Amazona (La leyenda de Filis y Aristóteles)


Por Pedro Paunero

            El calor del mediodía caía como una manta húmeda y apenas una ligera brisa soplaba, proveniente del río Hidaspes, sobre el cual el sol arrancaba filos plateados, cuando algo llamó la atención del filósofo.[1] Aristóteles miró, desde la plataforma de piedra, al mahout[2] que conducía a uno de los elefantes de guerra a lo largo de la orilla, se llevó la mano a la frente y se enjugó el sudor; se sentó en el suelo y observó sin perder detalle. El mahout era muy pequeño, casi un niño, semidesnudo, muy quemado por el sol, con un taparrabos sucio y con un andar desgarbado pero que le hablaba a la bestia de una forma tan sutil que el animal lo seguía como hechizado.

-La sutileza –escribió en su tablilla de cera-, es capaz de dominar a la fuerza. ¿No se cuenta, acaso, la anécdota del viejo Sócrates que dice que su dominante esposa Jantipa daba en montarlo por las noches?[3] Una fábula, después de todo, pues Sócrates reprendió a quienes lo animaban a golpearla, después que ella le riñera en plena calle, de la siguiente manera: ustedes querrían que nos montáramos un espectáculo público para diversión de ustedes, que tomarían partido y aplaudirían divertidos a su preferido. Pero todo debió ser un mal entendido en el que la palabra “montar” ha sido sustituida por…

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Aristóteles y Filis, aguamanil. (Países Bajos, fines del siglo XIV). Metropolitan Museum of Art, NY.

Un ruido a sus espaldas interrumpió sus anotaciones y volteó. Alejandro, ebrio y rodeando por la cintura a una hermosa jovencita comenzó a reírse. Ambos iban envueltos en la misma tela y Aristóteles supo de inmediato que habían estado retozando en el lecho, hacía pocos minutos, pero el calor los había sacado de la tienda y lo habían encontrado ahí, al borde del promontorio.

-¿Qué haces, Maestro, a qué se debe el gesto adusto que tienes? –preguntó Alejandro y, sin permitirle contestar al filósofo, continuó-: He estado contándole a esta hermosa mujer sobre la vez aquella que recibimos a Talestris, la reina de las amazonas, quien tenía la agradable idea de engendrar un hijo conmigo ¿Recuerdas? Y esta muchacha ha tenido la feliz idea de jugar a ser una amazona. ¿A quién quieres interpretar, hermosa mía, a Pentesilea o a Talestris? –la joven echó a reír -¿Y bien, Maestro, qué hacías?

 

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Sócrates y Jantipa. Grabado de Henri Gascar (ca. 1681)

-Estudio la fuerza de los niños y la debilidad de los elefantes –explicó- ¿Y a ti no te es suficiente con el calor enrojecido de la batalla y el calor húmedo de este país que, además, buscas el calor corporal de una mujer para jugar a ser conquistador de amazonas? ¿No te es suficiente con pretender conquistar el mundo que encima deseas conquistar los cuerpos?

Alejandro y su amante echaron a reír; en algún momento él atrajo a la muchacha hacia su cuerpo, la tela se desprendió, dejándolos desnudos y comenzaron a besarse, unidos, frente a frente. Aristóteles observó la curvatura de la tersa espalda de la muchacha y sus hermosas nalgas, tocadas por la larga cabellera castaña. Una de las poderosas piernas de Alejandro atenazó las caderas de ella y pareció penetrarla ahí mismo. El filósofo volteó discretamente hacia el río donde el mahout y su elefante se perdían de vista; se levantó y echó a andar hacia su tienda. Atrás Alejandro y la hetaira continuaron riendo de buena gana.

Se encontraron en la tarde, sentados ante la mesa de Aristóteles y este comenzó una perorata que incomodó al conquistador.

-Tras finalizar todas tus guerras tendrás que prepararte para reinar, querido Alejandro… y las mujeres no son un buen comienzo para eso, ni buenas consejeras, ni buenas compañeras. Te distraerán siempre de las obligaciones que atañen a un monarca.

Fuera se escuchó un ruido. Alejandro se levantó y echó a andar hacia la salida, seguido por Aristóteles. Se desdibujaba el sol por un extremo del cielo mientras por el otro ya se trazaba la luna. Bajo la luz de la tarde pudieron verlas, de espaldas, los rostros sonrientes y de perfil, cogidas de la mano, con brazaletes en las muñecas y los tobillos y cadenas de oro que rodeaban sus cinturas, con peinados altos y nada más encima.

-Filis[4] y Campaspe[5]… -murmuró Alejandro y fue tras ellas, abandonando al filósofo sin voltear siquiera para despedirse.

