Puede que llueva.

        Todos levantamos la cara y miramos una nube negra

y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas.

Y pensamos: “Puede que sí.”

Juan Rulfo

Por Gabriela Pérez

Como otras noches, dormí poco, pero lo hice bien. Como siempre, soñé. Anoche soñé que estaba muerta. No, soñé que moría. Estaba cómoda, envuelta en un calor fluyendo, cubriéndome toda, disfrutando la música, sonidos acompasados que literalmente me penetraban. Me irrumpieron después, me arrebataron el palacio, me expulsaron a un ámbito frío, tenebroso y con un ruido mortal. Fue la primera vez que me sentí exigida: o respiras o mueres. Desde entonces no se me da la gana morir, así que respiré.

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La música atrae a los cuerpos humanos. Es aún la sirena de Homero. Ulises atado al mástil de su nave es acosado por la melodía que lo atrae. Yo estuve atada a un cordón, me lanzaron el anzuelo, me atraparon. Me condujeron a mi primera muerte.

El lazo continuó después. Me reconocí por gritos, vocalizaciones y estribillos de amor que pronto se volvieron órdenes. La placenta aleja los ruidos del corazón y del intestino, el agua reduce la intensidad de los sonidos, los transporta en olas que mecen los cuerpos. El ruido del mundo exterior es percibido ahí como un ronroneo grave. Yo estaba, feliz, soportando el sonido del corazón de mi madre y convirtiéndolo en mi propio ritmo. Fuera, no tuve remedio, la agitación, el frío, el ruido, la luz… vertí mis primeras lágrimas, emití mi primer grito.

El sonido nos agrupa, nos rige, nos organiza. Pero nosotros abrimos el sonido en nosotros mismos.

Hay todavía personas que pretenden que yo escuche o lea y obedezca.

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¿Qué no saben cómo soy? Primo Levi no dejó nunca de ser químico, es esa una adicción que nunca se quiere dejar. Él cuenta que cuando escuchó la fanfarria en la entrada del campo tocando “Rosamunda”, le costó reprimir la risa nerviosa. Vio aparecer los batallones que volvían al campo siguiendo una marcha extraña: avanzaban en filas de cinco, el cuello recto, los brazos pegados al cuerpo, como soldaditos de plomo, la música les alzaba las piernas y levantaba los borceguíes de madera, manejando los cuerpos como si fueran autómatas. Primo Levi llamó “infernal” a la música. Escribió: “Sus almas están muertas y es la música la que las impulsa hacia adelante, como el viento a las hojas secas, y se transforma en su voluntad”.

Sabemos todos, es fácil imaginar, el placer estético experimentado por los alemanes ante estas coreografías de la desgracia. La causa de que los soldados organizaran la música en los campos de la muerte no fue seguramente para atenuar el dolor. ¿Fue para aumentar la obediencia y unirlos a todos en esa fusión que engendra toda música? ¿Fue por placer, por gozo sádico? ¿Fue una música ritual?

Las marchas, las canciones, los temblores y giros se graban en los cuerpos. La batalla de Melos altera el ritmo corporal, se funde con nuestras moléculas, y entonces, la música aniquila. Aprendí en sueños que ese fue el primer lazo de mi ‘yo’ con mi madre, nos reconocimos tras la adquisición de la lengua materna, me forjó en el seno de una incubación sonora muy ritmada.

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Luego crecí, construí la representación de mi universo como un conjunto fortuito de átomos que se movían en el vacío. Negué por años la existencia del alma, y si existe, aún hoy no sé qué es, pero afirmo que no es una entidad distinta e inmaterial, sino también una aleatoria combinación de átomos que no sobrevive al cuerpo. Según yo, los fenómenos terrestres responden exclusivamente a causas naturales, el mundo no se rige por el poder divino y, por lo tanto, el miedo a lo sobrenatural carece por completo de fundamento. ¿Por qué entonces desde ayer estoy preocupada por una lagartija que está atrapada bajo mi lavadora y a la que he intentado, pero no puedo salvar? No tenía por qué aparecer, escapó de la furia de Severino, no entiendo por qué decidió esconderse en esa parte de mi casa, pero ahí está.

Lucrecio, el gran Lucrecio, no niega la existencia de los dioses, pero considera que no intervienen para nada en los asuntos o en el destino de los mortales. Uno de los pasajes más famosos de su obra “Dē rērum natūra” es la descripción de la evolución de la vida primitiva y el nacimiento de la civilización. Lucrecio fue fiel a Epicuro, pero añadiendo a éste la vertiente del corazón. Era preciso hacer de la doctrina intelectual del maestro, una doctrina cordial, que entrara por el sentimiento y penetrara, más allá de la reflexión, por el lenguaje de la fantasía, en los entresijos de la emoción.

En su primer libro: invoca a la naturaleza, personalizada en el erotismo de Venus, con autoridad panteísta, relatando su fuerza germinadora y composición: átomos y vacío. ¿Puedo depositar entonces en Venus, en Lucrecio, en Sacks, en Pascal y en Odifreddi mis insoportables ganas de bailar?

Más allá de su capacidad de sugestión, “Dē rērum natūra” albergaba una peligrosa enseñanza: el germen de la emancipación del individuo con respecto de la supuesta infalibilidad de la religión dominante. Había que sublevarse, evitar el pago de impuestos y dedicarse al disfrute contemplativo. El poema libera al lector del miedo a los dioses y a la muerte.

Lucrecio explicaba el atomismo en un latín exquisito, su belleza formal fue reconocida al instante, pero sus ideas fueron todavía ridiculizadas durante décadas. Poco a poco, no obstante, las ideas atomistas, por fortuna, se abrieron paso. La naturaleza se encuentra en un proceso permanente de creación y destrucción, y todo lo que vemos, desde las estrellas más lejanas a los objetos que nos circundan y nuestra propia persona, está conformado por átomos en constante movimiento y vacío.

