El persuasor de la muerte. Escenas de la vida y enseñanzas de Hegesias de Cirene


Por Pedro Paunero

Apenas salía el sol ya lo comunicaban en voz baja en las casas, por las calles, en el anfiteatro, en los templos o en el ágora. La palabra era simple y funcionaba a modo de reconocimiento entre los discípulos.

-¡Viene!

-¿Quién viene? –preguntaban alarmados los no iniciados.

-Aquél que preside a la muerte, el que la provoca, el que aboga por ella.

-¿Quién es ese? –volvían a preguntar, ahora aterrorizados.

Habría alguno que creyera que un enemigo acampaba a las puertas de la ciudad, que un ejército invasor estaba pronto a caer sobre la población o que un dios iracundo se precipitaba desde los montes trayendo consigo el fuego y el entrechocar de metales y haría correr la sangre.

Invariablemente los que sabían respondían:

-El persuasor…

La respuesta no aclaraba nada y quienes se sentían persuadidos a averiguar quién era aquél persuasor se unían a la multitud que estaba en desesperante espera.

¿Quién era, pues, aquél que anunciaban con tanta agitación los hombres cansados, las mujeres abandonadas, los viejos enfermos, los decepcionados, los que dudaban de los dioses, los retóricos, los que solían escuchar a los filósofos, los que aguardaban algo que no sabían qué era, pero que igual aguardaban, cada angustiada mañana y cada noche en vela; los que se atrevían a adorar al dios desconocido; los que se preguntan siempre, en cada siglo, y no obtienen ninguna respuesta?

-¿A quién se anuncia en los caminos? ¿Quién es ese viajero que está a punto de llegar?

Se les contestaba:

-El peisithánatos.

El “persuasor de la muerte”. Dicho así sonaba terrible, como la peste, como una nube ponzoñosa en torno al sol que estuviera a punto de sepultarlo bajo una gruesa capa de negrura tal y como, siglos antes, lo habían amenazado con hundirlo bajo un eclipse perpetuo las brujas de Tesalia. Las corrientes humanas se detenían en pleno día, se congelaban, todos cesaban en sus actividades, en plena espera atormentada; el mismo día se precipitaba hacia un final cansado, que se revelaba febril, enfermo. El viajero, mucho tiempo antes de llegar a los pueblos y a las ciudades, tenía la cualidad de envolver con un halo de languidez el ánimo más vivaz. Pero en la persona que hacía la pregunta también lograba despertar una curiosidad extraña, hasta entonces desconocida, y una duda angustiosa, que abrumaba.

La palabra –peisithánatos– era comunicada de boca en boca, susurrada, envuelta en pánico; era pensada, meditada, sopesada en toda su terrible magnitud. La palabra era, y esto es más importante, sufrida por aquellos que sabían de sus implicaciones; la temían como a un vendaval que se acerca, que se mira negro sobre colinas lejanas, como una erupción volcánica que se sabe caerá encima de la ciudad desprotegida pero aun así es deseada porque, si no sucede de una buena vez, empeorará la espera. Era un advenimiento oscuro. Algo ominoso que estuviera a las puertas de la ciudad, el pueblo, la aldea, la misma casa.

Las multitudes se congregaban en torno a un deseo oscuro, un hombre oscuro y una obra oscura. Personas asombradas y curiosas, siempre ávidas de oratoria y pensamientos novedosos, se reunían en torno a una señal de reconocimiento oral y a una obra escrita. Estos lectores, sus más recientes allegados, los nuevos iniciados, se pasaban de mano en mano las tablillas de cera dónde se leía el título: El desesperado o muerte por hambre. Debido a esta obra alguien sabría dónde había nacido aquél Maestro Oscuro, su autor, y cuál sería su ascendente filosófico:

-Hegesias nació en Cirene, fue discípulo de Parebates que fue, a la vez, discípulo de Antípatro que tuvo como discípulo a Arístipo de Cirene, fundador de la escuela cirenaica. Fue condiscípulo de Anniceris, cuya filosofía es más moderada…  

-¡Ah, se trata de un maestro filósofo!

-No uno cualquiera… es uno de esos que, como un Ker[1], es capaz de socavar los cimientos de la sociedad ordenada.

-Un Ker será tal vez…

Y por fin aparecía en la senda. Lo rodeaba su círculo íntimo de discípulos quienes, mientras caminaba, le miraban arrobados a la cara, atendían sus gestos, escuchaban atentos cada una de sus palabras sin perder detalle. El maestro entraba al poblado, se detenía bajo la sombra de algún edificio importante y comenzaba la disertación que caía sobre la multitud que se acercaba, que se arremolinaba poco a poco, en torno, en agitación, como una catástrofe anunciada.

