Seis poemas para recordar a Elena Garro


Por Consuelo Sáenz. (Fotografía de Barry Domínguez)

Unidos a la conmemoración previa de los cien años del natalicio de Elena Garro, seguimos festejando y la recordamos en su faceta poco conocida como poeta. En esta ocasión, para los lectores de La libreta de Irma, se han elegido seis poemas escritos por Garro entre 1948 a 1954. Compilación de la escritora y periodista Patricia Rosas Lopátegui quien presentó el libro Cristales de tiempo, poemas inéditos de Elena Garro, hace unos meses en la ciudad de México.

NOTA ACLARATORIA
A 100 años de Elena Garro

 El poeta es arrojado de destierro en destierro 

y nunca tendrá morada segura.

Maurice de Guérin

 

Elena Garro (Puebla, 1916-Cuernavaca, 1998) no tuvo la oportunidad de reunir en un libro los poemas que consignó a lo largo de su azarosa existencia, ni crear un título que los uniera y nombrara. En el centenario de su nacimiento (1916-2016) la celebramos con la publicación de su poemario.

Cuando preparaba su biografía en 1997, la autora me entregó estos versos para ser editados y nueve años más tarde firmé un nuevo contrato con su hija, Helena Paz Garro, para configurar este volumen. Decidí llamarlo Cristales de tiempo porque éste adquiere las formas más inimaginables en su producción dramatúrgica, literaria y poética. Helena Paz recibió el título con beneplácito.

Después de haber vivido en Nueva York, París y otros sitios durante ocho años, Garro regresó a México hacia finales de 1953. A mediados de la década, y posiblemente desde 1954, revisó las composiciones elaboradas fuera de su país, con la esperanza de poder publicarlas en tiempos mejores. En ese periodo se dedicó a pasar a máquina algunos de los poemas que había escrito a mano en su cuaderno de pasta café, y a transcribir y publicar otros que no aparecen en las libretas que sobrevivieron. Estas piezas mecanografiadas datan de ese periodo en que se dio a la tarea de trabajarlas, como lo demuestran la misma antigüedad del papel cebolla amarillento y la tipografía análoga de la máquina de escribir. […]

A manera de epílogo, Helena Paz Garro le rinde un homenaje a su progenitora con tres poemas: “Mi madre”, “La reina” y “La reina del aire”. Los dos primeros datan de 1958. Paz Garro me comentó respecto a “La reina” en abril 2006: “Este poema se lo escribí a mi mamá diez años antes del 68; es un texto premonitorio, ¿eh?”. En tanto que “La reina del aire” nació a raíz de su fallecimiento. Creo que nadie mejor que su hija para cerrar este poemario; con la mirada intimista, incisiva y exquisita de quien estuvo siempre cerca de ella.

El colofón narra una anécdota de la polígrafa para acercarnos a su visión humanística y revolucionaria.

Por fin, la versatilidad poética de Elena Garro brilla a través de estos Cristales de tiempo.

Patricia Rosas Lopátegui

Albuquerque, Nuevo México,

6 de enero de 2016

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A Deva

[Versión 2]

Duro, vivísimo, nocturno, me llega tu recuerdo

parte mi sueño en dos, divisor de mis noches.

¡Clara imagen! Tus cabellos tierna crin de maíz

se columpian sobre tu rostro niño.

Rostro niño,

Niña bruja creciendo en el tiempo

a mi medida.

Ya sólo jugamos en las noches

-en las mías- a la mitad del sueño.

 

“Este es el juego de los encantados”.

 

Te toco y me despierto grande,

en una cama grande, sola.

Tu mano me dejó una flor

que busco entre las sábanas,

un pájaro, un talismán.

Lo tengo firme.

Abro la mano, la mía

sólo mi palma sola

la noche barre

llevada por tus brazos

-Alguien te castigó-.

Barres estrellas y monedas de oro.

La noche nocturna se ilumina;

yo no estoy asombrada,

tú eres asombro.

 

Lejos de mí ya no creces tampoco,

ya no juegas.

