Pintor de la agonía. La leyenda de Parrasio y Zeuxis


Por Pedro Paunero

Para mi amigo, el pintor Mauricio Magaña

Era el cuarto año de la 95a Olimpíada cuando Zeuxis dio en pasearse por la ciudad llevando su nombre bordado en oro en sus ropas.
-¡Ahí va Zeuxis, el maestro del dibujo monocromo! –murmuraban a su paso.

-Es tan rico que se ha hecho bordar esa capa con su nombre.

-No es para menos –decían-, ha pintado en un muro a un niño con un racimo de uvas. Se dice que los pájaros entraron por la ventana atraídos por las uvas y empezaron a picotearlas a lo que Zeuxis exclamó: “He pintado mejor las uvas que el niño, porque si así lo hubiera hecho las aves no se hubieran acercado pues le habrían tenido miedo”.

Los paseantes en Olimpia le abrían paso, lo señalaban, lo aclamaban. No pasaría mucho tiempo para que su nombre fuera conocido por todo el ekúmene.

-¿Cuándo tendré el honor de que me pintes un muro, Zeuxis? –Se atrevería a preguntarle alguna mujer adinerada en la Heraclea Lucania, su ciudad natal.

-Nadie podría pagarme lo que cuestan mis obras–respondería Zeuxis-. He decidido, mañana mismo, regalar todas mis tablas ante la imposibilidad de que alguien pueda pagar el verdadero precio.

El pueblo se agolparía a la entrada del taller del maestro para recibir aunque fuera una tabla pequeña pintada por Zeuxis. Se las arrebatarían, se empujarían, se golpearían por obtener siquiera alguna miniatura.

Sería en Crotona donde anunciaría su intención de pintar una Helena de Troya en el baño. Para esto haría desnudarse a todas las muchachas de la ciudad.

-¡Dénme a las más hermosas vírgenes para que pueda pintar mi Helena de Troya en el baño y les demostraré cómo puedo trasladar yo lo verdadero desde un ejemplo vivo a un silencioso simulacro! – expresaría en el ágora.

Por varios días las hijas de Crotona, orgullosas y de padres ensoberbecidos por serlo de tales jóvenes, reconocidas por el pueblo como las más bellas de entre las bellas, desfilarían delante del maestro, radiantes en su desnudez, recién bañadas y perfumadas como ninfas de la floresta. Pero Zeuxis, con los ojos satisfechos, sólo elegiría a las cinco más bellas para hacerlas posar, por turno, y retratar sus partes corporales más perfectas para dotar de esos rasgos a su Helena.

Parrasio había nacido en Éfeso pero, al trasladarse a Atenas se le conoció como Parrasio de Atenas. Solía llevar por la calle una capa teñida de púrpura y sandalias con cintas de oro en lugar de correas. En su taller pintaba usando una corona de oro y un bastón real.

Una vez Sócrates entró en el taller de Parrasio. Su encuentro tuvo lugar ante una tabla que el artista comenzaba a pintar. Sócates admiró los dibujos y bocetos para la pintura El Demos que personificaba al pueblo mismo de Atenas, los diseños para el escudo de la escultura de Fidias, Atenea Promacos, su autorretrato como Hermes que mantenía oculto tras una tela para evitar acusaciones de impiedad y numerosas tablas pornográficas sobre las travesuras de Príapo, Eros, Pan y las ninfas como temas centrales y que Parrasio pintaba por puro placer. El viejo filósofo contempló al modelo que en ese momento le servía a Parrasio para la obra que le tenía ocupado. Se trataba de un hombre que se mantenía inmóvil, desnudo, bien proporcionado y atlético, pero con los ojos bizcos.

Sócrates

-La pintura es una representación de lo que se ve. ¿No es verdad, Parrasio? Los pintores imitan los cuerpos representándolos. Por lo tanto no les será fácil, a los artistas, encontrar a un hombre que reúna todas las características de la belleza –opinó Sócrates-, es así que deben reunir a varios tipos humanos y tomar lo más hermoso de cada uno para el arte.

-Lo hacemos así, Sócrates –respondió Parrasio-, lo hacemos así, precisamente.

-La escultura –siguió Sócrates-, debe representar no sólo el cuerpo sino el alma pues sólo así se vuelve este seductor, dulce, deseable, amable y encantador.

-Tengo mis dudas al respecto –interrumpió Parasio-. El alma no posee simetría ni color, que son los elementos propios del arte… Aunque, pensándolo bien… Sí, en una escultura los ojos pueden reflejar el alma si el artista sabe representarlos de manera expresiva, benévola u hostil. Los ojos pueden mostrar la grandeza y la dignidad, la humillación y la bajeza, la templanza y la inteligencia, la soberbia y la vulgaridad.

Parrasio bajó la vista, pensó, meditó el alcance de sus palabras y por fin, como si alguien hablase por él, de repente, abrió la boca en lo que bien podría haber sido una súbita iluminación divina, y le dijo a Sócrates:

-Los ojos son el espejo del alma.

