Los sonidos del agua


Por Nadia Contreras

El agua renace mientras resbala por los cuerpos, toma nuestra forma, el vaivén de nuestra forma. De un salto, estamos aquí, hablando bajo y tranquilo, no como dos personas, si no como la piel que lentamente se abrirá humedecida. Un ritual, a mitad del día o de la noche, mientras el agua cae y la caricia de la yema de los dedos. Me gustaría no ser sólo un cuerpo desnudo bajo la regadera, si no el mar, digo, pero luego me arrepiento. Te ríes y entiendo que la coherencia del pensamiento no importa. En este momento en que estamos solos, en que la nitidez rompe el ramaje de la razón, resulta contradictorio pensar en cómo los mensajes, bajo el escrutinio de un análisis frío, se forjan en destellos que se van borrando, en islas o desiertos.

El agua cae, resbala y comienza su abandono, la gravedad la arrastra hacia el remolino.

—Pudiéramos quedarnos aquí, eternamente.

—Tiene que haber un punto más lejano que esto.

— El mar, por ejemplo, para encontrarnos. Nuestros cuerpos yendo y viniendo como las olas, ese cruce, esa explosión. La memoria como un tejido uniéndonos definitivamente.

*

El calor puede incluso levantar la furia de un meteoro, murmura. No hay nada sólido para levantarse de la cama y dirigirse hacia la cocina a beber un vaso de agua fría. No hay nada sólido. ¿Pero qué estupidez la de arder en llanto? ¿qué estupidez la de buscar los gestos de la dicha como si se tratara de agarrar en sentido contrario las semanas, los meses? Sencillamente, es un paisaje diferente.

Sus pasos se escuchan en los pasillos de la casa. Una casa demasiado grande para su cuerpo vacío. Avanza el nudo de las sombras y ahí está, de pie, abriendo el cancel y girando la llave de la regadera. Cierra los ojos y se hunde en el sonido del agua; un sonido roto como el vaso que dejó caer cuando el mensaje la estremeció.

No quiere perder la cabeza, como tampoco refugiarse en el agua que rige el camino de la huida. Sus ojos se quedan fijos en el piso de la pequeña habitación. El olvido ha bañado la cerámica de un verde terroso. Es como si el agua se hubiese quedado ahí, agua perfectamente almacenada, pozo húmedo. Vuelve sobre sus pasos, la noche la atrae, la consume en su destino.

*

—Todo reside en el azar. Los cuerpos no se rompen porque sí; no se rompen ni siquiera por la perfección/imperfección reflejada.

—Entonces, ¿qué debo hacer? ¿Abrir la regadera y no sentirme herida?

—¿Por qué aún debes sentirte herida? ¿Cuánto tiempo ha pasado?

—No hay aire en ese lugar.

—Tú no tienes la culpa.

—¿Se marchita la tristeza?

—Tú dictas la hora.

—Quiero mojar mi cuerpo y que él, sea dentro de mí, reflejo hundido; un reflejo multiplicado a la hora del éxtasis. Me pregunto ¿será posible envolverme en esa agua, en esos brazos que nunca tocan la sombra?

—¡Estás viva!

*

Las horas no tienen pausa. Mientras caminamos, la pulsión de las sonrisas, los rostros, las mejillas. Locura y amor. Lo sé, consumido el sabor dulce, se romperán y se irán burlando y saltando.

img_9598Nadia Contreras (Quesería, Colima, 1976). Escritora y catedrática. Autora de poesía, ensayo y cuentos cortos. Es responsable de Bitácora de vuelos (http://rdbitacoradevuelos.blogspot.mx/), revista de literatura y cultura digital y del sello editorial del mismo nombre (http://bitacoradevuelosediciones.blogspot.mx/). Vive en Torreón, Coahuila, México.

 

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