Aristóteles se volvió a su tienda, gruñendo por lo bajo. Su mente retenía las formas corporales de las hetairas y se negaba a olvidarlas. Sintió una ligera inquietud. Debido a esto se puso a trabajar sobre su tablilla de cera pero no logró disipar la imagen de las mujeres. No había subido mucho la luna en el cielo, y el aire soplaba fresco, cuando Aristóteles se levantó a encender las lámparas de aceite. Escuchó el sonido de pulseras metálicas y miró sobre su hombro. Ella estaba ahí, como naciendo de entre los pliegues de tela de la entrada. Como una aparición, una phantasía.[6] Él se volvió del todo y la contempló en la amplitud de su desnudez. Miró, como tocándola, los pechos turgentes, el vientre plano y el ombligo similar al agujero donde se inserta el rabillo en el durazno, deslizó la vista por el bajo vientre y clavó los ojos en el sexo mullido y oscuro que retenía algunas gotas de sudor perlado. Una gota cayó al suelo y se estrelló en la tierra. Aristóteles, como hechizado, extendió la mano y avanzó delante. Ella sonrió, luego rio con una risita pícara y escapó hacia la noche, envuelta en sonidos metálicos. Lo último que el filósofo vio fue su hermoso trasero.

Sí, era como un durazno que goteaba miel y leche, hecha de noche y de carne de mujer pero él jamás había probado fruto como ese y sintió, ahora, no sólo una oleada de deseo sino una tristeza profunda y desgarradora. Comprendió el misterio del Sparagmos[7] en las representaciones teatrales en honor a Dionisos. Supo, en ese momento, lo que sentían los espectadores que asistían al teatro y una palabra iluminó su afiebrada cabeza: catarsis[8]. Experimentó el dolor por la pérdida antes de poseer al objeto perdido y se acercó al descorrimiento del velo del enigma del amor. Pero su cuerpo y su espíritu no fueron purificados catárticamente ni logró descorrer el velo espeso y acuoso que se interpone entre el enamorado y el objeto amado e inalcanzable.

Volvió a la mesa. Tembloroso cogió el estilete pero sus dedos no pudieron asirlo y lo soltaron encima de la tablilla de cera. Visiblemente perturbado se dirigió al lecho y se recostó. Se sintió como un niño que poco sabe de la vida. Recogió las piernas, de modo que las rodillas tocaron su mentón y se quedó así, en posición fetal, el rostro vuelto contra los tapices que decoraban las paredes de tela de la tienda y no pudo dormir el resto de la noche, estremecido por un miedo desconocido que derribaba las murallas de su intelecto abriéndole el camino a la pasión[9].

Alejandro y Ptolomeo se ejercitaban luchando con espadas y defendiéndose con escudos. El sol relucía en sus sudores y la musculatura marcada de sus cuerpos desnudos y en tensión, que rechazaban ágilmente los embates y mandobles ora de uno, ora del otro. Aristóteles se había acercado, atraído por el rumor del combate, y se quedó como petrificado, admirando la belleza inherente a esa coreografía casi divina de los ejercicios de guerra bien llevados y que, de no serlo, podían costarle la vida a alguno de los guerreros o, en el mejor de los casos, hacerle sufrir heridas graves. El filósofo tenía las ojeras bien marcadas y un ligero mareo embotaba sus sentidos.      El claro sonido de risas femeninas lo sacó de sus pensamientos. Un grupo de hetairas, cada una portando túnicas transparentes rojas y verdes como alas de libélulas, se acercaba. Las mujeres se movían como peces en el agua, formando un grupo compacto pero armonioso que obedecía, como por instinto, al casi invisible movimiento guía de la líder que, para consternación del Maestro, se podía notar a distancia que era Filis. Serían unas diez. Rodeaban a Filis, la seguían, la idolatraban. Las hetairas se detuvieron, boquiabiertas miraron a Alejandro y Ptolomeo. No se movieron ni respiraron, Aristóteles, en cambio, se escabulló hacia unos árboles y se quedó detrás de un tronco, espiando, tragando saliva, acariciando con una mirada ardiente el cuerpo casi visible de las mujeres bajo las túnicas pero, sobre todo, los de Filis y Campaspe, que iban cogidas de las manos. Una mirada de fuego que bien podía incendiar un robledal. Filis notó el movimiento tras el árbol, su mirada encontró la lascivia en la mirada de Aristóteles, ella misma entornó los ojos, ladeó la cabeza, sonrió por un lado y Aristóteles huyó, cuesta abajo, entre los hierbajos húmedos y calientes bajo el sol que le cortaban y arañaban las piernas mientras corría, torpe y ridículo, con el quitón[10] recogido más arriba de las rodillas. Se cayó una vez y rodó unos metros entre las piedras pero Filis no pudo verlo y el resto de las hetairas ni siquiera había reparado en los estragos que en el filósofo había ella provocado.