Desde ese día ese dicho se volvió célebre y comenzó su andadura por el mundo pero a Parrasio, el haber llegado a tal reflexión, le causó una angustia que no le abandonó conforme los días fueron pasando. ¿Cómo podría representar los ojos de un enamorado no correspondido, los de una madre enternecida amamantando a su hijo recién nacido, cómo podía trasladar a la tabla los ojos de un moribundo? Aquél pensamiento se le volvió obsesión y como tal le impedía comer y dormir. Andaba por las calles abstraído e ignoraba a quienes lo saludaban desde las entradas de los comercios o las ventanas de las casas. Ensimismado se tropezaba con las piedras en el campo, se ponía a mirar a los cielos, al mar y a escuchar el oleaje y el canto de las aves, pero los elementos de la naturaleza no lograban distraerlo de aquella idea. La duda tenía que ser resuelta de una buena vez.

En los lugares públicos un ciudadano lo contaba como un secreto, ante un pequeño grupo formado a su alrededor. Habría visto a Parrasio en el mercado de esclavos. Habría visto al esclavo ser llevado a la casa de Parrasio por sus sirvientes. Habría visto cómo entraban con una jaula que llevaba dentro un águila amaestrada. Habría espiado a través de una rendija en la puerta del taller y ahí lo habría visto todo. Sería pues, un testigo de hechos reales.

Parrasio, según este hombre, habría hecho encadenar al esclavo desnudo a una columna. Habría hecho que le tajaran el abdomen a la altura del hígado y que le abrieran la herida mientras él tomaba apuntes aprisa, sin perder un solo y mínimo detalle de los gestos de dolor extendido que, como sus gritos, se reflejaban en el rostro del esclavo, y que daban la impresión de moverse, aletear sombríos y horripilantes, sobre todas las cosas.

Uno de los esclavos, también, habría vomitado cuando Parrasio ordenara que sacaran, hurgando de entre la horrible boca abierta de la herida, con los dedos que ensanchaban sus labios sangrientos, el hígado, exponerlo sobre el abdomen y soltaran el águila para que volara hasta el condenado y se lo comiera.

Parrasio pintaría así una de sus obras maestras por gracia de la tortura y de la muerte de aquél esclavo, su Prometeo encadenado, que parecía brotar de entre la tabla como el hígado parecía brotar de su abdomen tajado, pero cuando se le preguntó al supuesto testigo cómo habían sacado al cuerpo del esclavo y sobre el olor de la sangre y el color encarnado en el pico del águila y si era esta grande o de mediano tamaño, no supo decir nada al respecto. Aun así a Parrasio se le conoció, secretamente, como al “Pintor de la agonía.”

Una vez un hombre se presentó en el taller de Parrasio y se puso a mirar una pintura del dios Dionisio con un racimo de uvas en la mano. El desconocido ladeaba la cabeza ante la tabla.

-¡Mmmhhh, mmmhhh! Iba yo a encargarte una tabla que representara el jardín de las Hespérides… –el hombre acercaba la cara a la obra, se alejaba, se daba golpecitos con todos los dedos de la mano en el mentón- pero creo que… – el visitante se sentó en una silla y apoyó su cabeza contra su mano, cuyo codo descansaba sobre la mesa repleta de los utensilios de trabajo de Parrasio, a quien aquél desconocido ya le había resultado sumamente molesto- creo que Zeuxis es mucho mejor pintor de frutas que tú. ¡Sí! A él le encargaré la obra.

-¿Zeuxis? –gritó Parrasio- ¡Ese no es capaz de distinguir entre una piedra y un montón de boñiga!

-Mmmhhh ¿Es que no sabes lo que sucedió cuando el gran Zeuxis pintó un racimo de uvas? –Parrasio se quedó en silencio, aguardando sin saber qué le dirían acerca de su rival- Bien, ya veo que o no lo sabes o prefieres ignorarlo… ¡Pues los pájaros entraron por la ventana y se pusieron a picotear la tabla, creyendo que eran uvas de verdad cuando todavía Zeuxis las pintaba y la pintura goteaba de los pinceles! Dicen que sus sirvientes tuvieron que ahuyentar las bandadas de aves con antorchas. Adiós, Parrasio –dijo el hombre en voz alta, sobre su hombro, ya en la puerta del taller- ¡Nunca es tarde para mejorar en la técnica!

Parrasio estaba enfurecido, la boca apretada y los puños cerrados; hasta los dedos comenzaron a enrojecérsele de tan fuerte que apretaba los puños. Dio dos golpes con el pie derecho sobre el suelo e ideó un plan para destruir la fama de Zeuxis. Competiría con él. Lo traería a su propio taller y le mostraría una tabla que lo dejaría como quien realmente era, un falso, un charlatán.

El rumor de la competición se extendió por toda Grecia a tal punto que, cuando Zeuxis llegó a casa de Parrasio, se había presentado en la entrada rodeado de una multitud curiosa y bulliciosa que estiraba el cuello para ver lo que sucedería adentro. Sólo algunos escogidos acompañaron a los dos pintores al interior del taller. Estaba ahí, detrás de una cortina que recubría una tabla, la obra con la que Parrasio pretendía demostrar ser mejor artista que Zeuxis.

