápida se lee Edward James, poeta, es quizá el artista surrealista menos reconocido y uno de sus más febriles representantes. Él soñador que alguna vez dijo sentir que se convertiría en loro por las noches, debido al tiempo que pasaba con estas aves, y que tantas alas otorgara a otros artistas.

[1] La reproducción prohibida.

Pedro PauneroPEDRO PAUNERO. NOVELISTA, CUENTISTA, ENSAYISTA Y CRÍTICO DE CINE NACIDO EN TUXPAN, VERACRUZ EN 1973. HA PUBLICADO LA NOVELA LABELLUM (MINIMALIA ERÓTICA/EDICIONES DEL ERMITAÑO, MÉXICO, 2008). CUENTOS SUYOS HAN APARECIDO EN LAS REVISTAS AXXÓN Y PRÓXIMA (ARGENTINA), KORAD (CUBA), TIEMPOS OSCUROS Y ALFA ERIDIANI (ESPAÑA), HONTANAR (AUSTRALIA), OJOS, DEL MUSEO DE ARTE ERÓTICO AMERICANO (COLOMBIA), Y EL CAFÉ LATINO (FRANCIA), ASÍ COMO EN DIVERSAS ANTOLOGÍAS (CUENTOS DE BARRIO, LECTÓRUM, 2012). ESCRIBE CRÍTICA DE CINE EN EL PORTAL CORRECAMARA.COM Y LA REVISTA CINE TOMA Y HA PARTICIPADO EN DOS AMANTES FURTIVOS, CINE Y TEATRO MEXICANOS, LIBRO COORDINADO POR HUGO LARA. ALGUNOS DE SUS CUENTOS Y ENSAYOS HAN SIDO TRADUCIDOS AL CATALÁN, AL INGLÉS Y AL FRANCÉS. HA GANADO DOS VECES EL PRIMER LUGAR DEL PREMIO TIRANT LO BLANC DEL ORFEÓ CATALÁ DE LA CIUDAD DE MÉXICO Y EL PREMIO MIGUEL BARNET QUE OTORGA LA FACULTAD DE LETRAS ESPAÑOLAS DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA.
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