                 

Campaspe, by John William Godward
Campaspe *oil on canvas *230 x 115.5 cm *signed b.l.: J. W. GODWARD. 1896.

   

            El esclavo está absolutamente privado de voluntad; la mujer la tiene, pero subordinada; el niño sólo la tiene incompleta.[11] Dejó el estilete. Estaba sudando. La sensual voz de una siringa inquietó aún más su noche. Salió. A unos pies de distancia se encontraba una figura entre las sombras de un árbol. ¿Se trataba de Campaspe quien tocaba la siringa? Recordó las supersticiones pastoriles, aquellas sobre el dios Pan y las ménades. Un dios vulgar, lascivo, obsceno, que… Filis hizo su aparición por la izquierda, como entrando a un proscenio. Sólo llevaba una cadena de oro rodeando sus caderas y una joya con forma de ojo vertical entre el ombligo y el pubis, regalo de Alejandro. Danzaba como si los rayos de la luna la sostuvieran. Separaba las piernas y su sexo se abría, como derramándose en aceites aromáticos. Aristóteles sufrió un vértigo y vio o creyó ver a Eurínome, Señora del Amplio Gobierno, Diosa de Todas las Cosas, atada con las tres cadenas de oro al devenir de la naturaleza, poniendo el huevo primordial sobre el océano prístino de esperma de Urano castrado.

Ella pasó a su lado, oliendo a rosas, como las que se le ofrecen a Afrodita muy por la mañana, cuando todavía el sol no evapora el rocío en sus pétalos aterciopelados, y le susurró algo al oído. Él abrió los ojos como un kílix[12] ático, borracho de deseo y sordo y loco.

-¿Qué has dicho… qué has dicho, criatura? –susurró el Maestro, implorando una respuesta que nada tenía que ver con las palabras no escuchadas.

Filis volvió, como el oleaje, y esta vez rozó su cuerpo y ella misma pareció quebrarse, hacia atrás, a la vez que respondía:

-¿Por qué me desdeñas, Aristóteles, y conmigo a todas las mujeres?

-Oh, yo… no… -el filósofo cayó de rodillas- ¿Qué puedo hacer, Filis? ¡Dime qué quieres que haga y lo haré todo por ti!… ¡Te amo y contigo a todas las mujeres! –Y sollozó desgarradoramente, el rostro cubierto por las manos, en medio del aire que olía a sal orgánica, luego se levantó de golpe y entró en su tienda, rápido, sin voltear.

Se sostuvo, inclinado sobre la mesa. Respiró profundamente. Pero ella llegó hasta él y puso una mano sobre su hombro.

-Me atraes, Aristóteles, tu conocimiento no puede sino provenir de una fuente sagrada… pero la parte que niegas como hombre te pertenece por completo y no estarás completo hasta que conozcas las óctuples alas de Eros.

-Eros es el más peligroso de los dioses –el filósofo la encaró-, pues es capaz, mediante la pasión, de socavar la sociedad ordenada… ¡Y ya no tengo escrúpulos para eso! Podría incendiar el mundo si así me lo ordenaras.

Hizo un intento de tocarla, rozarla apenas, pero ella dio dos pasos hacia atrás.

-No –dijo Filis y él la vi crecer ante sus ojos, como en un acto afrodisíaco de teolepsia-.[13] Quiero que hagas algo para mí.

-¡Cualquier cosa –la voz de Aristóteles se quebraba-, cualquier cosa que me ordenes!

Filis resplandecía o eso parecía. Filis estaba tan alta como los pinos o eso le parecía a Aristóteles. Filis olía a miel y flores y a sal orgánica y su voz sonaba como los besos más ardorosos y de su cuerpo se desanudaba un hechizo de encadenamiento, ese que ata a los amantes con hilos de oro que se perciben pero no pueden verse, el de los abrazos en los que se funden las parejas en la parte más precipitada del acto sexual, aquellos abrazos obscenos, bestiales, que reciben el nombre de amplexus, el abrazo ciego y más apretado y desesperado e irracional de la naturaleza al completo desde el principio de los tiempos, en el que ninguno de los amantes quiere soltar al otro al suponer que, si el abrazo se rompe, el mundo terminará de pronto.

-Quiero que te postres ante mí –Aristóteles cayó de rodillas-, que te pongas sobre tus miembros como un caballo y que relinches.