-¿Y bien? –dijo Zeuxis- Descorre la cortina, quiero ver la pintura.

Parrasio sonrió, autocomplacido.

-Descórrela tú, si me haces el favor –respondió Parrasio.

Zeuxis extendió la mano y se topó con una tabla. ¡La cortina no era real, sino la misma pintura! Zeuxis se echó para atrás.

-¡Por los dioses –exclamó-, Zeuxis ha logrado engañar a los pájaros pero Parrasio ha logrado engañar a Zeuxis!

-Zeuxis engañó a la naturaleza, pero Parrasio ha logrado engañar a un artista- dijo uno de los asombrados testigos, y sus palabras fueron pasando de boca en boca hasta la multitud expectante en la calle, que estalló en vítores y alabanzas.

A Zeuxis no le quedó más remedio que abrazar a Parrasio quien respondió de buena gana al gesto de humildad. De esa manera Parrasio se convirtió en leyenda.

Un día radiante de sol y sin una sola nube en el cielo, Zeuxis apenas termina de comer, cuando recibe a una anciana acaudalada, sarmentosa, que hule intensamente a perfumes, usa una peluca ridícula, y que ha llegado hasta su taller desde otra ciudad, llevada por sus sirvientes que se ocupan de espantarse las abejas que se sienten atraídas por el perfume de su ama. Al principio el maestro cree que le encargará alguna escena que represente a alguna diosa, basándose en algún familiar, tal vez en su nieta, una de las cinco beldades que a él le habían servido como modelos para su Helena.

-¡No, no, no quiero eso! –dice la anciana, y explica luego-: Lo que quiero es que pinte una escena triunfal de amor, con la diosa Afrodita como personaje central.

-Muy bien –cede Zeuxis-. En recuerdo de su hermosísima nieta pintaré una vez más… una última vez… ¿Quién servirá de modelo?

La anciana mira a Zeuxis y exclama, toda ella sonrisas:

-¡Yo misma!

Zeuxis no puede creerlo. Mira azorado a la anciana. De repente un ataque incontrolable de risa le acomete. El maestro se lleva las manos al estómago, intenta sostenerse de una mesa, de una repisa, pierde el piso, cae al suelo, recoge las piernas aún con las manos sobre el estómago, sigue riendo sin parar. La cara se le contrae de dolor. Se aprieta el vientre con las manos. Se queja por lo bajo. Bizquea. Sufre una hemorragia por la boca y se queda ahí, muerto.

Para entonces Zeuxis también se había convertido en leyenda.

En el Siglo I de nuestra era, cuatro siglos después de las vidas de ambos pintores, Plinio el Viejo se dispuso a contar la anécdota sobre la competencia entre Parrasio y Zeuxis en su Naturalis Historia. Otros autores, como Jenofonte, narraron el encuentro entre Sócrates y Parrasio. Aristóteles y Platón se ocuparon de Zeuxis, tanto para alabarlo como para criticarlo, mientras que Jacques Lacan, en 1964, concluyó sobre la competición entre estos artistas, que abordaba una metáfora en la que podía verse cómo, mientras para los animales importan las apariencias superficiales, para el ser humano es la idea de lo que está oculto lo que realmente cobra importancia.


PEDRO PAUNERO. NOVELISTA, CUENTISTA, ENSAYISTA Y CRÍTICO DE CINE NACIDO EN TUXPAN, VERACRUZ EN 1973. HA PUBLICADO LA NOVELA LABELLUM (MINIMALIA ERÓTICA/EDICIONES DEL ERMITAÑO, MÉXICO, 2008). CUENTOS SUYOS HAN APARECIDO EN LAS REVISTAS AXXÓN Y PRÓXIMA (ARGENTINA), KORAD (CUBA), TIEMPOS OSCUROS Y ALFA ERIDIANI (ESPAÑA), HONTANAR (AUSTRALIA), OJOS, DEL MUSEO DE ARTE ERÓTICO AMERICANO (COLOMBIA), Y EL CAFÉ LATINO (FRANCIA), ASÍ COMO EN DIVERSAS ANTOLOGÍAS (CUENTOS DE BARRIO, LECTÓRUM, 2012). ESCRIBE CRÍTICA DE CINE EN EL PORTAL CORRECAMARA.COM Y LA REVISTA CINE TOMA Y HA PARTICIPADO EN DOS AMANTES FURTIVOS, CINE Y TEATRO MEXICANOS, LIBRO COORDINADO POR HUGO LARA. ALGUNOS DE SUS CUENTOS Y ENSAYOS HAN SIDO TRADUCIDOS AL CATALÁN, AL INGLÉS Y AL FRANCÉS. HA GANADO DOS VECES EL PRIMER LUGAR DEL PREMIO TIRANT LO BLANC DEL ORFEÓ CATALÁ DE LA CIUDAD DE MÉXICO Y EL PREMIO MIGUEL BARNET QUE OTORGA LA FACULTAD DE LETRAS ESPAÑOLAS DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA.

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