Por Nadia Contreras

 

Con Alfredo Miranda González,

porque sabe de este milagro.

La casa se levanta. En los trazos sin nombre, se escuchan nuevos ecos, el rasgo indestructible de la transformación. Nosotros también somos reconstruidos. Las heridas son devoradas, las cicatrices.

Hay hombres y mujeres farsantes. Lo que hablan, lo que ingenian (a veces se creen artistas), desemboca en precipicios.

—Y tú fuiste una soñadora.

Buscaba aquellos paisajes. O tan siquiera un jardín para permanecer inmóvil.

—Era el invierno, aunque no lo invocaras.

Nos casamos, yo con más ansiedad furiosa que él. Quería el mar hundido en mi entraña. A esas alturas ¿quién frena el estrépito de los espejos, de la huida?

—Volvamos a nuestro espacio.

—Los pasillos, las formas de la luz.

El espacio de la casa. Es decir, el espacio que ocupará la casa. La tranquilidad está expuesta. Ellos, quienes levantan cimientos, quiebran el silencio de la escritura.

—Veamos otra escena. ¿Quieres?

—La curva dolorosa del pasado cerrándose poco a poco.

Decidir el color sin equivocarnos, sin que al final de los años, parezca muerte. El color como fuerza contra la realidad, su derrumbe. Porque finalmente, aún con la casa nueva en pie, hay que reconocer las fracturas:

  1. El corazón donde nunca debió estar.
  2. El golpe traducido en espera.
  3. Los deseos fuera de curso, esos movimientos, esa convulsión.
  4. Donde el suicido acaba, donde se aleja.

Vuelvo al color. El color como una marca personal: pigmentos de la piel que fuimos.

¿Qué importa el mundo si aquí se construye una casa? Aleteos de la indiferencia, larvas en el cerebro, en el corazón.

—¿Por qué piensas en ello?

Afuera, otro mundo. Una falla sísmica. Se reacomoda la potencia de la tierra, la potencia del fuego.

—Se mantendrá en pie nuestra casa.

—¿Es la voluntad del desierto y la piedra?

Larvas.

Comencemos por darle un nombre al amor. Un nombre como si se tratara de una calle, una ciudad, una casa. La casa de mi abuela materna se llamaba casa “Mamá Lila”.

—Lo que dices ahora es sólo un paréntesis.

Hablemos del amor, ese pasillo cristalizado, esa emoción multiplicada. Difícil entender que no somos calle abajo.

—El amor como andar en bicicleta por el parque, sujetos al manubrio, como si éste fuera el timón de un pequeño barco.

La velocidad de esta bicicleta nunca nos llevará a otra parte, o quizá sí, pero retornaremos. La casa en pie y, nosotros, consientes de este deseo desmedido.

—Comemos, soñamos, bebemos, caminamos y damos vueltas tal como lo hacen quienes levantan una casa.

—Hablo del amor, de esta fuerza que abraza a los cuerpos, deseando ocultar las cicatrices.

—Tenemos su rostro. Y ese rostro, no envejece.

Nadia Contreras (Quesería, Colima, 1976). Escritora y catedrática. Autora de poesía, ensayo y cuentos cortos. Es responsable de Bitácora de vuelos (http://rdbitacoradevuelos.blogspot.mx/), revista de literatura y cultura digital y del sello editorial del mismo nombre (http://bitacoradevuelosediciones.blogspot.mx/). Vive en Torreón, Coahuila, México.

 

 

 

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