Los perros enemigos (Curzio Malaparte en el Frente Oriental)


 Por Pedro Paunero

Y fueron preparados los carros, las templadas espadas,

los perros de la guerra fueron soltados…

Las noches de Bantian

 

I

La marcha interminable

Eran los días del frío intenso y del hielo. Los días del odio, los días del miedo, los de los actos heroicos y de las muertes inútiles. Eran los días de la Gran Guerra Patria, la cruzada soviética para expulsar a los nazis de su territorio al alto costo de más de un millón de vidas humanas. Días de lodo y sangre. Curzio Malaparte, el sobrecogido periodista, uno de los escritores más honestos, el impresionante autor sinestésico, uno de los hombres más completos, el diplomático azorado, el místico italiano, notaba cómo el barro de los caminos se iba endureciendo bajo su calzado y cómo el agua de los charcos se cubría ahora de una película de hielo sutil como la piel humana[1].

Y era el otoño del año 1941. Alrededor todo se precipitaba. Corrían rumores o se sabían las noticias a medias. Había proseguido la Marcha hacia el Este por parte de los alemanes que penetraban en las amplias y abiertas llanuras ucranianas, invadiendo, aparentemente incontrarrestables, como vaciándose o vertiéndose, incontenibles, siempre a oriente, hacia el corazón de Rusia, en un baño de sangre y fuego, en regiones que los soviéticos abandonaban en su replegarse hacia el Don, como escapando, como arrastrándose, pero dejando atrás esos torbellinos de furia mecanizada que los alemanes llamaban panzerpferder[2], unos carritos blindados que aparecían como lobos por los flancos atacando, mordiendo la marcha de los invasores y retirándose después al mar de hierba donde desaparecían cada tanto tiempo sólo para reaparecer, atacar y escapar otra vez, en su camino espiralado. Malaparte los veía ir y venir, como fantasmas colgando del aire helado. Les acompañaban los verdaderos jinetes cosacos, suicidas cuya orden había sido permanecer en la retaguardia, soportar y caer como avispas picando y estragando al enemigo y cuyo grueso comandaba el general Budionni, el de los enormes ejércitos tártaros e inmensos bigotes que nadie sabía dónde se localizaba, que nadie sabía a dónde se dirigía mientras en las granjas y en las escuelas obreras sonaba repetitiva y triunfal La marcha de Budionni[3], a través de los gramófonos y que atormentaba los oídos de los nazis:

 

Bajo el calor y el polvo cabalgamos con

Budionni, trotando en importantes acciones.

En corcovados kurganes, en los bancos

De arena del río, nuestra radiante gloria nos acompañó…

 

-¡Los espera detrás del Bug! –gritaban los campesinos; Malaparte y los alemanes escuchaban y proseguían y, apenas pasando el Bug, ya volvían a prometerles -¡Budionni los espera detrás del Dnieper! –y pasaban el Dnieper y los campesinos amenazaban-: ¡Budionni los espera detrás del Don! –y se reían de ellos a carcajadas.

Pero Budionni no aparecía y los mortales aguijones de fuego de los panzerpferder se iban espaciando y los poderosos caballitos cosacos ya habían desaparecido con todo y su cabalgata imposible. Sólo quedaba el frío. Y el odio a los perros amarillos.

 

II

La cacería

            Entraron en una aldea pero no persiguieron inicialmente a los judíos como era su costumbre. Fueron directamente contra los perros. Cargaron contra ellos. Con fusiles ametralladoras los deshacían, los borraban en el aire, contagiaban con su sangre el aire o los desintegraban haciéndolos estallar, tirándoles granadas de mano desapareciéndolos en el bouquet de flores rojas de la explosión. Los perros huían aterrorizados, la cola entre las patas torcidas, aullando, a lo profundo de los bosques, caían en los fosos, se escondían detrás de las empalizadas que horadaban cielo y tierra, pero no había ni cielo ni tierra para los perros. Otros entraban en las casas y buscaban refugio entre las piernas de los aldeanos o se hacían, o intentaban hacerse, más pequeños, pequeñitos, en los rincones, temblando de horror y defecando ahí mismo. Pero los alemanes los sacaban tirándolos de las patas, sobre sus propios excrementos y orina o los iban echando fuera a patadas secas y terminaban por matarlos con las culatas de los rifles, golpeándolos hasta convertirlos en una papilla hecha de pelo y sangre y carne macerada.