Para disfrutar de los placeres de la vida y evitar el dolor, había que superar la prueba más exigente de la existencia, conocerse y ejercer autocontrol sobre uno mismo.

Orfeo era hijo de Eagro, un dios-río de Tracia, y de Calíope, musa de la poesía épica y la elocuencia, hija de Zeus y Mnemosine. En Orfeo observamos ciertos caracteres apolíneos: la música, la calma y un carácter civilizado. Orfeo era además uno de los pocos mortales que podían compararse a los dioses por su música y su canto. Jasón, jefe de los Argonautas, sabía que sólo con la ayuda de Orfeo se podría pasar indemne a través de las Sirenas, pájaras con cabeza de mujer, “¿de dónde os vienen esas plumas y patas de ave, siendo así que vuestro rostro es de doncella?”, además de conservar la cara, y, en algunas ocasiones, puntiagudos pechos femeninos, las Sirenas poseían musicales voces hipnóticas. Según algunos autores, las Sirenas eran hijas de la Musa Calíope y sus amores con el río Aqueloo, en tal caso, serían hermanastras de Orfeo.

En la “Argonáutica” se describe el combate sonoro entre Orfeo y las Sirenas:

Un firme viento empujaba la nave. Pronto avizoraron la hermosa isla de Antemoesa, donde las Sirenas de voz clara, hijas de Aqueloo, asaltan con el hechizo de sus dulces cantos a cualquiera que allí se aproxime […] ¡Cuán a menudo arrebataron a muchos el dulce regreso al hogar, haciéndoles perecer 144 devorados! Sin reparos, también para los Argonautas dejaron fluir de sus bocas el canto armonioso. A punto estuvieron allí de lanzar las amarras de su nave sobre aquellas riberas, de no ser por el hijo de Eagro, Orfeo el Tracio. Tomó él en sus manos su lira Bistonia e hizo sonar la rápida melodía de un canto de marcha ligera, para que los oídos que escuchaban zumbaran bajo el son de sus cuerdas. Y la lira dominó la voz de las doncellas. A un tiempo el Céfiro y una ola resonante que se precipitó sobre la popa los apartaron, y las Sirenas lanzaron lejos su voz ya indiscernible. (Apolonio de Rodas 2004: IV, 895)

La palabra Sirena designa a un monstruo femenino de fascinante voz, peligroso por el poder de atracción de sus mágicos cantos. Las alas de ave vinculaban a las Sirenas al mundo de los muertos, alas que les permitían transitar entre los vivos sólo desde tres pequeñas islas rocosas llamadas Sirenum Scopuli; con sus canciones de muerte seducían a los marineros atrayéndolos hacia sus costas, entonces quienes se acercaban a ellas no volvían a ver a sus mujeres ni a sus hijos. Las Sirenas atraen prometiendo cantar las hazañas de uno mismo, las grandes acciones realizadas en un pasado heroico que ya no volverá. Quizá la seducción consiste en escuchar lo que uno quiere oír, dejarse engañar de un modo bello.

La resistencia a los apetitos de la que es capaz como ninguno el poeta andrógino, Orfeo, aparece un par de veces en el mito. La primera, frente a las Sirenas, seductoras mortales envueltas en cantos misteriosos, y la segunda, frente a las mujeres que le oyen tocar la lira en duelo por Eurídice. Orfeo, excepcional tañedor de lira, logró ahogar el canto de las Sirenas con su “música cuyos sones amansaba fieras y hacía que lo siguieran los árboles y las piedras”). Las bestias se acurrucaban a sus pies y los hombres aplazaban sus querellas al escuchar a Orfeo, se dice que el poder de su arte enseñaba la paz.

Yo no tengo arte, no sé música, no canto, no toco ningún instrumento, sólo tengo unas inmensas, crecientes, táctiles ganas de bailar.

Me levanto.

Gotas gruesas escurren por mi espalda.

Quiero soñar.

Y ustedes, sí, ustedes: ¿creen que llueva?

Gabriela Pérez
Gabriela Pérez
ELDA GABRIELA PÉREZ AGUIRRE NACIÓ EN LA CIUDAD DE MÉXICO, EL 6 DE MARZO DE 1976. ESTUDIÓ QUÍMICA EN LA UNAM; POR PASIÓN, ES PROFESORA DE CIENCIAS, EN EL INSTITUTO ESCUELA Y AUTORA DE DISTINTOS LIBROS DE TEXTO, DE QUÍMICA Y FÍSICA PARA SECUNDARIA Y BACHILLERADO. CONFORMÓ PARTE DEL EQUIPO DE CIENCIAS DEL INSTITUTO LATINOAMERICANO COMUNICACIÓN EDUCATIVA, COMO AUTORA DE LIBROS DE TEXTO Y DE GUIONES PARA TELESECUNDARIA, FUE EDITORA DE LA REVISTA CIENCIAS, DE LA UNAM. PARTICIPÓ EN LA ESCUELA DINÁMICA DE ESCRITORES DE MARIO BELLATIN Y HA CONDUCIDO EL PROGRAMA TRIPULACIÓN NOCTURNA DE RADIO EFÍMERA. LUEGO DE COLABORAR CON LA EDITORIAL TALLER DITORIA EN EL ÁREA DE DIFUSIÓN Y PROMOCIÓN, FUE FUNDADORA Y EDITORA DE AUIEO EDICIONES Y DE LOS LIBROS DEL SARGENTO.

 

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