-Pero… si alguien me viera… no resultaría nada bueno para mí… ¡Oh, Filis!

-Eso es lo que yo quiero… de otra forma… -hizo como que se iba, dándole la espalda.

-¡No, no… no te vayas! –imploró él.

El filósofo se recogió el quitón y se echó sobre el suelo, en cuatro patas.                    -Ven hacia mí, Aristóteles –ordenó ella mientras caminaba hacia atrás y le atraía con el dedo y él gateaba tratando de alcanzarla-. Quiero montarte y que me lleves a pasear bajo la luna.

El Maestro permitió ser montado. Ella lo atenazó con las piernas y él sintió desmayarse al percibir la humedad de Filis en su espalda. Ella se acomodó más abajo, deslizándose hasta quedar a horcajadas sobre las caderas del filósofo y este salió con la hetaira hacia dónde la siringa no dejaba de sonar. Anduvieron bajo la luna, Aristóteles despellejándose las rodillas en la tierra y en las piedras, mientras Filis le golpeaba las nalgas con la mano abierta, tiraba y se sostenía de su cabello largo a modo de riendas y lo espoleaba con los talones. Filis dobló luego las rodillas y las clavó en las costillas del viejo mientras gritaba:

-¡Relincha, relincha, relincha! ¡Vamos, caballo fino, vamos! ¡Relincha, relincha, relincha! ¡Soy Pentesilea, reina de las amazonas, soy Talestris, la que somete a los hombres y a las bestias!

Y Aristóteles relinchaba al compás de la siringa y en su cabeza vio los montes lejanos y a Pan riéndose y palmeando al lado de Afrodita, con el cabello rubio como flamas y junto a ella estaba Eros, agitando los cuatro pares de alas y al lado se encontraba Príapo con su falo monstruoso, erecto como un axis mundi y vio a las bacantes y a las ménades abriéndose como flores carnívoras y ninguno dejaba de reír, mientras la pantera cabalgada por Dionisio rugía en la espesura, en cuya negrura todos los animales se entregaban a una orgía larga y continua como el tiempo mismo, y los árboles reventaban en frutos, y los huevos en los nidos eclosionaban y las bestias parían crías vivas y no supo nada más.

-¡Maestro –era la voz de Alejandro-, Maestro! ¿Te encuentras bien?

Cuando abrió los ojos supo todo de una sola vez: Alejandro lo había cargado en brazos hasta su lecho, seguido por Filis y Campaspe y lo demás se esclareció.

-¡Tú lo preparaste, Alejandro!… ¿Pero es que no ves de lo que son capaces las mujeres?… ¿Es que no…?

En el rostro de Filis no encontró el menor atisbo de burla sino una superior condescendencia. En los ojos de Alejandro, en cambio, vio un pícaro brillo. Por un instante Aristóteles se sintió roto, su espíritu humillado, hubiera querido salir corriendo y acomodarse bajo las patas de uno de los elefantes de guerra para ser aplastado entre las piedras y el limo, pero se recompuso de súbito, digno y crecido espiritualmente.

-He entendido –susurró Aristóteles y su voz fue alta y clara-: No existe inteligencia humana que no se vea nublada por el amor hacia una mujer… Alejandro, Filis, Campaspe, sean felices en sus placeres ya que los míos son otros y de naturaleza distinta.

Otra noche Aristóteles, meditativo, escribe: Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo; deja el estilete a un lado, se levanta y sale a contemplar la luna llena. Abajo, a orillas del río, Alejandro persigue a Filis y a otras dos mujeres, le parece ver que también a algún hombre de aspecto afeminado y que se van corriendo entre las piedras a orillas del río. La escena le hace sonreír amargamente, su rostro cambia, se serena, entra pronto a su tienda, se sienta ante su mesa, coge el estilete y comienza a escribir un Tratado sobre la Risa

 

La leyenda de Filis y Aristóteles es apócrifa. Su original podría ser de origen indio o árabe[14], y se narró varias veces a lo largo de la Baja Edad Media; se ocupó de esta el teólogo Jacques de Vitry (S. XIII) desde la óptica de la moral cristiana en sus Sermones Vulgares; también, durante mucho tiempo, se atribuyó al clérigo normando Henri d´ Andeli (S. XIII) un lay[15] titulado Le lai d’Aristote cuya autoría, desde 2004, se piensa que pertenece al cronista Henri de Valenciennes (S. XIII); otros autores que retomaron el tema desde distintas perspectivas fueron: el inquisidor Etienne de Bourbon a través de un exemplum[16] en su obra Tractatus de diversis materiis predicabilibus (S. XIII), el poeta inglés John Gower en su Confessio Amantis (h. 1386) y el historiador vizcaíno Lope García de Salazar en la obra Istoria de las Bienandanzas e Fortunas (S. XV).