Malaparte, un hombre que ama a los perros, que ha tenido consigo como compañero en una casa muerta en Pisa a Febo, a quien ha querido más que a una mujer o a un amigo, un perro como yo, se acerca a uno de los panzerschützen[4] y le pregunta la razón de tal saña, el hombre aún se encuentra machacando la cabeza de uno de los perros y, sin dejar de hacer su labor de destrucción, de disolución, se vuelve hacia Malaparte, mal encarado:

-¡Pregúnteselo a los perros! –le contesta con un grito.

 

III

El miedo

            Malaparte, el hipersensible, Malaparte, el gran observador, Malaparte, el intuitivo, mira a los cosacos más ancianos sentados a la entrada de sus casas, ve cómo se ríen entre dientes, ve cómo se golpean las rodillas con las manos abiertas, escucha lo que murmuran y ve más allá de la risa y la rebeldía silenciosa. Comprende.

Ah, biedni sabachki![5]

“Hay una razón poderosa para que los alemanes teman a los perros. Porque este odio no puede ser sino temor”, se dice a sí mismo, se convence, lo reafirma. Las mujeres que se asoman desde detrás de las empalizadas; las muchachas que van por agua, bajando al río con dos cubetas suspendidas en los extremos de un palo sostenido sobre los hombros; los niños que entierran piadosamente en el campo a los infelices perros asesinados, los niños que entierran los despojos, los fragmentos de lo que fuera un perro, apenas las patas o las uñas, todos, invariablemente, sonríen con una tristeza profunda e impregnada de malicia y les sueltan a los alemanes esa frase, esas palabras duras pero calmas:

Ah, biedni sabachki!

Pero Malaparte sabe que los cosacos no se compadecen de los perros sino de los aterrorizados alemanes.

 

IV

El bosque y sus razones

            Por la noche un coro de aullidos lastimeros emerge de la floresta. El bosque parece acercarse o volverse más pequeño. Es ya la empalizada verde recubierta de aullidos que cae sobre la aldea. Y los perros brotan de esa empalizada, husmeando entre los desperdicios y los despojos de sus propios congéneres y entre los cadáveres de algunos judíos fusilados por la tarde. Tienen hambre. Caen sobre la carne muerta a dentelladas limpias. Otra hambre se refleja en los centinelas alemanes que de vez en cuando disparan en ráfagas hacia la oscuridad. Se escucha por momentos un aullido o un quejido. Otro perro ha caído. Otro alemán se levanta y trata de detener a los perros que se internan en la aldea, veloces. Como relámpagos amarillos. Pero no los pueden detener a todos.

Los centinelas sudan en medio del frío. Sudan y tiemblan. Alguno dispara hacia la nada. Un coro de ladridos se extiende más allá de la negrura vegetal y se va convirtiendo poco a poco en aullidos que ponen los pelos de punta y que continúan bien entrada la mañana.

 

V

Los perros de la guerra

            En el cielo de la mañana límpida volaron las cigüeñas. Malaparte está situado en el observatorio de la artillería y ve las aves y mira el abanico de tanques extendiéndose, abriéndose, quebrando el día amanecido con un sonido como de brasas crepitando. Tras el aleteo de las aves que abandonan los zarzales sólo queda el sonido de los tanques y el del avance de los hombres de las invencibles fuerzas de asalto, con su gran parecido a gladiadores debido a las redes de camuflaje que los cubren. Hay uno o dos disparos aislados. Un hombre se arrastra en los surcos, quejándose por lo bajo, el sol apenas le ciega cuando ya le recibe en un rayo de luz que le cierra los ojos mientras su rostro se desvanece, se destiñe en rojo, en el agua del charco. Es un día roto. Otro día roto. Lo que recompone al día en su propia extrañeza es ese grito que se repite.

Die Hunden![6]

La mañana se comba, completada ahora, recompuesta y sostenida por un cielo estremecido.

            -Die Hunden!

Malaparte observa. Primero son dos puntos negros, luego son tres, luego seis. Los puntos se mueven entre los zarzales, van dejando una estela de hierba aplastada detrás. El pánico completa el cuadro. Algunos alemanes apuntan hacia los zarzales.

-¡No, no, no!

Hay algo de atávico en los ladridos feroces pero alegres que emergen del zarzal. Algo prehistórico e inhumano. La victoriosa, la armoniosa formación de panzers se desbanda. Se desbandan los hombres. El pánico cae como cortina ardiente. Es el dios Pan y su grito de guerra, capaz de desbandar ejércitos completos. O Hécate, Abuela de las Brujas, Señora y Protectora de los Perros, quien se mueve, con su ejército personal y desbocado, entre los surcos.