-Los cirenaicos están equivocados. Si bien la única finalidad en la vida debe ser el placer –decía, entonces la muchedumbre sentía que se les abrían los ojos-, la existencia es engañada al no lograrse tal fin y continuar en los esfuerzos para conseguirlo.

La desesperanza se ponía en marcha como caballo desbocado cuesta abajo. La muchedumbre se inquietaba. Se miraban los unos a los otros. Asentían con la cabeza.

-El camino a la felicidad es inconquistable. Las sendas de la felicidad se tienden bajo una nube que ensombrece todos nuestros esfuerzos. Es, por lo tanto, un logro irrealizable.

Algún oyente dejaría al gentío, se apartaría y se alejaría perturbado, pero ya tocado, ya conmovido, ya convencido.

Pero el persuasor no había hecho otra cosa sino apenas comenzar.

-La suma de los placeres no iguala nunca a la suma de las penas. Los bienes materiales no pueden proporcionar, por sí mismos, esa felicidad tan anhelada.

Otro más se retiraba, se iba por las calles vacías, encontraría a alguien solitario y despistado que le preguntaba de dónde venía, el porqué de su rostro demudado.

-¡Veo –diría el adepto más reciente-, con otros ojos! Hoy me han quitado el velo que los cubría-. Y así se sembraba la semilla de curiosidad en otro seguidor. 

Mientras tanto, el persuasor aún no soltaba sus frases más devastadoras.

-Sólo al insensato le parece la existencia una fuente inagotable de alegría; el sabio siente indiferencia por la vida y desea y aspira a la muerte. La muerte vale tanto como la vida. La muerte es la forma suprema de la renuncia. A través de la muerte nos deshacemos del mal que es la esperanza engañosa. ¡Recuerden la Caja de Pandora! ¡Recuerden cómo todos los males escaparon cuando Pandora la abrió! ¿Cuál fue el último de los males que se recubrió de una luz purulenta para engañar al hombre? ¡La esperanza! ¡Sí, la esperanza engañosa que pica con su aguijón mortal de escorpión!

A esas alturas el sermón provocaba el desasosiego deseado, la zozobra de las mentes, el naufragio de las almas y pasaba a narrar enseguida la historia de El desesperado:

-Había un hombre al cual la existencia le desbordó el cuerpo –empezaba en tono grave, evocando una vida de la cual parecía haber sido testigo y que contaba en aquella obra-. Un día luminoso y revelador este hombre decidió dejar de alimentarse para morir de hambre. El desesperado tenía amigos que intentaban disuadirle, que le llevaban pan y miel y que se acercaban para convencerle de la belleza de cada una de las cosas que pueblan el mundo pero él, a cada una, contestaba oponiéndoles y enumerándoles las penas de la vida. Además, señalaba, la verdadera amistad no existe fuera del ámbito del egoísmo o la conveniencia. A cada argumento basado en un hedonismo positivo él oponía un argumento basado en un hedonismo negativo.

“Nada perdura sobre la tierra –decía aquél hombre-, la vida es como una llama que enciende los maderos secos, brillante, intensa y rápida en consumirse. ¿De dónde viene, a dónde va, cuánto durará? A la infancia la finaliza la miserable juventud que la vejez consume en medio de pestilencia y decadencia. Si se tiene salud, las enfermedades acabarán con esta y si se tiene enfermedad la vida es una tortura persistente sostenida por las horas que no acaban. No basta con permanecer imperturbable ante la adversidad como aconsejan y aseguran que hacen los estoicos. La existencia es una forma maligna de la materia[2]. Así, el desesperado se abandonó al hambre[3] y conquistó la muerte sin dolor alguno.”

Los hegesianos se extendieron por la ekumene. Llevaban las palabras de muerte y la obra de su Maestro como una mordedura o una quemadura contagiosa. Su signo secreto era la abeja[4] y así picaban, con aguijones de hierro al rojo, incitando la aspiración al suicidio. Tocaban a las casas. Se abrían las puertas de los hogares a la muerte y se cerraban a la vida. Aquellos que escucharon actuarían y callarían después. Estarían plenamente convencidos. Una epifanía de muerte, o que sólo se alcanza en la muerte, abría sus ojos para cerrarlos de inmediato. Los seguidores, mediante la palabra, dejaban pueblos vacíos detrás.

