La palabra de Gabriela: Soledad, cántame al oído


Por Gabriela Pérez

Cuando tenía 17 años, estuve en una casa de asilo, “voluntariamente”, me aceptaron ahí en una laaaaaaaaaaaaaaaarga estancia de una semana. Acababan de diagnosticarme epilepsia, y depresión con alucinaciones auditivas y visuales. Mis amigos ahora ríen mucho cuando les cuento que el neurólogo, al llenar los cuadritos que enlistaban los síntomas, dejó sólo vacío uno que hizo que no me etiquetaran como esquizofrénica. Como era necia e independiente desde entonces, mis padres no se enteraron de mis dolencias, inventé mejor una excusa para desaparecer mientras me controlaba. Ya lo sé, no podía hacerlo sola, pero lo sé ahora que ha pasado tanto tiempo y poco a poco he aprendido tantas cosas.

Las personas que estaban ahí, por las razones comunes en un asilo de ancianos, eran tan alegres, vivaces y maduras, que yo no alcanzaba a entender por qué era que tenían que vivir encerrados alejados de sus familiares. Al ser la nueva, al ser una “niña” –que era como me llamaban-, y al ser temporal y fugaz, resulté una divertida novedad. Ellos lo eran también para mí, todos interesantes y generosos en las anécdotas que compartieron conmigo. Y aunque todos, hombres y mujeres, poseían fuerza y personalidad, yo tenía mis consentidos. Uno de ellos se llamaba Enrique, que era particularmente animoso cuando había música. En el silencio cotidiano necesitaba asistencia en todas las actividades, incluso cuando decidía hablar era difícil entenderle, además del tono de la edad, sus diálogos eran dirigidos por la lógica que desde hace una década reinaba en su cabeza, y que, evidentemente, sólo entendía él. Antes de llegar al asilo –me contaron- era ya amante de las diversiones y la música, en las reuniones familiares él seleccionaba las canciones, bailaba, ponía pasos grupales y tarareaba. Cuando en la casa poníamos lo que le gustaba, era bueno, giraba de un lado a otro, olvidaba él sus tragedias y hacía que todos alrededor lo hiciéramos.

¿Nos cambia la música en algo la forma en la que vivimos?¿Necesitamos entenderla, conocerla o crearla para disfrutarla? Yo tengo un pésimo oído, eso lo descubrió mi padre en uno de sus primeros e infructuosos intentos de enseñarme mecánica: “¿No escuchas el motor? ¡Entiende que no puedes hacer nada si no distingues los cambios de ritmo! El que un coche se mueva bien depende de qué tanto lo conozca el conductor y sepa entenderlo, y si tú sigues así, pues no vas a servir para nada”. En cuanto a la mecánica, Don Germán tenía razón, sigo sin aprender, soy incapaz de “escuchar” al motor de cualquier automóvil y concluir por su canto si está sano o adolece de una cosa u otra. Les confieso también que en secundaria copié en un examen de música, soy de las que no la entienden; no sé tocar ningún instrumento y pese a que tengo brillantes amigos, conocedores de la historia musical, que han intentado enseñarme algo, soy incapaz de recordar alguna de sus lecciones. Sin embargo, la disfruto. La música me ha cambiado, en muchos sentidos la vida. Y cuando pasa, mi despertar, lo notan todos.

Me sé afortunada, porque también la música engendra monstruos, yo lo era incluso antes de ella. Uno de mis cómplices en la vida solitaria es un genio nacido en Londres en una familia de químicos, médicos y maestros que le inculcaron la importancia de la curiosidad, la experimentación y la lectura. Oliver Sacks conoció Oaxaca atraído primero por los helechos, los grandes sobrevivientes que siguen aquí mientras los dinosaurios aparecieron y murieron. Es cierto que no tienen la forma ni los colores de las flores, son una forma de vida más simple, pero tienen su belleza particular, una belleza muy delicada. Además de los helechos, Sacks quedó en Oaxaca enamorado de la comida. En Musicofilia, mi cómplice describe cómo en ocasiones la música puede convertirse en una obsesión. Es el caso de Tony Cicoria, un médico totalmente ajeno a cualquier interés por la música más allá del silbido camino del trabajo pero que, tras sobrevivir a un rayo, desarrolla una pavorosa afición por el piano que termina por dominar a la perfección, a costa de su vida profesional y su matrimonio.

Parecido patrón siguen quienes sufren de lo que Oliver denomina “gusanos musicales”, pequeñas secuencias de apenas segundos, pocas notas repetidas de manera insistente durante horas, hasta casi hacer enloquecer a quien las padece. Es curioso que en muchos casos esta dolencia sucede a músicos profesionales arruinando su carrera, incapaces de volver a tocar con normalidad o de lograr la concentración necesaria para sus tareas de composición. Pero en otras ocasiones, estos músicos logran reconvertir su arte y explorar los sonidos de su mente para implementarlos en sus creaciones.