Los panzers comienzan a moverse en zig-zag, enloquecidos, y los soldados disparan con rabia a los perros que alcanzan las formaciones humanas. Rabia. Hombres y perros. Pero los rabiosos son los hombres. Los hambrientos son los perros. Y Malaparte, conmovido, observa sin parpadear. Un tintineo de cristales. Una lluvia de balas. Un día que se reacomoda.

Die Hunden! Die Hunden! –gritan los alemanes antes de huir como perros con la cola entre las patas.

Y he aquí que uno de los panzers es elevado en vertical en la columna ígnea de su propia explosión. Luego otro. Luego otro. Y otro más. Y los perros corren hacia los panzers y se meten debajo y cada panzer que los perros alcanzan se eleva en el aire, destartalado, en metal doblado, en un fuego que tiñe de rojo fugaz el viento y las alas de las cigüeñas.

Algún soldado enardecido dispara hacia un perro y lo hace volar en mil pedazos antes que este lo alcance, pero otro pasa debajo de sus piernas en su delirante carrera hacia los panzers y le arranca los testículos y lo parte por la mitad y lo eyecta en el aire enrarecido que llueve sangre y tripas humanas y pelos y dientes de perro.

 

Interludio

Los canes rojos

            En un campamento soviético un grupo de soldados sostiene por las correas, cada uno, a un perro. Frente a ellos, a varios metros de distancia, se alinean los panzers. Debajo de cada panzer espera a los perros un plato con su ración de comida.

A una sola orden los soldados sueltan a los perros.

Pascio! Pascio![7] –gritan; los perros hambrientos corren como nunca han hecho en la brevedad de sus salvajes vidas. Llevan sobre el lomo las mochilas vacías, pero que contendrán los explosivos con la antena vertical encima que, una vez soltados hacia las líneas enemigas, y en contacto con el vientre los tanques, los harán estallar de manera por demás efectiva.

En la Rusia estalinista los perros también van a la guerra.

 

VI

Los perros victoriosos

            -Die Hunden, Die Hunden!

Malaparte voltea a ver al aristocrático general Von Schobert de cuyo rostro se ha desvanecido el color. Sus labios son de cera y una sombra de ceniza le ha caído encima. Se pasa una mano por la cara y le dice al escritor:

Ah! Pourquoi, pourquoi? Les chiens aussi![8]

Por las noches los niños que despiertan atienden el llamado feroz. En los campos aúllan los perros. Los niños se asoman a las ventanas altas, se detienen en el umbral de las puertas y murmuran, susurran con malicia, en un juego perverso, llaman por lo bajo con la voz y haciendo señas con los dedos:

            -Iddí sudá, iddí sudá![9]

Así, los niños también cumplen con su parte en la guerra.

 

Curzio Malaparte suspira en el aire de otra mañana. El mundo ha girado otra vez, una vez más, ajeno. Pero el fuego no ha cesado y el viento trae un olor ácido como el que emite una batería de auto.

Se encuentra al sonderführer y le espeta a la cara:

-Cuando hayáis matado a todos, cuando ya no quede ni un perro en toda Rusia, serán los niños rusos los que irán a ponerse debajo del vientre de vuestros tanques.

Ach! Todos son de la misma raza –le responde, con los ojos inyectados de odio, el sonderführer-. Todos son hijos de perra –escupe en el suelo, le da la espalda y se aleja.

 

Tiempo después, en otro lugar, Malaparte le cuenta la anécdota a Westmann, el Primer Ministro de Suecia que sonríe y exclama:

-Me gustan los perros rusos. Deberían ser los padres de esos bravos muchachos rusos.

Malaparte debió pensar que, en efecto, todos somos hombres y bestias.

 

[1] Todo este relato está inspirado en el episodio “Los canes rojos” del libro “La piel” de Curzio Malaparte.

[2] Caballos acorazados.

[3] También conocida como “Canción de la caballería”

[4] Comandos acorazados.

[5] ¡Pobres perros!

[6] ¡Los perros!

[7] ¡Fuera! ¡Fuera!

[8] ¡Ah! ¿Por qué, por qué? ¡Hasta los perros!

[9] ¡Ven aquí, ven aquí!

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