Habría quien escuchara y que volviera a la comodidad de su casa, que buscaría un lugar cómodo, el lecho quizá, la bañera con agua tibia de hierbas aromáticas o el jardín perfumado y ahí finalizaría su vida, en un lecho de flores, ingiriendo una copa que contenía una mezcla líquida de cicuta y opio, como la que dieron a beber al bueno de Sócrates, para dormirse tranquilo en un sueño del que no cabría aguardar el regreso. Otros trocarían el arado por alguna afilada herramienta para abrirse las venas a lo largo, dando fin a la dictadura de las estaciones y los ciclos de las cosechas, bajo la forma de una muerte que adviene a través del sueño, por desangramiento. Los viejos, antes de experimentar la impotencia y la forzada abstención sexual, habrían buscado un suicidio oportuno, justo a tiempo, antes de pasar la vergüenza de la pérdida de la hombría: una forma de Kairotanasia[5].

También se contaría del padre que pediría consejo al carnicero para averiguar la manera de morir con poco dolor y degollaría a su mujer e hijos, como a las ovejas, antes de llevar él mismo el cuchillo a su cuello y, arrastrándose, encontrar un sitio al lado del resto de su, ya inmóvil, familia. Y otros más, la mayoría en realidad, que buscarían, al dejarse morir de hambre, en los últimos colores de la tarde que se despintaba como manchas de sangre en el mar, la respuesta última que Hegesias diera a todas las cosas.

 

Ptolomeo II Filadelfo (309–246 a. C.) impresionado por el poder de las palabras de Hegesias, lo exilió de Alejandría, ordenó cerrar su escuela y quemar sus obras para librar al hombre de la oleada de suicidios que amenazó con convertirse en plaga, como si de una invasión de abejas asesinas se tratara. Curiosamente ningún autor menciona la manera en que murió Hegesias y también, es probable, que haya mucho de exageración en la ola de suicidios que, se dice, acarrearon sus palabras.

 


[1] Ker: personificación de la fatalidad, la muerte o el destino.

[2] Los ecos de Hegesias resuenan en el budismo (con cuya doctrina pudo haber tenido contacto a través del noble greco-macedonio Magas de Cirene, destinatario de los budistas enviados por Ashoka el Grande de la India y haber sido influenciado por esta, según Jean-Marie Lafont) y en el existencialismo, en específico en las filosofías de Jean Paul Sartre y en una frase de Albert Camus en su “El mito de Sísifo”: “No hay más que una cuestión filosófica importante: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida, es responder a la pregunta fundamental de la filosofía” como un ejemplo acabado de lo que se denomina el “Suicidio Ético” que busca, como realización postrera, una muerte digna ante una vida indigna.

[3] Apokartéresis, literalmente: dejarse morir de hambre.

[4] Ker, Cer, Car o Q´re, era la diosa Abeja cretense, Señora de la Muerte en Vida, de los rencores y de las plagas. Esquilo, en Los siete contra Tebas, la llama “la Cer que arrebata hombres” (Robert Graves, Los mitos griegos)

[5] De “Kairós”, tiempo oportuno y “Thanatos”, muerte, “Morir en el momento oportuno”, se trata de un “Suicidio Estético”, es decir una muerte digna como respuesta a una vida digna.

Pedro Paunero

PEDRO PAUNERO. NOVELISTA, CUENTISTA, ENSAYISTA Y CRÍTICO DE CINE NACIDO EN TUXPAN, VERACRUZ EN 1973. HA PUBLICADO LA NOVELA LABELLUM (MINIMALIA ERÓTICA/EDICIONES DEL ERMITAÑO, MÉXICO, 2008). CUENTOS SUYOS HAN APARECIDO EN LAS REVISTAS AXXÓN Y PRÓXIMA (ARGENTINA), KORAD (CUBA), TIEMPOS OSCUROS Y ALFA ERIDIANI (ESPAÑA), HONTANAR (AUSTRALIA), OJOS, DEL MUSEO DE ARTE ERÓTICO AMERICANO (COLOMBIA), Y EL CAFÉ LATINO (FRANCIA), ASÍ COMO EN DIVERSAS ANTOLOGÍAS (CUENTOS DE BARRIO, LECTÓRUM, 2012). ESCRIBE CRÍTICA DE CINE EN EL PORTAL CORRECAMARA.COM Y LA REVISTA CINE TOMA Y HA PARTICIPADO EN DOS AMANTES FURTIVOS, CINE Y TEATRO MEXICANOS, LIBRO COORDINADO POR HUGO LARA. ALGUNOS DE SUS CUENTOS Y ENSAYOS HAN SIDO TRADUCIDOS AL CATALÁN, AL INGLÉS Y AL FRANCÉS. HA GANADO DOS VECES EL PRIMER LUGAR DEL PREMIO TIRANT LO BLANC DEL ORFEÓ CATALÁ DE LA CIUDAD DE MÉXICO Y EL PREMIO MIGUEL BARNET QUE OTORGA LA FACULTAD DE LETRAS ESPAÑOLAS DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA.
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