Te montas en tu escoba de luz

y viajas a mi sueño,

pájaro incandescente.

Te despiertas.

Mis lágrimas soñadas en tu rostro,

tus lágrimas vivísimas

joyas de sangre sobre el mío

riegan mi almohada,

pequeños ríos que fabricamos juntas

con nuestras cuatro manos

en el tiempo en que cuatro eran dos

y cabían en una sola de mi padre.

 

Ay, sembradora de fantasmas!

¡Ay, milagrosa!

Ya sólo en sueños me dices tu secreto,

aquel antiguo, el mismo.

Pasan los años y cada vez es más profundo,

pasan hacia adelante diurnos,

retroceden nocturnos

y te reencuentro

en el momento en que interrumpimos el juego

cuando un pájaro iba a salir

de entre tus labios y me despierto

porque este es el juego de los encantados.

 

París, 5 de noviembre de 1950

A un pescador

Con tu anzuelo de plata,
con las redes tejidas por tus manos

sácame a este pescado frío

que vive adentro de mi estómago.

A la feroz langosta

que tiene en sus tenazas mi corazón.

Al pulpo cenagoso

que navega en mis venas.

Al sapo que croa

echado en mi silla turca.

Al lagarto ojeroso

que mastica mis vísceras.

A la pequeña sanguijuela

instalada en mis ojos chupando sueño.

La pesca se cotiza en el mercado

y yo dormiré

como antes de la invasión de los monstruos.

París, 1948

Explicaciones a Helena en la montaña

 

Escribes en la montaña de los niños
y pides que te diga cómo es tu país.

Las moscas aplastadas de tu letra

han llegado volando,

curiosas, exigentes de nombres de ciudades,

de héroes, de batallas, de flores, de volcanes.

No tengo nada que decirte:

Hernán Cortés llegó hablando

en una lengua que nadie conocía.

 

 

Adivinanza

De día es un fruto este nombre,
gotas de miel endulzan las encías.

De noche sus letras son estrellas

que señalan los viajes de los sueños.

En el agua

está en la superficie de los lagos.

En el cielo

pasea entre los filos de las nubes.

En la tarde

es cifra el ala de una golondrina.

En la mañana

canta sobre un tejado.

Con la luz

sus oes vuelan hacia los cuervos.

Con la sombra

se encierran en los magnolios.

En el centro

una columna se yergue entre las oes.

Cántico abandonado

sirena por Ulises olvidada

nombre tan poco nombre

vives del otro lado

del precipicio de los sueños.

Velero taciturno

tu viaje dura un año.

Una fecha te encadena al calendario

y mi memoria, lúcida bahía,

te encierra en invisibles playas.

París, 1949

Viaje

Miro tu rostro

su dorada geografía

las pendientes

los minúsculos ríos

navego sin parar por ellos.

Siempre es otoño,

siempre hay hojas cayendo

y pájaros que se despiden.

Voy de viaje, hermana,

voy al país abierto, navegable

del rostro de mi amado.

París, 1950

 

En la memoria

En la memoria

hay rastros de serpientes

jeroglíficos trazados en jardines

palabras secretas en la arena

guedejas de caminos que se encuentran

el porvenir escrito en signos

y en el centro del laberinto tu nombre.

 

En la memoria

hay ventanas abiertas al perfil de la luna

países minerales

ramas de pájaros

estrellas pegadas a los vidrios

ardientes soles

cayendo en la boca del infierno

oscuros visitantes

embozados en azufrosas capas

el círculo de una falda roja

y tus diez dedos inventando la tarde.

 

En la memoria

hay rejas y un brazo de mar

azul y solitario

abriéndolas, cerrándolas

en un ir y venir de espumas.

Un río que corre entre los muebles

árboles adentro de una biblioteca

unas palabras que navegan

sobre las mesas de un café

un puente abierto a los amantes

y un caracol acumulando cantos en la playa.

 

En la memoria

avanzas alta marea en llamas

y retrocedes sobre la arena quemada por tu paso.

México, miércoles 22 de diciembre de 1954

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