Las crónicas que mencionan las relaciones amorosas de Alejandro Magno coinciden en rechazarlas sobre la única base del placer, en esto habría seguido los preceptos aristotélicos, lo que sitúa la leyenda de Filis y Aristóteles como una creación literaria dada en un contexto meramente satírico.

La leyenda ha sido reclamada por el movimiento BDSM a partir de la suposición que incluye a Filis y Aristóteles como los primeros practicantes del Equus eroticus.

 

[1] El río Hidaspes es hoy conocido como Río Jhelum.

[2] Cuidador y conocedor de los elefantes domésticos.

[3] La leyenda de Filis y Aristóteles fue motivo recurrente entre tapiceros, grabadores, pintores, escultores y ceramistas desde la Edad Media hasta el Siglo XIX, pero existe un curioso grabado de Henri Gascar (hecho ha. 1681) que retrata no a los personajes que nos ocupan sino a Sócrates y a su esposa Jantipa, montándolo a él a la manera de un caballo humano.

[4] O “Phyllis”

[5] O “Kampaspe”, también conocida en las crónicas como “Pancaste” y “Pancaspe.”

[6] “Movimiento producido por la sensación en acto”. Se trata de un concepto aristotélico: la phantasía ocurre cuando el intelecto (nous) es interrumpido a causa de enfermedades, sueños o pasiones, según escribió en su tratado De Anima (Sobre el alma).

[7] “Sparagmos” (σπαραγμός-descuartizar llorando), el desgarramiento literal, por parte de las bacantes, de una víctima sacrificial, usando las manos, para comer su carne cruda después.

[8] Purificación espiritual de las bajas pasiones en el espectador al contemplar una tragedia representada en el teatro (Aristóteles, Poética)

[9] “Padecer”

[10] Túnica usada por hombres y mujeres en la Grecia clásica.

[11] Aristóteles. Política.

[12] Copa de forma similar a un cáliz para servir el vino en los simposios.

[13] El acto de acoger a una divinidad en el interior de un cuerpo humano, una posesión divina, en el cual el alma humana se arrincona para ceder espacio al dios o la diosa.

[14] El lingüista belga Maurice Delbouille en el análisis de Le lai d’Aristote de Henri d´Andeli (1951), encontró similitudes entre esta leyenda y un cuento del mutazilí Al-Jahiz (S. IX).

[15] Forma poética medieval, acompañada con música, que narraba mitos, leyendas o anécdotas eróticas. Fue muy popular en las cortes europeas de Francia, Inglaterra y Alemania.

[16] Los exempla eran una forma de relatos cortos que servían de “ejemplos” de códigos de conducta morales.

Pedro Paunero

PEDRO PAUNERO. NOVELISTA, CUENTISTA, ENSAYISTA Y CRÍTICO DE CINE NACIDO EN TUXPAN, VERACRUZ EN 1973. HA PUBLICADO LA NOVELA LABELLUM (MINIMALIA ERÓTICA/EDICIONES DEL ERMITAÑO, MÉXICO, 2008). CUENTOS SUYOS HAN APARECIDO EN LAS REVISTAS AXXÓN Y PRÓXIMA (ARGENTINA), KORAD (CUBA), TIEMPOS OSCUROS Y ALFA ERIDIANI (ESPAÑA), HONTANAR (AUSTRALIA), OJOS, DEL MUSEO DE ARTE ERÓTICO AMERICANO (COLOMBIA), Y EL CAFÉ LATINO (FRANCIA), ASÍ COMO EN DIVERSAS ANTOLOGÍAS (CUENTOS DE BARRIO, LECTÓRUM, 2012). ESCRIBE CRÍTICA DE CINE EN EL PORTAL CORRECAMARA.COM Y LA REVISTA CINE TOMA Y HA PARTICIPADO EN DOS AMANTES FURTIVOS, CINE Y TEATRO MEXICANOS, LIBRO COORDINADO POR HUGO LARA. ALGUNOS DE SUS CUENTOS Y ENSAYOS HAN SIDO TRADUCIDOS AL CATALÁN, AL INGLÉS Y AL FRANCÉS. HA GANADO DOS VECES EL PRIMER LUGAR DEL PREMIO TIRANT LO BLANC DEL ORFEÓ CATALÁ DE LA CIUDAD DE MÉXICO Y EL PREMIO MIGUEL BARNET QUE OTORGA LA FACULTAD DE LETRAS ESPAÑOLAS DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA.
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