En la segunda parte de Musicofilia, Sacks repasa casos como la sinestesia musical, en la que el sujeto identifica notas o escalas con colores o sabores, una experiencia más habitual de lo que sospechamos. Esto enlaza con la presencia excepcional de personas con tono absoluto, capaces de identificar una nota de manera perfecta. Pero esta perfección puede perderse con facilidad, lo que altera de manera definitiva la percepción musical del individuo que, en ocasiones, termina por no ser capaz de distinguir una simple armonía.

En Memoria, movimiento y música se destaca la conexión entre enfermedades como el Parkinson y la música como medio de mitigar sus manifestaciones más aparatosas o el síndrome de Tourette cuyos espasmos y tics parecen controlarse cuando el paciente se enfrenta a una actividad musical. Parecida influencia parece ofrecer la música en el caso de la afasia, la incapacidad para el lenguaje y que, sin embargo parece ser burlada cuando la música entra en juego. Personas incapaces de pronunciar una frase completa pueden elaborar complicadas reflexiones empleando melodías conocidas.

musicofilia
Imagen de la portada de la edición en español de Musicofilia, por Anagrama

Por último, en Emoción, identidad y música, mi admirado autor reflexiona sobre la depresión, los sueños musicales y otras interacciones entre los aspectos más sensitivos de nuestro espíritu y la música. El material de Oliver Sacks se nutrió no sólo de su actividad clínica profesional sino de la inagotable correspondencia que los admiradores y lectores de sus libros le hicieron llegar con casos propios o de familiares. Musicofilia  lleva por subtítulo Relatos de la música y el cerebro,  nada más apropiado para definir este libro que da cuenta de todas las manifestaciones que la música tiene en nuestro cerebro, en muchas ocasiones aderezadas con anécdotas personales del propio autor o con referencias a célebres músicos o compositores. Más allá de los temas neurológicos que se incluyen en Musicofilia, lo que Sacks nos cuenta con su espléndida narrativa salpicada de conocimientos y sentido del humor, son historias de seres humanos para quienes la música forma parte esencial de su condición. Y no son tan excepcionales como pudiera pensarse.

No recomendaría ni este libro ni escuchar música a quienes aún crean que sólo pueden disfrutarlos quienes sean más inteligentes. Sí para quienes crean que tanto la música como la lectura se pueden gozar con pasión y racionalidad, para quienes sepan que vivimos en un mundo interpretado por nuestro cerebro, quienes sepan también que tanto la literatura como la música tienen un poder organizativo y que sean, aún en lo trágico, capaces de vibrar con la combinación de letras y notas.

Desde los griegos, el triunfo sobre lo terrible se expresa en la tragedia, narración que usa elementos míticos y metafóricos, en la que se dice con ímpetu  a la vida. La tragedia descubre en sus narraciones un espectáculo vigoroso y lleno de valor. El artista trágico se muestra a sí mismo en acción frente a lo problemático; lo terrible no le produce miedo ni le detiene, más bien le permite afirmarse dentro de la existencia. La tragedia consiste entonces en la afirmación de la multiplicidad y la alegría por lo múltiple. Es alegre porque no apela a la moral –al bien o al mal, al miedo o a la culpa–, es la pura afirmación de lo que aparece, alegría por lo que llega, porque la vida es tal como resulta ser: sin juicio, sin queja, a pesar del dolor y del sufrimiento, a pesar de su aspecto duro y cruel.

La vida es como es.

Gabriela Pérez
Gabriela Pérez
ELDA GABRIELA PÉREZ AGUIRRE NACIÓ EN LA CIUDAD DE MÉXICO, EL 6 DE MARZO DE 1976. ESTUDIÓ QUÍMICA EN LA UNAM; POR PASIÓN, ES PROFESORA DE CIENCIAS, EN EL INSTITUTO ESCUELA Y AUTORA DE DISTINTOS LIBROS DE TEXTO, DE QUÍMICA Y FÍSICA PARA SECUNDARIA Y BACHILLERADO. CONFORMÓ PARTE DEL EQUIPO DE CIENCIAS DEL INSTITUTO LATINOAMERICANO COMUNICACIÓN EDUCATIVA, COMO AUTORA DE LIBROS DE TEXTO Y DE GUIONES PARA TELESECUNDARIA, FUE EDITORA DE LA REVISTA CIENCIAS, DE LA UNAM. PARTICIPÓ EN LA ESCUELA DINÁMICA DE ESCRITORES DE MARIO BELLATIN Y HA CONDUCIDO EL PROGRAMA TRIPULACIÓN NOCTURNA DE RADIO EFÍMERA. LUEGO DE COLABORAR CON LA EDITORIAL TALLER DITORIA EN EL ÁREA DE DIFUSIÓN Y PROMOCIÓN, FUE FUNDADORA Y EDITORA DE AUIEO EDICIONES Y DE LOS LIBROS DEL SARGENTO.

 

 

 

 

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